Tanzania 01 De Madrid a Moshi (9 Sep)
Casi se puede decir que el viaje empezó el día antes porque habíamos quedado en dormir todos en casa de Gustavo para salir juntos hacía el aeropuerto de madrugada. Todos salvo Paco, que había salido todavía un día antes desde Barcelona y que pasaría un día en El Cairo antes de juntarse con nosotros. Volamos con la KLM de Madrid a Kilimanjaro (JRO) con escala en Ámsterdam, y el billete nos salió por unos 1000 EUR I/V. Los dos trayectos se cumplieron con puntualidad y en total fueron unas 12 horas de viaje, incluyendo la paradita en Schiphol, que es uno de los aeropuertos que más me gustan y que nos sirvió para pillar más memoria para las cámaras y algo de compañía para las frías noches de safari (no es que visitásemos el Barrio Rojo, me refiero a Mr. Baileys y Mr Jameson).
En el vuelo a Ámsterdam Gustavo me dio un pequeño susto cuando casi se queda grogui encima de mi hombro por un pequeño mareo que le dió aunque no se quejará del pedazo azafata que le conseguí en un momento sólo para él. El vuelo hasta allí se me hizo muy llevadero y te tenían muy entretenido las azafatas que no sé la de kilómetros que se hicieron yendo y viniendo con comida, bebida, que si toallitas, que si los cascos. Para ilustrarnos llevábamos unas cuantas revistas sobre Tanzania que no hacían más que alentar nuestros deseos de llegar. Cuando me levantaba y miraba por la ventanilla sólo veía los colores ocre del desierto. Sobrevolamos Libia y Sudán y cuando entramos en Kenia ya era casi de noche, por lo que no pude ver el Kilimanjaro ni los parques desde el aire.
Llegamos sobre las 20:00 (hora de allí) y tras un aterrizaje un tanto brusco, pagamos los 50$ de las tasas de entrada y nos encontramos con los del hotel que habían venido a buscarnos. Eran unos cuantos, entre ellos un guía llamado Freddy que se convertiría en uno de los personajes del viaje. En una hora llegamos al hotel Ammans Paradise, que era más bien como un chalet a las afueras de Moshi en el que sólo estuvimos nosotros. Era aceptable y nos salió por unos 45 $ por persona para tres noches, incluyendo los transfers (el nuestro y el de Paco a la madrugada siguiente) y lavandería.
Como en Tanzania sólo hay una hora más que aquí, no se notaba jet lag aunque si el cansancio del viaje. Antes de irnos a la cama aún teníamos que cumplir con el guía que quería vendernos actividades para los próximos días. De ser por él nos hubiese vendido todo el viaje pero le dijimos que ya teníamos cerrado el safari y que sólo nos quedaban dos días antes y algunos después. Bebiendo unas cervezas acordamos una excursión para el domingo y empezamos a plantear la posibilidad de ir a las montañas Usambara después del safari.
Tanzania 02 Moshi (10 Sep)
Como suele pasar fuera de España, la ausencia de persianas hacía que la luz se dejase notar desde muy temprano, ya que amanecía sobre las 6 y pico de la mañana. Al levantarme fui a ver si estaba Paco en la habitación de al lado y, todo sea dicho, para usar su ducha, que en nuestra habitación éramos cuatro. Estaba vestido sobre lo cama y no hacía mucho que había llegado con lo que ya estábamos todos.
La idea era pasar el día tranquilamente en Moshi para recuperarnos del viaje. En su momento habíamos dudado si ir a Arusha, que es el destino más habitual como base para los safaris del norte, pero nos decantamos por Moshi porque es más pequeña y está más cerca del Kilimanjaro.
Fuimos con Freddy que nos llevó a cambiar dinero y nos dejó cerca del mercado. Enseguida descubrimos que no había demasiados turistas y en cuanto te alejabas de la calle principal prácticamente éramos los únicos blancos, con lo que al principio tenía una sensación de estar fuera de lugar. La gente supongo que notaba que estábamos allí para mirar y sacar fotos más que para comprar, por lo que nos ignoraban salvo algún vendedor que te ofrecía algo. Era todo bastante caótico y a menudo tenías que mirar donde pisabas y tener cuidado de esquivar a la gente que iba y venia, a los carros, bicicletas y algún que otro vehículo. Vimos a los primeros maasais, aunque se notaba que este no era su lugar, y me gustaba el colorido que había, sobre todo de las frutas y de las telas con las que se vestían las mujeres. Sin dudas estábamos entre "gente de color".
Esta parte de la ciudad no era demasiado grande y en seguida volvimos a la carretera, que era dónde estaban las tiendas más grandes. Había montones de mujeres y algunos hombres con máquinas de coser en la calle, haciendo vestidos a medida y también muchas tiendas de telefonía móvil.
Al restaurante donde cominos nos acompañó Freddy. Era el Indoitaliano, extraña combinación de restaurante indio que también vendía pizzas, aunque todos nos decantamos por lo primero. Nos tomaron nota rápido pero ahí acabó la rapidez porque pudimos comprobar desde ese primer día que allí tienen otro ritmo y como dicen ellos "pole pole". Menos mal que estábamos en la terraza y era divertido ver la vida en la calle. En la sobremesa vi a tres niños que miraban para donde estábamos nosotros y que se iban acercando poco a poco pero sin atreverse. Les hice gestos y vinieron. Cuando se acercaron me enseñaron unas cartillas que me resultaban muy familiares, con nombres de personas y una cantidad al lado. Eran parecidas a las que yo había tenido cuando hacía las marchas de "Aspanis" así que me hizo ilusión patrocinarles. Lo malo es que cómo sólo tenía billetes grandes tuve que darles uno para los tres y decirles que se lo repartiesen.
Después de comer fuimos a un sitio que aparecía en la Lonely para tomar el café, el Coffee Shop, muy propio. Como cabía de esperar estaba lleno de turistas pero era un sitio agradable. Después seguimos por la parte de la ciudad más urbanizada, cerca de la mezquita, y aquí ya había bastantes vendedores de regalos con lo que el acoso estaba garantizado. Íbamos alejándonos con unos cuantos persiguiéndonos y alguno ya hizo sus primeras compras. Cada poco tiempo parábamos y buscábamos el Kilimanjaro pero no había manera de verlo, siempre estaba cubierto de nubes y ni siquiera estábamos seguros de a dónde teníamos que mirar. Por fin, cuando ya caía la tarde pudimos vislumbrarlo entre jirones. Nos fuimos a una terraza y orientamos todas las sillas en su dirección pero se hizo de noche y tan sólo pudimos hacernos una idea de lo grandioso que debía ser.
Las cenas las teníamos incluidas en el hotel, así que había que volver y luego ya daba pereza volver a Moshi. Después de la cena, como era pronto, todos menos Diana nos fuimos a dar un paseo por fuera de la casa. Si en Moshi estaba en penumbra porque no había farolas, aquello estaba literalmente a oscuras. Éramos los únicos que íbamos con la linterna y con lo negra que es allí la gente no la veíamos hasta que estaba encima de nosotros. Nos alejamos un poco y ya estábamos pensando en volver cuando vimos una luz al fondo y música, que podía ser un bar. Al llegar vimos que era una especie de fiesta privada pero no nos dio tiempo a darnos la vuelta porque salió un chico y nos invitó a entrar con insistencia. Entramos tímidamente y con un poco de recelo porque sólo se veía a gente joven y la mayoría bastante bebidos, pero el chico que nos invitó parecía muy majo y estaba bastante sereno. Empecé a hablar con él y otro nos sacó una especie de cachi de madera con un brebaje blanco lleno de grumos que llamaban cerveza de banana. Me lo ofreció y con un poco de asco le di un sorbo, estaba amargo pero no me le cogí el gusto, además pensando en lo que le podría pasar a mi recién aterrizado aparato digestivo. Luego el chaval me contó que era guía de una agencia de turismo y entonces ya pensé que era lo de siempre, que nos había invitado para colarnos alguna excursión. Encima quería presentarnos a su jefe, que era el dueño de la casa y tío-abuelo del niño cuyo bautizo estaban celebrando. Nos llevaron a la parte de atrás de la casa y aquello me parecía muy raro… menos mal que habíamos dejado en casa a Diana por si no volvíamos. Ya pensaba que iba a tener que darles largas pero en esta ocasión me alegra decir que estaba equivocado. El jefe resultó ser un señor mayor que se notaba que era de clase alta y que había tenido una buena educación en Europa. Estuvimos mucho rato charlando con él y tomando unas cervezas (de las buenas), mientras le preguntábamos cosas del país y de la forma de vida. Fue interesante aunque se notaba que vivía en un mundo que como pudimos comprobar no era el de la mayoría de sus paisanos. Como era tarde y pensábamos que Diana ya debía estar llamando a la Embajada, nos tuvimos que ir, aunque nos costó despedirnos de los jóvenes, que hasta nos acompañaron de vuelta al hotel. Uno de los chicos, que iba bastante pedo, se hizo muy amigo de Gustavo y le iba dando la chapa todo el camino con algo del tipo "Europa needs Africa, Africa needs Europa"… Al final querían
quedar con nosotros al día siguiente pero no pudimos comprometernos porque teníamos la excursión de todo el día.
Me empezaba a gustar el carácter de los tanzanos
Tanzania 03 A los pies del Kilimanjaro (11 Sep)
Me desperté todavía emocionado por la sorpresa de la noche anterior y con muchas ganas de ver el Kilimanjaro. En teoría desde el hotel se podía ver pero eso era cuando las nubes no se ponían en medio, así que tocaba esperar, con un poco de suerte lo veríamos luego y más cerca.
La excursión la habíamos contratado con Freddy por unos 40$ por persona y nos vino a buscar en una minivan que estaba bastante bien.
Iba acompañado de otro chico más joven que debía ser una especie de ’guía becario’ y el conductor, un tipo muy majo que hablaba algunas frases en español. Salimos hacía el Kilimanjaro NP y por la carretera se veía mucha gente que se dirigía a las iglesias porque era domingo.
Se notaba bastante porque iban arreglados y las mujeres un tanto recargadas, me recordaba un poco a las negras sureñas de las películas americanas, todas con sus sombreritos. El hecho de que fuese fiesta hizo que nos tuviésemos que desviar bastante de la carretera principal y meternos por un camino bastante malo hasta llegar al poblado chagga donde nos estaban esperando los herreros tradicionales. Por lo que entendí no estaba muy bien visto trabajar en domingo y por esa razón nos hicieron la demostración casi a escondidas.
El poblado era un conjunto de chozas bastante rudimentarias, aunque con forma de casa como la dibujaría un niño, dispersas entre una pequeña plantación muy frondosa en la que se mezclaban sin ninguna organización bananeros, cafetales y otras plantas. A la llegada sorprendimos a un grupo de niños jugando con un ingenioso carro hecho con palos que parecía sacado de los Picapiedra y que nos siguieron a donde estaban sus padres esperando junto a las brasas.
Era evidente que estaba todo montado para nosotros, por lo que acabo de decir y porque hoy en día dudo mucho que se pongan a fabricar puntas de lanza, pero aún así resultaba muy interesante ver cómo daban forma al hierro usando sólo unas pocas brasas y un ingenioso fuelle manual. En poco tiempo el herrero convirtió un trozo cilíndrico en una punta bastante afilada seguida de una parte con algunas vueltas a modo de adorno y hueca en el otro extremo para poder insertarla en un palo.
Desde el primer momento ya supe cuál iba a ser mi primera compra de recuerdos. Cuando acabó la demostración nos ofrecieron comprar esa punta recién hecha, que se la llevó Gustavo, y otras lanzas que tenían ya hechas. Yo compre unas pequeñas por 7000 Tsch cada una y Paco una más grande por 10000 Tsch. Se desmontaban y te las daban envueltas en una hoja de banana seca, no se me ocurría un envoltorio más sencillo y atractivo.
Otro atractivo turístico del poblado eran una especie de madrigueras subterráneas que a veces eran largos túneles, que se usaban en la antigüedad como medio de defensa en caso de ataque. Mientras hacían las lanzas contaban lo irónico que resultaba que en el pasado ellos vendían las lanzas a los Maasais, que luego sus belicosos vecinos usaban para atacarles… ’nos mataban con nuestras propias lanzas’. Los chagga parecen bastante pequeños y delgados en comparación con los altos maasai, por lo que no me extraña que adoptasen la táctica de esconderse.
Los túneles tampoco eran tan bajos, de hecho yo podía caminar agachado sin tener que arrodillarme, aunque no eran muy recomendables si tenías claustrofobia o la intención de no ponerte hasta las orejas de tierra roja. Entramos todos menos Diana y avanzamos unos 20 metros hasta una cavidad más grande en la que estuvimos unos minutos antes de salir y lavarnos.
Ahí acababa nuestra visita y dejamos a la gente seguir con su vida mientras nosotros nos dirigíamos hacía la entrada del Kilimanjaro NP, cerca del pueblo de Marangu. Como sólo íbamos a echar un vistazo no nos tocó pagar las tasas de entrada, que son bastante elevadas durante todos los días que se permanece dentro del Parque. Para subir al techo de África hay varias vías con diferente dificultad y entre ellas la más transitada es la vía Marangu, que a veces denominan ’ruta Coca-Cola’ por lo trillada que está. Se hace en 6 días y el único problema es la aclimatación a la altura porque no tiene dificultad técnica.
Para aprovechar más la estancia allí nos tomamos el lunch y nos hicimos unas cuantas fotos del tipo "yo estuve allí".
Lo siguiente era visitar una choza tradicional y como no estaba muy lejos y ya estábamos cansados de tanto coche dijimos que preferíamos ir caminando. Hacía bueno y el paseo bajando desde Marangu era de lo más agradable, siempre rodeados de granjas y de gente que iba y venía, sobre todo niños que siempre te seguían. Recuerdo a uno que llevaba patatas en una bolsa que se le rompió y le ayudé a recogerlas mientras bajaban rodando por la carretera. No dejó ni una por recoger por pequeña que fuese. De vez en cuando nos volvíamos a mirar si el esquivo Kili se quería dejar ver pero no había manera. Los guías lo resolvían diciendo que era una montaña tímida.
La choza en cuestión resultó ser una turistada dentro de un pequeño lodge, pero aún así resultó entretenido porque estaba bien conservada y el guía que lo contaba era de lo más ameno, haciendo chistes todo el rato. Lo más kitch era una reproducción en pequeño del Kilimanjaro que tenían detrás y a la que nos hicieron subirnos para sacarnos una foto.
Todavía quedaba otro punto por completar de la excursión y ya se estaba haciendo tarde, por lo que cogimos la minivan y nos acercamos hasta el comienzo de las cataratas Ndoro. Nos dieron un palo para ayudarnos a bajar por una empinada cuesta que tenía unos enormes escalones y que descendía a un estrecho cañón al final del cual estaba la catarata. No estaba demasiado lejos y era un sitio bonito para pasar un rato descansando. Aún siendo época seca había suficiente agua y unas cuantas piedras en las que sentarse a comer el resto del lunch.
Antes de llegar a Moshi a última hora de la tarde, aún tuvimos tiempo de parar en un pequeño bar de camino en el que nos sacaron un cachi de cerveza de banana y mijo. Esta vez bebí un poco más que la vez anterior pero tampoco quise tentar mucho a mi suerte y casi toda se la acabó bebiendo el guía.
Llegamos bastante cansados pero habíamos quedado en que iríamos a la agencia de Freddy a cerrar lo que haríamos después del safari, en las montañas Usambara. Como nos había ido bien en el día con él decidimos contratarle los 5 días de los que disponíamos antes de Zanzíbar, describimos el programa en una hoja de papel y le dimos una señal.
Ya era de noche pero aún sacamos tiempo para ir a un ciber a escribir unos correos y luego buscamos un taxi para ir al hotel. Que el hotel no era muy popular ya lo habíamos notado la noche anterior cuando el taxista tuvo que preguntar a unos cuantos colegas por el sitio, pero el de hoy desde el principio estaba muy seguro. Nos metimos los 5 en un taxi como solíamos hacer, muy apretados lo 4 de atrás, y nos pusimos en marcha. Salió de la ciudad pero no nos sonaba mucho la carretera aunque al ser de noche nos costaba ubicarnos. Después de más tiempo de lo normal nos para delante de un sitio que ponía Amani Centre, y que evidentemente no era nuestro hotel. Le repetimos lo de Ammans y vuelta a la ciudad. Esta vez sí tiene que preguntar y nos lleva a nuestro hotel, aunque al ir a pagar nos pide el doble de lo pactado por el recorrido extra. Nos negamos a darle más porque entendíamos que era culpa suya y le dejamos bastante enfadado. Cuando ya estamos dentro de la casa viene el encargado y nos dice que el taxista está fuera, con lo que ya pensábamos que iba a ver bronca.
Nuevamente estábamos equivocados porque Diana se había dejado las gafas y el hombre había vuelto a devolverlas. En mucho sitios las hubiesen tirado por la ventanilla pero ese tipo de comportamiento no pega mucho con el carácter tanzano. Evidentemente, con ese gesto sí se ganó la propina.
Aunque me hubiese gustado despedirme de los chicos del día anterior ya era muy tarde para salir a ver si estaban en la casa de al lado, y al día siguiente empezaba el safari.
Tanzania 04 Tarangire NP (12 Sep)
Aunque ya habíamos pasado el fin de semana y nos habían sucedido un montón de cosas interesantes, esa mañana me levanté con la ilusión de que antes de volver a dormirme iba a ver cosas que no olvidaría nunca.
Habíamos quedado con la compañía de safaris en que nos vendrían a buscar temprano a Moshi y antes de la hora ya estaban esperándonos.
Eran dos, uno más mayor con bigote y algo desgarbado, y otro bastante joven con la cabeza casi rapada y sonrisa fácil. El primero era el conductor y el segundo el guía en español. Lo habitual es que el conductor haga de guía pero como sólo suelen saber inglés preguntamos por la posibilidad de uno en español y nos lo ofrecieron por sólo 12$ más al día. La primera impresión que me llevé es que nos la habían colado porque su vocabulario era muy limitado y casi nunca contestaba a lo que preguntabas, pero con el tiempo me alegré de haberle cogido porque nos hizo pasar algunos buenos ratos. Nos costó un montón aprendernos su nombre a pesar de que lo repetía continuamente y al final para mí se quedó con Seluba, aunque en realidad se llamaba Silva y era de Dar. El conductor era más parco en palabras y como le habían quitado su función de guía, al principio casi no hablaba aunque con el tiempo fuimos cogiendo confianza y le preguntábamos mucho porque tenía mucha experiencia y se lo conocía todo muy bien. Su nombre en swahili era el equivalente a cebra en inglés, por lo que siempre le llamábamos Zebra. Era de una tribu del sur y nos contó que el nombre le venía por herencia familiar porque un antepasado estuvo a punto de morir de hambre y sobrevivió porque encontró una cebra.
Antes de empezar el safari había que pagarlo todo salvo la señal que dimos desde España. En total iban a ser 795$ por ocho días incluyendo agua y todas las entradas. Habíamos estado mirando un par de agencias que inspiraban confianza y haciendo el recorrido a medida. Con esta agencia fue Paco el que estuvo intercambiando correos y siempre con su querida Ally, que era muy eficiente. Ya tenía ganas de conocerla y todos estábamos esperando un romántico encuentro cuando se presentó un joven de aspecto hindú que respondía al nombre de… Ally y que no entendería mucho nuestras risas contenidas. Tras arreglar con él lo del dinero ya teníamos ganas de salir pitando, pero nuestros guías habían ido a recoger las cosas para el camping y nos hicieron esperar un montón. Otra vez "pole pole".
Finalmente salimos de Arusha con el todo terreno cargado y un nuevo pasajero: Charles, el cocinero. Como los asientos de adelante estaban ocupados por los guías, tenía que ir dentro, en el asiento de detrás que compartía conmigo a un lado y sus cazuelas al otro. No sabía mucho inglés y durante los viajes me daba la misma conversación que el resto de su equipaje.
La carretera hacía Tarangire estaba asfaltada y mientras nos alejábamos se podía divisar la silueta imponente del Monte Meru. Al poco el paisaje se volvió más seco y rural, ya se empezaba a notar que entrábamos en el territorio de los maasais porque se veía a muchos en la carretera, andando o en bicicleta porque no recuerdo a ningún maasai al volante en todo el viaje. Antes de este viaje siempre hubiese escrito masai, con una "a", pero allí siempre decían maaaaasai, con la primera "a" muy larga. De pasada vimos un enorme mercado maasai con muchísima gente y ganado y me hubiese gustado parar pero ya íbamos con poco tiempo para hacer el "game drive" del día.
Como llegamos a la hora de comer fuimos directamente al camping de Tarangire, que en realidad estaba fuera del parque, a descargar las cosas, y que montasen las tiendas mientras el cocinero preparaba el lunch. En nuestro recorrido estaba programado ir a dormir al Lake Manyara pero Ally nos había sugerido cambiarlo porque salíamos muy tarde. A mí me pareció bien pero tuvimos que someterlo a una de nuestras frecuentes votaciones porque a otros les apetecía más ajustarnos a lo previsto.
Mientras hacía tiempo esperando a la comida me entretuve persiguiendo a unos bonitos pájaros naranjas y azules que creo que eran estorninos y que había a montones. Después de un buen lunch en nuestra mesa con mantel de manta maasai, nos montamos en el 4x4, que ya tenía el techo desplegado y nos pusimos en camino.
Era emocionante atravesar la barrera para entrar en el parque, después de haber dejado atrás las última chozas, y mirar en todas las direcciones en busca de cuál sería el primer animal salvaje. Era la época seca y en este Parque se notaba especialmente, aún así tenía un encanto que me hace recordarle como uno de los que más me gustaron, con sus baobabs por todas partes, que para mí siempre serán los árboles del Principito.
El primer animal fue una cebra y era como si no hubiésemos visto ninguna antes, no dejábamos de hacerle fotos y casi no dejábamos seguir al conductor. Pero ver a los animales en su entorno natural no tiene nada que ver con hacerlo en un zoo.
No tardamos en ver más cebras, en grupos y con otros animales, y a lo lejos el primer elefante. Los nombres de algunos animales eran difíciles de aprender porque a veces el guía sólo los sabía en inglés y muchas especies son parecidas entre sí. Había muchos tipos de herbívoros: los pequeños dirk-dirk de ojos enormes, impalas, antílopes, gacelas de varios tipos, y los numerosos y alocados ñues.
Junto al río había algunos elefantes retozando e incluso vimos a lo lejos una leona tumbada, pero de la que sólo se veía unas patas.
También muchos coches detenidos bajo un árbol porque entre las ramas había una boa en forma de un enorme ovillo y que era difícil de localizar. Sin estar muy masificado, sí se veían bastantes coches y casi todos estaban parados en los mismos sitios, de hecho cuando había varios parados en el mismo lugar solían llegar más sabiendo que allí había algo que ver. Los conductores tenían su protocolo y eran respetuosos con los que habían llegado antes, nunca se ponían quitando la visión de nadie pero siempre se apañaban para buscar un hueco desde el que tu también pudieses ver.
Pronto se empezó a poner el sol y sabíamos que habría que volver. La luz de esa hora era especial y el cielo estaba precioso. Antes de volver paramos en una especie de mirador y pudimos caminar un poco. En el camino de vuelta tuvimos bastante suerte y nos encontramos con una jirafa y un grupo de elefantes muy cercanos al camino.
De vuelta al camping, ya de noche, nos dimos una ducha que estaba bastante caliente a pesar de no haber agua corriente. La culpa era de un ingenioso sistema que calentaba el agua en los bidones sobre una hoguera y luego los ponían en alto para que cayese. Al cuidado del fuego estaba un maasai que me encontré cuando volví a buscar el gel que me había dejado en la ducha. Como estaba ocupada en ese momento me quedé fuera y me puse a hablar con él con el poco inglés que hablaba.
Me ofreció uno de sus collares y yo no lo acepté porque pensaba que me lo quería vender. No me gusta ser desconfiado pero es por lo que suelen hacerlo. El caso es que cogí cierta confianza con él y después de la cena cuando ya no había luces y casi todo el mundo estaba durmiendo, me acerqué a donde estaba de guardia, me puse a hablar con él otra vez y le presenté al resto. Me señaló la luna y me dijo "lapa", también me enseñó algunos saludos en maasai y otras palabras, como "ngai", que es Dios aunque yo le entendí que era sol. Me habló de la familia que tenía y se puso a cantar algunas canciones tradicionales con diferentes tonos, cambiando la voz a más aguda o más grave como cantando lo que tendrían que decir las mujeres y responder los hombres.
Tanzania 05 Manyara NP (13 Sep)
Esa mañana tocaba por primera vez vivir uno de los momentos más aburridos del safari: cargarlo todo en el 4x4. "Todo" se componía de 4 tiendas de campaña, 7 colchonetas, 5 almohadas, una mesa, 6 sillas, una caja de metal con las cosas de cocinar, platos, tazas, termo y los candiles, la comida, un saco con paja y material para la lumbre, unas cuantas cajas de agua... ah, y casi se me olvida: el cocinero, o como diría Diana: "the most important person of the world". Como el de Tarangire era un camping privado los guías contaban con ayuda y en total serían 5 o 6 personas entre los que trabajaban activamente y los que miraban o daban su opinión acerca de la mejor manera de que cupiese todo. La mayor parte de la carga tenía que ir en la parte delantera del techo, encima del conductor, para dejar espacio para poder abrir el resto del techo, y lo que no cabía ahí había que repartirlo entre la parte de atrás del techo y el interior del vehículo. El caso es que no sé la de veces que lo descargaron y lo volvieron a cargar de otra forma mientras nosotros esperábamos sin ver llegar el momento de montarnos.
Aprovechando la espera me fui a despedir del maasai y me hice un par de fotos con él. A pesar de nuestros ratos del día anterior no me libré de que me pidiese 2000 chelines por las fotos, aunque se los di con gusto porque se veía que estaba bastante explotado y era una forma de complementar el sueldo. La noche anterior me contó que tenía que pasarse de guardia hasta las 12 de esa mañana y se le veía bastante cansado. Antes de irme se sacó un bolígrafo de un pantalón corto que llevaba debajo de sus mantas, lo que me llevó a pensar que el atuendo tradicional era en parte su uniforme de trabajo porque a los turistas les gustan los maasai y dan un aire exótico al negocio, y me dijo que escribiese su nombre. Le entendí "KEPONE" y como no tenía papel me lo escribí en la mano. Luego me pidió que escribiese el mío y puse encima "JOSE". Entonces cogió el boli y se puso a copiar mi nombre en su brazo. Se notaba que no sabía apenas escribir porque le costaba reproducir los trazos, especialmente la "S", pero al final lo consiguió y me hizo ilusión que mi nombre acabase escrito sobre su piel, aunque no sé porque lo hizo.
Cuando finalmente dieron el visto bueno a la operación de carga, nos montamos y salimos a la carretera con dirección al Parque Nacional del Lago Manyara. La entrada al Parque estaba junto a un pueblo con un mercado muy animado que se extendía a lo largo de la carretera y me sorprendió la frondosidad del paisaje que lo rodeaba, teniendo en cuenta lo seco que estaba Tarangire y lo poco que habíamos recorrido.
Dejamos al cocinero en el pueblo antes de entrar y lo agradecí porque íbamos bastante apretados en el coche y ese día íbamos a tener que hacer el safari con toda la carga.
Desde el principio se notaba que este Parque era bastante diferente del anterior, a pesar de que Tarangire y Manyara están comunicados y se les considera dentro del mismo ecosistema. Nos adentramos siguiendo un camino paralelo aun pequeño río, con mucha vegetación de árboles y arbustos entre los que se veían algunos monos. Al alejarnos del riachuelo, el paisaje se hacía más seco pero sin llegar a serlo tanto como en Tarangire y con más vegetación, lo que hacía más difícil ver a los animales. Aún así vimos muchos de los ya habituales: cebras, impalas, babuinos… y como novedad destacada una manada de búfalos un poco alejada.
Casi de repente, el espacio se abrió a una enorme llanura verde y con mucho barro. Era el lugar en el que se encontraba el lago, que en esta época estaba casi seco y había retrocedido mucho, de forma que casi no se le veía. En su lugar había bastantes manadas de herbívoros comiendo los restos de vegetación. En un punto nos dejaron bajar del coche y aunque se veía lo mismo porque no estaba permitido alejarse, hacía ilusión poder sentir la tierra bajo tus pies y estirar las piernas.
Dejamos la llanura y nos volvimos a adentrar entre los árboles. Al poco tiempo nos sorprendió una pequeña manada de elefantes muy cercanos y con algunos cachorros, que estaban retozando en el barro.
Nos quedamos embobados viéndolos hasta que se fueron, para lo cual pasaron por delante de nosotros y tan cerca que casi se les podía tocar. Aunque son animales imponentes, el estar dentro del coche transmite mucha seguridad y además cuentas con la experiencia de los guías que están muy habituados a estas situaciones y saben lo que de verdad es peligroso.
Para comer el lunch fuimos hasta un mirador en una parte elevada en la que había bastante gente. Era un sitio muy bonito rodeado de acacias y baobabs, y con los servicios habituales de estas zonas: unas mesas, bancos, y unas casetas con letrinas. Los lunch eran comidas sencillas y casi siempre empaquetadas en las que solía haber sándwiches, algo cocinado como pollo frito, a veces crepes, y algo de fruta. No era mucho pero servía para aguantar hasta la cena.
Aún nos dio tiempo a dar otra vuelta por el parque aunque es la parte que menos recuerdo del safari porque me entró mucho sueño e iba adormilado. Me daba rabia porque no quería perderme nada y además dormíamos bastante por la noche, pero a veces hay que ceder a lo inevitable. Aún así recuerdo a algunas familias de babuinos que estaban jugando junto a un árbol.
Salimos bastante pronto porque había que llegar hasta el camping y montarlo todo, y a partir de ahí se acababan las carreteras y no había más que pistas, aunque las que conducían hasta el Ngorongoro estaban en bastante buen estado. Subimos por una fuerte pendiente entre un mar de vegetación verde y a medida que ganábamos altura descendía la temperatura y se dejaba notar una cierta bruma. Cuando llegamos al borde bajamos en un mirador y la primera visión del interior de cráter ya emocionaba. A pesar de que ya había poca luz y no se distinguía bien todo, entre la bruma se veía una enorme extensión amarillenta, con espacios verdes salpicándolo y una enorme mancha blanquecina hacía uno de los lados.
Nos metieron prisa para seguir y llegar a Simba, el camping público junto al borde. Nada más bajar del coche no pude resistir la tentación de ir a mirar otra vez. Para llegar al borde había que salir del camping propiamente y cruzar un poco de vegetación hasta dar con un mirador excepcional. Cuando llegué había sólo una pareja viendo el atardecer y me alejé un poco para no estropearles el momento romántico. Se veía ahora mejor que antes y con la última luz el colorido era espectacular y se respiraba una enorme paz. Lástima que el sol se ponía por el lado contrario pero eso quería decir que al amanecer sí que saldría por allí y que convendría madrugar.
Volví hacía el camping y entré a los servicios que estaban bastante sucios. Al salir me quedé de piedra cuando me encontré un elefante viniendo hacía mí a menos de 10 m. Noté enseguida que era un macho joven porque parecía que tenía 5 patas. Ya estaba sacando la cámara cuando dos o tres guías me gritan que me aleje. Me falta tiempo para hacerles caso y me voy junto a ellos. El animalito tenía sed y se fue directo al depósito de agua. Metía la trompa por arriba y se la llevaba a la boca. Estaba tan cerca que se oía muy bien el ruido del agua al caer por la trompa y era impresionante. Me dijeron los guías que era algo habitual y que solían subir al atardecer o al amanecer.
Volví a la tienda para contárselo al resto pero no estaban. Cuando volvieron no me dieron tiempo porque me preguntaron excitados que a qué no sabía que habían visto. Resulta que habían ido al mirador donde había estado yo y de repente se encontraron con el elefante que se había ido en esa dirección. Allí te sientes todavía más indefenso porque estas entre arbustos y no te ve nadie desde el camping, así que me imagino el susto que se llevaron (creo que Ana fue la que ganó la carrera…).
Después de tantas emociones había que ir pensando en la cena y en cargar las baterías de las cámaras para el día siguiente, que ya prometía. Como habíamos llegado tarde tuvimos que poner la mesa en lo que en su día había sido un pequeño bar, por lo que estábamos detrás de una barra escondidos del resto como en una especie de sala VIP.
Para cargar todas las baterías de todo el camping sólo había un enchufe con lo que las colas eran de película. Nosotros, previsores, íbamos cargados de ladrones y adaptadores y cogimos una enorme experiencia en construir enormes torres de enchufes. Hubo un momento de risas cuando Gustavo casi se carga la instalación eléctrica del camping, aunque al final no quedó claro sí había sido culpa suya porque se restableció solo. Más tarde descubrimos que en un pequeño cuarto al lado de nuestra sala había otro enchufe escondido y ese fue nuestro pequeño secreto.
Por la noche refrescaba muchísimo y las sopas de nuestro cocinero sentaban de miedo, aparte de que le salían buenísimas. Controlaba muy bien las especies y aunque cada día eran diferentes casi todas tenían un regustillo a cilantro. Tampoco faltaron unas cervecitas que nos vendió un guía y un repaso al Baileys. Todo era poco porque la noche estaba muy fría.
Para dormir el saco se me quedó corto y tuve que echar mano a una manta de papel de aluminio que había comprado. Era como dormir dentro de una bolsa de congelados y cada vez que me movía aquello sonaba muchísimo. Puse la alarma para ver amanecer y me dormí con el ruido de fondo de unos alemanes que tenían una fogata al lado.
Tanzania 06 Cráter del Ngorongoro (14 Sep)
El borde del cráter está a más de 2000 metros y el frío se hace notar.
Por la noche me desperté tiritando y me tuve que poner el polar dentro del saco, aún así apenas pude dormir y cuando sonó la alarma ya estaba despierto. Me puse toda la ropa que podía y salí a ver si entraba en calor mientras andaba un poco. Ya había bastante luz y la bruma hacía que el sol no se dejase ver mucho pero aún así nos acercamos al mirador del cráter, bromeando con lo que nos podíamos encontrar y recordando la escena del elefante. No era una salida de sol todo lo espectacular que se podría imaginar pero sólo por contemplar lo que había abajo ya valía la pena.
Desayunamos rápido y nos pusimos en marcha. Al no tener que transportar la carga íbamos mucho más holgados y distribuidos como siempre: delante Zebra conduciendo (a la derecha como los ingleses) y a su lado Silva, detrás de ellos Gustavo y Diana respectivamente, Ana y Paco en la tercera fila, y yo atrás en el sofá de tres plazas. Todos iban en sillones menos yo aunque me compensaba porque cuando iba sólo tenía la posibilidad de mirar por los dos lados.
Para bajar al cráter había que descender por una carretera muy empinada que era uno de los dos únicos accesos por pista. La caldera que se extiende debajo es la más grande del mundo cerrada por todos los lados y tiene un diámetro de unos 20 km. En ese poco espacio alberga una sorprendente variedad de paisajes y fauna, por lo que a veces se le compara con el Arca de Noé o se le denomina "la octava maravilla del mundo". Está dentro de un zona protegida mucho más extensa que se denomina Área de Conservación del Ngorongoro (NCA) y que es Reserva de la Biosfera. Sorprende que no tenga la consideración de Parque Nacional pero se debe a que bajo esta otra fórmula también se permite que los pueblos autóctonos, principalmente maasais, puedan seguir habitando en la zona y llevando a cabo sus actividades de ganadería tradicional. De hecho, como curiosidad los guias nos contaron que el nombre del cráter proviene de la palabra con la que los maasais designan a los cencerros, por el ruido que hacen: "goron-goro", aunque no he podido confirmar esto.
De camino al parque vimos a lo lejos un poblado circular maasai, y nada más bajar nos topamos con un rebaño de vacas y sus cuidadores.
Estaban justo al lado de una manada de cebras y a veces se acercaban a los coches de los turistas con intención de venderles artesanía o a recaudar unas propinillas en concepto de derecho de imagen. Cuando les veías sentados en unas piedras con sus mantas de colores y sus lanzas, rodeados de sus bueyes y de otros animales, era fácil transportarte a otro tiempo por un instante, lo que se tardaba en oír el ruido de un motor o ver la estela de un 4x4 levantando polvo.
Aquí más que en ningún otro sitio se apreciaba que la conservación también es un negocio y una fuente de ingresos fundamental para el estado tanzano. No era la temporada turística más alta pero aún así se veían muchos coches yendo de un lado para otro y cuando aparecía algún animal de los más buscados se apelotonaban a su alrededor, aunque sin salirse de las pistas trazadas. Se comunicaban continuamente unos con otros por radio en swahili aunque siempre me quedó la duda de cómo denominaban a los sitios o se orientaban porque no había apenas carteles en los caminos y cruces.
Empezamos por una parte muy seca, casi árida, sin apenas vegetación en la que aún así se veía a muchos herbívoros aprovechando lo poco que quedaba. Junto a uno de los pocos charcos que se mantenían había tres hienas manchadas dormitando y un poco más allá un par de guepardos estaban posando para un gran grupo de coches. Parecían perezosos y poco a poco se fueron alejando con un paso elegante.
Nos acercamos a una zona más húmeda con algo más de verde y al poco el conductor nos llevó rápido a donde había ya unos cuantos coches esperando. Vi que a un lado de la pista había unas cuantas gacelas o impalas comiendo pero me parecía que eso no justificaba la atención.
En efecto, todo el mundo miraba al otro lado donde no muy lejos un grupo considerable de leones se estaba acercando. Serían 3 o 4 hembras con unos cuantos cachorros y algún macho joven al que le empezaba a crecer la melena. Andaban despacio, con sigilo y tenían la mirada fija no en nosotros que estábamos en medio, sino en las gacelas que había enfrente. Era excitante pensar en lo que podría pasar y en esos momentos no pensaba precisamente en las pobres gacelas. Se acercaron hasta los coches y pasaron entre ellos sin prestarnos mucha atención pero en ese momento las gacelas, que ya llevaban un rato con la cabeza levantada echaron a correr. Estaban demasiado lejos y no hubo ni siquiera un amago de persecución, pero los leones se quedaron un rato por ahí tumbados y ahorrando energías para otra ocasión.
De ahí nos llevaron a una zona preciosa con un lago con bastante agua y dominado por un enorme árbol en la orilla. Era una de las zonas de recreo del cráter y había servicios. Por encima se veían unas rapaces dando vueltas, creo que milanos, y el guía me dijo que había que tener cuidado con ellos porque a veces quitaban la comida a la vista. Nos tumbamos un rato y Paco y yo aprovecharnos para subir un poco al árbol. A lo lejos se veían unos hipopótamos pero casi no se distinguían.
Habíamos salido otra vez a la parte seca cuando nos encontramos con una manada de ñues bastante numerosa que estaba a ambos lados de la pista y nos rodeaba aunque con cierta prudencia. Se supone que en la estación seca la mayor parte de sus congéneres está en el norte en busca de mejores pastos, pero siempre quedan algunos, no sé si los más viejos o vagos. Son animales feos pero divertidos que de vez en cuando se vuelven como locos y se ponen a dar brincos sin saber por qué. Uno de los momentos mágicos del viaje se iba a producir poco después.
Noté que el guía se dirigía rápido hacía algún destino y nos acercamos nuevamente a un grupo de coches. Siguiendo las miradas de la gente y los objetivos de las cámaras se distinguía un rinoceronte negro, una de las especies en peligro de extinción más difíciles de ver. Estaba solo y caminaba despacio aunque sus pasos le llevaban a cruzar la pista. Todos los coches maniobraban para ponerse cerca pero dejándole claramente un paso en medio. El animal se acercó, cruzó y se alejó, aunque creí percibir que le incomodaba tanta atención. Creo que tenía el cuerno mayor roto y le recuerdo con simpatía como regordete y bonachón.
Estaba siendo un día muy intenso y ya empezaba a haber hambre, así que fuimos a otra área de recreo que estaba en una zona bastante arbolada y a la que habíamos llegado después de cruzarnos con unos elefantes.
Había allí un montón de coches en fila pero no eran de turistas porque eran todos negros y escuchaban con atención las explicaciones de otro.
Entendí que les estaban formando para trabajar de guías o de vigilantes. Ana extendió su manta de supervivencia en el suelo y nos sentamos a comer el lunch. En el árbol de al lado había un mono que se acercaba en parte porque le tirábamos comida y más bien porque no parecía tenernos ningún miedo. De vez en cuando el guía le tiraba un palo o una piedra para que se alejase porque no está permitido dar de comer a los animales. Claro, que una cosa es dárselo y otra que te lo quiten, o si no que le pregunten a Gustavo la cara que se le quedó cuando un milano le quitó de la mano un trozo de comida que estaba a punto de meterse en la boca. Le hizo incluso un rasguño en la cara y al final el beneficiado fue el mono porque el pájaro no pudo llevarse la comida que salió disparada a donde estaba el otro. Como además algunos vieron algunas arañas más grande de lo normal por las cercanías decidimos concluir lo más rápido posible el lunch y volver a nuestra fortaleza sobre ruedas.
Temía que después de comer y de tantas sensaciones estaría cansado y sería presa fácil de la siesta, pero la excitación de lo que había alrededor podía más. Fuimos a la zona en la que había un lago de sal casi seco y muy blanco, con algunos búfalos como novedad. Después a unas charcas rodeadas de juncos en las que unos cuantos hipopótamos se agolpaban sin casi agua para cubrirse. Lo único que asomaban eran sus enormes cuerpos orondos como grandes piedras aunque de vez en cuando alguno levantaba la cabeza y se dejaba ver un poco más.
Aunque sólo hable de los grandes mamíferos también había muchísimas aves como ibis, muchos secretarios, algunos flamencos y otros pájaros más pequeños.
En total nos habíamos dado prácticamente la vuelta al cráter e incluso nos dio tiempo a repetir algunos sitios como el lago de por la mañana.
Allí descansamos un rato y me parecía un entorno tan apacible que tenía que contenerme para no alejarme paseando, recordando que de camino habíamos vistos leones agazapados entre los juncos.
Se podía dar por completado el día y volvimos por la otra pista de acceso, sin dejar de echar la vista atrás durante todo el camino. Ya en el camping a darse una ducha y empezar otra vez el ritual de cargar las cámaras, que al ritmo de fotos que llevábamos no aguantaban más de una jornada.
Se notaba que estábamos cansados después de todo el día porque no recuerdo nada especial de esa noche salvo que el cocinero nos hizo un postre buenísimo que eran como unas tortas con banana frita. Y creo que fue el único día que no bebí cerveza.
Tanzania 07 De camino al Serengeti (15 Sep) - 1ª Parte
Tras dos días en el mismo sitio hoy tocaba otra vez hacer el equipaje.
Aunque no nos lo pidieron ni se suponía que teníamos que hacerlo, me puse a echarles una mano porque en los camping públicos no tienen ayuda extra y cuanto antes acabásemos antes nos pondríamos en camino.
Al hacerlo también me di cuenta de que suponía bastante trabajo y que no era fácil conseguir un bulto compacto y bien sujeto para resistir los baches del camino.
En nuestro programa estaba atravesar hacía el noroeste el Área de Conservación del Ngorongoro parando durante el camino a visitar un poblado maasai y la garganta Olduvai. A partir de donde estábamos ya no veríamos ninguna carretera ni nada que se le pareciese en mucho tiempo, sólo pistas en mejor o peor estado y más o menos polvorientas.
Al principio pensaba que iríamos al poblado que se veía a lo lejos el día anterior de camino al cráter pero pronto lo dejamos atrás.
Seguimos por aquel paisaje seco durante bastantes kilómetros hasta pararnos a unos 200 metros del elegido por los guías. En ese momento Zebra nos explicó que los maasais cobraban por la visita y que eran unos 15$ por persona. Eso ya lo sabíamos porque nos lo había dicho Ally y le habíamos indicado que lo incluyese en el coste total del safari, aunque por algún malentendido en la agencia no se lo habían indicado a los guías ni les habían dado el dinero de las entradas. No era el mejor sitio para hacer una llamada de teléfono a pesar de que en casi todos los lugares había habido cobertura y tuvieron que entenderse a duras penas por la radio con la central. Hasta que se aclaró el asunto estuvimos allí parados un buen rato mirando hacía el pueblo y observando a algunos maasais que iban tomando posiciones con algunas cosas para vender.
El más decidido fue un niño que se acercó a la ventanilla y dijo unas palabras que con alguna variación repetían casi siempre los que te saludaban: "Hello what’s your name how are you?", todo seguido como si fuese una única frase. Cuando te saludaban en swahili también preguntaban siempre cómo estabas: "Jambo, habari?". Hacía el final del viaje leí que los tanzanos eran bastante educados y daban mucha importancia al saludo, de forma que consideraban ofensivo dirigirse a alguien o pedirle algo sin antes mostrarle su respeto e interesarse por cómo estaba. El niño puede que se llamase Robert y no vendía nada, sólo pedía lo que solían pedir casi todos los niños con otra frase que se oía continuamente: "Pen for school"; siempre empezaban pidiendo bolígrafos aunque no era raro que también pidiesen caramelos, gorras, camisetas y en menor medida y siempre como último recurso dinero. No era algo nuevo, son las cosas que también piden en otros países pobres en los que había estado, como Egipto o Marruecos, aunque aquí los niños eran mucho menos insistentes y bastante más tímidos, y no solían repetirlo. Ana había sido la más previsora en estos temas e iba aprovisionada de una buena cantidad de bolis y globos. A Robert le dimos un globo con una cara pintada por Paco y no sé si algo más.
Estábamos expectantes aún cuando sabíamos que no les íbamos a sorprender con su vida diaria y que todo iba a ser muy para "mzungus" (blancos, guiris) aunque de otra forma probablemente no te dejarían pasar ni permitirían que les hicieses fotos. Cuando nos acercamos al poblado salió a recibirnos un hombre mayor sonriendo, que según nos contaron los guías era el patriarca de allí y que los que vivían con él eran sus mujeres e hijos, aunque a mí me parecía demasiada gente para una sola familia. En cualquier caso se notaba que tenía autoridad porque mientras nos lo presentaban veíamos como se iba organizando la gente para ofrecer el número a los turistas.
El pueblo no era muy grande pero en él habitarían más de 100 personas.
Todo estaba dispuesto alrededor de un espacio circular en el medio rodeado de un vallado de palos, que era el lugar de reunión durante el día y que servía de corral para el ganado por la noche. Allí era donde nos condujeron para presenciar las danzas maasais, que es lo que más se conoce de las tradiciones de esta tribu. Enfrente de nosotros se situaron en fila unos cuantos hombres jóvenes y más alejadas y a nuestra izquierda un grupo más numeroso de mujeres.
Todo el mundo en el pueblo iba vestido con sus ropas tradicionales, en los que destacan los colores rojo y morado, y adornados con multitud de abalorios. Si fuese otra tribu pensaría que se habían disfrazado para nosotros pero ya habíamos visto muchos maasais, incluso en las ciudades, para saber que estén donde estén siempre visten a su forma. Se nota que están orgullosos de sus tradiciones y de su leyenda y que son bastante coquetos. No dejan tobillo, muñeca o cuello sin adornar y los colores que emplean en sus ropas y abalorios son alegres y armoniosos. Llama la atención la deformación que se practican en la oreja, dejando colgando el lóbulo con una abertura enorme en medio que adornan con abalorios. Leí que lo hacen para asemejarse a las orejas de sus bueyes, a los que se sienten muy unidos, y que incluso en la lengua maasai se emplea una misma palabra para designar a bueyes y personas.
Los hombres empezaron a entonar una canción a varias voces y al poco tiempo lo acompañaron con lo que todos estábamos esperando: sus famosos saltos. Saltaban de uno en uno y al que le llegaba el turno se adelantaba un poco, se agachaba ligeramente y se impulsaba hacía arriba echando las piernas muy atrás mientras estaba en el aire. La caída era con los dos pies juntos y pisando con fuerza. Las mujeres, por su parte, también empezaron a cantar y a bailar sus propias danzas en las que algunas se adelantaban de la fila para dar algunos pasos y volver.
No tardaron mucho en involucrarnos y en invitarnos a unirnos. El primero que tuvo el honor fue Paco, que se puso frente a ellos, agarró un palo que le dieron y se puso a dar brincos a su manera. Ya estaba deseando que me llegará el turno a mí también y cuando acabó Paco fui a la fila. Era uno de los momentos que estaba esperando desde que me imaginé en Tanzania. A la vez también cogieron a Silva y los dos nos pusimos a saltar junto a uno de ellos. Recuerdo que intentaba saltar todo lo alto que podía aunque el estilo no era muy maasai que digamos, creo alguna lo describió como que parecía que estábamos en la verbena de nuestro pueblo. Mientras tanto Ana también se puso a bailar con las mujeres vestida con uno de esos collares típicos tan grandes.
Después del baile nos dividieron en dos grupos para visitar las chozas y unos fuimos con un guía joven y otros creo que con el jefe. Las chozas, que eran de palos, una especie de paja y barro seco, se distribuían como entre dos círculos concéntricos: alrededor del espacio central y rodeadas a su vez del cercado exterior. No tenían ventanas y la puerta era muy pequeña con lo que el interior era muy oscuro. La distribución me recordaba bastante a la que habíamos visto en las de los chaggas aunque estas se notaba que eran de verdad. La explicación fue bastante breve y rápidamente nos llevaron a lo que más les interesaba: el mercado.
El exterior del vallado del espacio central servía de tenderete para todo tipo de collares, pulseras, escudos y otros objetos. El sistema consistía en elegir lo que te gustase y negociar al final el precio. Era inútil preguntar el precio mientras porque siempre te decían que al final y en cuanto te descuidabas las mujeres te llenaban los brazos de pulseras. Se veía que cada una tenía su trozo y su mercancía porque insistían para que fueses para un lado u otro según les convenía o eligieses las suyas. Había muchas cosas bonitas y aunque muchas se repetían de vez en cuando se veía algo original. Al final metían bastante prisa para acabar y empezar el regateo.
Yo acabé con un escudo muy chulo de piel con una jirafa bordada, que era lo que más me gustaba, un palo que en ese momento no sabía lo que era, una especie de cantimplora muy usada, unos cuantos collares y un montón de pulseras. Ya habían empezado a hacerles las cuentas a alguno de los otros y cuando oía lo que les pedían ya me suponía el sablazo que me intentarían meter a mí que era el que más llevaba. Empezaban sumando 5$ por cada pulsera o collar, lo que me parecía desorbitante, y luego en cambio a otras cosas que a mí me parecían más valiosas, como el palo o la cantimplora, no parecían darle mucha importancia y le sumaban sólo 5$ también. Lo que parecía más caro era el escudo porque el vendedor, que era uno de los pocos que era hombre, parecía muy atento a que no se rebajase mucho el precio. Total que empezó la cosa por 85$ y me decían que si me parecía caro dejase cosas. No me convencía mucho aquello y me estaba empezando a cansar de tanto acoso pero les seguí un poco el juego y dejé un par de pulseras y collares, casi nada, y dije que no daba más de 30$ por todo lo que quedaba. Ellos que 70, yo que 30, que bueno… 60, y yo otra vez testarudo que 30. El negociante por el lado maasai era el guía joven que era el que sabía inglés, pero antes de decir una cifra tenía que consultarlo con todos los vendedores implicados, que eran unos cuantos y cada uno defendía su parte, con lo que estabas rodeado. Al final me dicen que me quede sin mi querido escudo porque su vendedor era el más testarudo y que me dejan el resto en los 30. Yo si algo quería era el escudo, así que en un último intento subí a 35 con el escudo. Me dijeron que no había trato y ya lo estaba devolviendo todo cuando tras una pequeña discusión entre ellos finalmente cambiaron de opinión y me lo pude llevar. Cuando acabé todos los demás ya habían comprado o habían desistido salvo Paco que seguía discutiendo y también por un escudo como el mío. Después de un rato tuvo que dejarlo porque le pedían mucho y había que seguir con la visita.
Una vez hecho el negocio la gente del poblado siguió con sus quehaceres y el guía nos llevó hasta una casa fuera del pueblo que hacía las veces de escuela. Era lo único que había fuera del pueblo porque los maasais no cultivan la tierra, que consideran algo indigno, y por lo tanto no tienen ni un pequeño huerto. La escuela era más grande que las chozas y con nuestra forma clásica de casa rectangular con tejado de dos aguas, pero también construida con palos y barro. Dentro nos encontramos un grupo considerable de niños pequeños que nos sonreían y se reían entre ellos pero que estaban muy formalitos en sus bancos de madera rudimentarios. La maestra no iba vestida como las mujeres maasais y los niños me pareció que tampoco vestían con ropas muy tradicionales. Me hizo gracia la pizarra en la que había escritas algunas frases y secuencias de sílabas del tipo "cha che chi cho chu", y eso es porque el swahili se pronuncia muy parecido al español y se lee igual que se escribe también.
Nos contaron algunas cosas de cómo funcionaba la escuela y nos quisimos hacer unas fotos sentándonos entre los niños. Todos te querían dejar un hueco y parecía que les hacía mucha ilusión que eligieses sentarse a su lado por lo que al final probé casi todos los bancos. Noté que un niño se fijó en las gafas de sol que llevaba en la cabeza y se las puse. Había que ver la cara que tenía y la que ponía al verlo todo oscuro, y claro, al final todos querían mirar por la gafas y tuve que pasarlas de cara en cara.
Mientras, el guía joven aprovechaba para aprender algunas frases en español que le apuntábamos en un cuaderno. Nos dijo que él en realidad no era de ese pueblo sino de uno cercano y que estaba estudiando fuera en la ciudad, aunque cuando estaba en casa aprovechaba para ayudar a los del pueblo porque casi nadie sabía inglés. Antes de irnos de la escuela dejamos un donativo en una caja que tenían y Ana les dio unos cuantos bolis porque, aunque no lo pedían, entendíamos que ese era el motivo por el que aceptaban que los turistas hiciesen la visita e interrumpiesen las clases.
Ya era hora de seguir pero Paco hizo un último intento con el vendedor y al final consiguió comprar su escudo. Justo cuando nos íbamos a ir se acercó otra vez Robert, el niño del principio y nos dijo de nuevo "Hello what’s your name how are you?". No sé si es que no nos recordaba o es que era lo único que sabía decir.
Antes de la visita ya sentía una particular fascinación por esta cultura pero después aún se me despertó más curiosidad, y en los siguientes días seguí leyendo muchas cosas acerca de ellos en la guía y en unas revistas que llevábamos.
Tanzania 08 Serengeti NP Seronera (16 Sep)
Tal y como habíamos quedado la noche anterior con los guías, por la mañana haríamos un gamedrive por la zona de Seronera, antes de cargar las cosas en el coche y emprender rumbo hacía el norte.
Esa mañana la recuerdo fría y bastante aburrida, o más bien menos excitante que el resto del safari. Estaba nublado y no hacía excesivo frío pero había cogido poca ropa y con el techo abierto costaba entrar en calor. Intentaba ir de pies la mayor parte del tiempo mirando a los lados tratando de encontrar animales, pero cada poco tiempo desistía y me volvía a sentar agazapado para no pasar frío. Al principio vimos algunas jirafas bastante cercanas aunque a estas alturas ya no era un animal que nos sorprendiese mucho. Lo que esperábamos sobre todo es encontrar leones porque había bastantes kopjes pero la suerte nos fue esquiva.
El paisaje no obstante era suficiente aliciente por sí sólo y conseguía hacerte sentir pequeño. Parecía demasiado territorio para tan pocos animales, sobre todo porque podías ver muchos kilómetros a la redonda sin más vida aparente que algunos herbívoros aislados. De vez en cuando Zebra probaba con alguna pequeña pista alejada de las rutas principales pero no había nada que nos hiciese parar.
Hicimos un alto en un área de recreo un poco elevada en la que había buenas vistas y luego volvimos hacía la zona del camping, que era en la que habíamos estado la tarde anterior y en la que habíamos visto un montón de escenas interesantes. Pero esta vez parecía que los animales estaban en huelga porque sólo conseguimos ver a los hipopótamos que como siempre estaban en su charca, inamovibles pasando el poco calor de ese día y esperando a la noche para salir a comer fuera del agua.
Casi al lado de camping había un pequeño pueblo con algunos barracones de hormigón bastante feos en los que estaban las oficinas del Parque y las casas de los rangers. Zebra nos contó que, al igual que muchos otros guías, había sido guardia antes que conductor y guía de safaris.
Eran la vieja guardia, los pioneros, los "Ngorongoro Heroes". Silva nos contó que así era como los guías jóvenes llamaban a los veteranos.
A ellos les llamaban los "Serengeti Boys" y decía que tenían un pique sano. Unos eran los que llevaban más tiempo y se conocían todos los caminos y secretos de los Parques, y los otros eran la nueva generación, más preparada, con más conocimientos y más idiomas pero incapaces de no perderse en la maraña de pistas.
Entramos a una tienda, que para estar en un lugar como ese estaba bastante bien surtida, y compramos una Pringles al mismo precio que en Europa. Por ese precio podías comprar 3 pares de chanclas y aún así allí la mayoría de los niños iban descalzos. Son cosas en la que piensas mientras miras sus pies y te comes tus patatas.
Cuando volvimos al campamento Charles nos tenía preparado el lunch, que no recuerdo en que consistía aunque a estas alturas ya empezaban a escasear algunas cosas. Después nos pusimos a empaquetar y de nuevo me puse a ayudar y casi a meter prisa porque tenía muchas ganas de salir de allí e ir en busca de los animales. Antes del viaje habíamos leído que en esa época del año la mayor parte de los herbívoros estaban en la parte norte del Parque y por eso habíamos pedido expresamente pasar dos noches allí, aún cuando Ally nos había sugerido lo contrario. Sin lugar a dudas fue la decisión acertada porque pasar un día más en Seronera hubiera sido perder un poco el tiempo.
No tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de ello, después de un par de horas de viaje el paisaje se volvió mucha más verde y se empezaron a ver las primeras manadas de ñus. Eran manadas enormes que a veces se perdían en el horizonte y que una vez se empezaron a ver se sucedían con frecuencia. A veces eran ñus solos y otras veces mezclados con cebras. Comían hierba placidamente sin ser hostigados y sólo de vez en cuando se movían o empezaban a correr de forma alocada, dando vueltas y saltos sin sentido aparente. Puede que parte de su éxito como especie y de que haya tantos se deba a que sin duda deben desconcertar bastante a los leones que tratan de cazarlos. A nosotros nos resultaban divertidos y nos fijábamos especialmente en los que parecían tener un comportamiento más estúpido.
Esa tarde no hicimos propiamente un game drive aunque nos desviamos un momento de la pista principal para dar una pequeña vuelta. En seguida nos dirigimos al que sería uno de los lugares que recuerdo con especial cariño: el camping público de Lobo. Estaba entre un gran kopje y una enorme explanada, al borde de la pista. Sólo tenía unas letrinas, un depósito de agua y los habituales comedor y lugar para cocinar, y de vez en cuando de entre los árboles salían babuinos que huían cuando nos acercábamos. Era bastante pequeño y cuando llegamos sólo había unas pocas tiendas aunque no se veía a nadie. Los guías nos comentaron que posiblemente sería un grupo con safari mixto en el que a veces dormían en tienda y a veces en lodge, y que probablemente ese día les tocaría cama blanda, con lo que seguramente pasaríamos la noche solos. Me gustaba.
Vimos algunas cenizas cerca de las tiendas y les dijimos si era posible hacer un fuego, no nos pusieron pegas y nos pusimos a buscar ramas sin tratar de alejarnos demasiado. Justo a los pies del kopje había bastantes árboles pero evitábamos meternos entre ellos y cogíamos las ramas secas que había por la parte despejada. Los guías se fueron un momento con el coche y volvieron con algunos troncos grandes con lo que nos habíamos asegurado leña para algunas horas.
Allí no había enchufes y nos ofrecieron la posibilidad de ir a un lodge muy cercano a cargar las baterías. Dijimos que nos gustaría ir a tomar una cerveza pero como estábamos bastante guarros tuvimos que lavarnos un poco antes. Como no había duchas había que usar el agua del depósito y hacerse una limpieza básica.
La primera impresión que me llevé del lodge es que parecía un hotel barato de carretera, con muchas habitaciones dispuestas a lo largo de tres pisos con barandillas y escaleras. Pero ese era el lado feo, por el otro lado las ventanas se asomaban al borde de un kopje enorme que daba a una inmensa llanura. La mejor parte era el restaurante, el bar y sobre todo la piscina, que estaba construida en la parte alta usando parte de la propia roca como suelo y con unas hamacas frente a un precioso mirador. Desde ahí unas escaleras excavadas en la roca te subían a la parte más elevada en las que había un saliente de roca que lo dominaba todo. A mí me faltó tiempo para llegar lo más arriba que pude y quedarme extasiado con lo la espectacular vista. Justo debajo había unos búfalos y se veían muy pequeños.
Entramos al bar y Zebra nos sugirió dejar allí las cámaras e irnos a un sitio más barato que conocían. Como no nos apetecía dejar allí las cámaras solas les dijimos que nos quedaríamos un par de horas y que volviesen a buscarnos a las 20:30. Para cargar las cámaras tenían enchufes justo al lado de los sillones y las mesas, probablemente porque sería algo a lo que iba la gente habitualmente. Nos pedimos unas cervezas que como son de medio litro cunden bastante, y además no eran demasiado caras, creo que 2500 chelines, menos de dos euros, con lo que para el tiempo que estuvimos allí nos salió un negocio redondo.
Era un sitio muy agradable aunque la clientela era un poco mayor, sobre todo americanos. Uno de ellos al ver nuestro despliegue de ladrones, cargadores y baterías nos preguntó si no habíamos sido capaces de encontrar el enchufe en la habitación. A buen seguro que él tampoco lo hubiese encontrado.
Ana se puso a escribir su diario y con el tiempo que pasamos allí consiguió ponerlo al día. A menudo nos insistía para que escribiésemos en él y casi no la habíamos ayudado nada. Ese día todos escribimos algo y casi todos hablamos de las sensaciones que teníamos de cara a la noche que íbamos a pasar en ese lugar tan salvaje en apariencia.
Las palabras más sentidas fueron las de Gustavo, que confeso lo mal que lo había pasado la noche anterior.
Durante todo el safari mantuvimos la distribución en las tiendas: Ana con Diana, Paco conmigo y Gustavo solo. El único cambio fue que los primeros días Paco y yo ocupábamos la tienda grande y al llegar al Serengeti las chicas nos la pidieron porque querían tener las maletas dentro de la tienda para no tener que ir hasta la de Gustavo, que es donde las habían dejado hasta entonces, aunque nosotros nos apañamos para seguir metiéndolas también en la pequeña. Al salir por la mañana recuerdo que vi a Gustavo examinando el suelo junto a su tienda.
Cuando encontró unas huellas en el barro nos habló del miedo que había pasado durante la noche porque había oído los ruidos de un león o algún otro felino justo al lado de su tienda, y ahora acababa de descubrir la prueba de que había sido de verdad. Yo no había oído nada pero había dormido profundamente y tampoco podía asegurar si las huellas que se veían claramente en el barro eran de león, aunque los guías decían que eran de mono. Se veía que lo decía en serio y que de verdad lo había pasado mal y encima ahora tenía que aguantar nuestras bromas. Quizá no fuese casualidad que el día anterior se había tomado el Lariam, que ya le había dado algún problema en las tomas anteriores y que entre sus muchos efectos secundarios puede producir paranoias y estados de ansiedad.
Pero si en algún sitio podíamos tener motivos para asustarnos sin duda ese sitio era el camping de esa noche. Todas habíamos leído la crónica de Olga y habíamos oído sus historias acerca de cómo en ese mismo lugar habían visto leones junto a las tiendas y los guías les habían sugerido subir a los coches. Por lo que escribimos en el diario unos estaban más asustados y otros más excitados, pero a nadie le resultaba indiferente.
La última media hora en el lodge se me hizo un poco larga y estaba deseando que volviesen a buscarnos pero se retrasaron un poco. Cuando llegamos al camping ya era bastante tarde y el cocinero tuvo que hacer milagros para que la cena se mantuviese caliente. Había sólo otra pareja que había llegado en su propio coche y que se retiraron pronto a dormir a su tienda montada en el techo de su 4x4.
Mientras cenábamos veíamos las llamas de la hoguera que ya habían encendido y en cuanto acabamos nos fuimos a tomar el té alrededor del fuego. Había luna llena y una enorme claridad. Lo único oscuro era la enorme silueta del la roca que resguardaba el camping.
Cogimos los cacahuetes que había preparado el cocinero como aperitivo para antes de la cena y que no habíamos ni visto porque nos fuimos antes de darle tiempo a terminar de tostarlos, y nos los llevamos al fuego. Allí estaban ya Zebra y Silva y cuando se los ofrecimos a este último nos dijo que "No, gracias, que él los tomaba para ñaca-ñaca y que esa noche no". A estas alturas ya le habíamos cogido el punto y lo mejor es que no lo decía para hacer gracia, aunque se calificase de "hombre-chiste", sino que lo decía de forma natural con su limitado español. Esa noche tuvimos una larga conversación con lo guías y nos contaron muchas cosas. Yo intentaba que la conversación fuese en inglés para no marginar a Zebra pero Silva casi siempre hablaba en español, incluso una vez le soltó una parrafada a Zebra en español y no se dio cuenta hasta que nosotros nos empezamos a reír por la cara de asombro que ponía Zebra.
Hubo un momento que me fui a la tienda a por algo y cuando volví me encontré a Zebra que me agarró del hombro y me hizo el gesto de que guardase silencio. Con paso suave me llevó unos metros más allá hasta un árbol que había en el camping y desde el que pude ver lo que me quería enseñar: a unos cinco metros había un búfalo bebiendo agua del charco que estaba formado junto al grifo del depósito. No me asusté porque estar con Zebra me inspiraba mucha confianza y fui a avisar al resto. Cuando lo vieron hubo reacciones de todo tipo y alguno pensó en lo que un bicho como ese podría hacerle a la lona de la tienda y a lo que hubiese dentro. Al poco rato el animal se metió entre los árboles que estaban detrás de las tiendas y no nos quedamos muy tranquilos pensando en que podía salir y engancharse con las cuerdas de los vientos.
Era el momento propicio para contar historias de miedo y Zebra lo debió notar porque muy serio empezó a decir algo como: "Esto no os lo debería contar y menos en un lugar como este, pero ha habido casos de ataques de leones en los campings" y poco después "Oíd, eso ha sido un rugido de león". Sí que se había oído algo a lo lejos pero desde luego no había sido como el de la Metro y a mí me hacía gracia la situación porque creía que lo decía de coña para asustarnos. Creo que en algunos casos lo consiguió.
Ya más en serio nos contó que en realidad los animales más peligrosos eran los búfalos, y eso no nos tranquilizaba teniendo en cuenta que había uno rondando. También los hipopótamos, sobre todo de noche. Esto me cuadraba porque había leído que cuando salían a comer de noche, si alguien se interponía entre ellos y el agua se sentían amenazados y reaccionaban con violencia.
Hablamos de muchas más cosas y fue una velada muy agradable que sirvió para que cogiésemos mucha más confianza con ellos. Al final del viaje Silva nos comentó que en su momento le sorprendió porque decía que no era habitual que los turistas se juntasen con los guías y hablasen de esa forma. No sé, yo sí que creo que habría muchos viajeros deseosos de escuchar las historias que contaban.
Al poco de meternos en la tienda se oyó un ruido fuera y a mí me dio por reír. Paco me soltó algo del estilo de "¿De qué coño te ríes?"
Tanzania 09 Serengeti NP Lobo (17 Sep)
Los ruidos de la noche que tanto había esperado no fueron como me los había imaginado. Nos habíamos dejado la persiana de la rejilla de uno de los laterales de la tienda abierta y el viento hacía que estuviese golpeando en la lona cada poco tiempo. El sonido era algo molesto pero no lo bastante como para hacerme levantar. Cuando aún estaba todo oscuro tuve un pequeño sobresalto. Como seguíamos en la tienda pequeña y con las maletas dentro teníamos que dormir muy pegados a la lona, y perdí un poco el sueño cuando noté que algo estaba haciendo que la tela de la tienda me golpease la cara. Me alejé un poco y volví a tratar de dormirme pero después de un rato volví a notar otro golpe más fuerte y me incorporé un poco desconcertado pensando que algún babuino o algo estaba al otro lado. A oscuras traté de buscar la linterna y entonces me di cuenta de lo que pasaba. Como estábamos ligeramente en pendiente me había resbalado dentro del saco y mi cabeza había ido a quedar a la altura del bolsillo de la lona donde guardaba la linterna, que al moverse con el viento me daba. Aprovechando que estaba despierto intenté distinguir algún ruido especial pero el viento era lo que más se oía.
La alarma sonó muy pronto, antes de que saliese el sol. Ya desde que estábamos preparando el viaje teníamos claro que al menos un día convenía madrugar mucho porque el amanecer, es junto al atardecer, la mejor hora para hacer el safari. Durante la noche es cuando hay más actividad en los Parques y cuando los grandes depredadores suelen cazar, desencadenando toda la cadena de alimentación que viene detrás, pero hacen falta permisos especiales y no es habitual hacer salidas nocturnas, con lo que lo mejor es apurar las primeras horas del día para ver al menos las consecuencias de lo que ha sucedido.
No se lo tuvimos que pedir a los guías porque fue Zebra el que nos dijo la noche anterior que saldríamos a las seis y que desayunaríamos en ruta. Antes les habíamos preguntado por la posibilidad de acercarnos hasta el río Mara, que hace frontera con Kenia y separa el Serengeti de Masai Mara, porque era lo más al norte que podíamos llegar y porque habíamos leído que era una buena zona para ver animales y que incluso con algo de suerte podríamos ver ñus cruzando el río. Nos dijo que era posible pero más complicado de organizar porque se requería un permiso especial y la compañía de un ranger, y también que había que tener cuidado porque en esa zona había mucha mosca tse-tse. Esto último nos acabó de convencer.
El amanecer fue rápido y no habíamos ni avanzado 500 metros cuando vimos a un grupo enorme de buitres arracimados alrededor de lo que parecían ser los restos de un búfalo, aunque no se veía ya casi nada del animal. Me dio por pensar que quizá aquel fuese el búfalo que habíamos visto la noche anterior. No tuvimos mucho tiempo para entretenernos con aquello porque al otro lado de la cuesta se veía que había más buitres sobrevolando y descendiendo. Fuimos allí y vimos que otro herbívoro estaba siendo devorado, esta vez por dos o tres chacales. Estaban un poco alejados de la carretera así que me dediqué a ver la escena con los prismáticos más que a hacer fotos. Al mirarlo de cerca vi que probablemente sería otro búfalo porque los restos de piel eran muy oscuros. En ese momento se acercaron unas hienas a reclamar su parte y echaron a los chacales, más pequeños, aunque estos no desistían y de vez en cuando metían la cabeza entre los restos.
Como tenían el hocico más pequeño y alargado podían llegar a partes a las que no llegaban las otras. Nosotros no éramos los únicos espectadores de aquello, ya que a unos cinco metros un grupo cada vez más numeroso de buitres esperaba su turno para aprovechar lo que les dejasen. A medida que avanzaba el tiempo alguno se impacientaba y se acercaba más de la cuenta, tratando de pillar bocado, pero casi siempre era repelido por la hienas o los chacales.
Aquello empezaba muy bien y sólo llevábamos media hora. Nos dirigimos más al norte y tomamos una pista a la izquierda que se dirigía a una zona más verde y con algunas rocas. Pasamos por delante de grupo de impalas y algunas manadas de ñus, y poco después vimos a lo lejos a un grupo bastante numeroso de leones, que serían sin duda los protagonistas del día. Más bien habría que decir de leonas porque no se veía ningún macho adulto aunque sí alguno joven. El ver un león macho ya se había convertido en una obsesión personal ya que era lo único que me faltaba por ver de mi "lista de deseos" antes del viaje.
Se les veía no muy lejos caminando entre algunos árboles y dirigiéndose hacía un pequeño alto. Zebra lo vió claro y rápidamente reaccionó plantando el 4x4 en la parte de arriba, aunque para ello había tenido que salirse un poco de la pista. Ya sólo tocaba esperar que a los leones no les diese por cambiar de rumbo, aunque ya habíamos comprobado que normalmente no suelen cambiar su parecer por la presencia de coches. Al poco rato empezaron a asomar entre las rocas y a pasar tranquilamente al lado del todo terreno. Se les veía muy cerca y había algunos cachorros aunque no tan pequeños como los del Ngorongoro. Ahí nos quedamos observando y haciendo montones de fotos hasta que se alejaron.
Ya era hora de empezar a pensar en el desayuno aunque no se nos había ocurrido que el lugar elegido iba a ser tan cerca de donde habíamos visto pasar a los leones. Un poco por debajo del alto, en una curva de un arroyo pararon el coche y ahí nos bajamos. Bromeábamos bastante con lo peligroso que podía ser el sitio aunque había bastante visibilidad alrededor y en cualquier momento podíamos subir al 4x4 si fuese necesario. Sacamos la nevera con lo que había preparado el cocinero y vimos que no se había esmerado mucho. Era lo que solía haber siempre pero se había dejado algunas cosas básicas como los cubiertos y no recuerdo si la mantequilla o el azúcar. A la vuelta al camping vimos a Zebra echarle una pequeña bronca al cocinero y pensamos que había sido por eso.
Después del breve desayuno en el capó del coche volvimos a la pista por la que habíamos venido, y casi en el mismo momento en que llegamos vimos al grupo de leones de antes, que se acercaban hacía el arroyo en el que habíamos estado desayunando. Iban con paso cansado pero constante. Llegaron hasta nuestra posición y fueron tumbándose a lo largo de la pista, como si se estuvieran colocando para que nosotros los viésemos al pasar. Fuimos avanzando lentamente y parándonos delante de cada uno como si quisiéramos que todos se sintiesen igual de importantes. Cuando estás a sólo 2 o 3 metros de una de estos animales y puedes ver su porte y el brillo de los ojos no puedes dejar de sentir cierto respeto y fascinación. Justo en último lugar estaba la leona más grande, que era la que había ido cerrando la manada y que parecía tener cierta autoridad sobre el resto. Estaba bastante cerca y mirando hacía el camino, justo delante de donde estaba yo cuando paramos el coche. La estaba mirando a los ojos mientras le acercaba la cámara todo lo que podía, estirando el brazo por fuera de la ventanilla, cuando hizo un amago de prepararse para saltar. Fue un instante muy breve pero rápidamente encogí el brazo y me eché atrás. Todos lo notamos y nos llevamos un pequeño susto. Por suerte, Diana había empezado a grabar y pudo captar el momento en video.
Después del susto de la "jodida leona", como la bautizó Diana, seguimos alejándonos por la pista. El paisaje de Lobo es mucho más verde que el del sur y eso hacía que las manadas de ñus fuesen interminables. Se les veía comer y correr de vez en cuando aunque aparentemente no porque alguien les persiguiese o acosase. Ya no era la llanura interminable que da nombre al Serengeti, aquí hay muchas colinas y el terreno es bastante irregular.
Me senté por fuera en la parte de atrás del techo y se iba muy cómodo tan alto. Un grupo de unos 8 o 10 elefantes cruzó la pista justo detrás de nuestro coche y nos siguió unos metros antes de pasar al otro lado. Aunque son tan grandes como el coche no parecía que los guías tomasen muchas precauciones y dejaban que se acercasen bastante.
En esos momentos empecé a notar la presencia de moscas y me eché repelente, que hasta entonces casi no lo había usado porque no había habido mosquitos. Esto hizo que los demás me echasen bastantes reprimendas a lo largo del viaje porque decían que era un inconsciente aunque al final creo que lo dejaron por imposible. Puede que fuese por estar en plena época seca, pero lo cierto es que apenas se notaba la presencia de insectos, ni siquiera al atardecer o por la noche, de hecho la mosquitera sólo la pusimos Paco y yo el primer día de safari.
Me metí dentro del coche y al poco rato Zebra nos dijo que nos volvíamos porque estaba empezando a haber moscas tse-tse. Yo no hubiese sabido distinguir el tipo de mosca pero sí que noté que en algunos árboles había telas azules oscuras, a las que echan repelente porque ese es un color que atrae a esta mosca.
Con algún pequeño rodeo volvimos hasta el camping a almorzar. Antes de ir fuimos al lugar en el que vivían los empleados del lodge, que eran unos barracones bastante menos lujosos que el lugar en el que trabajaban y hasta con bastante menos encanto que nuestro camping.
Tenían un pequeño bar donde nos tomamos unas cervezas y charlamos un rato, y que era al lugar al que iban los guías cuando nos dejaban.
Habían sido 5 o 6 horas de safari y estábamos bastante cansados, por lo que nos alegramos de que nos dejasen casi dos horas para echarnos una siesta. Cuando tocó reanudar el safari, todavía estaba un poco dormido y me costó desperezarme. Por la tarde fuimos al lado contrario, subiendo al principio una cuesta pronunciada y siguiendo por la parte alta. Se veían las ya habituales manadas de ñus, cebras y gacelas de Thomson, salpicadas de vez en cuando con otros herbívoros, y algunas avestruces, facocheros, babuinos y otros animales que no eran ya ninguna novedad. Yo lo que quería era ver un león macho y cuando llegamos a una zona con la hierba alta y algunos herbívoros desperdigados pensé que podía ser el sitio perfecto para encontrarlos, aunque también que sería bastante difícil distinguirlos porque ahí la hierba estaba seca y les sería fácil camuflarse.
La tarde iba cayendo y estaba oscura, con densas nubes que de vez en cuando abrían un claro por el que se filtraban algunos rayos. Entre las escenas que más recuerdo al volver están la de un par de buitres en un árbol y la de unos pequeños dirk-dirk sobre unas rocas al borde del camino. Al llegar al campsite ya no estábamos solos y aquello me parecía una multitud comparado con lo del día anterior. Estaban los de las tiendas vacías y unos cuantos que llegaron nuevos, entre ellos una pareja de viejos franceses un poco estrafalarios que montaron su tienda entre las nuestras y el lugar donde habíamos dejado la leña para el fuego.
Desde el día anterior teníamos claro que íbamos a acabar la tarde en el lodge, y no ya tanto por cargar las cámaras como por darnos un capricho y hacer tiempo hasta la cena. Estuve un buen rato solo en el mirador mirando la luna casi llena y luego dentro escuchando ensayar a unos músicos que iban disfrazados como los negros de las pelis de Tarzán. Fuera, a los pies de la roca donde se encontraba el lodge se oía el ruido de una fiesta pero no supe muy bien lo que era.
Se retrasaron un poco en volver a buscarnos y cenamos tarde, casi solos. Justo antes de empezar a cenar estuve encendiendo la hoguera con Zebra y se nos acercó el viejo francés que nos dijo en un perfecto francés si pensábamos hacer un fuego. Aunque casi le había entendido le dije que no hablaba francés y entonces él nos lo trató de repetir en un inglés muy básico. Zebra se me adelantó y le dijo educadamente que aún no eran las 9 de la noche y que aquello era un camping público en el que no se podía impedir que la gente charlase hasta una hora prudente, aunque trataríamos de no hacer mucho ruido.
Después de la cena fueron el principal tema de conversación porque habían dejado un trípode colocado en la puerta de la tienda y alguien dijo que era la base para la metralleta que iban a sacar como no nos callásemos. Sólo de pensar eso ya nos partimos de risa hasta que nos fuimos. El ambiente no era tan especial como el de la noche anterior ni teníamos la sensación de estar solos en mitad de la nada, pero aún así aguantamos charlando hasta que casi se consumió el fuego.
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