Crónica china

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Nuestro viaje comienza en el aeropuerto de Loiu. El avión Bilbao – París/ Charles De Gaulle, de British Airways, es un avión de los chiquitines, que se coge en pista, y la mitad de los asientos van vacíos, se ve que volar un martes a las 20:00 no es muy popular. Son unas 2 horas escasas de trayecto, aderezadas con un bocata de salchichón con mantequilla (delikatessen, eh? Te sientes otra vez como si tuvieras 10 años, je, je). A la salida misma de la Terminal en la que aterrizamos, el bus N-2, que pasa con una frecuencia de unos 10 minutos, nos lleva a la Terminal desde la que tomamos el avión de Air France a Hong Kong. Nos esperan 11 horas de trayecto. Precio de ambos vuelos, ida y vuelta, 574 €.

El vuelo de Air France también va medio vacío, lo que nos permite tumbarnos cuan largas somos (o casi) ocupando 3 asientos, y así dormir razonablemente bien durante el viaje. A lo que contribuyen también los tapones para los oídos y el antifaz que proporciona la compañía, y que dadas mis dificultades para dormir en cualquier situación, guardé durante todo el viaje, y aún guardo, con especial mimo.

Es curioso comprobar (aunque puede ser una impresión subjetiva, claro, si bien unánime) que los y las ahora llamados asistentes de vuelo de mejor presencia se colocan en la entrada y atendiendo a la primera clase y business (¿o es solo casualidad?), mientras que a la clase económica le atiende el azafato gay-borde. A Garbiñe el tipo le apremiaba de forma poco elegante para que acabara la comida y poder retirar el servicio, y le escatimaba la leche para el café, y a mí, que estaba tosiendo a causa de un catarro, me insinuó que podía ser gripe A  (“se han dado casos en España”, me dijo, como si los franceses fueran inmunes y él no fuera otro potencial contaminador, nos ha jodido). Llegó a ofrecerme diplomáticamente una mascarilla que rechacé diplomáticamente, pero aún así me la trajo. Sigue en su bolsita de plástico, sin estrenar. La guardo por si tengo que viajar a Francia, y prevenirme de contagios de nos cheres voisins. Mi simpatía por los gabachos estuvo a punto de hacer aguas al conocer a este tío, ¡vaya joya para trabajar cara al público!

Instrucciones a la llegada al aeropuerto de HK: después de pasar inmigración, atravesar las puertas de cristal, después de las cuales están las ventanillas para cambio de dinero. Rebasadas éstas, salir por la puerta principal por la rampa que desciende en dirección derecha. Se accede a la calle, y justo enfrente de la puerta se encuentra un cartel con información sobre los autobuses. Coger el A-21, en la 3ª dársena de la derecha. Cuesta 33 HK $ y tarda unos 45 minutos en llegar a la ciudad. Nosotras nos bajamos en la parada nº 6, junto a la boca de metro de Mong Kok, donde nos reunimos con Amaia, que vive en HK por motivos de trabajo. Ella, conocedora del terreno, nos lleva en un pis pas hasta la parada en la que cogeremos la línea de metro a Shenzhen, al otro lado de la frontera, en China. Para el metro nos hacemos con una tarjeta Octopus. Se trata de una tarjeta-monedero, válida para todos los medios de transporte honkonitas, acceso a polideportivos, y otros variados usos. Son recargables, y al adquirirlas se paga un depósito de 50 HK$ y una carga inicial de 100 (1€=10HK$). Las sucesivas recargas deben ser por un mínimo de 50 HK$. La fianza se devuelve íntegramente si la tarjeta se devuelve pasados al menos 3 meses. En caso contrario, se quedan 7HK$.

En esta época anochece en esa parte de China a las 18:30-19:00. Shenzhen (el punto fronterizo de Wu Lo)  es la última parada, y se tarda unos 40 minutos en llegar. Conviene salir de los primeros del metro para evitar las colas que se forman en el control de pasaportes. Es de advertir que los chinos no tienen costumbre de guardar fila y salen del metro a lo sálvese quien pueda y sin mucho miramiento, por lo que la urbanidad europea es allí un lastre que te deja en inferioridad de condiciones para muchas cosas. Para pasar inmigración hay que rellenar la misma tarjeta que se ha llenado en el avión para desembarcar en HK (recordad que HK disfruta de un status especial en China, como ciudad autónoma, y siendo español no se requiere visado para entrar, pero pasar a territorio chino hay de nuevo controles y el visado sí es necesario). También hay que rellenar una declaración médica, en prevención de que entren infectados por la gripe A. Casi todo el personal del punto fronterizo lleva mascarillas, y te hacen una medición de temperatura en la frente con una especie de pistola de rayos. Un tanto rocambolesco.

Rebasados los controles, por la escalera mecánica de la izquierda se accede a un pasillo elevado y cubierto que da acceso a un edificio que alberga un centro comercial, en cuyo 2º piso están las taquillas del bus a Yangshuo y Guilin, 220 Y a Guilin (1€= 10Y). Pero como vamos muy justas de tiempo para coger el último autobús del día, que sale a las 19:30, y no acabamos de localizar las taquillas, lo cogemos por una agencia, 250Y. ¡Nos llevaron desde el local donde tenían el negocio en una minivan, atravesando la ciudad, hasta alcanzar 40 minutos después al autobús en una de las paradas que hacía! No estamos seguras de si era el que había salido a las 19:30 de la parada de la frontera, o el que salía desde el aeropuerto de Shenzhen.

Los buses nocturnos chinos son como los vietnamitas, están provistos de una especie de literas-tumbonas semiencastradas unas en otras, unas al ras del suelo y otras elevadas, distribuidas en 3 hileras a lo largo del pasillo. Se puede dormir más o menos cómodamente, al menos si no mides más de 1’70m. Ganan a los vietnamitas en que no te amenizan la noche con música hortera a todo trapo. Además, mi impresión es que los conductores son menos kamikazes que en Vietnam (aunque también puede deberse a que la experiencia es un grado y con que no dieran vuelta de campana ya me daba  por satisfecha…).

Llegamos a Guilin (pronúnciese Kui-lin, así, como muy cortante y muy rápido) a las 8:30 de la mañana.

3 DE SEPTIEMBRE

La estación de autobús está en una gran avenida, la misma en la que, saliendo a la derecha, y a unos 300m, está la estación de trenes, fácilmente reconocible por ser su sede un edificio con grandes letras doradas con el nombre de la ciudad, y porque tras ella asoma un gran edificio con forma de puente de Londres. Hay una ventanilla donde se atiende a colectivos de pasajeros especiales: estudiantes, militares, jubilados…y extranjeros. En esa ventanilla hablan inglés. Cogimos billetes para el día 6 hacia Kunming, en litera dura. El precio de la litera dura es 270 Y la baja, 280 la de altura intermedia y aún hay una tercera altura (según subes en altura tienen menos espacio para incorporarse, y no te puedes sentar en ellas durante el trayecto diurno, claro). Pero las cabinas no son cerradas, sino abiertas al pasillo, y en éste hay un par de asientos abatibles y 1 mesita por compartimento. El tren es moderno y está en perfecto estado de limpieza, constantemente señoras encargadas de la tarea pasan barriendo.

En Guilin nos alojamos en el Flower’s Hostel. Para llegar, según se sale de la estación de tren, cruzar a la acera de enfrente, al otro lado de la avenida, y avanzar unos 50 m hacia la derecha, hasta topar con un Hotel grande. Cogiendo el callejón que se adentra a la izquierda, cruzar un portalón, y doblar hacia la izquierda. El hostel está a mano izquierda, es una especie de edificio industrial pintado a lo hippy. Han habilitado una agencia de turismo, y a la recepción se llega subiendo las escaleras. Las chicas que atienden hablan inglés, pero no son muy colaboradoras ni agradables, más bien secas y desganadas. Nos dicen que si nos sacamos el carnet de alberguista internacional allí (50Y, válido para todo un año desde la fecha de expedición), no se nos aplicará el descuento esa primera noche (cuando siempre es posible hacerlo, y así lo confirmamos preguntando en otro Hostel, el Backstreet, que se encuentra en una transversal de la calle peatonal turística, y que tiene muy buena pinta y precios semejantes a los del Flower: 30Y la habitación cuádruple). Acabamos sacando el carnet en el Backstreet.

Dedicamos la escasa tarde que nos quedó libre tras satisfacer necesidades varias (ducharnos, comer un menú por 6 Y/persona) y cumplir con algunas ineludibles gestiones (sacar los billetes de tren, sacar dinero) a acercarnos al Pico de la Belleza Solitaria, en uno de los parques de la ciudad. Ya estaba atardeciendo y no vendían tickets para acceder, y a pesar de los intentos de Amaia, el guardia no nos permitió subir. Justo acababa el turno, cerró el chiringuito y nos acompañó hasta la salida del parque. Callejeamos, adentrándonos en una barriada adosada a la misma calle peatonal: lo turístico y moderno frente a lo local, cotidiano y real. Nos dimos un masaje de cuerpo y pies (2 horas por 50 Y), en una calle que une la peatonal con la que bordea el río Li. Ésta última tiene un paseo-muelle muy coqueto. Y un embarcadero donde se puede coger un bote turístico para adentrarse en un entorno paisajístico ciertamente chulo, que se cuidan de ocultar a la vista de los paseantes que no pagan el ticket, mediante frondosos árboles que impiden ver el río y el lago desde el paseo.
Cenamos en los alrededores de la calle peatonal, y volvemos al Hostel, Amaia agotada y yo indispuesta (un tremendo dolor de cabeza, supongo que fruto de las horas de avión y el cambio de clima), mientras Garbi y Mariaje se acercan a un ciber para reservar los vuelos internos que tenemos previsto coger.
  
4 DE SEPTIEMBRE

En la estación de trenes contratamos con Andrew (los chinos que se dedican al turismo parece que tienen todos otro nombre inglés) un bote de bambú a Yangshuo. Conseguimos un precio de 100Y por persona. Quedamos con él a las 7:30 en la estación de trenes. Él no viene con nosotras, es su hermana la que nos acompaña en un bus urbano hasta un punto de la carretera, en que esperamos a otro urbano que nos lleva hasta Yangdin, donde está el embarcadero. Allí la chica nos deja en manos del barquero. La carretera está en obras (de hecho, parece que toda China está en obras). El idílico descenso del Li en bambú dura unas 2 horas hasta Xinping, parada para baño incluida. El paisaje es impresionante: mágicos picos de formas caprichosas y aguas poco profundas y lisas como un plato, solo perturbadas por los ferrys turísticos que surcan el río cada vez con más frecuencia según avanza la mañana. El calor es asfixiante, y el toldo del bambú no es suficiente para mitigarlo, ni la velocidad que alcanza el bote, que apenas genera un poco de brisa. El baño fue realmente un oasis, aunque las aguas no tenían el mismo efecto refrescante del Cantábrico, por supuesto.

En Xinping bajamos a dar una vuelta y tomar algo. No es gran cosa, y nos extrañó porque habíamos leído reseñas muy positivas del pueblo; se ve que la parte con encanto no era la próxima al muelle, y habría más pueblo adentrándose más allá de los campos hacia el interior…

Al regresar al bambú tenemos movida: el barquero nos dice que no nos lleva hasta Yangshuo. Nuestra primera reacción es probar la resistencia pasiva: nos acomodamos de todos modos en el bambú y le decimos que no nos movemos hasta que nos lleve al destino pactado. No encontrábamos la tarjeta de Andrew, con lo que no podíamos llamar por teléfono para que nos aclarara la situación, y el barquero no entendía o no quería entender que llamase al tipo para que éste le confirmara que nos tenía que llevar hasta Yangshuo. Un grupo de chavales que llegan al embarcadero, en lo que parece un viaje de estudios o algo parecido, y que acuden a pedirnos sacarse una foto con nosotras, nos sirven de intérpretes, pero ni aún así conseguimos nada del barquero. Finalmente, éste llama a Andrew, y Amaia habla con él. El listo dice que lo que habíamos contratado era hasta Xinping, y que desde allí debíamos coger un bus hasta Yangshuo (¡como si no le hubiéramos hecho repetir 1.000 veces sobre plano cuál era el trayecto negociado!). Al final contratamos con otro barquero el trozo que faltaba hasta Yangshuo. De 180Y que nos pedían no conseguimos bajar más allá de 150Y, a pesar del buen hacer de Amaia.

Averiguamos que el trayecto que habíamos hecho sale por un precio de partida de 120Y. El 2º tramo es menos impresionante, pero cobran más porque los bambús no disponen de autorización oficial para amarrar en el embarcadero de Yangshuo. Desde el embarcadero en cuestión, subiendo las escaleras, a la izquierda, un camino flanqueado de puestos de venta lleva hasta el centro del pueblo. Antes de que la calle desemboque en una peatonal repleta de tiendas de souvenirs, vemos una tienda de pinturas, y en uno de los marcos el símbolo del puño y la rosa roja. Preguntándonos qué hace en aquel lugar el símbolo del PSOE, Amaia entra a preguntar, y el dueño de la tienda, un hombre joven, entusiasmado por nuestra visita y la pregunta, nos da en inglés un mitin de socialismo básico, explicándonos que aquel es el símbolo de todos los partidos socialistas y de la Internacional Socialista (nunca te acostarás sin saber una cosa más), y nos invita a pasar luego, una vez que estuviésemos instaladas, y tomar un té.

Nos alojamos en el Flower’s, frente a la estación de autobuses, en la calle/carretera a Guilin, a la que llegamos subiendo la calle peatonal. En la esquina del callejón de entrada, en lo alto, se puede ver el neón con el símbolo, azul sobre blanco, del Hostel. Este Flowers sí está muy bien, y las chicas que atienden son encantadoras y muy colaboradoras, hablan perfectamente inglés y responden a todas nuestras preguntas.

A la tarde damos una vuelta, visitamos el parque, subimos a un cerro donde nos dan la bienvenida a China unos mosquitos, y después de aprovisionarnos de repelente en el supermercado (nota: no se venden en farmacias), cenamos en un local de chinos nueva-clase media en los aledaños de la calle turística, en el centro peatonalizado. Parece que la nueva clase media china copia y supera los más criticables hábitos consumistas occidentales: enganchados a móviles de última generación, repeinados y revestidos, frecuentando los Mac Donalds y gastando en todos los lugares donde se puede gastar, en los artículos más inverosímiles y superfluos…El local está frente a un karaoke, así que la velada es amenizada por las más curiosas y desafinadas interpretaciones que creo haber oído jamás (claro que yo nunca he seguido OT ni sus castings). La cena, a base de pintxos variados, platos variados y arroz, regado con cerveza, nos sale por 106 Y las 4.

Después de cenar, nos pasamos 2 horas en un ciber que localizamos en la calle/carretera a Guilin  (ubicación: a unos 200 metros más allá del hostel dirección Guilin, a la altura de una peluquería fashion, en un callejón de la acera contraria). La dueña es una borde sin modales, pero deja de gritar y apremiar cuando tú te muestras más borde. Los precios de los ciber son irrisorios: 3 Y la hora?
  
5 DE SEPTIEMBRE

En la estación de autobuses alquilamos unas bicis (10Y todo el día, y hay que dejar una fianza de 300Y o el pasaporte), y hacemos ruta subiendo y bajando por los terrenos ribereños del río Yulong. Estupenda experiencia, a pesar del calor sofocante. Aparte de algún punto turístico abarrotado de gente (un embarcadero desde el que se toman bambús o kayaks), vamos en solitario y atravesando pueblos. Coincidimos sin embargo con una matrimonio checo, que viajan con su hija y su yerno, español, que trabajan en China y van con su niña de 2 meses. En el camino de vuelta, por la otra orilla del río, y por no querer pagar el desorbitado precio que nos pedían unos barqueros por pasarnos con las bicis al otro lado, continuamos por la ribera río abajo por un sendero ya no señalizado por la flecha roja que nos había ido guiando todo el día en cada bifurcación. Nos metemos por pleno campo, entre maizales y arrozales, teniéndonos en ocasiones que apear de la bici por la estrechez y lo impracticable del sendero. Achicharradas, y después de que unos avispados campesinos nos cobraran 20Y por reparar un pinchazo de la bici de Amaia y de que Garbi preguntara incombustible por la buena dirección a cualquier bicho viviente que aparecía en nuestro camino, por fin llegamos a la carretera general, justo a la altura del punto de venta de los tickets para la Water Cave, nuestro siguiente destino buscado. Las tarifas oficiales para esta atracción turística son: 180Y la visita guiada y el baño de barro. 120Y el baño de barro. Desde el último pueblo que habíamos pasado, un tío en moto nos seguía insistentemente para vendernos la entrada. Como era última hora de la tarde, las conseguimos por 100Y. Pero antes nos acercamos, 300 metros más allá en la carretera, a subir la Moon Hill, una colina horadada por la propia Naturaleza, a la que se asciende por escaleras, con espectaculares vistas (entrada,15Y). Aviso: las vendedoras de agua pueden llegar a ser muy insistentes, y se convertirán en vuestros guardaespaldas durante toda la ascensión. A pesar de su edad, están en mejor forma que casi cualquier turista.

A la bajada nos está esperando el de la moto con una colega suya que habla inglés. Para llegar a las cuevas, desde la oficina de venta de tickets junto a la carretera, a medio camino antes de llegar a la entrada a Moon Hill, en el otro lado de la calzada, una carretera lleva a un pueblo en el que se coge una minivan que te acerca hasta la entrada de las cuevas. Cuando llegamos se están yendo los últimos clientes, que nos miran curiosos. La visita es por tanto personalizada, las cuevas están enteramente a nuestra disposición, y en 1 hora y media disfrutamos de todas sus posibilidades, baño de barro incluido, que a pesar de mi aprensión inicial y mi escepticismo respecto a sus propiedades estéticas, nos dejó la piel cual melocotón¡ y dejó perfecta mi siempre pelada nariz! También exprimimos las piscinas de aguas calientes y templadas, una maravilla de relax, sobre todo después de un día como el que habíamos pasado.

Es noche cerrada ya cuando salimos, y volvemos pedaleando a Guilin, que dista unos 8 kilómetros. Para quienes no son miopes y por tanto deben ir todo el trayecto atentas a su lazarillo para no caer a la cuneta en la oscuridad o lanzarse bajo las ruedas de un coche (gracias, Garbi),  es una experiencia altamente relajante, disfrutando de la temperatura (ahora sí agradable) y la vista fantasmagórica o romántica, según se mire, proporcionada por las sombras de las montañas y las nubes. En suma, el paisaje nocturno es impactante, a pesar, o quizás gracias a la ausencia de luna y por tanto de luz.

Luego nos pegamos una cena homenaje, atentamente servidas por una hostelera con buena visión de negocio: 150 Y las 4.

En el hostel coincidimos con un chico valenciano, Nacho, que se había hecho un esguince recién llegado a Yangshuo, y tenía que parar varios días allí para descansar. A él se había unido un catalán, Josep, fisio, que llevaba 4 días en Yangshuo porque ya tenía cogido el vuelo y no podía irse antes, y estaba un poco aburrido del sitio (¡Como si no hubiera formas de llenar el tiempo de vacaciones y en un sitio así, con tanto para ver!).
   
6 DE SEPTIEMBRE

En la estación contratamos una minivan para ir a ver las terrazas de arroz de Longhsen. Nos salió 600Y. No nos aceptaron menos y no teníamos tiempo para ir buscando mejores ofertas, así que tragamos (En el hotel, el día anterior, nos ofrecían transporte por 550Y, pero había que reservarlo con 1 día de antelación, y aún no teníamos claros nuestros planes). El chavalito que conducía se tomó en serio lo de que teníamos que estar de vuelta en Guilin a las 16:30 para coger un tren, y pisó bien zapatilla, amén de hacer las típicas maniobras asiáticas al volante, que ponen los pelos de punta al occidental más templado. Salimos de Yangshuo a las 9:00 y a las 12:20 estábamos en la entrada del recinto (las entradas se compran en un punto de la carretera anterior al parking de llegada. 50Y por persona). En 2 horas hacemos la ruta de los miradores 1 y 2. Lo más bonito, el trecho del 1 al 2, tal vez porque no hay tenderetes en ese trozo, y nadie lo recorre, a pesar de ser la parte de solo llanear. Con lo cual puedes disfrutar en soledad del paisaje (bajo el sol abrasador, eso sí). A las 14:30 estamos en la furgo. Al salir vemos a un grupito de alemanes con el que llevamos coincidiendo desde el Backstreet Hostel de Guilin. Los reconocimos rápidamente porque una de las chicas del grupo, con cara de pasa, dejó muy clarito y de malas maneras a la pobre chica del albergue de Yangshuo que no le gusta la mayonesa en el sándwich…

A la vuelta, el chofer equivoca ruta y nos metemos en una carretera en obras a causa de las últimas lluvias. Al maniobrar para dar la vuelta, el chaval se pone nervioso y estampa el culo de la furgoneta contra un árbol. Luego, ya en el buen camino, volvemos a poner nuestro pellejo en juego porque Garbi desde el asiento de atrás llama su atención para pedir que ponga música china. Los conductores chinos parecen ser incapaces de seguir conduciendo mirando al frente mientras hablan contigo, así que imaginaros el momento. El chico entiende que lo que pide Garbi es una peli, así que baja el parasol del copiloto,¡y aparece una minipantalla de DVD de perfecta calidad! ¡Esto es China! Le decimos que eso no, que música (señalando su MP3), y nos deleita entonces con el chunda-chunda más internacional. Al menos, no lo pone a toda pastilla. Al pobre, que pretende ser lo más solícito posible, lo teníamos ya mareado, así que no nos arriesgamos a pedirle que cambie la música o la quite, no sea que vuelva a girar la cabeza como en El Exorcista y pegue otro frenazo!

A las 16.30 o’clock estamos en la estación de trenes de Guilin. Compramos provisiones en los puestos de allí mismo y montamos justas de tiempo en el tren. Es cómodo, limpio, y la gente tranquila y educada. Es curioso cómo las revisoras reclaman la atención de los pasajeros, pero no para dar instrucciones sobre el viaje, como esperábamos, ¡sino para montar su teletienda particular! Pulseras magnéticas, relojes  y artilugios por el estilo…

A las 22:00 se apagan las luces del vagón, aunque la gente sigue hablando, bajito. Esperaba que los chinos fueran más ruidosos y desordenados. De todos modos, nadie habló tanto ni tan alto como las petardas con frontal de mi compartimento, vascas a la sazón, jeje. Menos mal que tenía el kit “duerme en cualquier parte” de Air France…y un considerable cansancio, claro.
   
7 DE SEPTIEMBRE

Llegamos a Kunming a las 11:20 (20 minutos antes de la hora prevista). Es otra gran ciudad de amplias avenidas y tráfico caótico. La estación de autobuses está en la margen izquierda de la avenida que se extiende al frente de la fachada principal de la estación de tren. Acosadas en la estación de buses por los vendedores de tickets free lance, los ignoramos con cierta violencia, necesaria, y al final conseguimos en ventanilla los billetes a Dali por 134Y/persona. El trayecto dura 5 horas y te dejan en la estación de autobuses. Desde allí hasta la Ciudad Vieja, se coge un bus urbano (frente a la salida de la estación de autobuses, en la calle que sigue recta, a la derecha), por 2Y/ persona. Llegas en media hora. Bajamos en la calle Ba Oi Road, la principal. Y nos encaminamos al albergue escogido en la Lonely. Pero está cerrado por reformas (con la  pinta que tiene, pese a la reseña de la guía, no me extraña que estén haciendo reformas, casi se podría decir que era mejor derruirlo y construirlo de nuevo). Una europea que pasa por allí nos recomienda el hostel en que está alojada, el Emu verde. Está a 10 minutos andando, en la calle/autopista al Tíbet. El sitio está muy bien, muy cool; quizás sus huéspedes son también demasiado cool para nuestro gusto. Como en ese edificio no tienen 4 camas libres, nos llevan al de la calle de atrás, 2 habitaciones dobles, una con baño interior. Dejamos los equipajes y salimos directas a ver las 3 pagodas. Están a 20 minutos andando por la autopista. A la hora que llegamos ya no hay acceso al público. El complejo es grande y cuesta 120Y/persona, muy caro en nuestra opinión, así que no lamentamos conformarnos con verlo desde fuera. Desde allí, por 20 Y, cogemos un taxi que nos lleva a Caicun, un pueblo pesquero en la orilla del cercano lago Erhai, y de allí a Dali a cenar. El taxista, un chavalito muy joven, tímido y muy majetón, está deseando practicar las 2 cosas que sabe en inglés con nosotras.

Cena al gusto de las chicas: pintxos en barbacoa, vegetales mixtos fritos, té, arroz… Tras consultar en una agencia de viajes, e interrogar a un cliente del hostel muy majo (¡no podía ser norteamericano, Garbi, dime que no! ; ) en la sala de Internet, obtenemos información sobre cómo hacer el trekking de la Garganta del Salto del Tigre.

También encontramos allí a un matrimonio mayor, que resultan ser extremeños residentes en Mondragón, ansiosos de poder hablar con alguien en su idioma. Están de vacaciones con su hija, Raquel, que trabaja en Pekín, y nos confiesan que la dureza y lo ajetreado del viaje se les hace un poco cuesta arriba a su edad.

Solo resta ducharse y a la camita, que ha sido otro día cansado y hay que madrugar.
   
8 DE SEPTIEMBRE
  

Madrugamos pero no llegamos al autobús de las 7: 50 a Shangri-Lá. En el de las 8:20 no quedan plazas. Finalmente, montamos en el de las 8:50, tras retenerlo pese al nerviosismo de la chavala de la agencia y el mosqueo del chofer. Pero es que teníamos que cambiar dinero y el banco no abría hasta las 9, y Amaia estaba ocupándose de ello.

Siguen 5 horas de botes y respirar tabaco. No está prohibido fumar en los autobuses chinos, aunque los amables chinos que nos acompañaban pillaron la indirecta cuando tosí y abrimos las ventanas a tope en plan descapotable para que entrara el aire. Entonces abrieron las suyas echando el humo fuera. También nos amenizaron con cánticos populares…Son muy cantarines los chinos. Finalmente, el autobús hace una parada en una curva de la carretera, lo que resulta ser Qiautou (pronúnciese algo así como (Tchai-tchou, si lo dices a lo castellano no te entenderá ni Buda). Localizamos un taxi, y con la dirección del Jane’s Hostel escrita en mandarín por un guía chino de un grupo de excursionistas que habían bajado del bus en la misma parada, le pedimos que nos lleve allí. Algún problema de entendimiento hubo con el taxista, porque el caso es que después de mucha conversación ininteligible al final nos montamos, y después de meternos por el centro del pueblo (el pueblo continuaba más allá de la  curva, no eran solo las 4 casa que se veían bordeando la carretera), vuelve a la carretera principal, y en una bifurcación señalizada con la Garganta nos deja en el albergue. Total, una carrera de exactamente 400m y 3 minutos…Si lo hubiéramos hecho en línea recta, calculo que hubieran sido 50m y 30 segundos… Pagamos 5 Y por la broma (él nos pedía al principio 10Y).

Pagamos 50Y/persona por entrar en la zona de la Garganta, y allí mismo, al pie de la caseta de tickets, está el albergue de Jane. En él se pueden dejar los equipajes para recogerlos al finalizar el trekking. Nos encontramos allí a un argentino, Gustavo, que nos da todas las explicaciones sobre la ruta, que él acaba de terminar. El muchacho es un poco paternalista y resultó que exageró sobradamente las dificultades del camino. No sé si porque éramos mujeres…o porque era argentino. A las 15:20 nos ponemos en marcha, el sol daba pelín fuerte. La ruta empieza siguiendo la carretera. En el mojón del km 194, hay que coger el senderito que asciende por la izquierda (hay una señal azul de tráfico). A partir de ahí, seguir la flecha roja. En el camino rebasamos a una pareja (él italiano, que es quien nos aborda buscando conversación, ella de Valladolid), que acabarían quedándose a hacer noche en un albergue anterior (el Naxi). Como solo habíamos andado 1 hora y media (la guía marcaba 2 horas hasta ese punto), seguimos hasta el siguiente albergue.  Las curvas y escaleras de las que nos había hablado el argentino como de gran dificultad, resultaron ser un tramo cansado, pero tampoco tan duro como él lo describió. La guía habla de los peligros de que llueva en la ruta. Había nubarrones amenazantes y cayeron 4 gotas, pero tuvimos suerte y quedó en eso. En 4:30 horas desde el inicio de la ruta llegamos al Tea Horse Hostel. Allí encontramos a una pareja canadiense con los que habíamos charlado en un mirador en el que coincidimos durante la ruta. Tomamos una ducha (básicas instalaciones y curiosas letrinas, sin mucha intimidad que digamos) y ¡pedazo de cena!: 2 raciones de cerdo con tomate, 1 de brécol, 4 arroces, 1 de carne, 2 pancakes y 3 cervezas –las cervezas chinas siempre son de 600ml-, 162 Y) Además, al cobrarnos, la cocinera jefa, supermaja, y que hablaba un básico inglés, nos dio clases de mandarín. Ella y la chiquita que nos sirvió eran de risa fácil y pasamos un buen rato. También coincidimos con una noruega que viajaba sola y tenía ganas de hablar. No la dimos mucha cancha porque nosotras lo que teníamos era ganas de dormir. Pero enseguida encontró amiguitos con los que entretenerse y nos libramos de esa carga de socialización. Y también nos abordó un chino (o lo mismo era coreano o japonés) que al ver que hablábamos castellano vino a contarnos que conocía Barcelona y Madrid, y que le gustaba el vino español, y ¡olé!.

Nos acostamos después de cenar, porque el desayuno al día siguiente era a las 7:00.

Vocabulario básico en mandarín:
1= yi ga
2= ar (con a cerrada, entre una “a” y una “e”)
3=san
4=si
5=búu
10=shi
100=ba
Mi fa=arroz al vapor
Choi fa=arroz frito
Hola= Ni hao
Adiós= Tchaitchié
Du pu chí= lo siento
Pu io / i io= sí
Mei io= no
No entiendo= tim bu tto
Buenas noches= wa_ ái
Waei! (al coger el teléfono)
  
9 DE SEPTIEMBRE

Tomamos un desayuno muy contundente, a base de pan pita con huevos/queso y té. El té tibetano que pidió Mariaje era con leche de cabra o yak, parecía un consomé muy graso. Lo acompañan con pan pita de ajo. 4 raciones de pan pita, 1 yogur con frutas y muesli, 2 tés y 2 botellas de agua grandes, 82 Y.

En algo más de 3 horas, a ritmo de paseo y safari fotográfico (3 horas marcaba la Lonely), hacemos el trayecto que restaba, que no presenta ninguna dificultad. Se ve una bonita cascada, que hay que cruzar pisando 3 piedras, sin ningún peligro, y hay algún tramo de descenso algo resbaladizo, pero nada más. Hasta yo, que bajo siempre con pies de plomo, no lo encontré complicado. Seguir siempre la señalización al Tina’s Hostel (no perder la flecha que señaliza el camino hacia abajo, a la derecha según se desciende de un miradorcito). Desde ese hostel, en la carretera, cogemos una furgoneta-taxi. Cobran 80Y. Compartimos con un chico chino y nos sale a 15Y cada una. A ratos el asfalto se convierte en pista de tierra, el conductor mira de vez en cuando hacia arriba para asegurarse de que no hay desprendimientos. Rebasamos el punto donde está el mirador en que desembarcan todos los autobuses de turistas chinos a ver el río atravesar la garganta. Han creado un colapso de tráfico que superamos en poco tiempo. Una vez en el Jane’s, nos aseamos rápidamente, cogemos las mochilas y Jane nos gestiona una furgoneta hasta Shangri-Lá, por 40Y/persona. (La verdad que no regateamos). La conductora, una tiarrona tibetana, con toda clase de adornos tribales en la furgo, un encanto. No hablaba ni papa de inglés. Nos puso música durante el viajecito, tanto moderna como tradicional china, y ver los paisajes que atravesábamos, con las estepas plagadas de caballos y las casas tibetanas, mientras oyes la música local, te da verdadera impresión de estar precisamente donde estás.

Muy solícita, la chica espera a que nos informemos en uno de los albergues de Shangri-Lá que nos había recomendado Jane, el Kevin Traveller Inn. El encargado, un chino joven, habla perfectamente inglés y nos da todo tipo de explicaciones sobre ubicación de otros hostels y actividades en la zona. El hostal tiene muy buena pinta, pero no dispone de habitación de 4 libre, (la doble cuesta 80Y) y escogemos otro hostal, el Dragon Cloud, 300m más allá. La conductora nos vuelve a montar para dejarnos en la puerta del Hostel que habíamos escogido. Cogemos una habitación común de 6 camas, 25Y cada una. Los baños están bien, y están haciendo obras para construir más habitaciones. También hablan inglés.

Después de instaladas, cogemos el bus urbano nº 3, con intención de ver el monasterio tibetano, pero lo cogemos en sentido contrario, y nos deja (parada final) en el otro pequeño monasterio de la parte vieja, muy bonito (bus, 1Y/persona). Volvemos a coger el nº 3 hasta el otro monasterio, el grande, que está también en la última parada. Pero el bus no te lleva hasta el mismo monasterio, te hacen bajar para cobrarte el ticket de entrada en un lugar donde están construyendo un mega complejo turístico. Bajamos del bus, pero una vez allí nos hacemos las locas  y seguimos andando por la carretera, y cuela. Aún queda un trecho, y Amaia aborda a un paisano que iba en furgoneta en nuestra dirección y por 6Y nos lleva, pasado un pueblo, hasta la entrada misma del monasterio. Cuando estábamos subiendo a la furgo justo pasó en coche el guarda que se ocupaba de los tickets, y algo dijo al chino que nos llevaba, pero nos dejó seguir. Este sí es un gran monasterio, estilo Potala. Subimos, y arriba del todo un monje nos quiere vender el ticket de entrada. Es prácticamente la hora de cierre y Amaia negocia 1 sola entrada para las 4 (85 Y). Pero nos lo podíamos haber ahorrado…porque estaban cerrando todo ya. Nos damos una larga vuelta por el complejo. Y ya anocheciendo salimos. Pero claro, el último bus de vuelta a Shangri- Lá ya hace tiempo que ha salido. Unos tíos con mala pinta en un pedazo y carísimo 4x4 nos invitan a subir con ellos, pero declinamos tan sospechosa invitación, nos dieron mala impresión. Abordo a un monje que descargaba mercancías de su coche en una tienda, y se ofrece a llevarnos. Montamos en el viejo coche las 4, más un chaval que no nos dimos cuenta de dónde había salido. Muy amables ambos, se empeñan en llevarnos hasta la puerta misma de nuestro hostal. Pero luego, cuando Amaia le ofrece dinero, como para quedar bien y agradecer el favor…¡el tío nos reclama abiertamente 40Y! Le damos 20 y nos largamos. (¡Fíate tú del clero!)

Entramos en la parte vieja. Todo son sitios para comer, y sobre todo para comprar. En la plaza había baile, tipo la era. Gente de todas las edades bailando danzas tradicionales. A Amaia un chico muy majo, fan del Barça, le deja su ordenador de la agencia en la que trabaja para que entre en Internet a arreglar lo de su vuelo de vuelta a HK. Cenamos en un txiringito de barbacoa (pintxos de calamar, champiñones, cerdo, cabra, pescado…por 1 y 2 Y, 6Y lo más caro el muslo de pollo) y coincidimos con una pareja de catalanes. Van con guía, también catalán, que  responde al nombre de Pep-y que lleva 5 años en China (en Shangai y Chengdú) y que ha montado una agencia de viajes.

10 DE SEPTIEMBRE

Desayunamos enfrente del hostel, en un localito a unos 50m a la derecha, al otro lado de la calle, con traductora taiwanesa incluida (otra clienta sola con ganas de socializar). La dueña del local, un encanto de mujer, y muy eficaz.

Alquilamos una mountain-bike por 2 Y. Pedían 3 Y por todo el día, pero como era hora avanzada de la mañana Amaia la convence de que nos la deje por menos. Tomamos ruta hacia el lago Napa. Vamos viendo pueblos, y hablando con algunos de los paisanos. Son gente muy sociable y hospitalaria. Aprendemos que tto es cerdo, y ma caballo (seguro que esto nos es útil en el futuro, jaja). El paisaje es espectacular, y se respira paz. Llegadas a un punto del camino nos topamos con la caseta de tickets para entrar en el parque natural. Intentamos hacernos las locas y pasar la barrera sin pagar, pero los encargados salen corriendo de la caseta. La entrada son 30Y. Amaia decide seguir, a pesar de los gritos de los guardias, pero en lugar de por la carretera, por una pista de tierra que va en la misma dirección, y finalizar la vuelta al perímetro del lago. Nosotras desandamos lo recorrido. Total del recorrido, unas 5 horas. Unos 42 km. Amaia haría algo menos y llegó al hostel 15 minutos antes.

Nos pegamos una comilona en el mismo lugar en que habíamos desayunado. El local se llena de repente (gente llama gente), pero la dueña y su marido, que cocinaba, se las apañaron estupendamente para darnos de comer a todos en tiempo récord. Y todo estaba delicioso. Recogemos la ropa tendida que habíamos lavado en el albergue y pillamos el bus nº 1 a la estación de autobuses (pasan cada 10 minutos). 10 minutos antes de que salga el último autobús a Lijiang conseguimos los billetes (44Y/persona). Recién salidas de la ciudad, la Policía para el autobús en un control y estamos un buen rato esperando. Pero a pesar de todo, en menos de 4 horas llegamos a Lijiang. Está chispeando. Cogemos un taxi por 7 Y hasta la Parte Vieja. Nos deja en la plaza principal que da acceso a la zona peatonal. Aquello es el Disneyland chino: luces, tiendas, zona de marcha-karaoke fashion total con la música a tope oyéndose desde la calle y entremezclándose de un bar a otro…Callejeamos por la zona más tranquila, ascendiendo y retornando a buscar un sitio para cenar. Probamos las especialidades locales: el queso de cabra frito y rebozado con azúcar, y el baba(como una torta densa untada en caldo de cocido. Una bomba de colesterol).

En Lijiang nos alojamos en el Internacional Youth Hostel. Nos guían el matrimonio de Mondragón y su hija que conocimos en Dali ¡y que encontramos de nuevo aquí al doblar una esquina! Para rematar las casualidades, ¡acabamos descubriendo que la otra hija fue compañera de trabajo de Amaia en Eroski! El hostel está muy bien: habitación doble con baño europeo, moqueta hasta en las terracitas, Internet, desayuno incluido (aunque el desayuno fue un fiasco: el café no era café y te escatimaban de todo), 120 Y. El precio de la cama en el dormitorio común, y con baño turco común, 30 Y, pero no quedaban plazas y cogimos 2 habitaciones dobles. 

11 DE SEPTIEMBRE

El “desayuno incluido” hay que pelearlo. Primero empiezan diciéndonos que no tienen huevos, y al final nos los sacan. El café es chocolate en polvo desvahído. También hay que insistir para que saquen la mantequilla con las tostadas de pan de molde. Y no hay mermelada.

Recién salidas del hostel, nos aborda una chica china impecablemente vestida y que hablaba un perfecto inglés, que nos ofrece alquilar una minivan para una excursión de 1 día a los pueblos cercanos. 200 Y todo el día para las siguientes zonas: Yuhu, Snow Village, Baisha, Shuhé. El chófer es su marido, un joven con pinta de haber sido el más popular del insti. Los pueblos son bonitos, es obvio que próximos a Lijiang no son todo lo auténticos que sería de desear, pero la ausencia de turismo en masa y su aún conservado encanto los hacen muy agradables. En el primero de ellos, curioseando una casa, incluso nos invita la dueña, una chica joven, a pasar dentro al ver el interés con el que la contemplábamos. La tenía hecha un primor, y se desvive por ser una buena anfitriona. No hacía más que ofrecernos de comer y de beber, y le aceptamos unas mandarinas buenísimas. En Baisha una parte del pueblo es todo tienditas para turísticas. Hay que ir al otro lado a ver la parte donde viven. En uno de los puestos me compro una pulsera tibetana por 30Y (de 40Y a 30Y: acepta a la primera, claro. No he negociado nada bien, no estoy con ganas). En Baisha entramos a ver los famosos frescos: unas pinturas ceremoniales ciertamente deterioradas, pero que deben ser las mejor conservadas de su especie en los templos de toda China. La entrada son 30Y. En mi opinión, prescindible. También compramos la entrada general de 80Y, que en teoría es para la conservación y acceso a la parte vieja de Lijiang. Pero como no es posible limitar el acceso a la parte vieja, han creado esta entrada que da acceso a cualquiera de los demás lugares turísticos de la zona, y hay que pagar si quieres acceder a cualquiera de ellos: determinados pueblos, monasterios…

En Shuhé damos una vuelta larga y comemos (66Y). Y luego hacemos la turistada de pagar 30Y por un batido natural en una terraza con mecedoras de bambú en la orilla del río, en ambiente de lo más cool. El batido no estaba bueno, pero al menos pagamos el lugar y el reposo. En Baisha compro un colgante de cascabeles (20Y) de esos que suenan al abrir las puertas o cuando los mece el viento, que voy a poner en el balcón, para la delicia de mis vecinos. En la fachada Oeste y viviendo en el Cantábrico, es música constante asegurada, pero el sonido es muy relajante ; )

Por el pueblo se ven un montón de novias haciéndose un reportaje fotográfico a la china. Se prueban múltiples vestidos, tocados y maquillajes, y se retratan en las poses más artificiosas.

El chofer nos deja de regreso a Lijiang en el Parque del Estanque del Dragón Negro (a los chinos les encanta nombrar todos los lugares de interés con evocadores y rimbombantes denominaciones). En cada esquina del parque, fotógrafos profesionales te sorprenden cámara en ristre haciéndote una foto que luego pretenden venderte, descargándola a una velocidad sorprendente en el ordenador. Incluso hacen fotomontajes poniendo tu figura sobre el fondo que han fotografiado otro día en que la luz es óptima y las nubes no enturbian la visión de las montañas.

A última hora subimos por unas empinadas escaleras a la Colina del Elefante, desde la que se tiene una fantástica visión del atardecer sobre la ciudad. Allí las chicas, que subieron hasta arriba del todo, fueron testigos de en cuánto puede ayudar el tai-chi y otras disciplinas orientales a mantener la forma física en las mujeres de 70 y muchos años (o quién sabe si más o menos) que suben las escaleras a ritmo de marcha militar y tienen más flexibilidad que las medallas de oro de gimnasia rítmica.

Desde la puerta Sur del parque se sale directamente a la plaza por la que se entra a la ciudad vieja.

Vamos al hostel a recoger el equipaje. Resulta que al lado de nuestro hostel hay otro, el Naxi Family hostel, que regenta la hermana de la chica que nos había vendido la excursión. ¡Con razón nos había enganchado nada más salir de desayunar!. El marido nos lleva al aeropuerto por 80Y, para coger al avión a Chengdú. Era un poco macarrilla al volante, y el trayecto pronosticado de 45’ lo hacemos en 30’. Nos dicen que el taxi costaría mínimo 100Y. ¡Pero a saber!

El avión se retrasa casi 2 horas por mal tiempo en el lugar de origen. En desagravio, nos dan un yogur bebible. El coste del billete, 790Y+ 50 y de gastos de gestión+ 3% por el pago con VISA.

Llegamos a Chengdú a la 1:30 de la mañana, y nos recoge la minivan del Loft Hostel, que ya teniamos reservado por Internet. Hay un trecho largo para llegar, Chengdú es una ciudad de 12 millones de habitantes. El hostel es de diseño. Los baños son unisex. Aunque el estado de las habitaciones no es impecable, está limpio. Hay Internet gratis, y organizan excursiones a precios muy competitivos. Las chicas hablan inglés, la habitación cuádruple cuesta 35Y por persona y el desayuno es contundente y muy bueno, a la occidental (por 16Y): yogur con muesli y frutas, huevos fritos con tomate, revuelto de setas y cebolla, tostadas con mantequilla y mermelada.

12 DE SEPTIEMBRE

Cogemos un taxi a la estación de autobuses, por 11 Y. Allí cogemos el de las 12 a Leshan (44Y/persona). Tarda una hora y media en llegar. Desde la parada de bus, en la misma calle se coge el urbano nº 13, muy frecuente, hasta el Big Buda. En la puerta Norte, la principal, nos quieren hacer pagar la entrada general para todo el recinto, 150Y, más la del Big Buda, 90Y. Pero en la puerta Sur venden solo la del Gran Buda, y al final, una vez dentro, ¡puedes tener acceso a todo el recinto!

Después de ver el complejo salimos por la puerta Este, a un descampado, y llamamos a la van que nos había llevado a la puerta Sur, para que nos lleve a Emei, a subir al monte sagrado.

Pero no salimos de inmediato hacia Emei. Descubrimos que el chofer de la furgoneta tenía previamente pactado recoger a otras turistas a la salida del Buda, y tenemos que esperar a que lleguen, mientras él intenta mantenernos entretenidas para que no nos pongamos de mala leche por la jugada. No partimos hasta pasada 1 hora. Y las turistas resultan ser 3 señoronas chinas. El viaje fue un poco surrealista: las 3 hablaban como cotorras, entre sí y con el chófer (en chino mandarín, con lo que ello añade de impactante al momento), e incluso hicieron algún intento de comunicación con nosotras espoleadas por la curiosidad. Es curioso, pero los chinos aunque evidentemente han de comprender que no entiendes una palabra de lo que dicen, no dejan de parlotear incisamente, como si supieras de qué te están hablando. Tras varias paradas (que si ahora recojo unas tejas, que si ahora recojo un paquetito del supermercado), llegamos al Teddy Bear Hostel, al lado mismo de la estación de autobuses. Está lloviznando. Dejamos las cosas en la habitación (habitación común, compartida con otro chico, 35Y). Pillamos un taxi para ir hasta la ciudad vieja (13Y). Damos una vueltilla por un mercadillo nocturno y cenamos en un garito local donde somos el espectáculo para trabajadores y comensales. El número que tuvimos que montar para que entendieran lo que queríamos comer la verdad que fue divertido: la dueña tirando de nosotras para escoger el género; llevándonos a la mesa de al lado para conseguir una supuesta traducción, fracasada por el escasísimo nivel de inglés del voluntario forzoso; chino-indio y gesticulaciones para que entendiera cómo quería que prepararan las verduras; un comensal vecino cargadito de alcohol venga a acercarse a nuestra mesa a brindar y sin dejar de hablarnos en chino…La cena salió por 206Y . El momentazo…no tiene precio, jeje. Lo mejor, una tortilla de una especie de espinacas o penca, y un plato de lacón con verdura. Nota: la región es famosa por su comida picante. Ándense con cuidado los delicados de estómago.

Después de la cena, Garbi y Mariaje se encapricharon con hacerse la manicura a la china, y allá que acabamos en un local, donde la única chiquita que atendía, al ver llegar a 4 extranjeras se apuró y llamó a 3 compañeras de refuerzo. Al final las chicas se hicieron una divertida manicura con florecillas en miniatura incluidas…para ir al día siguiente al monte. Eso es glamour y lo demás son tonterías. Las esteticiennes al principio se mostraron muy tímidas. Pero luego cogieron confianza, y la cosa acabó entre risas constantes y con sesión fotográfica. No sé si he dicho que a las chinas les gusta posar divinas de la muerte frente a las cámaras y en poses imposibles. Tengo en mi tarjeta de memoria todo un book de las lolitas chinas estas.
  
13 DE SEPTIEMBRE

Desayunamos en el hostel. No era como el de Chengdú, pero era pasable. Desde las 6:00, cada media hora, hay buses de subida al Emei Shan (40Y). Hay 2 paradas, desde las cuales poder emprender rutas a pie. El bus para a medio recorrido para comprar el ticket y que te hagan una foto los guardas del parque, para controlar supongo la afluencia de público y por si se les pierde un visitante…pero no te dan un carnet con la foto, como pone la Lonely. La entrada cuesta 150Y.Como el recorrido total requeriría al menos 2 días y disponíamos solo de 1, optamos por coger el bus hasta la segunda parada, en la que se coge un teleférico hasta la cima (120Y ida/vuelta), pero hacer este último tramo andando. Tardamos 2:45’. Amaia se encontraba bastante mal y débil, quizás le sentara mal la cena, porque incluso había vomitado. Mariaje también andaba algo mal del estómago. Sin embargo, Garbi y yo habíamos comido lo mismo y no teníamos ningún síntoma. El ascenso, todo por escaleras y rodeadas de árboles y nubes, sin ver ningún paisaje, la verdad es que es castigador, y el desnivel es considerable: de 2500 a 3000m. Unido a la humedad, no subíamos muy rápido. Esperábamos algo más agreste, senderos salpicados de templos y cascadas, o algo así. Quizás el primer tramo fuera así, pero no éste. Caía llovizna, pero al llegar a la cima, superado el nivel de nubes, lucía el sol y había mucha luz. El pico está culminado con un templo con una figura gigantesca y dorada. Tiene un toque kitch, pero no deja de ser espectacular.

Bajamos en una hora y cuarto hasta la parada del bus, y cogemos el de las 15:00. A las 16:30 estamos (mareo mío incluido por las curvas y la velocidad e inestabilidad del bus), en la estación de buses de origen. Mariaje y Garbi pillan un taxi para ir a la manicura del día anterior, donde Amaia había dejado olvidada su cámara, y llegan in extremis a coger el bus, porque el taxista no les dejó en el mismo lugar de la noche anterior y luego no conseguían otro que les trajera de vuelta. Los buses a Chengdú parten casi cada hora, y el último del día es el de las 18:00, que es el que cogimos. Tardamos 2:20’ en llegar. Desde la estación, un taxi por 16Y nos lleva de nuevo al Loft hostel, donde habíamos dejado el grueso del equipaje 2 días atrás.

Garbi y yo cenamos, en el mismo hostal. Amaia no pudo tomar  más que un poco de arroz y Mariaje un té, no quisieron forzar sus tripas con más gastronomía local. (Coste total, 26Y).

Después de una sesión Internet para confirmar vuelos y reservas de hostal y guía de la Muralla en Pekín, nos acostamos.

Nota: me pregunto cómo hace el turismo “de mochila” para meter en la susodicha el portátil con su batería y demás accesorios, amén de ropa tipo tops, zapatitos y rebequitas para ir monas después de la ducha de rigor…

14 DE SEPTIEMBRE

Tras un desayuno potente (las que podemos), salimos a patear Chengdú. Las chicas encuentran una peluquería donde se atreven a experimentar (Garbi y Mariaje solo lavado y peinado, Amaia arriesga a un corte de pelo del que sale encantada, aunque yo podría jurar que esa china era la primera vez en su vida que tocaba un pelo rizado). Tarifas, 10 y 15 Y respectivamente. Por una limpieza de cutis ya pedían un precio escandalosamente europeo, así que pasamos.

Visita al parque Wu-Huo, vemos callejas antiguas pero algo artificiosas, con puestos de artesanía, y al salir de la zona antigua ¡nos encontramos con Pep, el guía catalán de Lijiang y su hermano! Nos insisten en pasar a la noche a cenar por su restaurante, pero esa misma noche Garbi, Mariaje y yo volamos a Beijing (Amaia vuelve a HK al día siguiente). En taxi, y por recomendación de Pep, visitamos el templo taoísta (10Y la entrada) y el budista (15Y). Y antes de marchar de Chengdú nos damos un masaje en un local de la misma calle del hostel y recomendado en éste: el John’s. Resulta ser una engañifa: el masaje no es bueno, las tablas de precios especificaban 20Y la hora de masaje, 10 Y el masaje curativo chino, 10Y scraping (o sea, que te planchen el cuerpo a modo de exfoliante con una piedra de filo plano). Pero no están ni 50 minutos y pretenden cobrar los 3 conceptos sumados. Además durante todo el tiempo no dejaron de cotorrear entre sí, de modo muy poco profesional. Nada recomendable.

Recogido el equipaje del hostel, y despidiéndonos de Amaia hasta unos días más tarde, cogemos un taxi hasta el aeropuerto, 56Y. Tardamos 45 minutos: pillamos toda la hora punta propia de una ciudad china de 12 millones de habitantes. Todos los taxis llevan taxímetro y hay que sumar una tasa de 1 Y por la gasolina.

Salimos con casi 1 hora de retraso (esta vez sin yogur en desagravio), pero aún así recuperamos el tiempo perdido durante el vuelo. Una vez aterrizadas en Pekín, cogemos un taxi hasta el hostal. En el aeropuerto de Pekín hay cientos de taxis (literalmente), cuyo tráfico se regula concienzudamente. La suerte no juega esta vez en nuestro favor: el taxista que nos toca o es novato o es cortito, y no sabe llegar al hostel, a pesar de que le facilitamos un plano con indicación del lugar donde está (en las cercanías de Tiananmen, lugar bien conocido), y que tenemos la dirección escrita en mandarín (obviamente, no tiene ni idea de inglés). Tiene que llamar a la centralita pero aún así no se ubica, y acabamos haciendo que llame al albergue y le indiquen desde allí cómo llegar.

El alojamiento, el Far East Internacional Yoth Hostel, en un hutong, es un hotel del mismo nombre, y en el semisótano, y en el edificio de enfrente de la calle, han montado el hostal. Está muy bien. 40Y persona la cama en habitación común. La primera noche tenemos que dormir separadas, a pesar de estar la reserva hecha conjuntamente desde hace días, pero al día siguiente nos pasan a otra habitación que acabamos ocupando solo nosotras.

15 DE SEPTIEMBRE

Desde el hostel, en 10-15’ andando alcanzamos la Plaza de Tiananmen. Tengo que decir que a pesar de la indudable amplitud de ese espacio, es tanta la expectativa generada en torno a ella que resulta un poco decepcionante. Lo que sí responde a lo leído y oído es la cantidad de policías y demás miembros de cuerpos de seguridad varios que se encargan del orden en el recinto. La seguridad y la presencia policial es una constante en Pekín. En cada parada del metro es necesario pasar por un escaner (incluso aunque uses las estaciones solo a modo de paso subterráneo para cruzar las avenidas de varios carriles).

A las 8:30 ya cae el sol de plano. Desde la Puerta Principal hasta la salida de la Ciudad Prohibida, todo el complejo histórico-monumental discurre en línea, siguiendo el eje Sur-Norte. Rebasado el mausoleo de Mao Tse-Tung, con su cadáver embalsamado en el interior, y para entrar al cual ya a estas horas de la mañana la cola es considerable, cruzada Tiananmen y su monumento a los héroes del Pueblo, accedemos a la Ciudad Prohibida ( 60 Y, entrada general, aunque en algunos lugares hay que pagar un suplemento). No resulta tan grandiosa como la esperábamos, ni tan abarrotada de gente como temíamos. Sin embargo, reencontramos su encanto al adentrarnos por las calles y pabellones laterales, y sus curiosas e interesantes colecciones, y los recoletos jardines y patios, laberínticos. A destacar la exposición de joyas, y sobre todo la de relojes. Un muestrario de los relojes regalados por mandatarios extranjeros al último emperador, de todos los tamaños, a cada cual de más caprichosas y barrocas formas y mecanismos, siempre en materiales de gran valor.
A la salida de la Ciudad, seguimos a pie el circuito que la Lonely recomienda para hacer en bici. Se hace muy ameno. Primero, una visita al Parque de Jingshan es un imprescindible, sobre todo subir a los kioscos escaleras arriba para ver unas espectaculares vistas de la Ciudad Prohibida, y el Pekín moderno superponiéndose a ella. Es un lugar ideal para un descanso. Luego, atravesar los hutongs o barriadas, descubrir puestos de comida local donde improvisar una fugaz pero sabrosa comida. Después, alcanzar el canal que conecta los lagos de Beihai-Quinhai-Houhai. Las Torres del Tambor y la Campana no las visitamos por dentro. Al Templo de los Lamas, cuando llegamos ya estaban cerrando. Nos dio pena, es un complejo grande y parecía muy interesante.

Después fuimos de compras al Mercado de la Perla. El viaje en metro (2Y) está impecablemente limpio y bien señalizado, aunque no facilitan planos ni sus empleados tienen nociones de inglés, como quizás podía esperarse del “lavado de cara” preolímpico. La parada que nos corresponde es Ciqikou. Para el Mercado de la Seda, los otros grandes almacenes abarrotados de turistas, hay que tomar la línea 5 y apearse en Yongyanmen. El 1º cierra a las 19:00, el segundo a las 21:00. El género que se vende es idéntico, y no tan variado como esperábamos. Es reseñable que la hora próxima al cierre es la mejor para conseguir buenos precios en el regateo.  A pesar de todo, esta gente da sopas con ondas al mejor regateador experimentado; probablemente en cualquier otro establecimiento de la capital (ni qué decir tiene del resto de China) es más fácil conseguir un precio más favorable al comprador. A veces piden 5 veces más de lo que es un precio razonable, a veces 100 veces más. Todo es desorbitado, sus ofertas, tus contraofertas…De cualquier modo, no hay que olvidar que esto es China, y que aun habiendo “palmado” pasta, desde luego el producto será más barato que en casa.
Volvemos al hostel a las 22:00, agotadas, y cenamos cerca, en un restaurantito en el que se desviven por atendernos, y la dueña, que sabe algo de inglés, se despide confiada con un “see you tomorrow”. Como detalle anecdótico, comentar que en el camino de vuelta, y por una de las grandes avenidas, nos cruzamos con una pareja de abuelos, que a la fresca de la noche salían a pasear a su oca. ¡China is different!

16 DE SEPTIEMBRE

A las 7:20 Paul, el guía chino de la Gran Muralla (la excursión, 220Y/persona), nos recoge en el hostel en una minivan. Recogemos, en las inmediaciones del Hilton y otro de los grandes hoteles, a 2 parejas. No sabemos si se alojaban en esos hoteles o en un hostel como nosotros, pero por el aspecto yo diría que lo primero. Unos eran alemanes, de Munich y los otros franceses (él hablaba un poco de castellano, había vivido 1 año en Barcelona, y ella hablaba alemán. Por supuesto, todos ellos hablaban inglés). El guía habla inglés, pero se me hace muy difícil entender su acento. Por lo demás, es jovial y se esfuerza en dar conversación y que haya cierta animación en el grupo. A pesar de ello, yo procuraba mirar constantemente por la ventana sin girar la cabeza para no verme involucrada en una conversación en inglés, para lo cual no tengo la necesaria fluidez. Aun así, el alemán, un tipo majo, la verdad, me pilló en un descuido y no tuve más remedio que socializar y quedar en evidencia con mi inglés de instituto español.

Tardamos 3 horas en llegar a destino, con una parada en el camino en un gran supermercado para comprar provisiones para el día. Los precios son casi europeos (50céntimos de euro un yogur grande con frutas, por ejemplo. Aunque la fruta y la bollería es barata).

El recorrido por la Gran Muralla duró un total de 5 horas. 1º, casi media hora ascendiendo a través de monte y arbolado hasta alcanzar la Muralla, en un punto en que la altura era apenas de metro y medio y fácil de subir a ella. Después, recorrerla, en muchos puntos escalando los cantos desprendidos con apoyo de las manos. Los desniveles son importantes. Hubo un paso en el que había que alcanzar una escalera metálica mal colgada de un peñón vertical, por el que había que salvar un trozo de muralla, no apto para quien padezca de vértigo. La chica francesa pasó un mal rato, atorada por los nervios en la pared y sin saber cómo alcanzar la escala ni cómo retroceder. Y servidora no temió por su vida, pero inevitablemente se sintió más que agobiada  por la falta de suelo bajo sus pies…

El trayecto se alargó porque nuestros acompañantes iban siempre por detrás, a su ritmo y parándose continuamente a hacerse fotos, pero se puede hacer en 4 horas con calma.

Lamentablemente, la bruma persistente no nos permitió contemplar con claridad diáfana el espectacular horizonte que se adivinaba tras los girones de neblina: la muralla serpenteando sobre hileras de picos imposibles, retorciéndose sobre sí misma, delirante, vigía de aquellas hordas de mogoles cuyo paso no consiguió evitar a pesar de todo. La estirpe de Gengis Kan gobernó China durante más de 100 años, estableciendo la capital de su imperio en Pekín. Llegados a la torreta punto último de nuestro recorrido, iniciamos el descenso de nuevo por monte, sin ninguna dificultad. Y solventada una leve parada forzosa, a causa de un caballo poco colaborador que taponaba el estrecho sendero por el que nos dirigíamos en busca de la minivan, alcanzamos ésta y en 2 horas esta vez estábamos en Pekín. Nos bajamos en una de las calles céntricas y nos dirigimos al Mercado de la Seda, quedan compras por hacer. Son unas horas verdaderamente agobiantes, hasta el punto de que salgo del Mercado antes de acabar agrediendo a alguna insistente vendedora que se empeña en que compres artículos que no te interesan y que ni siquiera habías mirado. Llegan incluso a agarrarte y empujarte al interior de sus puestos. No es apto para ciertos temperamentos.

Finalizadas las compras, y de vuelta al hostel, cenamos en el mismo lugar del día anterior. No es especialmente bueno, tampoco malo, pero sobre todo es cómodo porque a esas horas intempestivas en que ningún chino ni occidental está cenando ya, nos atienden con premura, y está camino de la ansiada cama.

Al llegar al hostel, hay una pequeña inundación porque los desagües no tragan bien, pero al día siguiente no quedaba ni rastro del pequeño estropicio.

17 DE SEPTIEMBRE

Cogemos el bus nº 808 ó 826 desde la esquina de Hangpynmen hasta el Palacio de Verano (2Y). Son 22 paradas, y tarda ¡1 hora!. La entrada completa al recinto cuesta 60Y/persona. El lugar es muy bonito, y hay un parque y un lago inmenso, que requiere 1 día entero para visitarlo a gusto. Nosotras solo vemos la zona monumental y la parte de parque que la rodea. Allí compramos unas caligrafías chinas que yo fui a China con capricho de conseguir, para colgar en el recibidor de mi casa a estrenar.

A la vuelta, cogemos el bus solo hasta la primera parada de metro. Estamos ya saturadas de templos y caminatas, y dejamos de lado el Templo del Cielo. ¡Pero otra vez toca compras! Devoluciones de última hora y regalos que aún estaban pendientes. Alguna tuvo que comprarse un trolley adicional, otras nos conformamos con casi hacer reventar la ya repleta mochila tamaño cabina. Otra vez cerramos mercados, y emprendemos la vuelta al hostel. Sin embargo, esta vez con un aderezo adicional: la calle del hutong por la que llegábamos al hostel está cerrada por un cordón policial. Uno de los policías nos explica que no se abrirá hasta dentro de 3 horas. Una chica, dueña de un negocio de la zona y que hablaba un perfecto inglés, nos cuenta como si tal cosa que hacía unas horas un hombre perturbado había matado a 9 personas. Nosotras pensábamos que sería otra calle más cerrada y vigilada por la preparación de los fastos del día Nacional, que había supuesto el atrincheramiento de Tiananmen y alrededores. Aún no sé si creer lo del loco asesino múltiple o no. Cenamos en un restaurante con buen pinta, más turístico, el famoso pato a la pekinesa. Turístico, pero de inglés ni papa. Una odisea intentar que algún camarero comprendiera que tenían que poner la cerveza a enfriar. La comida estuvo bien, aunque no tenían mucha variedad, y alguna de las cosas que pedimos no las tenían, nos tuvimos que conformar con lo que había. Del medio pato que encargamos, que te enseñan según sale del horno (¿o lo traen horneado de otro sitio?una ya no se fía de nada) y que filetean cual cortador de jabugo en tu presencia, se llevan sin embargo, sin servirte, un montón de ración que queda adherida a los huesos. En total, la cena salió por 98Y las 3. En el hostel, una vez de vuelta, nos las vimos y nos las deseamos para meter todas nuestras compras en las maletas para embarcar rumbo a Hong Kong al día siguiente.

18 DE SEPTIEMBRE

Llegamos tarde al avión que nos llevaría hasta Shenzhen a las 8:30 de la mañana (los vuelos hasta Shenzhen en lugar de directamente hasta HK pueden salir hasta la mitad de precio). Éste salió por         Y. El retraso fue debido a que nos indicaron en el metro que el expreso al aeropuerto tardaba media hora, cuando era más bien ¾ de hora. Además de perder mucho tiempo cogiendo una línea circular de metro previa en sentido equivocado, y llevarnos más tiempo del esperado andar desde el hostel, con las maletas cargadas, hasta la estación de metro. Para rematar, unas azafatas nos dijeron en la parada del expreso que nos correspondía la Terminal nº2, y en realidad era la 3, cuya parada habíamos dejado pasar y a la que tuvimos que regresar. Afortunadamente, la buena estrella nos está acompañando en este viaje, porque el vuelo había sido cancelado y embarcamos finalmente en el siguiente, a las 9:30.

En unas 3 horas llegamos a Shenzhen. Según sales por las puertas del aeropuerto, la primera de las taquillas de autobús que hay a la derecha, la del 330, vende los tickets (20Y) para la estación de autobuses de Shenzhen, en la frontera. En la parada última, dejamos el autobús y cruzamos la pasarela elevada siguiendo las indicaciones de “check point” o “Hong Kong”, y siempre por el pasillo reservado a los “foreigners” o “visitors”. Tras todos los controles de rigor cogemos el metro dirección Hung Hom. Amaia nos espera en la estación de Mong Kom. Su casa es un apartamento pequeño pero a todo tren, con toda clase de servicio, y no tiene ni que fregar una cucharilla. Daba hasta apuro entrar en semejante sitio con la pinta que llevábamos. Dejamos los trastos, nos aseamos y salimos a conocer HK. Pasamos en ferry a la isla (10 min). Cogemos un tranvía de 2 pisos para recorrer la calle principal, encastrada entre grandes rascacielos, como todas las de la ciudad. Luego cogemos un taxi para subir a Victoria’s Peak (50Y) y ver las incomparables vistas de la bahía al anochecer. A las 19.00, todos los días, hay un espectáculo de luces y sonido que ilumina los edificios de la bahía, con juegos de haces de luces y rayos láser, y a cuyo inicio asistimos ya desde el ferry de regreso, y acabamos de presenciar en el Paseo de las Estrellas, junto a un a multitud sacando fotos, como nosotras. Después visitamos los mercadillos nocturnos: el turístico, el de antigüedades, la calle de los lectores de manos, los puestos de karaoke… ¡HK is different! Cenamos a base de dun lins, que son pintxos al vapor, y finalizamos la jornada con un cafelito con pastas en la azotea de lujo de Amaia, con vistas al parque y los grandes rascacielos iluminados.

19 DE SEPTIEMBRE

A la mañana siguiente, en metro llegamos en unos 40 minutos a la isla de Lantau, atravesando por debajo la bahía. En la central de autobuses cogemos el nº 11 hasta Lai O, un pueblo de pescadores, formado por casas de hojalata que bordean la ribera del mar y las orillas del canal que lo atraviesa, avanzados los porches sobre el agua, a modo de palafitos. Probamos unos bollos, hechos artesanalmente por unos abuelos en su propia casa. Hace unos 3 meses Amaia había descubierto a estos reposteros amateurs, que ahora están profesionalizados y han colgado del tenderete un menú en inglés con listado de precios, significativamente incrementados respecto a esos 3 meses atrás, claro. Del pueblo cogemos el bus nº2 al Big Buda y monasterio. La ruta suele ser la contraria, visitar primero el buda y luego el pueblo pesquero, pero dada la interminable cola que había en la estación de autobuses para el primer destino (es que además nos coincidió la visita a HK con fin de semana), optamos por hacer la ruta a la contra, y resultó ser una buena idea, porque así evitamos las aglomeraciones de turistas.

El buda de bronce es la estatua sedente de Buda más grande del mundo (¡cómo no!). Se empezó a construir en 1976. Se puede acceder a la planta alta de su interior previo pago. No añade nada a las vistas que ya se contemplan desde la base, de modo que nosotras nos conformamos con ascender la escalinata a la estatua (por cierto, un viaje a China equivale a 3 meses de step en el gimnasio, hay escalinatas para subir a todos los sitios: budas, templos, montes, colinas…). Después de ver el Buda y el monasterio cogimos el bus nº 2 de nuevo, y nos paramos a medio camino a comer en un restaurante africano en una de las playas de la isla. La parada correspondiente es Lower Beach. El menú es buenísimo. Lo mejor de todo, el pan y las salsas que acompañan los platos: calabaza horneada, pollo, patatas asadas. La salsa que más me gustó, la de fetta (si bien esto es poco africano, me parece). Aunque la de aceitunas negras y anchoa estaba bien buena, y las otras tampoco desmerecían. No habíamos tomado la precaución de llevar bikinis (olvido imperdonable fruto de la rapidez con la que íbamos pergeñando todos los planes..y del agotamiento acumulado a lo largo de todo el viaje), de modo que me contenté con dar un paseo hasta la orilla y relajar las piernas en las cálidas aguas cuando ya caía la tarde. Las playas de HK no se diferencian de ninguna otra ya conocida: llanas, sin formaciones rocosas, no había demasiada gente para ser fin de semana y un día caluroso, y la gente jugaba al cricket, al fútbol, volaba cometas…y los niños hacían castillos. Casi como cualquier playa del mundo (aunque para mi lo del cricket sí era novedoso).

Regresamos a la ciudad y hacemos alguna compra de última hora en los mercadillos (calcetines, medias, abstenerse de ropa interior, es una horterada al gusto asiático. Incluso venden disfraces provocativos cual sex shop en los puestos de lencería, y penes de plástico y consoladores en algunos otros puestos). El descubrimiento en el sector compras fue una tienda coreana que Amaia tiene bien fichada, en la que venden una ropa original pero muy ponible, siempre en colores negros y blancos, con la especialidad de que solo fabrican en una talla: la media coreana. Que al parecer es la 38 para chicas de altura de 1’60, porque me compré un modelo que me sentaba perfectamente, jeje. Lo curioso es que en toda China no te dejan probarte la ropa que compras. Te la tienes que superponer y ajustarte las costuras, a ver si te da de manga o te tira la sisa…y arriesgar a llevártela. No hablo solo de mercados, sino de tiendas propiamente dichas. Quizás en las de la Milla de Oro (Chanel, Gucci, Loewe…la cosa sea distinta, pero en las de clase media no hay probadores, señoras).
Cenamos en un restaurante para honkonitas de menú del día, donde un amable cliente nos sirve de traductor espontáneo al ver las dificultades que se le presentaban al camarero para entendernos. Lo más surrealista, cuando al ofrecernos las cervezas y enumerarnos las marcas, menciona la Hong Kong beer. Las chicas la eligen de inmediato, para probarla…y cual es nuestra sorpresa cuando ¡nos trae unas botellas de San Miguel!!

Después de cenar cogemos nuevamente el metro, esta vez para ir a la isla a ver el Soho, zona “bohemia” de restaurantes de todo tipo y nacionalidad, y tiendas alternativas, de diseño y de antigüedades. Hay locales muy agradables para una cena y una copa tranquilas. La calle se puede ascender en unas interminables escaleras mecánicas con sucesivos rellanos, que culminan en el pico Victoria. La marcha, unas calles más allá, en Lai Kua Fong. El ambiente recuerda al de las ciudades españolas: hay gente de edades variadas (bueno, hasta los 40 y), tomando la copa en cuadrilla fuera de los bares, mientra que el que quiere bailar se queda dentro, y los más jóvenes y con menos recursos recurren a comprar el alcohol y las bebidas en las tiendas cercanas y hacer su botellón. Según Amaia, es así todos los días desde las 18:00. Como se trata del centro financiero, y los edificios son comerciales y de oficinas y bancos, a nadie molestan los decibelios de más y el jaleo de los gritos de los borrachos. Téngase en cuenta que los asiáticos toleran mal el alcohol, y el resto de asistentes son ingleses, yankis…fuera de su casa…en fin, con eso lo he dicho todo.

Finalizamos el día en la terraza de la azotea, con unas cervezas e intentando cerrar cuentas.

20 DE SEPTIEMBRE

Último día en HK. Enfrente mismo del portal de Amaia para el autobús A22 que lleva al aeropuerto de HK. Pasa cada 15 minutos los domingos, cada 10 minutos el resto de días. Esta frecuencia se mantiene hasta las 8:30. Cuesta 33 HK $. Tarda 45 minutos en llegar y deja en la Terminal 1.

El vuelo de regreso, en el que no dormimos nada (no cierran las ventanillas y apagan las luces, como en otros vuelos), nos da margen para ver 4 películas (algunas incluso 5), jugar a los juegos disponibles en pantalla, charlar en la zona self-service (donde los Hagen Dasz y los tentempiés de merienda han desaparecido antes de que nos diéramos cuenta de que existieron alguna vez)... Por cierto, en este vuelo no estaba el azafato chovinista, digamos que su remplazo era una sustancial mejora en todos los sentidos, je,je. Llegamos a París, que nos recibió con agradables temperaturas de final de verano, en el horario previsto. Y ya aterrizando en Bilbao, descubrimos que estamos de nuevo en casa porque nuestro hogar dulce hogar nos recibe como solo Euskadi sabe hacerlo: con cielos cerrados y lluvia.

Fin de las vacaciones (bueno, a algunas nos quedan un par de días para recuperarnos de ellas ; )

Fecha: 
September 2009
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Comentarios

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