“Navegar entre icebergs, cruzar las estelas invisibles a escasos metros de su gélido halito incoloro, entre el azul cian de su cara de porcelana y su enorme raíz cristalina. Navegar, como una hoja tibia, sensible y frágil, sobre un manto de calma y silencio, de olas imperceptibles o poderosas, de témpanos caprichosos o extraños. Reconocer la inmensa magnitud de las montañas, de los valles pulidos por los helados siglos árticos, de las venas fluviales opacas y densas. Atrapar el tiempo entre los laberínticos fiordos esmeralda, allí donde el mar recita la espuma con su voz oceánica, donde las pintorescas algas engalanan las costas y se pierden las foráneas miradas. Olvidar los sentidos sobre los líquenes y los musgos que jalonan los caminos, sobre los horizontes salpicados de blancos y azules, sobre los lagos y las morrenas confusas y olvidadas. Vivir la soledad de los espacios vacíos y yermos, de la supervivencia de lo animado y lo inanimado, de la naturaleza como ente primogénito de todas las cosas y de todos los seres que la habitan. [Leer más]