Introducción
El viaje empezó el sábado 12 de abril en Madrid, donde reencontré a Gustavo, Yolanda, Pablo, Marga y conocí a Ana, que iba a ser nuestra compañera de aventuras en Marruecos. Un poco más adelante se incorporó Marian (que había perdido el autobus) y, ya todos juntos, nos fuimos a tomar unas copichuelas. El domingo por la mañana, recibimos la agradable sorpresa de la visita de Carlitos, que había sacado tiempo para despedir a la expedición y compartir con nosotros unas tapas por La Latina.
Marrakech
Sobre las ocho de la tarde nos reunimos en Barajas los cinco viajeros: Ana, Marian, Yolanda, Inma (recién llegada de Valladolid) y un servidor de todos ustedes. Después de unos vuelos sin más historia que una confusión de los apellidos de Yolanda en el billete, aterrizamos en Marrakech y, en el traslado al hotel, tuvimos las primeras sensaciones africanas, viendo discurrir las palmeras al borde de la carretera y escuchar el sonoro y músical árabe del chofer y su acompañante. En la toma de posesión de la habitación del hotel, descubro una terracita; sin deshacer siquiera la maleta, me dirijo a ella y ¡oh sorpresa! descubro una maravillosa vista de Marrakech, con sus delicadas murallas rodeadas de palmerales y, surguiendo como mástiles luminosos sobre la penumbra de la ciudad, las torres de las mezquitas de Ben Youssef y de la Koutoubiya, que, como todos ustedes saben, se hizo a semejanza de la Giralda sevillana. Como es muy tarde, nos retiramos a nuestros aposentos, que mañana será otro día y, además, hay que madrugar.
14 de abril: Marrakech - Ouarzazate
El lunes 14 lo recibo despierto una hora antes de lo acordado, debido al guirigay de bocinas, frenazos y juramentos que se organiza en la rotonda que hay enfrente del hotel; y es que, claro, los borriquillos y carretelas, que vienen de las huertas de los alrededores con frutas y verduras, pues toman la rotonda a su paso, para encabronamiento de los conductores motorizados y de los autobuses que parten de la cercana y activa estación.
Una vez desayunados y pertrechados, conocemos al que será nuestro chofer y tomamos contacto con el vehículo que nos conducirá por las profundidades de Marruecos. El chofer es políglota, como se nos había asegurado: habla a la perfección árabe y tamazight (la lengua bereber), pero apenas chapurrea unas palabras de francés. El vehículo es sobrio y recio; quiero decir que es un desastre de modelo antiguo, donde las comodidades y la potencia brillan por su ausencia. Ponemos buena cara al día nublado que campea sobre Marrakech, nos embarcamos en la "fregoneta", que será nuestra casa durante unos días y ponemos rumbo a las estribaciones del Alto Atlas.
El paisaje se compone de verdes colinas, pobladas de pastores y pequeños agricultores, arroyuelos que bajan serpenteando de los montes, y al fondo, cumbres nevadas.
Vamos subiendo rodeados por un paisaje que me recuerda más a las montañas de mi tierra que a cualquier estereotipo imaginario de Marruecos: verdes colinas, pobladas de pastores y pequeños agricultores, arroyuelos que bajan serpenteando de los montes, y al fondo, cumbres nevadas; todo ello envuelto en un ambiente frío y humedo. Hacemos una escala técnico-alimentaria en la aldea de Teddari, donde nos damos un banquete de bocadillos de kefta, cacahuetes y pan dulce. Una vez repuestas las fuerzas emprendemos la travesía del Tzin Tichka, el paso hacia la otra vertiente de las montañas. Los dioses de las montañas nos obsequian con un poutpourrí de variados fenómenos naturales: lluvia, nieve, granizo y un frío helador.
Una vez pasado el puerto y con una temperatura más benigna, paramos en Telouet, donde visitamos la Gran Kasbah de los Glaouis, completamente en ruinas, pero donde se puede respirar el aire de una grandeza pasada, cuando a finales del siglo XIX albergaba al sultán de Marruecos y sus tropas. Seguimos bajando por las fladas del Atlas y abandonamos la carretera para tomar la pista que nos conducirá hasta Aït Benhadou. Es un recorrido de casi cuatro horas por unos parajes desértico, sólo salpicados por una pequeña nota vede en el fondo de los valles. Atravesamos pueblecitos perdidos y casi incomunicados, donde la vida prosigue igual que hace mil años, con la única variación de los niños que se acercan al coche con la mano extendida, en demanda de caramelos o bolis.
Pasamos or Aït Benhadou y, casi enseguida, llegamos a Ouarzazate, donde pernoctaremos esa noche. Después de una cena infame y escasa, rematada con el postre más repugnante que he tenido el disgusto de comer en toda mi vida, hay sesión esotérica a cargo de Marian, que, a través de posos de café y dibujos de las manos, nos enseña retazos de nuestro futuro. La velada se remata en la habitación con unos güiskitos y sesión grafológica a cargo de un servidor. Y esto es todo por hoy :-)
15 de abril: Ouarzazate - Erg Jehudi
Continuando el relato de nuestras aventuras marroquíes, deciros que el martes 15 de abril (día de la República ;-) amanecemos tempranito en Ouarzazate, dispuestos a emprender la travesía que nos conducirá al desierto, a los límites de la civilización y un poco más allá.
El recorrido transcurre por un paisaje semidesértico, con algunas pinceladas de verdor en pequeños oasis, salteados por palmeras y arbolitos. Aunque ya es el tercer día de viaje, por primera vez experimento la sensación de estar verdaderamente en África: el desierto, los camellos, gentes vestidas al modo tradicional y un cielo completamente despejado, me suministran la certeza de que he cruzado el espejo y estoy en otra dimensión.
Hacemos una parada en la aldea de Agdz (pronúnciese algo así como "Aggadesz" y no como un grito agónico :-) La intención es refrescarnos con un té a la menta, pero las cosas se complican: las chicas descubren un bazar y yo acabo ayudando a un lugareño a redactar una carta en español para un amigo de Valencia. Una vez hechas las compras reglamentarias y echando por las orejas los cinco tes, fruto de la hospitalidad agsziense, que nos habíamso metido entre pecho y espalda, retomamos el camino.
Paramos en un mirador sobre el valle, donde las chicas se prueban los velos que les ofrece un chamarilero.
La carretera discurre por el Valle del Draa, una línea verde dibujada entre la aridez del desierto, poblada de bosques de palmeras y con una intensa actividad en las riberas del Draa, pobladas de mujeres lavando alfombras, mientras los zánganos de sus maridos vegetan a la sombra de los palmerales. Paramos en un mirador sobre el valle, donde las chicas se prueban los velos que les ofrece un chamarilero; les quedan bien: están igual de guapas que siempre, pero con un puntito de misterio :-)
Zagora fue, a finales del siglo XVI, el punto de partida de Juder Pachá y sus tres mil moriscos expulsados de Granada, cuando partieron a la conquista de Tombuctú.
Y, pasando un pequeño puerto, llegamos a Zagora. Para un observador desapasionado y con los pies en el suelo, Zagora no es más que un poblacho en el que la vida se concentra en una sola calle, repleta de agencias de viaje que ofrecen excursiones en camello y chamarileros vestidos como petimetres salidos de un cuento de las Mil y una Noches. Pero para los espíritus románticos, Zagora es una palabra mágica: es la puerta del desierto, el último lugar habitado antes de la inmensidad del Sahara y la legendaria Tombuctú, puerta a su vez del África verde y el país del Níger. Zagora fue, a finales del siglo XVI, el punto de partida de Juder Pachá y sus tres mil moriscos expulsados de Granada, cuando partieron a la conquista de Tombuctú y los reinos negros que se extendían al otro lado del desierto. Zagora es, pues, uno de esos nombres que, cuando se pronuncian, hacen que los espíritus viajeros entrecierren los ojos y se entreguen a ensoñaciones; es un lugar al que acudes, como a Ítaca, no para visitarlo, sino por lo que te ha llevado hasta allí y por lo que el mismo viaje supone.
En Zagora comemos, en una terraza de la calle, el tajine más delicioso que he probado nunca: sabroso y condimentado con absoluto acierto. Después de una sobremesa dedicada a la compra de babuchas, vamos al cartel que indica la dirección a Tombuctú y la distancia: 52 días en camello. Sacamos las fotos de rigor y hacemos una promesa: volveremos y seguiremos la dirección del indicador.
Continuamos por una carretera en pésimas condiciones hasta M''Hammid, donde termina el asfalto y tomamos la pista que nos conduce al Erg Jehudi, casi en la frontera con Argelia y uno de los pocas formaciones de arena y dunas de esta parte del Sahara. Al cabo de unos kilómetros de dar tumbos, llegamos a las acogedroas jaimas donde pasaremos la noche. Dejamos los bultos y, casi a la carrera, nos internamos en las dunas para sentir la arena bajo nuestros pies y disfrutar de un magnífico atardecer, que se nos ofrece con toda la poesía, nostalgia y colorido de los ocasos de los espacios abiertos.
Los bereberes nos obsequian con música, canciones y con un soberbio tajine, muy rico, pero sin la gracia del de la comida en Zagora. Correspondemos ofreciéndoles unos chupitos de güisky y observamos atónitos como la botella de Cardhu mengua como por arte de magia; y es que se toman las copas de un trago, como si fuera orujo casero.
Pasamos de la jaima-comedor a la jaima-dormitorio. Aprovecho para dar un paseo, bajo la luna llena y la noche estrellada y experimentar la sensación del horizonte sin límite y la soledad en medio de ninguna parte.
De retorno a la jaima, leo, en voz alta, unos cuentos sufíes, que consiguen su objetivo: todo el mundo se queda roque. Y, sin más, me introduzco en el saco, rezo mis oraciones, abrazo a mi osito de peluche y me dispongo a dormir, sabiendo que mañana nos espera una jornada maratoniana hasta las dunas de Merzouga.
16 de abril: Erg Jehudi - Merzouga
Hola a todos de nuevo! Antes de nada, tranquilizar a Marina sobre el comportamiento de las gentes de Marruecos. Yo no he visto ninguna hostilidad, todo lo contrario, me ha parecido una gente encantadora; y no solo en las zonas más o menos turísticas que, siempre dirás que tienen que ser amables porque les va en ello el negocio; en los oasis más apartadas, veías a niños que se acercaban al borde de la pista a saludarte, imagino que con la esperanza de ver si "caía algo", pero nada que pudiera parecer hostil o peligroso. Tampoco puedo ser garante de que no te vaya a pasar nada, pero hazte cuenta que la regla general será lo que te cuento; si has leido que a alguien lo han apedreado, pues yo creo que será la excepcion y habrá habido miles y miles de personas que hayan hecho su viaje tranquilamente. O sea, que mi impresión es que tienes tantas posibilidades de que te tiren piedras como que en cualquier lugar de España te pinchen las ruedas unos adolescentes desocupados :-)
Continuando con nuestras andanzas por tierras de Marruecos, deciros que el miércoles 16 amanecemos en el desierto Erg Jehudi, bajo la ligera protección de los cortinajes de la jaima-dormitorio. Me desperezo y salgo al exterior, donde los nómadas bereberes nos han puesto una mesita sobre una alfombra para que tomemos el desayuno; apenas hay más que café, té y pan con mantequilla, pero ¡que sensación tan bonita desayunar en medio de ese mar de dunas! No hay duchas ni tolilettes ni nada semejante, pero no los echamos en falta.
El camino es incómodo, y se hacen duras las horas a bordo del incómodo todoterreno.
Nos ponemos en camino, para iniciar una ruta que nos llevará del Erg Jehudi a Merzouga, por pistas del desierto, bordeando la frontera con Argelia. El camino es incómodo, y se hacen duras las horas a bordo del incómodo todoterreno. Pero tenemos la oportunidad de pasar una jornada sumergidos en la realidad del desierto: disfrutar de la soledad de tener el desierto para nosotros solos; apreciar los diferentes tipos de desiertos: el erg o desierto de arena, el reg o zona de piedras y pequeños arbustos y la hammada o desierto pedregoso; ver los oasis, donde el agua sólo se intuye por algunos pozos, la habitación humana y la vegetación de palmeras o arbustos; y ¡oh maravilla! ¡ver espejismos! os puedo asegurar que en las horas en las que el sol estaba más alto, cada vez que miraba al horizonte, tenía la sensación de divisar lagos bordeados por edificaciones blancas, incluso llegué a distingir torres que me parecían los minaretes de las mezquitas.
Paramos a comer donde decidió Ibrahim, nuestro chofer: en un pequeño oasis, con apenas cuatro casas y algún pozo. Nos preparan unas tortillas en una jaima abierta y adosada a un muro de adobe, lo cual nos proporciona una mínima frescura, y es que a esas horas, el sol pegaba de lo lindo "¿os imagináis esto en agosto?" es el comentario que todos tenemos en la punta de la lengua.
Retomamos el camino con una cierta prisa, porque queremos llegar para ver atardecer en las dunas de Merzouga. Antes de coger la carretera, todavía tenemos tres horas de dar botes por las pistas. Esta parte es sobre todo hammada, con piedras, pequeñas y grandes, que devuelven los rayos del sol y nos producen la sensación de ir avanzando por un mar de cristales.
Llegamos a Merzouga justo a tiempo de ver como el atardecer tiñe la Gran Duna de un precioso color entre ocre y naranja. Vemos con agrado que la Kasbah donde nos alojamos está a pie de dunas y que, por la parte trasera salimos directamente al inmenos arenal de Erg Chebbi. Nada más dejar las maletas en nuestras chambres, salimos al patio para disfrutar de la luna llena saliendo entre las palmeras y del té a la menta que nos ofreció nuestro anfitrión: un bereber-tuareg o un tuareg-bereber, que yo no lo tengo muy claro y parece que él tampoco.
La cena se desarrolla, como siempre, en una mesa baja y ya empiezo a tener los riñones estofados de tanto comer inclinado. De postre, naranja con canela y la sobremesa, en las dunas, charlando con nuestro anfitrión, que es clavadito a Ted Danson un poco moreno, por lo que deduzco que más que tuareg o bereber, tiene bastante sangre occidental.
Me retiro relativamente pronto, que al día siguiente toca uno de los puntos fuertes del viaje: el amanecer en las dunas de Merzouga. Me lavo los dientes, oraciones, osito peluche y mañana será otro día.
17 de abril: Merzouga - Gargantas del Todra
El cuarto día de nuestro periplo por tierras de Marruecos, jueves 17 de abril, salto de la cama a las cinco de la mañana, con la sana intención de subir a la Gran Duna para ver amanecer desde tan privilegiada atalaya. Como el amanecer está previsto para las seis y me han dicho que cuesta como una hora llegar a la cima de la Gran Duna, aprieto el paso, aunque se hace difícil ir ligero sobre la arena, cuando se te hunde el pie hasta el tobillo. Consigo llegar en unos cuarenta minutos, aunque casi echo el bofe en la última parte de la subida por la cresta de la duna. Como en la cima hay ya una buena docena de personas, me pongo un poco aparte, para tener la sensación de que amanece par mí solo. Me siento en la arena e intento encender un cigarrillo ¡maldición! sólo tengo unas cerillas y me cuesta una barbaridad prender una. Con todo dispuesto y el espíritu abierto, asisto a uno de los más maravillosos amaneceres que me ha sido dado contemplar: la tenue claridad del alba se va abriendo, con los primeros rayos del sol, como un abanico de tonalidades que, empiezan asomando por la línea del horizonte y se van extendiendo por las dunas, produciendo un maravilloso efecto de colores cambiantes, en un espectro entre amarillos, ocres y naranjas. En los quince minutos escasos que tarda el sol en levantarse hasta una altura razonable, he tenido la oportunidad de contemplar bajo varias luces el mismo paisaje. Ha sido bonito y no me ha defraudado. Me viene a la cabeza la melodía de la Canción de Solveig del Peer Gwyn de Edward Grieg; no sé que tendrá que ver la música de un hijo de las montañas de Noruega con la arena del desierto; quizá la melancolía y soledad que transmiten. Ahora que se marcha la gente, decido "coronar" la Gran Duna y disfrutar de la "cumbre" yo solito. Enciendo mi último cigarrillo con mi última cerilla; los djins del desierto están conmigo y no permiten que el viento la apague.
Como ya he disfrutado bastante de la soledad en todas sus aspectos, retomo el camino a la kasbah, para reunirme con las chicas, que han preferido ver el amanecer desde la terraza (¡cobardes! :-) Desayunamos al aire libre y emprendemos de nuevo el camino. Nuestro destino inmediato está en el mismo Merzouga, donde Ibrahim nos ha gestionado una sesión de tatuajes de henna.
Un inciso para información de Marina. El albergue se llama Kasbnah Aiour y está muy bien situada. Hablan castellano y el precio me parece recordar que es de 30-40 euros la habitación doble.
"Hacer el pan" es un trabajo que comienza a las cinco de la mañana, cuando las mujeres salen a recoger arbustos al desierto para encender el fuego.
Nos dirigimos hacia el centro de tatuajes, donde nos recibe la encarnación de Oliveira da Figueira; un saharaui, que en perfecto castellano nos explica que los tautajes los hará su hija, porque su mujer está haciendo el pan. Mientras las chicas se dejan tatuar, salgo afuera a charlar con los hombres, que reposan plácidamente a la sombra de unas palmeras. Me informan que "hacer el pan" es un trabajo que comienza a las cinco de la mañana, cuando las mujeres salen a recoger arbustos al desierto para encender el fuego y concluye sobre el mediodía, cuando terminan de cocer los bollos, para que los varones los encuentren calentitos en la mesa, después del agotador trabajo de permanecer toda la mañana tomando la sombra y quitándose pelusillas del ombligo. Después de los tatuajes, Oliveira da Figueira no nos deja escapar; incansable, nos muestra su almacen de "antiguedades" y su bazar de alfombras. Le acabo comprando unos amuletos tuareg, la verdad es que no están mal de precio, y Marian se hace con una preciosa alfombra bereber.
Cuando Oliveira da Figueira nos deja partir, con promesas de amistad eterna y el ruego encarecido de que le hagamos publicidad, nos dirigimos a Rissani, donde visitamos el mercado de burros, el palacio de los alauitas (la dinastía reinante en Marruecos) y damos una vuelta por la ciudad. Comemos en un restaurante para turistas, atendido por un políglota que viste un kaftan tabaco y oro, como los toreros, y unas babuchas color mostaza. Tengo que sacar un poco las uñas para que no se pase con los precios.
Continuamos viaje hacia las gargantas del Todra. Por el camino nos detenemos en unos extraños pozos, que conforman un paisaje de cráteres, especial y sugerente. Llegamos al albergue, que está un poco apartado de la población. De cena un cus-cus bastante insípido y de postre un melón que parece que causa algún estrago en el estómago de algún expedicionario.
18 de abril: Gargantas del Todra - Marrakech
Seguiré con nuestras aventuras en tierras magrebíes. Lo de "magrebíes" me recuerda cuando, hace unos años, dicen en la tele que se ha hundido una patera ocupada por "magrebíes y subsaharianos". Mi abuela, que no estaba al día en lenguaje políticamente correcto, pregunta "¿qué son excatamente magrebíes y subsaharianos?"; "Moros y negros, abuela ¿quién crees que va a cruzar el Estrecho en patera?"; "¡Aaahhhh! ¡Qué manía de llamar a las cosas por el nombre científico!"
El quinto día de viaje, Viernes Santo, 18 de abril, amanecemos en el albergue de las Gargantas del Todra, de donde partimos para hacer un pequeño recorrido por los espectaculares cañones y barrancos que enmarcan el río Todra. Paramos en uno de los rincones más bonitos, que está lleno de 4x4treros, que bajan con el vehículo al río para sacarse la foto. Seguimos viaje hacia el valle del Dades, menos abrupto pero más agradable y luminoso. Es conocido como el "Valle de las Rosas", que es la principal producción de la zona, aunque desde la carrretera, es una pena, no se aprecian rosaledas. En El Kelaa Mgouna, el principal pueblo de la zona, nos detenemos para comprar los productos locales: agua de rosas, jabones, esencias... En contra de lo que podáis suponer, las calles no huelen a rosas precisamente :-) De todas formas, aprovechamos para tomar un reconfortante té a la menta en una terraza de la calle principal.
Continuamos hasta el palmeral de Skoura, donde visitamos una kasbah, completamente abandonada, decadente y ruinosa y con signos de haber sufrido un incendio recientemente. La hora de comer nos pilla en Ouarzazate, donde ubicamos un chiringito y, los que tenemos el estómago en condiciones, degustamos una ensalada y unas brochetas. A la hora de la comanda, el camarero tiene el detallazo de sugerirme que debería pedir más pinchitos que el resto, que me voy a quedar con hambre ¡por fin alguien que me comprende! :-)
Sin apenas sobremesa, ponemos rumbo a Marrakech, con la intención de llegar a una hora razonable que nos permita dar una vuelta por sus calles. Atravesamos de nuevo, en sentido inverso, las cumbres del Atlas por el paso del Tichka. Hace un tiempo de mil demonios y las curvas, contracurvas, bajadas y subidas se nos hacen eternas.
Nos dirigimos derechitos a la plaza el Jemaa el Fna, que nos sorprende con un maravilloso caos bullicioso.
Llegamos a Marrakech y, después de una cena ligera y una ducha, nos encontramos dispuestos para disfrutar las noches árabes. Nos dirigimos derechitos a la plaza el Jemaa el Fna, que nos sorprende con un maravilloso caos bullicioso; tenderetes de comida, malabaristas, contadores de historias y un tremendo bulle-bulle de gente le dan cáracter a la plaza, que es un regalo para todos los sentidos: colorido y trajín para la vista; música, relatos y voces para el oído; aromas de frutas y especias para el olfato; pinchitos y frutos secos por doquiera para el gusto y algunos "tocones" amparados en el gentío para el tacto :-)
Descubrimos con sorpresa que a las 23:30 cierran todos los cafés de los alrededores de la plaza y tenemos que implorar para poder tomar algo rápido. De vuelta al hotel, admiramos de nuevo la soberbia, sobria y elegante mezquita de Koutoubiya, que absorbe todas las luces de la noche de Marrakech. Hacemos planes para el día siguiente, que se materializan en dedicar la mañana a ver la ciudad y la tarde al zoco ¡compras, compras, compras! ¡tiendas, tiendas, tiendas! ;-)
19 de abril: Marrakech
El último día de nuestra estancia en Marruecos, sábado 19 de abril, lo dedicamos íntegro a Marrakech. Después del desayuno y por aclamación popular, nos dirijimos a los Jardines Majorelle, que quedan a poca distancia del hotel. Recorremos sus avenidas, flanqueadas de todo tipo de plantas y árboles exóticos y nos dejamos arrullar por los piares de los pájaros. Yo dedico un ratico a ver el pequeño museo, con obras del pintor Majorelle y una muestra de las diferentes artesanías bereberes: tapices, joyas, amuletos, utensilios y alfarería.
En la misma entrada del museo, contratamos una calesa, para dar un paseo extramuros de la Medina de Marrakech. El sol pega fuerte, de modo que saco mi turbante de la mochila y, así ambientado, voy viendo desfilar las preciosas avenidas y zonas residenciales, orladas de palmeras y naranjos. Aquí están las casas de la "jet" y los hoteles más "chic", entre ellos, el famoso "La Mammounia", que es el que sale en la peli "El hombre que sabía demasiado" de Hitchcock. Entramos a la Medina por la Bab Agnau o Puerta del Carnero. Damos un voltio por las estrechas y animadas calles, hasta llegar a las tumbas Saadíes, que ¡maldición! están cerradas; las chicas aprovechan para entrar en una farmacia, altamente recomendada por el calesero, y se interesan por tónicos estomacales, perfumes y henna. Acabamos el paseo en la plaza Jemaa el Fna, donde buscamos una terracita con "vistas" para tomar un algo. Como, a pesar del calor, la vista es muy bonita, decidimos comer aquí: cocina italiana, de modo que nos damos un buen atracón de espagueti, lasagna y penni.
En el zoco de Marrakech se arraciman todo tipo de tenderetes, chamariles, talleres y tiendecitas.
Y, después de comer ¡al zoco! El zoco de Marrakech es un dédalo de callejuelas, algunas cubiertas, otras descubiertas, donde se arraciman todo tipo de tenderetes, chamariles, talleres y tiendecitas. La verdad es que es una preciosidad: un mundo de bullicio, olores, colores, sonidos y movimiento. Empiezo mirando unas babuchas, tanteando precios, modelos y calidades, pero enseguida me siento atraido por unas prendas de cuero y, un poco más adelante, hay un puesto de artesanía de madera y, más allá, un tenderete de especias y, torciendo la calle, venden camaleones y otro reptiles; todo me sorprende y me atrae. Según nos vamos adentrando en el zoco, descubro que, más al interior, están las tiendas más auténticas y menos "turísticas"; en algunas, incluso, se ve a los artesanos trabajar en su interior. Una tatuadora de henna, para cuando quiero reaccionar, me ha plantado un escorpión en el dorso de la mano. Voy comprando algunas cosas, cuando ya he visto suficiente y tanteado algunos precios: babuchas, pipas, cajitas de madera, algún abalorio. Ya tengo comprados todos los regalos, pero un tunante con el pico de oro me convence para adquirir una preciosa caja con divertidos escondites secretos. A reglón seguido, nos introduce en los sotanos de su tenderete, que son como la cueva de Ali-Babá, repletos de maravillas tales como espejos, baúles y lámparas, con exquisitos acabados en madera, piedras semipreciosas, hueso de camello y plata. Como los precios están exhorbitentemente alejados de mi presupuesto, no hay peligro de que tenga alguna tentación. Antes de salir del zoco, parada en un tenderete de música, para hacernos con algún disco de artistas locales. Recibo un SMS de Gustavo, que dice que está a punto de "coronar" la Torre Eiffel, entre una marabunta de gente y que quién estuviera, como nosotros, en el desierto, sin agobios ni apretones; precisamente en ese momento, el zoco está a rebosar, no se puede dar un paso y el agobio es tal, que decidimos salir a refrescarnos con un té a la menta en alguna terraza de la plaza Fna.
Después de ver atardecer en la plaza y con mucho apetito, nos dirijimos a cenar al mismo restaurantedel mediodía, donde damos cuenta de los consabidos espagueti y disfrutamos de una magnífica vista del ajetreo nocturno de la plaza.
Y ya está. Fue bonito mientras duró, pero el viaje toca a su fin. Al día siguiente, vuelo a España, con una parada de unas cuatro horas en el aeropuerto de Casablanca y las caras tristes, porque se acabó la aventura y, al día siguiente, todos despertaremos en nuestras camas, sin la excitación de adivinar qué nos deparará el día y qué sorpresas nos reservará el camino.
Wide Afric, doth thy Sun Lighten,
thy hills enfold a City as fair
As those which starr''d the night o'' the elder World?
Or is the rumour of thy Timbuctoo
A dream as frail as those of ancient Time?
Vasta África ¿Es cierto que tu sol alumbra
y tus colinas envuelven una ciudad
que recoge toda la belleza del mundo
y de las estrellas que alumbran la noche?
¿O el rumor de tu Tombuctú
es un sueño tan frágil como las leyendas de otros tiempos?
Timbuctoo (Alfred J. Tennyson)
(La traducción es mía y bastante libre)
Manu Ruiz de Luzuriaga
Comentarios
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