Crónica de un viaje a Chile

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Apreciados viajeros... Neruda decía que Chile era como una isla, "la esencia vertical". Y la verdad es que es cierto desde que entras sobrevolando a territorio chileno y bajo tus pies divisas los imponentes Andes: la segunda cordillera más alta del mundo, la primera más larga... y todo como si fuese una maqueta. El país y sus esencias están encerrados, en apenas 200 kilómetros de anchura, entre los miles de metros de las cumbre andinas y los inabarcables horizontes del océano pacífico. Y eso, dicen, ha moldeado de manera especial el carácter chileno, muy distinto a los de otros vecinos.

La capital se enclava entre los Andes y la Cordillera de la costa, mucho más modesta, pero es lo que provoca que Santiago esté como construida en un hoyo... y que los santiaguinos de hoy juren y perjuren contra Pedro de Valdivia, su fundador, quien -allá mediado el XVI- eligió como emplazamiento esta hondonada donde los efectos perversos del "smog" son evidentes en cualquier estación (sobre todo, en el invierno austral)... No es neblina, por tanto, sino la contaminación provocada por 5 millones de afanosos ciudadanos y acumulada entre cordilleras. Pero cómo iba a adivinar el pobre De Valdivia que, en estos tiempos de locos, el coche y las fábricas nos iban a traer de cabeza. En Santiago, los autos están numerados de tal manera que sólo pueden circular en días alternos (solución: nos compramos dos coches).

La ciudad es casi, casi cuadriculada al cien por cien... Imposible perderse (aunque en mi caso, tengo comprobado que a más cuadrícula, mayor desorientación)... y si acabas desubicado, ahí están los Andes para recordarte tu lugar en el mundo.

El centro santiaguino y barrios adyacentes como Providencia o Las Condes se perciben modernos, ordenados, limpios. Tienen el bullicio propio de toda capital latinoamericana, pero bajando un grado. Huele a elecciones en las calles. Las generales y presidenciales son en un mes y todo aparece empapelado con los diferentes candidatos a hacerse con las riendas del primer exportador de cobre (y otros tantos minerales) del mundo.

Paseo por el distrito centro. No puedo dejar de pensar en cierto aire bonaerense: la calle Nueva York, el edificio de la Bolsa, La Moneda... Es un tema espinoso hablar de Pinochet (o de Allende) en una sociedad donde las heridas no están ni mucho menos cerradas. Y donde todo tiene muchos más matices que el puro blanco y negro que vemos desde el otro lado del Atlántico.

"Comida, hay comida", gritan decenas de vendedores ambulantes peruanos junto a la Plaza de Armas, centro neurálgico del distrito y corazón fundacional de la ciudad. Casi toda la arquitectura civil es de estilo neoclásico en toda esta área. La Catedral, por ejemplo, de finales del XVIII, con ese cierto regusto a lo clásico, contrasta con edificios de espejos de finales del XX, que rezuman la actividad económica de un país que, en esto, anda a la vanguardia de Latinoamérica. Los chilenos están orgullosos de su economía, no cabe duda. Lo repiten una y otra vez, es su gran logro.

Un logro que se puede ver a simple vista en el Metro. Una red escueta (tres líneas que están expandiéndose ahora) pero excelente. Limpio, puntual, lleno de carteles de advertencia, de consejos, de recordatorios (suena todo muy europeo, la verdad).

Hora de comer. Hot dogs completos. Es la comida de hoy. No es que me haya convertido en un amante del fast-food. Es que los chilenos los comen a todas horas y, con el nombre de completo (aguacate, tomate, cebolla y hasta chucrut acompañando al perrito), lo han incorporado a su gastronomía. Son tan tradicionales como las empanadas de queso o pino (carne con cebolla), los asados de carne o los sángüiches (creo que la Academia ya acepta así el término) de jamón y queso, aquí denominados barros jarpo en honor a un presidente llamado así y que se ponía hasta las botas de sángüich mixto todos los días.

Las tardes las ocupan los chilenos en merendar. Una merienda sui generis (uno puede acompañar un hot dog con un té calentito) llamada la once... Dice la gente de aquí que el término viene de los años en los que, por influencia inglesa, las señoras chilenas se reunían a tomar el té y lo acompañaban de cierto grado alcohólico para alegrar las tardes. Como no estaba nada bien visto, en lugar de aguardiente solicitaban al camarero que les pusiera un poco de once al té... Once claro son las letras de A-G-U-A-R-D-I-E-N-T-E.

Una visita a Santiago no se concibe sin subir al Cerro San Cristóbal. Desde lo alto uno se da cuenta de lo imponente de los Andes, del smog, de las dimensiones de la ciudad. Otro Cerro, el de Santa Lucía, esta vez en mitad de la ciudad, también ayuda a escapar del tumulto diario por un rato.

Otra visita ineludible: el Museo Chileno de Arte Precolombino. Soberbia exposición de artesanía (vasijas, tejidos, joyas) de todas y cada una de las múltiples culturas indígenas de Mesoamérica, Caribe y Suramérica. Bien expuesta y explicativa, la exposición está considerada la segunda mejor en su género tras la de México D.F.

El barrio de Bellavista, el lugar donde hay que dejarse ver por las noches en restaurantes y bares de diseño, alberga también La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda, sede de la Fundación, dedicada a su última mujer, Matilde Urrutia "La Chascona" (mujer de pelo revuelto, es lo que significa). Es bonita y agradable. Neruda fue un arquitecto aficionado, coleccionador de mil objetos (casas, entre ellos), que adoraba añadir escaleras que no iban a ninguna parte o habitaciones singulares con ventanas en el techo, puertas de vidrieras y suelos adoquinados.

Y de Santiago a Valparaíso (120 km), o Valpo para los locales. Una ciudad caótica y decadente, aunque sus sólidos edificios evocan todavía la que tuvo que haber sido "La Perla del Pacífico". Volcada al mar desde los cerros, fue el principal puerto de Suramérica al que recalaban los barcos europeos, que habían circunnavegado el peligroso Cabo de Hornos. Cayó en desgracia cuando se abrió el Canal de Panamá. Su gloria se esfumó tan rápidamente como rápidos habían llegado aquí los avances tecnológicos de finales del XIX y principios del XX. Fue la primera ciudad de Latinoamérica en tener tendido eléctrico, red de agua, de teléfono; la primera en tener una bolsa de valores o el primer periódico chileno (El Mercurio, 1827).

Hoy todavía se ven las mansiones señoriales, de estilos británico, francés o estilo imposible también, inundando los cerros por los que trepa la ciudad. Cerro Alegre y Cerro Concepción son dos buenos ejemplos. Para subir a ellos hay que hacerlo en uno de sus 15 ascensores/funiculares (auténticos cajones de madera que suben ladera arriba). Están catalogados, como la ciudad entera, Patrimonio de la Humanidad. Allá arriba es una gozada la vista y pasear entre las casas de chapa pintada en brillantes colores que miran al puerto.

Pese a todo, es una ciudad sucia y desatendida (y peligrosa, según los chilenos), aunque en los cerros te reconcilias con el mundo, frente al bullicio de las calles del distrito financiero

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Bueno, chicos, ésta es mi primera crónica desde este país trasandino. Prometo nuevas entregas camino al norte. Espero que no defrauden. Abrazotes chilenos.

CHILE: RUTA NORTE

Saludos altiplánicos, viajeros... Ante todo, siento la demora entre crónica y crónica. Pero este trotamundeo que me traigo de aquí para allá no me deja demasiado tiempo para todo lo que querría.

Sigo con mi periplo norteño, siempre vigilado de cerca por los Andes... Una noche de viaje en autobús y a las 6 de la mañana llego al Norte Chico. Así conocen los chilenos esta regiones consideradas la puerta de entrada al desierto.

Con clima costero y predesértico, la ciudad de La Serena despierta entre bostezos. Es la segunda ciudad más antigua de Chile. Una localidad, como su nombre indica, tranquila y serena. Neblinosa y llena de pasado colonial. Aunque, para ser sinceros, junto a las fachadas auténticamente coloniales, se desarrolló en la década de 1940 todo un programa de fachadas del mismo estilo para tratar de dar un aire compacto a la ciudad.

Aparte de pasear por la playa (loco está quien se atreva a meterse en las heladas aguas del Pacífico) y llegar hasta Coquimbo, localidad cercana donde predominan los bares y chiringuitos playeros, uno puede optar por mirar las estrellas. Desde La Serena hay excursiones al Observatorio Mamalluca. Esta zona está considerada como una de las menos contaminadas lumínicamente del mundo y, por tanto, ideales para observar el firmamento. Hay varios observatorios internacionales, pero el Mamalluca es el único que admite turistas y que te permite mirar por el telescopio.

Otra excursión que merece la pena, pero que suspendieron a última hora por el mal tiempo, es la del Parque Nacional Pingüino de Humboldt. Es un parque casi en su totalidad marino, en el que puedes visitar varias islas y ver a los susodichos pingüinos, además de focas y lobos marinos. Pero, lástima, otra vez será.

Así que cambiamos de rumbo y nos dirigimos al interior, al Valle del Elqui, patria del pisco, la bebida nacional. Sorprendentemente, lo que era una mañana lluviosa y fría en La Serena se transforma radicalmente en un día caluroso y despejado nada más cruzar las montañas e introducirnos en este angosto y largo valle.

"Una cuchillada". Así define Gabriela Mistral, oriunda de estas tierras, la hendidura que es el Valle del Elqui, una estrechísima lengua de frutales y un rosario de pueblitos blancos, encajonada entre altas montañas pedregosas, la antesala del desierto, en cuyas laderas sólo crecen cactus. El contraste entre el vergel frutal y la aridez inhóspita es bellísimo.

Pisco Elqui o Vicuña forman parte de este conjunto de pueblos tranquilísimos, donde la vida está casi detenida. Uno puede disfrutar del río que cruza el valle, comer tranquilamente en un restaurancito un barros jarpa o barros luco (sandwich de jamón y queso o de churrasco y queso) junto a un buen vaso de pisco... O si, dispone de más tiempo, visitar una de las bodegas de pisco que se arremolinan por la zona, especialmente en Pisco Elqui.

Otra noche de autobús nos lleva varios centenares de kilómetros costa arriba. Amanecer en mitad de la nada, en pleno desierto, con el sol despuntando y reflejado en las dunas y montañas merece la pena. Durante un par de horas, uno no se cansa de mirar la vastedad del espacio vacío y sólo atravesado por la carretera que lleva a Antofagasta.

No es éste un pueblo turístico, ni mucho menos. De hecho en una agencia de turismo (no hay oficina municipal) te miran extrañados cuando preguntas por excursiones interesantes por los alrededores. Pero el caso es que las hay. Por ejemplo, una ciudad minera fantasma, Chacabuco, abandonada cuando el negocio del nitrato decayó el siglo pasado y que ha sido nombrada monumento nacional: está llena de edificios de mediados del XX (cine, bares, plaza...), pero nadie vive en ellos. Antes las habitaban los mineros y se las conocían como "oficinas". En sus épocas de gloria, algunas contaban hasta con teatro de la ópera, en los que actuaron destacados artistas internacionales que, muchas veces, ni siquiera pasaban por Santiago.

Volvemos a Antofagasta. Una ciudad sin nada de particular (salvo una -dicen- réplica del Big Ben en la plaza de Armas, donada por la colonia británica en su día), pero muy bulliciosa y caótica. Su mercado popular, donde se agolpan docenas de puestos de pescado y donde los cormoranes se pelean por las sobras de las capturas, se completa a sus puertas con una feria de los cachivaches más sorprendentes que uno pueda imaginar: desde novelas romáticas, a antiguos relojes de pared, muebles desconchados, linternas, vinilos, vírgenes amantísimas de cerámica, fichas de colores que se utilizaban en lugar del dinero para pagar en las oficinas mineras... Uno puede perder aquí media mañana.

Antofagasta es la segunda población en habitantes del país, pese a encontrarse en esta parte del territorio chileno. Muchos ven el desierto con resignación. Es una especie de destierro al que hay que acostumbrarse, dado que produce mucha riqueza al país, pero que también fuerza unas condiciones de vida nada fáciles.

Cinco horas más de viaje, esta vez al interior del desierto. Se perciben los esqueletos de las antiguas oficinas salitreras, que se dejaron morir tras el abandono del "oro blanco" en favor de los salitres artificiales. En estas tierras nació el fuerte movimiento obrero, anarcosindicalista de Chile. Tierra de gente curtida, mineros.

Es un panorama desolador y, a la vez, espectacular. Increíble páramo el de Atacama. Todo ese desierto y a un costado Los Andes, que vuelven a emerger en esta zona de forma majestuosa. Ni un sólo árbol, apenas unas contados arbustillos a lo largo del camino. Escribe Rivera Letelier en "La Reina Isabel cantaba rancheras", que en el desierto de Atacama "la más bella flor es la sombra que da un piedra" sobre el terreno yermo.

Atravesamos algunos oasis. El más importante, el de Calama, ciudad donde se encuentra el pequeño aeropuerto regional. Entretanto, la carretera discurre en larguísimas rectas, sólo interrumpida por las pocas señales de tráfico y los crucifijos, lápidas y altarcitos encalados al borde de la vereda, que recuerdan a familiares y amigos que dejaron aquí su vida. Sorprendentemente, a pesar del calor reinante, no falta en casi ninguno un pequeño ramito de flores frescas.

San Pedro de Atacama, la meca de los mochileros, es la siguiente etapa del viaje. Es un pueblo pintoresco, de casas blancas y calles sin asfaltar, bonito y turístico, pero sin llegar a agobiar. Multitud de agencias ofrecen en su calle principal, Caracoles, todo tipo de excursiones por la zona. Es un buen lugar de base para conocer algo del desierto.

A la sombra del sobrecogedor volcán Licancábur, su iglesia, su plaza y las cuatro calles principales son de postal. Y el cielo, según dicen, está aquí más cerca del suelo que en ninguna otra parte del mundo. San Pedro se eleva a 2.300 metros sobre el nivel del mar.

Muy cerca uno puede visitar el demoledor paisaje del Valle de la Luna, llamado así por su parecida superficie, debida a las estratificaciones y afloramientos salinos ocasionados por agentes naturales. Excepto la de los turistas (y eso está por demostrar), no hay vida de ninguna clase en este lugar. Las formaciones rocosas, arcillosas son sencillamente espectaculares. El Valle de la Muerte, rojizo, es la plataforma desde donde puede verse la Cordillera Domeyko, con picos de más de 4.000 metros. Y más allá, encerrándolo todo, el Altiplano y su cadena de volcanes: el perfecto Licancábur (5.900 metros), el Aguas Calientes (casi 6.000 metros) y el Acamarachi (más de 6.000). Estas montañas dividen el relieve y ordenan el sistema de ríos y quebradas que reconducen el agua de las montañanas, de manera subterránea, hasta el Salar de Atacama y los oasis cercanos.

El viento ha modelado grandes, imponentes dunas, desde las que se puede observar la puesta de sol con el Licancábur al fondo. Una experiencia de lo más chill out (que se quite el Café del Mar ibicenco, Vicent).

Y una curiosidad, desde el guía hasta el último oriundo atacameño de estas tierras tienen pestañas larguísimas. Supongo que puede deberse a una adaptación evolutiva a las condiciones del terreno, como ha ocurrido con los camélidos.

Al día siguiente, a las 3.30 de la madrugada, toque de diana. Qué dura es la vida del turista. Nos vamos a ver los géiseres del Tatio. En realidad uno sólo, aunque interconectado en un área de más de 10 kilómetros cuadrados, la mayor del mundo.

Tras dos horas de autocar, subimos hasta los 4.300 metros de altitud. La rasca es de impresión y algunos empiezan a sufrir el soroche, el mal de altura, y hay que ponerles oxígeno o deben permanecer descansando y no hacer mucho esfuerzo.

Cuesta respirar. Y los géiseres bullen, con menos oxígeno en el ambiente, a sólo 85 grados. Vemos vicuñas, camélidos salvajes como los guanacos y de cuyo cruce salió la llama y la alpaca, animales domésticos. "Son lindas damiselas", dice el guía Ernesto.

Seguimos subiendo. 5.000 metros, punto máximo del viaje. De ahí al pueblo de Machuca, donde varios negocios regentados por la comunidad indígena nos permiten pertrecharnos de gorros de alpaca y anticuchos (brocheta de carne de llama). Nos cuentan que es mejor carne que cualquiera, sin colesterol alguno, y que por eso la gente del altiplano llega fácilmente a los 90 años a pesar de las condiciones.

Pero son esas condiciones tan secas las que han permitido una conservación de las momias atacameñas, de hace miles de años, alucinante. En una visita al museo de San Pedro de Atacama uno puede ver incluso a la que llaman "Miss Chile", momia de una joven que conserva aún trozos de piel y parte del pelo.

Entre los riachuelos Puritama y Purifica realizamos una interesante visita a un bosque de cactuas tipo candelabro (como los de las pelis del Oeste), de hasta 14 metros de alto algunos. Su madera, robusta pero a la vez muy ligera, es apreciadísima para la construcción de techos, puertas y ventanas en las tradicionales casas de adobe. Aún así, está muy restrigido su uso. Sólo puede utilizarse cuando el cactus muere.

A 4.300 metros se esconden las lagunas altiplánicas. No son profundas, pero sí de un azul intenso, rodeadas por una escasa y dura vegetación y circundadas por los omnipresentes volcanes.

Último día en San Pedro y qué mejor para despedirse que una visita al salar. El salar de Atacama es el tercero del mundo, tras del de Uyuni en Bolivia y el Salt Lake City en Estados Unidos. Es la aridez en medio de la aridez. La sensación de calor y sequedad ambiental sube aquí varios grados. La concentración de minerales y sal es brutal. Está alimentado casi por 30 ríos andinos, que fluyen a un centenar de metros bajo tierra.

Comercialmente, el salar es un tesoro: de aquí sacan, por ejemplo, el 40% del litio que se consume en el mundo (esencial para las baterías modernas) o bórax, un desecho mineral que hace más resistente el acero.

El salar está plagado de tres clases de flamencos. Es el ave que representa el concepto más sublime del compromiso y la fidelidad. Viven toda su vida con la misma pareja y, cuando ésta muere, el otro deja de alimentarse y se deja morir también.

Adiós a San Pedro, hola a Calama. Ahí tomaré el avión de vuelta a Santiago. Pero antes tengo tiempo de una breve visita, en taxi colectivo, hasta la mina de Chuquicamata, la mayor mina de cobre a cielo abierto del planeta. Gigantesco tajo: 850 metros de profundidad y 3,5 kilómetros de ancho por 4,5 de largo. Centenares de camiones enormes cargados de piedras de las que luego extraeran el cobre, tras un proceso electroquímico.

Chile saca un millón de toneladas de cobre puro cada año, un mineral que está en precios históricos. El 17 por ciento de la riqueza del país depende del cobre. Las entrañas de esta mina darán negocio todavía para los próximos 85 años.

Para acabar mi estancia en el desierto, qué menos que experimentar un temblor sísmico. Pues eso. Tarde en Calama y un temblor de hasta 6 grados en la escala de Richter, y nada menos que por 20 segundos. Acojonante cómo se mueve todo. Según la prensa, en algunas localidades costeras se temió un maremoto, porque el epicéntro del seismo estuvo a varios centeras de metros en el mar.

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Buenos, viajeros, de momento lo dejo aquí. Ya seguiré con la travesía. Esta vez, rumbo al sur. Objetivo, llegar a la Patagonia chilena. Saludos australes a todos

CHILE: LA SUIZA SURAMERICANA

Saludos magallánicos a todos los itakeños de pro.

Acabo de recalar en el extremo sur del mundo, barrido por los vientos antárticos y con una temperatura "primaveral" digna de Escandinavia.

Recapitulo mi destino hacia el sur de Chile, antes de pasar a contaros lo que me depare esta punta aislada del planeta los próximos días.

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Tras un breve e intenso paréntesis bonaerense, el regreso a la cálida pero no húmeda Santiago comienza con una visita a uno de los lugares más encantadores de sus alrededores. El Cajón del Maipo, a una hora del centro y muy bien comunicado por transporte público, es donde los santiaguinos buscan el esparcimiento del fin de semana.

El caudaloso Maipo discurre "encajonado" en un valle, donde se pueden recorrer a pie o a caballo diversas rutas. Elegí la reserva privada Cascadas de las Ánimas. Un lugar medio retirado, ideal para relajarse (y pegarse un chapuzón) en una de las dos cascadas que se encuentran al final de la caminata. Echar una siestecita junto al río tampoco está prohibido. Y si al cuerpo le hace, un rafting por el Maipo (grados IV-V) es también tentador. Yo no pude hacerlo, porque en noviembre las aguas siguen bajando demasiado bravas por su caudal.

La zona está rodeada de riscos y vegetación baja. Es la precordillera. Y no hay problemas de alojamiento ni de avituallamiento a lo largo del camino. Paradojas de la historia: aquí el dictador Pinochet tuvo su residencia de asueto vacacional, fue su prácticamente su finca privada, rodeada la región por toda la seguridad del Estado; hoy una escritora de izquierdas, Isabel Allende, sobrina del presidente depuesto por la fuerza de las armas, arrasará con toda seguridad en las elecciónes del próximo día 11 como diputada por la coalición de partidos de centro izquierda.

Noche en el tren. Moderno tren a Temuco (aunque, a fuer de ser sincero, se viaja mejor en autobús, es más barato y te dan mejor servicio: hasta comidas, manta y almohada).

Temuco amanece con lluvia. Son las 7.30 y nada mejor que un café caliente. Es una de las ciudades clave para conocer algo de la historia mapuche, unos indios guerreros y decididos que mantuvieron a los españoles a raya en los márgenes de esta región durante décadas. El mercado es un buen lugar repleto de lugareños y de colorido por el que darse una vuelta.

Pero decido a mediodía poner rumbo a Pucón, la localidad más turística del sur de Chile.

Llueve, llueve y llueve. Y de qué manera. Después de la sequedad del desierto esto tiene trazos de total irrealidad.

Entro así en la región de la Araucanía y de Los Lagos, donde la vegetación ahoga de tan consistente y tupida. "Verde insultante". Neruda no necesitó más para definir el color que entra a borbotones por los ojos cuando uno pisa esta Suiza suramericana.

Pucón, y su vecina Villarrica, está a orillas del lago y del volcán Villarrica. Es una base ideal desde la que pasar varios días y hacer varias excursiones a los alrededores. Es un lugar limpio, ordenado, muy preparado para el turista y agradable. Sus casas de madera transmiten la idea de un pueblo pirenaico. Tiene una playa lacustre preciosa, de arenas negras, grande.

Primera parada: los Ojos del Caburga y el lago homónimo. De ese lago (uno de los centenares que jalonan la región) salen dos ríos que en unos metros se vuelven ríos subterráneos. Unos kilómetros más adelante, uno puede ver cómo nacen de nuevo al exterior. Es un espectáculo contemplar cómo de las entrañas de la tierra surgen esos potentes chorros de agua que caen en forma de cascadas sobre una laguna.

Lo mejor del día llega por la tarde. Visita a una de la larga docena de termas naturales que hay en los alrededores de Pucón. En concreto, Los Pozones (dicen que es la más rústica, pero la más auténtica). Con lluvia y todo, nos bañamos durante tres horas en esas pozas de agua caliente junto al torrente de un río que baja casi helado a apenas diez metros. Si en las pozas, al tiempo que te bañas y te relajas, disfrutas de un buen vino chileno... Qué más se puede pedir. Sin duda, buena compañía (y desde aquí, mis más dulces recuerdos a la chilena Paola, a la que espero volver a ver...).

Pero, sinceramente, la lluvia ha fastidiado muchos planes. Fue imposible acercarse al Parque Huerqueue, donde crece a sus anchas la araucaria. El árbol nacional de Chile es un recio ejemplar de la familia de los abetos, pero con ramas-hojas mucho más robustas, casi cortantes, de un verde imposible y de madera dura y, afortunadamente, ahora protegida. Se pueden ver muchos ejemplares en la zona, pero es en el parque donde cualquiera se pierde por los senderos de uno de los únicos bosques de araucarias que hay en el mundo.

La subida al volcán Villarrica (2.800 metros), el rafting y la mayor parte de actividades al aire libre quedan anuladas por la lluvia. Y, creedme, la expresión llover a mares se queda corta. Sólo pude dar algún paseo a caballo por las afueras de Pucón y tirarme de una tirolina (canopy, lo llaman acá). Una experiencia divertidísima, la verdad: seis cables, algunos con alturas de 130 metros y de hasta un kilómetro de longitud. Uno cruza las alturas colgado del cable y a velocidades de hasta 50 kilómetros por hora.

El tiempo mejora algo. El atardecer rojizo, el verdor del campo, de los árboles, el amarillo de un típica planta llamada retamo, el rojo y malva de las flores que están en plena ebullición, los caudalosos y anchos ríos, las lagunas verdes, azules... Sinceramente, esta región es un paraíso.

El toque alemán comienza a notarse cuando uno se mueve más hacia el sur, hacia Puerto Varas. Estamos a más de 1.200 kilómetros de Santiago, junto al lago Llanquihue, gigante, acompañado en su perímetro por tres volcanes. Especialmente, destaca la perfecta simetría del Osorno ( 2.660 metros). Es un pecado perderse el atardecer junto al muelle...

Todo este lago está influenciado principalmente por la presencia de población alemana. Llegaron en 1850, gracias a un acuerdo entre el Estado chileno y el germano. Ningún chileno, aparte de los indios de la zona, vivía aquí. Demasiado inhóspito entonces; hoy es alucinante.

Los alemanes fundaron villas y aldeas a lo largo del lago y de otros cercanos. Abrieron escuelas, dispensarios médicos y se integraron en una nueva sociedad. Aprendieron español, pero no perdieron las raíces y el idioma alemán. Y hoy es fácil ver a chilenos de esta región con el alemán como segundo idioma; chilenos que se llaman Juan Bauer, Pedro Teckermann o Maria Haussfarkt y cosas por el estilo.

Visitar, por ejemplo, la ciudad y el museo de Frutillar, cercano a Puerto Varas, da una buena idea de la impronta germánica en esta parte del mundo. Por supuesto, por la noche hay que degustar la cerveza de la región: una fría y muy alemana Kuntsmann, cuyo eslogan es "Das gute Bier" y que ni más ni menos se produce bajo el edicto de 1516 Reinheitsgebit de pureza de la cerveza alemana.

Desde Puerto Varas una visita imprescindible pasa por el parque Vicente Rodríguez Rosales, el primero que se creó en Chile, en 1926. Ahí, al pie del nevado volcán Osorno, espera el Lago de Todos los Santos (también llamado Esmeralda, por su color), una laguna de origen glaciar que se desparrama entre tupidos bosques húmedos. Se pueden tomar embarcaciones que, si la agenda lo permiten, llevan a uno en un viaje de un par de días hasta la localidad chilena de Bariloche, cruzando éste y otros lagos andinos.

Pero el parque reserva también otra sorpresa. Los saltos del Petrohué, el río que llega hasta el lago. Son unas atronadoras cascadas que se precipitan al vacío por entre roquedales basálticos.

Nuevo destino: Chiloé. Este archipielago junto a la costa continental chilena, formado por una Isla Grande y un rosario de pequeños islotes, fue el último reducto de los conquistadores españoles en Chile hasta 1824. De hecho, los indios del lugar, los huiliches, ayudaron en su momento a la Corona contra el ejército independentista chileno.

Chiloé contrasta con el resto del país, donde la presencia de las altas montañas es una constante. Aquí, sin embargo, el paisaje se transmuta en suaves colinas, salpicadas de granjas. Todo reluce en este, al fin, día soleado.

Según dicen, gracias a su aislamiento del continente, Chiloé guarda las esencias más autóctonas del país: una tradición y un folclore muy particulares, basados en la transmisión oral de decenas de leyendas. En estas islas "habitan" gnomos, hadas y duendes, que hacen y deshacen a su antojo las vidas de los chilotas. Por ejemplo, la bella hada bailarina Pincoya, de la que dependen las cosechas y la buena pesca; o el Caleuche, un barco fantasma repleto de brujos, que navega por las aguas al tiempo que atrae con una irresistible música a los avariciosos que quieren hacerse ricos en un momento. El colmo mitológico lo pone el Trauco, un gnomo travieso y repulsivo, que deja embarazadas a las mujeres poco precavidas. Cuentan aquí que, antiguamente, los chilotas varones jóvenes dejaban la isla muy a menudo para ir a trabajar a las prósperas ganaderías del sur chileno y que, al regresar, encontraban a sus mujeres y novias preñadas: la culpa, arguían ellas, fue del Trauco.

En Castro, la capital, llena de palafitos a los que los pescadores amarran sus embarcaciones tras una dura jornada pesquera, uno puede disfrutar del plato típico: el curanto, mezcla de cocico de carne y marisco. Toda una experiencia para estómagos curiosos.

Al día siguiente nos vamos de excursión al Parque Nacional de Chiloé, un bosque húmedo que bordea el litoral de playas y dunas. Hay especies autóctonas que, lamentablemente, no se dejaron ver: el zorro y el pudu, un ciervo enano, que viven en las zonas más inaccesibles del parque.

De camino, se pueden visitar varios pueblos interesantes, con sus típicas iglesias construidas íntegramente en madera. Una quincena de ellas, en vivos colores, son consideradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

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Prometo nuevas entregas en los próximos días. He andado con la agenda apretada por el montón de cosas que he estado haciendo estas últimas jornadas de mi viaje. Por cierto, que me queda lo mejor: la Patagonia.

Saludos a todos
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Esteban Martínez-Murga

CHILE: EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Hola, compañeros trotamundos...

Aquí sigo en la Patagonia chilena, aunque ya en período de descuento.
Esta misma tarde salgo para Santiago y de ahí (buahhh) a Madrid...
Vuelta a la rutina laboral, aunque ya imaginando nuevos destinos.

A lo que voy, nueva entrega sobre Chile. Patagonia y una escapadita al otro lado de la frontera.

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Sólo estando aquí, uno se da realmente cuenta de lo largo que es este país. Una curiosidad: el punto más al norte de Chile está más cerca de Cuba que del extremo nacional situado más al sur, el Cabo de Hornos.

Y no es sólo cuestión de largura. También se hacen difíciles las comunicaciones en algunas regiones, especialmente al sur de Los Lagos.

Ahí comienza el Aisén, la región donde acaban los hielos (el nombre es la transcripción literal de Ice End con que la bautizaron los ingleses).

La agenda aprieta y, si queremos disfrutar de la Patagonia, lamentablemente debemos saltarnos esta región. Tomamos un avión desde Puerto Montt a Punta Arenas, en el extremo sur del país, la capital patagónica de Chile.

Pero lo cierto es que el vuelo es espectacular. Pedimos ventana con vistas a la cordillera y la vista desde allá... Bueno, no hay palabras. Volamos a 11.000 metros del suelo, sobre gigantescas montañas que superan en muchos casos los 6.000 metros de altura. A veces se tiene la sensación de que algunos picos rascan la panza del aeroplano, de tan cerca que se pasa de ellos. El sol es radiante esta mañana y el paisaje sobrecoge: atravesamos glaciares, lagunas altiplánicas, campos de hielo gigantescos... Así durante más de dos horas. Sinceramente ha merecido la pena tomar el vuelo y conocer esta región a vista de pájaro, aunque ello nos privara de hacerlo a una escala humana.

Hay mucha gente que opta por tomar un crucero Navimag desde Puerto Montt hasta Punta Arenas (no hay carreteras en gran parte de la región de Aisén y el barco es imprescindible; o bien cruzar a Argentina y volver a Chile más al sur). Pero precio del buque (300 dólares) y el tiempo (de 3 a 4 días de travesía) nos impide cuadrarlo en nuestro plan de viaje.

Aterrizamos en Punta Arenas y corriendo, corriendo nos vamos a su Plaza de Armas. Allí nos espera una estupendo conjunto escultórico. Fernando de Magallanes, el primero en cruzar estas tierras, mira desafiante hacia el estrecho que lleva su nombre. Una bola del mundo señala la travesía heróica de estas rudimentarias embarcaciones que tardaron medio año en encontrar y cruzar este complicado y bravío brazo de mar, que separa la Patagonia de la Tierra de Fuego, el Atlántico del Pacífico. Cómo una carabela de 100 toneladas de peso pudo superar las tormetas que azotan este extremo del mundo es un misterio todavía.

A los pies de Magallanes, aparece sentado el indio patagón que la expedición se llevó consigo en el viaje y que dio nombre a esta tierra: la tierra patagónica, la tierra de los indios con pies enormes. Besar el pie de la escultura dicen que trae buena suerte para futuros viajes, así que me dispuse a hacerlo en nombre del club itakeño. Un enorme MUAC en la planta gastada.

Es una ciudad señorial Punta Arenas. O Sandy Point, como la bautizaron los británicos, una de las comunidades predominantes desde sus inicios. Las grandes familias de hacendados y terratenientes tuvieron (y tienen) aquí su hogar. Y eso se ve en los palacetes que salpican todo el centro urbano: el actual Club Unión, un precioso edificio art-decó, fue la casa natal de varias generaciones de ricos ganaderos, que llegaron a esta parte del mundo a comienzos del XIX. Hoy, además de club social y bar, es un museo con objetos de la época.

Otra visita interesante, aunque tétrica: el cementerio. Allí uno puede ver una enorme cantidad de panteones, el entrelazamiento de familias y apellidos de hacendados, de los ricos del lugar. Antonio, un taxista de Punta Arenas, nos contó que hasta hace no mucho estas familias ganaderas importaban todo de Europa: vestidos, muebles, vajillas... El gusto por lo europeizante se nota, pues, en la arquitectura puntarenense.

Pero antes de la ganadería, la Patagonia fue conocida como la tierra del oro. Su fama creció como la espuma y hasta acá arribaron miles de europeos en busca de la fortuna. La fiebre del oro, sin embargo, no fue tal. Patagonia no daba de sí suficiente para convertir en millonarios a tanto desesperado.

Especialmente llegaron a estas tierras un buen número de croatas. De ahí que sus nombres se mantengan presentes en muchas calles y en muchos apellidos. Los candidatos que se presentan al Congreso en las elecciones de este fin de semana se llaman Mirovich, Gocic o Brajnovick.

El caso es que, con o sin oro, muchos se quedaron atrapados por otra fiebre, la ganadera. A alguna mente preclara se le ocurrió importar ovejas merinas, que los británicos tenían en Las Malvinas. Y esa fue la clave del crecimiento de toda la región, que se inundó de fundos (latifundios) ganaderos de un extremo a otro. Enormes extensiones de tierra, barridas por los vientos constantes, fríos. Cielos plomizos donde un día soleado es como un regalo. Una estepa casi infinita, de espacios abiertos, salpicados por algunos árboles que resisten el ímpetu de Eólo. Lengas, pariente pobre de la haya europea, lamidas por estos aires difíciles o literalmente torturadas por el viento reinante casi a todas horas.

La Patagonia sur de Chile, la pampa, atrapa a cuantos recalan en ella: 3 millones de ovejas, 2 millones de vacas, medio millón de pingüinos y tan sólo 150.000 personas. Esta región cuenta incluso con su bandera, no oficial, más bien un símbolo para los románticos: una línea quebrada, imitando los Andes, divide un fondo amarillo tierra de otro azul intenso como de cielo cubierto. Sobre éste, cinco estrellas: la Cruz del Sur, una constelación de astros sólo visible en las claras noches de las llanuras de la pampa.

El camino de Punta Arenas a Puerto Natales, la puerta al Parque Nacional Torres del Paine es monótonamente bellísimo. Es la imagen de la soledad del ovejero, del huacho, conduciendo al ganado de una punta a otra de cada kilométrica estancia, acompañado por su perro y su caballo.

En Puerto Natales uno puede organizar todos los detalles de lo que serán los próximos cuatro o cinco días en el Macizo del Paine. El Parque, uno de los más majestuosos recintos naturales que pueden visitarse en Suramérica, es del tamaño de Luxemburgo... que para un país es pequeño, pero que para un parque nacional no está mal.

Desde la planicie pampera surgen imponentes las montañas del Paine (sobre los 3.000 metros): los fotogénicos Cuernos y las fantasmagóricas Torres. Un macizo granítico, coronado por glaciares, ríos, cascadas y lagos de mil colores, ocupado por una flora y una fauna autóctonas muy importante (cóndores, pumas, huemules, guanacos, zorros, águilas, liebres, flamencos, ñandúes o cisnes de cuellos negro). Los bosques de lengas, cubiertos de musgo, acompañan al senderista buena parte del camino. Todo ello le ha valido al Paine ser designado por la UNESCO como Reserva Mundial de la Biosfera.

Pasaremos allá cuatro días, realizando el circuito más popular, la W, durmiendo en refugios y campamentos de lo más rústico. La sensación de estar lejos del mundo durante ese tiempo es una constante.

Los Cuernos del Paine atrapan desde el principio el objetivo de nuestras cámaras. La roca negra que los corona, producto de las fuerzas tectónicas y glaciales, nos trae a la cabeza la imagen de castillos medievales casi de cuento.

Los rugidos del glaciar Grey, a los pies del lago del mismo nombre, en plena noche nos despiertan cuando tratamos de descansar en un camping cercano. El glaciar forma parte del Campo Patagónico de Hielo Sur, la tercera masa de hielo más grande del mundo tras la Antártica y Groenlandia.

El último día nos sorprende la nieve (de hecho, nos ha sorprendido la lluvia, el sol, el viento... En Torres del Paine dicen que se dan las cuatro estaciones el mismo día). Todo es como una postal, aunque el camino hasta la cumbre se hace duro y las Torres apenas se dejan ver entre las nubes. No podemos llevarnos la típica foto del rojizo color de estos espigados macizos con el sol del atardecer, pero el esfuerzo ha merecido la pena.

Después del Paine, cambiamos de planes y decidimos no seguir a Tierra de Fuego, el final del continente. Cruzamos la frontera y entramos a Argentina, a su pampa aún más infinita, donde los edificios de las estancias ganaderas aparecen diminutos en la distancia.

Particularmente a mí me llegó mucho en su día la película de Adolfo Aristaraín "Un lugar en el mundo", rodada en estas tierras. Y desde la ventanilla del autobús recuerdo el carácter rudo y callado de sus personajes, que hablan con las miradas y que mantienen siempre la frente altiva, a pesar del viento, a pesar de las contrariedades constantes de la vida.

Llegamos a El Calafate, ciudad de servicios donde las haya, con todas las tiendas y restaurantes que un turista pueda soñar: después de cuatro días sin poder apenas ducharse, pasando algo de frío y comiendo regular, no sienta nada mal un buen bife argentino con papas a la crema y champiñones, regado por un estupendo vino tinto de Mendoza.

Desde El Calafate hay innumerables opciones para visitar la joya de la corona de esta parte del país vecino: el Perito Moreno. Es una gran turistada, pero sencillamente merece la pena contemplar de cerca los 70 metros de alto de esta mole de hielo azul sobre el lago Argentino, dentro del Parque Nacional de los Glaciares. Si hay suerte, uno puede temblar viendo y escuchando cómo van cayendo los pedazos de este monstruo helado, que sin embargo nunca pierde volumen.

Y del Calafate tomamos la Ruta 40, carreteras de grava en su mayor parte, que cruzan esta pampa argentina, más rojiza y más seca que la chilena, a consecuencia de la muralla de los Andes que frenan gran parte de las borrascas que llegan del Pacífico.

Cinco horas después uno llega a El Chaltén. Situado al norte del Parque Nacional de los Glaciares, da acceso al Fitz Roy y al Cerro Torre (más de 3.000 metros cada uno). Los montañeros los consideran unos de los picos más majestuosos de los Andes.

Hay tantas rutas como en el Paine y una flora parecida. Optamos por un trekking de dos días, durmiendo en un campamento, y subiendo el segundo día hasta el glaciar Torre, desde donde se contempla la aguja puntiaguda, casi irreal, del Cerro Torre.

Andar con crampones sobre el glaciar, trepar por una ladera de hielo, cruzar el río Fitz Roy con tirolina... En fin, todos los ingredientes para una (fría) aventura.

Y de ahí, vuelta a El Calafate. Cena con los amigos que hemos hecho en el Fitz Roy y, por mi parte, fin del viaje. Toca regresar a Santiago en avión y de ahí tomar otro a Madrid

Han sido 36 días de no parar. Y aún así, la falta de tiempo para ver todo lo que uno se propone antes de salir es una constante del viaje.

Uno se va con la sensación de haber visto muy poco, de haberse perdido muchos rincones mágicos y tan distintos de este país, que reúne en su largura todos los climas del planeta excepto el tropical.

Es lo que tiene todo viaje: siempre hay que dejar de ver algo y que esto sirva como la mejor excusa para volver algún día.

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Bueno, chicos, este es el final de mi crónica... Aunque prometo un epílogo con curiosidades que me he ido encontrando por el camino y que pueden dar una idea del alma chilena. Saludos desde el fin del mundo.

Fecha: 
November 2005
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