Turquía en el recuerdo

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Me gustaría compartir con vosotros el viaje que realice por tierras turcas, hace ya algunos años. Pese al tiempo transcurrido fue uno de los viajes que más me ha impresionado y que mayor marca ha dejado en mí.

Como es habitual en estos casos el viaje comenzó en la ciudad de Estambul, nada mas poner el pie en la ciudad me enamore sin remedio de ella y descubrí, que es una ciudad mágica. No sabría muy bien deciros que es lo que para mi la hace única, si es por ese aire entre occidente y oriente que hace que se mueva igual de cómoda entre los dos mundos, o esa mezcla entre modernidad y tradición sin llegar a decantarse por ninguno de las dos épocas. Todo esto hace que la antigua capital sea una ciudad para ser descubierta en y por todos los sentidos.

Sentidos que son estimulados de mil maneras diferentes. Como definir si no, a ser despertado por los llamamientos del almuédano a los fieles a las 6 de la mañana, o sentirse siempre envuelto por el incesante bullicio de una ciudad vital, que no duerme nunca, cuyos mercadillos se encuentran en funcionamiento día y noche.

Creo que pese a ser toda una experiencia el coger un taxi y disfrutar de su infernal trafico, sintiendo como a cada instante el taxista esquiva en el ultimo minuto a otros vehículos o toca el claxon compulsivamente para al final acabar en medio de un impresionante atasco, la antigua Constantinopla es una ciudad para ser descubierta a pie.
Nada mejor para conocerla que andar por sus barrios, entrar por sus callejas, sentarse en alguno de sus pequeños cafés y disfrutar del fuerte, espeso, aromático y lleno de posos café turco. Entrar y ocupar una mesa en algún restaurante, donde comen diariamente los estambulies de a pie, de esos que no vienen en ninguna guía, ni tienen bonitas vistas a Santa Sofía, donde solo el mas antiguo de los lenguajes hace que sea posible que acabes entendiéndote con el camarero, el dueño del restaurante, su mujer y dos comensales, pero cuyo menú si no en longitud y presentación si en sabor y calidad no tiene nada que envidiar a ninguno de los grandes restaurantes, pero con la diferencia que acabas riéndote con el camarero de las desgracias del Madrid o del Barsa.

Como definir, la imagen que pude disfrutar todos los días de mi estancia, desde la ventana de mi hotel. Una ventana que daba a una pequeña y tranquila calle lateral, y donde independientemente del día de la semana que fuera, nada mas clarear abría sus puertas, aunque mas bien deberíamos decir que se apropiaba de la calle con sus mesas un pequeño puestecillo, mitad café mitad puesto de fruslerías y que desde el mismo momento en que acaba de poner la ultima silla, no dejaba de recibir la visita de sus habituales, hombres vestidos con trajes de estilo europeo unos, otros con chilabas, otros los mas jóvenes en vaqueros, unos humildes otros atildados, se sentaban y durante cinco minutos, antes de dirigirse a sus obligaciones, disfrutaban de lo que mas tarde averiguaría que era chai (te) y charlaban despreocupadamente con las otras personas que allí se reunían. Era un trasiego humano constante que no cesaba mientras la ciudad iba recuperando su ritmo. Mientras a su alrededor, y terminando de formar un cuadro costumbrista las mujeres y los niños se apresuraban a comprar el pan o hacían una pequeña cola para adquirir las minúsculas bombonas de gas con las que cocinan, en la tienda que hacia esquina enfrente del barecito.

Un sentido que en esta ciudad no para de trabajar es el del olfato. Desde primeras horas de la mañana no dejan de asaltarte multitud de aromas y olores, ya sea a café y pan recién hecho por la mañana, a fritanga y pescado en el muelle de pescadores, a azúcar y miel cuando pasas delante de una pastelería, a fruta fresca y deliciosa en cualquiera de los mercadillos que inundan la ciudad o a especias y queso fresco en el increíble bazar egipcio.

Creo que algo que se debe hacer cuando visitas Estambul, es subir a uno de los innumerables barcos que surcan el Bósforo, y que unen la ciudad con los diversos barrios, sentarse en una de las bancas y disfrutar de la sucesión de palacios de mármol como el de Dolmabahce o el de Beylerbey junto a bellas casa de madera, de barrios aristocráticos y de otros mucho mas humildes observar el ajetreo de la gente que sube y baja en los diversos apeaderos, incluso descender nosotros mismos en alguno de los barrios que nos resulte atractivo y deambular un rato por el mismo, y cuando nos cansemos, volver al embarcadero y esperar sentado el próximo barco, mientras disfrutamos de la brisa marina .

Y claro pasear por Estambul es pasear y entrar en sus bazares, mercados y rastrillos, desde el espectacular Gran Bazar, con sus kilométricos pasajes y cientos de tiendas hasta el mas humilde de los mercadillos callejeros pasando por el Bazar de las especias o egipcio. Tocar y sentir la multitud de productos que se ofrecen a nuestros ojos, de la rigidez del cuero a la suavidad del algodón, dejarse deslumbrar por los falsos destellos del bruñido bronce y la pálida luminosidad de la plata, disfrutar de las alfombras y kilims que se ofrecen por todos lados, del rojo intenso del te de cereza al verde del mejor pistacho iraní. Decidirse a entrar junto con el vendedor al interior de su tienda y charlar tranquilamente con él frente a un vaso de chai, mientras intenta convencerte de que no quiere venderte nada y solo quiere ser tu amigo a la vez que despliega frente a ti toda su mercancía. Déjate llevar por ese juego tan antiguo como la humanidad que es el regateo y en el cual al final no hay ganadores ni perdedores y donde todo el mundo sale contento. Practica aquí, ese otro sentido, totalmente atacado por 1 millón de estímulos que es el de la moderación en las compras.
Claro que también puedes disfrutar con la sensación de ser “timado” por un vendedor callejero mientras adquieres unas burdas imitaciones de Channel nº 5, o de KC por unos pocos euros, mientras a tu lado una pareja de alemanes, compradores ellos mismos unos instantes antes, te gritan,” Don’t buy, don’t buy . Is false” Como si no lo supieses cuando haces la compra.
Disfrutad de la belleza de sus hombres y mujeres, asombraros al principio de la cantidad de turcos que son altos, rubios y que tienen los ojos azules, hasta llegar a recordar que los arios son originarios de la Anatolía. Salid por la noche y puede que acabéis en una discoteca en un quinto piso, celebrando el cumpleaños de un japonés comiendo lenguas de gato. Y si al final de la noche debes preguntar a la policía turística como se llega a tu hotel, ya que no recuerdas donde esta, solo puede significar que estas totalmente perdido o que has abusado del rico aguardiente turco conocido como “rakis”.

O a lo mejor tenéis suerte, y en la visita a alguna pequeña mezquita sois testigos de cómo unos crios vestidos con sus mejores galas entran entre alegres los menos y llorosos los mas a los recintos interiores donde les espera el cirujano para circuncidarles, mientras que sus padres rebosantes de alegría les esperan fuera para colmarles de regalos y besos y conducirles a continuación a una gran fiesta. O quizás puedas cruzarte con algo menos alegre como es un entierro y ver como el finado es conducido envuelto en una mortaja blanca a hombros de sus amigos y familiares, mientras una multitud desordenada les sigue a pie recitando salmos del Coran hasta uno de los secretos mejor guardados de Estambul, el que dicen que es cementerio mas hermoso del Islam. El cementerio de Eyüb.

Y claro, Estambul es como no, el recuerdo de su gloria pasada como capital de tres imperios. Pasear por el hipódromo y admirar el obelisco de Constantino, desde ahí contemplar la palidez rosada de Santa Sofía, entrad y quedarse boquiabierto ante la inmensidad de su bóveda, acercarse a la vecina mezquita azul y maravillarse ante sus altos y estilizados minaretes, solo igualados en número por la mezquita de la Meca. Ir a ver sus impresionantes y bien conservadas murallas o bajar a visitar a la enigmática medusa en sus cisternas subterraneas. Entrar en el palacio de Topkapi y vislumbrar siquiera la grandeza de la Sublime Puerta. Contemplar desde alguna ventana de palacio el barrio Genovés inconfundible por la torre Galata que se adueña de todo el paisaje. Acercarnos a esta y disfrutar de un hermoso atardecer y descubrir por que del sobrenombre del cuerno de oro. O quizás, prefiramos acércanos a alguno de los míticos hoteles donde descansaba Hercules Poirot cuando descansaba en esta ciudad después de descender del Orient Express y si no igual preferimos un martíni mezclado, no removido, mientras seductoras mujeres nos hacen creer que el mañana nunca muere. Aunque claro a lo mejor preferimos hundiros aun más en la historia y acercarnos a las vecinas ruinas de Troya, y creernos por un instante, Helena, Paris, el valiente Héctor, Ulises el más astuto de los Griegos, Agamenón, o cualquier otro de los héroes cantados por el ciego bardo.

Por ultimo, no quisiera acabar esta reseña sin hacer una mención a uno de los placeres que Estambul nos ofrece y es la variedad de su cocina y de su repostería, no podemos estar en Turquía sin disfrutar de sus afamados kebab, sus sabrosos estofados de ternera o cordero, sus riquísimos platos a base de berenjenas y tomates, su rico pan, parecido a la pita griega pero mas grande, sus ricos pescados que te cocinan delante tuyo y que aún están vivos cuando te sientas en la mesa. Y claro como no, sus dulces. Como en toda la cocina árabe, los postres turcos son la empalagosa perdición de los golosos, capas y capas de miel sobre crujientes hojaldres, montañas de azúcar y canela sobre suavísimos bizcochos, pequeñas tartaletas rellenas de jugosas frutas (Continuará….)

Fecha: 
August 1999
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