Bretaña y Normandía 2002

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El puerto de Honfleur

Ha nacido un nuevo tipo de viajero este verano: barbie tercera edad portaquesos, y hombre de Albal.

Este verano me he ido a recorrer Normandía y Bretaña, que son lugares que tienen en sí algo mágico. Es penetrar en el mítico reino de Camelot, pasear por los bosques en los que en cualquier momento puede aparecer el Rey Arturo. O Ginebra, o Lancelot. O incluso un par de galos, uno de ellos rubio y pequeñito, y otro grande y con un menhir a la espalda, porque es también la tierra de Astérix y Obélix. Lugar druídico de energías telúricas cuyo principal exponente entre ambas tierras es el Monte San Michel. Ese lugar conocido como el Monte Tumba, que guarda misterios milenarios en su seno. Tierra de brumas, de grises, azules y grises y un tímido rayo de sol de vez en cuando, inicio el viaje en el que me ha embarcado (o ahora no recuerdo si fui yo quien lo convencí a él) mi amigo Manu Ruiz de Luzuriaga. Que también me tentó, lo confieso, con menciones a la rica gastronomía de la zona.

Los "hombres de Albal", son los que arramblan con el desayuno de todos sus compañeros para ahorrarse comidas y cenas.

Para ello elegimos un viaje de Tierra Joven, compañía a la que tanto Manu como servidora somos adictos, no tanto por los bajos precios, sino por una vena no reconocida de masoquismo. Los usuarios de estos viajes son gente joven, hecha, abierta... Aunque este año descubrimos una nueva especie, después de tantos años de aviones, barcos y autobuses: la barbie tercera edad, porteadora de queso, que coexiste con los "hombres de Albal", que son los que arramblan con el desayuno de todos sus compañeros para ahorrarse comidas y cenas. En realidad, todo ello nos sirvió para desconectar con buen humor y disfrutar de los enclaves que desde hace tiempo queríamos conocer: Dihan, Carnac, Saint Michel, Concarneau, Rouen, Caen, Honfleur, la Rochelle.

Al subir al bus echamos un vistazo casual a nuestros compañeros de viaje. Dina y Oscar, vestidos de negro, grandes, estética heavy, ella muy guapa, nos parecieron muy serios. Apenas habíamos recorrido unos kilómetros cuando yo lloraba de risa porque escuchaba una voz que no pasaba inadvertida: pertenecía a Conchi, una madrileña guapa, con unos ojos impresionantes, que trabaja en el Palace, y que me haría pasar momentos estupendos a lo largo del viaje.

A su lado, la rubia Marisa, mucha clase y saber estar. Cerca, mi radar detectó dos chicos guapos que viajaban solos: Emilio, bancario madrileño, muy alto, rubio como la cerveza, simpaticón y guapo, y gran contador de chistes, y David, un profe extremeño, rubio también, ecuánime y buen compañero. Mi favorito, vamos. Aunque luego, con los días, descubrí que bajo esa apariencia tan agradable se ocultaba un hombre de Albal.

Junto a ellos, Karmele, guapa, alta, pelirroja, y como yo, no precisamente del club de la anorexia.

Y eso me recuerda a la hortera asquerosa que compró quesos camembert al comienzo del viaje y los llevó durante 7 días en el bus, que tenía el aire acondicionado en avería. Y no es que me cayera mal el pedazo de guarra, es que hay algo mucho peor que lo del queso: llevaba un moño de pelo de plástico, de esos que dan mucha dentera, y que puso de moda hace 3 ó 4 años la Gran Hermana María José Galera, la que se sacaba un dinero para trapitos ejerciendo de pilingui.

Lo del queso, mal, como para poner un pleito a la apestosa, por la tufarrina, las arcadas y alguna vomitona que nos causó la tal Alicia, cara de vinagre y look a lo radiografía social de las que habla Tom Wolfe en La Hoguera de las Vanidades, sólo que en lugar de ir vestida por Oscar de la Renta o como una putanna de Versace, llevaba un estilo... hum... ¿Se imaginan que Leticia Sabater lanzara una línea de ropa denominada Barbie Tercera Edad? Pues eso. Pero que quede claro que a mi no me caía mal.

Desde San Sebastián y tras una larga ruta amenizada por la película Seven llegamos a dormir a Saintes, ciudad de la que sólo vimos el motel de carretera en el que nos alojamos, sobrio y limpio, aunque con estética Norman Bates, el de Psicosis.

Vitré conserva su aspecto tradicional bretón, sus calles, sus murallas, sus preciosas viviendas tradicionales.

Por la mañana partimos hacia Vitré, la ciudad ducal con su castillo bretón tan hermoso, con un cuadro en el que hay un señor de época que es clavado al escritor Antón Castro, y un museo de ciencias naturales con ranitas disfrazadas de persona y en actitudes algo perversas. Vitré conserva su aspecto tradicional bretón, sus calles, sus murallas, sus preciosas viviendas tradicionales. Manu y yo nos metemos entre pecho y espalda unas "galletes" típicas de la zona (como una crepe pero hecha con harina de trigo negro) con salchichas, que ha insistido en comprar en un puesto callejero. No lloro porque soy demasiado mayor para llorar, pero estoy cansada. Las comemos de pie, con la comida extendida sobre un banco del castillo, en compañía de Karmele, y desde ese momento formamos un trío infatigable. Mientras saboreamos las galletes, agradezco ahora la fila, el calor que atormenta, comer de pie, etc,... Son las salchichas más exquisitas que he probado nunca. Cenamos en Caen en un italiano carísimo, y Manu y yo casi reñimos por el vino. Acabamos tomando el insípido chianti, que tanto le gusta, aunque reconozco que me dejó a mi la última palabra. Pero mientras lo decía, el vasco ponía unos morritos que me resultan letales, y no fui capaz de pedir mi deseado lambrusco.

Al día siguiente fuimos hacia Rouen, la ciudad donde fue quemada Juana de Arco, y nos cae un tromba de agua. ¿Cómo harían para quemarla en uno de los lugares donde más llueve de Francia? Nos refugiamos en un bar típico de la zona. Por la tarde recalamos en Honfleur, un pueblecito pesquero donde abundan los Rolls Royce. Tomamos sidra y nos reimos de lo lindo. Honfleur es una belleza y me dicen que es clavadito a Fuenterrabía, que Agustín, el guapo del viaje, traduce al momento como Hondarribia. Como si servidora no supiera que el paraiso es en realidad Hondarribia, por mi amigo Ignacio Tabuenca, que me manda de allá noticias casi todos los días del verano.

Cenamos de nuevo en Caen, esta vez toca típico francés, con el calvados de la zona incluido. Karmele y Manu se ríen porque he pedido de postre (helado de ron con raíces), en lugar de (ron con pasas). La cara de la camarera es un poema. Manu, caballeroso, me auxilia. Le tocaba elegir la bebida a Karmele, que quiere sidra, pero de nuevo Manu nos ha elegido el vino, esta vez un Bordeaux. La verdad es que elige bien y por eso nos dejamos mangonear. Y por los morritos. Y los biceps cultivados en gimnasio, claro.

Dinan nos espera al día siguiente. Comemos en un banco cerca de una iglesia, con un tipo tocando a Bach en un órgano monumental. Esto es vida.

Dinan nos espera al día siguiente. Comemos en un banco cerca de una iglesia, con un tipo tocando a Bach en un órgano monumental. Esto es vida. Hace calor y nos desperezamos al sol como gatos. Luego nos metemos al cuerpo, en una terracita muy chic, un café con calvados. Cuando nos recoge el bus caemos en la cuenta de que no hemos visto nada del conjunto monumental ni el puerto. Somos un caso. En San Thegonec, que fue fundada en el siglo XIV por los duques de Bretaña hay un calvario que paso de ver. Manu se ha quedado dormido en el bus y no ha tenido un despertar muy agradable, así que lo castigo con el látigo de mi indiferencia y me exilio con los dos colegas que se sientan delante de nosotros. Los dos se llaman Agustín (Karmele los llama Agustín y Disgustín) y son muy guapos. Se conocieron en Holanda, en un viaje de Tierra Joven, y repiten cada verano, aunque uno vive en Euskadi y el otro en Premiá de Mar.

Después mezclo un poco el itinerario, pero es por culpa de las emanaciones del queso que el conductor, el buen Manolo, les hizo bajar hasta el equipaje, pero el tufo nos llegaba por los conductos del aire acondicionado. Es que acuerdo de la guarra de la tía ésa, diciéndome que yo iba a aguantar arcadas hasta la vuelta en San Sebastián, y me enciendo. ( Sólo me aliviada pensar lo fea que era la condenada y reirme con el resto de la tropa del moño de la tipa y amenazar con acercarle un encendedor bic al moño de plástico).

El momento fundamental del viaje, en mi opinión, fue descubrir el Monte Saint Michel. Ufff. Es como cuando ves por primera vez las pirámides de Egipto o el Taj Mahal, en la India. Muy fuerte. Bajamos todos ante el monte imponente, que corona la abadía gótica, y con nuestro olor a queso flotando sobre nosotros, como una nube que nos rodeaba y no nos dejaba, por desodorante 24 horas que usáramos ni colonias, visitamos aquel lugar mágico, absolutamente roto el encanto con los miles de turistas que como diminutas hormigas subían y bajaban las calles del lugar. Manu tuvo un incidente con un sandwich de pollo. (¿Cómo se puede tener un incidente con un sandwich de pollo?). A la vez, conocemos a una familia gala, calcadita a Obélix, si es que hubiera tenido descendencia.

Nos rodea una nube de olor a queso Camembert. Puede incluso que sea una nube radiactiva, porque no recuerdo mucho más del viaje.

La señora del chófer nos hace una foto a Manu y a servidora ante el Monte Saint. Nos rodea una nube de olor a queso Camembert. Puede incluso que sea una nube radiactiva, porque no recuerdo mucho más del viaje. Que he dormido mucho en el autobús y que Carnac es un lugar impresionante, con tanto megalito suelto y, sobretodo, que me gustaría regresar a La Rochelle un día, para pasear tranquila por sus calles y mirar el fondo del mar desde ese barco que tiene el fondo transparente.

Regresamos a San Sebastián. Diluvia como aseguran los más viejos del lugar que no ha llovido en los últimos 30 años, que se han abierto los cielos y ha habido inundaciones. Pero los del viaje Normandía Bretaña de Tierra Joven, sabemos que los dioses vascos obraron en legítima defensa... contra la peste a queso camembert que amenazaba a Donosti y a toda la península. Puede que sean las galettes de trigo duro, el calvados, la peste a queso que tanto nos hizo reir y nos unió, pero lo que siempre permanecerá unido en nuestra memoria al Monte Saint Michel es probablemente la excelente compañía de la que disfrutamos en este viaje.

Pilar Barranco

Fecha: 
August 2002
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