Fin de semana alcarreño

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Voy a estrenar mi blog itakeño con un breve relato de un fin de semana otoñal, de esos tranquilotes de paseos campestres, buenas comilonas y mejores sobremesas.

Hace dos fines de semana alquilamos una casa rural en Horna, un pueblecito de Guadalajara. Cuando llegamos el viernes, nos fue difícil dar con la casa, pues las calles no tenían nombre. Era ya de noche, y el pueblo, que se halla en un alto, aparecía como un conjunto poco ordenado de casas en su mayoría bien conservadas, calles de tenue iluminación, corrales, fuentes, su iglesia, sus plazuelas, su plaza mayor... Pero a pesar de todos estos requisitos de “pueblo”, era algo irreal, casi fantasmal. Nos dimos cuenta de que no había luces en las casas, que todas las persianas estaban bajadas, que no había coches en las puertas. Allí no vivía nadie.

En ese fin de semana duplicamos la población de Horna. Siete habitantes tiene, siete éramos los forasteros. Siete “hornianos” y una fauna bastante nutrida. Sólo el vecino de en frente alimentaba a 27 gatetes. Un aficionado, pues su madre, q.e.p.d., había alcanzado los 34. El sábado, cuando salí a la plazuela vacía y soleada, comenzaron a aparecer los gatillos, de todas edades y colores. Tumbados al sol por aquí y por allá, bien alimentados, lustrosos... e intocables, silvestres. Hugo, el pequeño de nuestra familia, echó sus primeros pasos atraído por los mininos. Entre pequeños se entienden.

Desde nuestro retiro de tranquilidad, donde por las noches salíamos a fumar a un patio techado de miles de estrellas (ese negro cielo horadado que en las ciudades nos está vedado), hicimos una caminata por la Hoz del Río Dulce, hendidura en ese alto páramo alcarreño. Partimos de Pelegrina (que dicen significa “bella vista”) hasta La Cabrera y regreso, para continuar por una ruta circular que recorre la parte más estrecha y emboscada de la hoz, rodeados de álamos o chopos, y por encima de nuestras cabezas unos riscos de vértigo y algún que otro águila.

Por la noche nos homenajeamos con una “cena argentina” en la que no faltó su buena carnaza, un vino traído de allá (el famoso “Terrazas”) y esa cosa tan dulzona que llaman alfajores. Quisimos apoyar el mestizaje rematando con unos mojitos. Viva la América Latina. Zanjamos la faena con unas partidas de Pictionary, en las que demostramos las dotes que todos hemos heredado para la adivinación, que no para el dibujo. Divertidísimo. Sencilla velada.

Estas pequeñas escapadas en buena compañía a pueblos perdidos, aunque estén sólo a 100 kilómetros de nuestra ciudad, son una bendición, un lujo no muy caro. Puede que lo del “turismo rural” esté muy manoseado y a más de uno le dé sarpullido por masificado o desvirtuado, pero a mí me encanta que en estos pueblos habitados sólo por fantasmas, alguien se preocupe por rehabilitar una casa, decorarla, amueblarla cálidamente y ofrecértela a un precio muy llevadero. Y sólo a 100 kilómetros de la gran urbe.

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Comentarios

Imagen de Aiol

Pues suena estupendo: fin de

Pues suena estupendo: fin de semana rural, pueblo solitario e incontaminado, paseo por el campo, cenita, Terrazas, mojitos, pictionary, buena compañía y buena conversación. Me lo apunto, que tengo ganas de algo parecido. Gracias Marta por la narración :-)

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Imagen de Marta

ole esa foto en su sitio

muchas gracias por el apoyo técnico¡

Imagen de Aiol

En su sitio y con el

En su sitio y con el lightbox, para que si pinchas quede chuli en una capa a toda pantalla ;-)

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Imagen de Marta

molaaaaaaaaaaaa

muy guapa en tamaño grandote

gracias again