5 de agosto de 2005, son las ocho de la tarde y ya estoy impaciente esperando la llegada de los primeros itakeños. Subo al parador, pido una cervecita y me siento en el cruce escudriñando todos los coches que se acercan, intentando reconocer las caras de Ane y Joseba, una matrícula de Donostia, un claxon, una voz... que rompa con la espera; y mientras pienso, con la mirada fija en La Corona, en el programa del fin de semana, procuro repasar todos los detalles. Todo está listo: el hostal, las rutas, las comidas. Y el tiempo, la meteorología ¡eso si que es imposible de reservar!, ni siquiera tenía a mano un convento de clarisas para llevar una docena de huevos y rogar que no lloviese. Había pasado toda la semana viendo en las cadenas de televisión las previsiones de los próximos dias - "ola de calor en Asturias"- dijeron.
¡Bien!, dió resultado el antiguo conjuro "escampa neblina, escampa, que hay un chobo dormido en la campa...". No iban a ser necesarios los chubasqueros, ni los forros polares, y en cambio, podríamos disfrutar del abanico de Olga revoloteando por los collados, de burkas y turbantes azules ondeando en las brañas, de baños en las cálidas aguas de un lago de montaña. Y yo, ya no se si es cosa del cambio climático o de estos itakeños que todo lo trastocan y lo vuelven del revés. Asturies, guapina, ¿qué te fizieron estus bribones?.
Por fin se acerca un coche, los destellos de los faros me sacan de dudas. Si, son ellos, la primera avanzadilla de la expedición que se acerca desde la costa: Ane y Vicen, de Donostia, y María y Joseba, de Bilbo.
Los primeros saludos, besos y apretones de manos y casi inmediatamente caen unas botellinas de sidra para refrescarse del calor del viaje. Un breve paseo por La Pola, alguna sidrina más y poco a poco va llegando el resto del grupo. La alzada se va completando. Al igual que los vaqueiros de antaño llegan con los bártulos a cuestas, modernas alforjas provistas de ruedas que arrastran hasta el hostal y las suben hasta la habitación de los diez enanitos, con sus diez camitas y su ducha de argamboys, en la que más de uno tuvo que ducharse de rodillas como dando gracias a Dios por el agua que caía sobre sus cuerpos. Blancanieves debió de marcharse harta de sufrir de lumbago , o tal vez se derritió con el calor de aquellos dias.
- Pero, ¿como que diez enanitos, Julen?
- Ya ya... en el cuento eran siete, pero ahora sabeis que en Asturias las raciones son más grandes, tambien en las viejas historias.
Lo comprobamos durante la cena, vinieon con fame los itakeirus, cansados del peregrinaje hasta Somiedo y nadie perdonó el condumio del Mesón Urogallo. Por cierto Olga, que no es que el chico que nos sirvió fuese uruguayo, aunque moreno y con coleta, jejeje, pero a mí me recordaba más a los manga japoneses. En cualquier caso simpático el rapaz.
Dan las doce y llegan los últimos viajeros, los que más kms han tenido que recorrer hasta estas brañas desde la lejana Barcelona: Luisa y José.
Menos mal que ha quedado algo pa alimentar a estus probes.
Durante la cena intento contestar vuestras preguntas: la preocupación de Maite sobre las rutas, los desniveles, cuanto se tarda en llegar, etc... Me aturullo un poco y me asalta un fugaz pánico: "¿serán rutas de chicha y nabo para estos fibrosos emuladores de Oiarzabal y Pasaban; o por el contrario, llegarán arriba sin resuello y se cagarán en mi madre y en todos mis muertos?. Capaces son de achicharrrarme a mails todo el año recordándome que se las hice pasar putas. Yo, por si acaso, con la discreción que me caracteriza, voy toreandoles como puedo. Pero llegan las cuajadas, ¡Mi salvación!, la conversación vuelve por derroteros gastronómicos. Muy buenas que estaban, ¡si señor!. Como dice Ane, un buen postre puede salvar una comida mediocre, y a mí me sacó del apuro.
Quedamos para el dia siguiente, había que madrugar para acometer temprano la subida a la primera de las brañas, pero alguno se animó a tomar un trago en el Chugarín antes de intentar dormir.
Sábado 6 de agosto. Son las dos de la mañana, me acuesto en mi cama pero no consigo conciliar el sueño, las campanas del reloj del Ayuntamiento me van anunciando la proximidad del alba ¡qué lentas pasan las horas de insomnio!. Cuando por fin logro dormir suena el despertador y ya es hora de levantarse y de ir a buscar a los guajes estos y espabilarlos. El cielo despejado sin una sola nube, el fresquín de la mañana; me los encuentro desayunando, muy formales ellos.
La caravana de itakeirus se pone en marcha caña d´abaxu por los desfiladeros de La Malva, serpenteando por la estrecha carretera hasta Aguasmestas, por la ruta de la luz. Giramos a la izquierda y entramos en el exhuberante valle del Pigüeña. Al llegar a Villar de Vildas dejamos los coches en el aparcamiento y empieza la ascensión a las brañas. Mochilas a la espalda vamos subiendo por el camino entre prados de siega, dejando a la derecha el rio y el bosque de Las Sendas, morada de los últimos osos pardos de la cordillera.
Los "repechillos" se van sucediendo. "Ya falta poco"- les voy animando.
Pilar y Chema en cabeza, sin acusar el cansancio, el grupo se va estirando a lo largo de la empinada cuesta.
Tras la primera hora de caminata llegamos a La Pornacal, con su poblado de cabanas de teito que nos hace retroceder hasta la época de los castros celtas, y casi esperábamos ver aparecer a Obelix corriendo detrás de un jabalí y a Panoramix preparando su brebaje en la olla colgada de las pregancias del llar de una cabana.
En la fuente La Prida paramos a tomar unos tragos del agua helada del manantial y a nuestros pies la hermosa vega de La Requeixada, brillando bajo el sol, con un verde algo más apagado de lo habitual.
Vicen, amigo, la pronunciada subida acabó con tus rodillas y tuvimos que abandonarte a la vera de la fonte con la única compañía de un bollu preñau y una botellina de vino para recuperar un poco las fuerzas.
Continuamos los demás a través de la vega, bajo el sol abrasador, hasta alcanzar el collado El Corralón y la braña Los Cuartos o braña Viecha de cabanas circulares de teito, más antiguas que las de La Pornacal.
Sudando y sedientos buscamos la fuente Los Cuartos sin resultado y nos adentramos en el valle de Los Cereizales, a un paso de la comarca leonesa de Laciana. Nos tumbamos junto a un arroyo a la sombra de los piornos, rodeados de vacas roxas que nos miran con indiferencia, y de dos feroces mastines de collares de pinchos que son amansados por las caricias de las pastoras itakeiras. Es la hora del hamaiketako, tambien llamado jamakuko por algunos itakeirus: el vino refrescado en las frias aguas del manantial, los bollus preñaus, el chorizo de vaca, el chosco y el quesín de Oscos, que nos supo a gloria. Una de las delicias de subir al monte es ese momento de relax, tras el esfuerzo realizado, sentado en una sombra comiendo un pinchín y tomando un trago de vino o de agua fresca del rio.
Hay que volver por el mismo camino, descender ahora poco a poco, se resienten las rodillas y las puntas de los dedos de los pies. La bajada nos va a dejar otro lesionado más. Chema sufre un tirón en la ingle y no podrá acompañarnos en la ruta del dia siguiente.
LLegamos a Villar de Vildas y recuperamos a Vicen. el pote asturiano, la fabada, la carne gobernada y el arroz con leche nos sumen a todos en un profundo sopor y un coro de voces suplican al unísono por una campa con sombras donde poder echar una siesta y sacudirse la modorra.
Así pues, acampamos en un prau de Castro, entre el rio y la carretera, en el chigrín de Cheiras. La comitiva se desparrama bajo los manzanos, otros refrescan los pies sentados en las piedras en medio del rio. Se agradece el descanso y la brisa que baja por la corriente. Dejamos pasar esa hora tonta, disfrutando del frescor de la hierba y los árboles, dormitando, charlando a media voz, chapoteando los pies en las pequeñas pozas.
La tarde avanza y no queremos perdernos el Mercau Vaqueiru de Belmonte, y al son de las gaitas, las tonadas y vaqueiradas, recorremos los puestos de artesanía, miel, pan de escanda. Ana, Olga, Pilar, Luisa y Ane dan buena cuenta de unos frixuelos, mientras Chema, ajeno al mercau, entretiene a unes neñes sentado en un banco del parque.
Edu, Marina y Pilar se dejan tentar por alguna de las mercancias de los vendedores vaqueiros; y despues de ver a una mucher filando vamos a buscar una terraza libre para 18 personas, algo dificil pero no imposible de encontrar para un itakeiru que se precie de tal. Así que dicho y hecho, cruzamos el puente, y ahí está: una taberna vacia para nosotros solos con tres mesas en la calle y un montón de sillas apiladas en una esquina.
Estamos en Asturias y pedir otra cosa sería un sacrilegio:
- unas botellas de sidra, por favor.
Ahora falta quien escancie para 18, y creo que todavía me huelen las manos a manzana. Definitivamente, se me da bien lo de tirar la sidra.
Cuando entro a pagar, la señora del bar me sonrie de oreja a oreja:
- "madre mía, ¡que ambientazo!, ni en fiestas de San Antonio".
¡Si es que somos la ostia!
Volvemos a La Pola cenar, la textura y el dulzor de las cuajadas del dia naterior dejaron huella en nuestro paladar y no podemos resistirnos a volver a degustarlas, así que pedimos unas ensaladas como pretexto y devoramos en dos segundos la media ración de deliciosa "mousse de los valles" que nos sirvieron. Cuánto más acertado este evocador nombre para tan excelso postre , que el más sencillo y vulgar de cuajada.
Toque de retirada y camino del hostal algunos nos desviamos al Chugarín, queriendo apurar un poco más el dia. Pilar y Olga, incansables danzarinas, se afanan en enseñar unos pasos de baile a estos torpes montañeses ( Gustavo, Raul, Jose Luis, Joseba y un servidor). Gustavo, es hora de que confieses que ya te sabias el paso ese cruzado de pies que tan rápido aprendiste.
Y al final, Joseba continua solo de marcha por Somiedo la nuite, rehuyendo el encuentro con la camita del desván de los diez enanitos y el arrullo de los ronquidos de sus compañeros.
Domingo, 7 de agosto... Ultimo dia de la alzada itakeira. Hoy el grupo se divide por primera vez, y Ane, Vicen y Chema abandonan la expedición al Lago del valle por razones ajenas a su voluntad, que no a sus piernas, y realizan un recorrido en coche por algunos rincones del parque, como el pueblo vaqueiro de La Peral, cuyos habitantes continuan año tras año con la trashumancia, y entablan conversación con un tercio de la población, según creo recordar. Hermosas vistas las que pudieron disfutar desde el Mirador del Príncipe.
Los 15 restantes subimos a valle del Lago, sin las empanadas para el hamaiketako que se quedaron cociendo en el horno de la panadería. Es otro dia de calor y cielo despejado. Desde el último barrio L´Auteiro comenzamos la ascensión al lago, llaneando durante bastante rato. Las preguntas de ayer se repiten hoy también: "¿Cuanto se tarda en subir? ¿Hay mucho desnivel? ¿es más o menos como la ruta de ayer?"
- "si, más o menos como ayer"- respondo. Al final hay algún "repechillo". Maite, ¡perdóname!. No era mi intención haceros sufrir, pero creo que una vez arriba merece la pena el esfuerzo. A pesar de todo subimos más rápido de lo esperado. Los primeros hicieron los seis kms en una hora y diez minutos. Todo un record teniendo en cuenta el calor que pasamos.
Lo de la ola de calor no era ninguna broma.
Saciamos nuestra sed en la fuente y acampamos a la orilla del lago, junto a las cabanas de Cobrana. Tumbados al sol disfrutamos de la panorámica del lago a nuestros pies, en cuyas aguas un grupo de "xanas" de nombre Marina, Ana y Olga, y un "trasgu" travieso y burlon de nombre Jose Luis, se bañan y con sus largos y zambullidas provocan al viejo "cuelebre" que anida en sus profundidades, ajenos al peligro que les acecha. La xana Marina ofrece sus encantos a la cámara de este humilde videoaficionado, cuyas imagenes pone a vuestro servicio por un módico precio,jejeje.
A olor del chorizo, del chosco y del clarete de León suben los extraños seres del lago a compartir con nosotros nuestro mermado hamaiketako, a falta de las empanadas que quedaron en La Pola. Momentos inolvidables los que pasamos este fin de semana y para mi uno de los mejores ese en que estabamos sentados a la sombra de la cabana devorando el almuerzo, con el lago y las montañas enfrente, y sobre todo vuestra compañia.
Al bajar, Joseba, Maria y Pilar eligen el otro sendero, por la braña de Murias Chongas, para llegar hasta el pueblo, y los demás desandamos el camino por la Pradera, cuyo mejestuoso aspecto en primavera no debería perderse nadie. bajamos despacio, charlando, sabeedores que vamos sobrados de tiempo, disfrutando del paisaje y la compañía.
A muchos de vosotros os hizo gracia el nombre del pueblo "valle del lago" y el del lago "lago del valle", pues se ceden mutuamente el nombre a modo de apellido, y es que seguramente el uno sin el otro no serían lo mismo.
Comemos en el Hotel del Valle, todos reunidos de nuevo, apretados en una estrecha mesa, reconfortados por los contundentes callos con costilla, asfixiados por el bochorno de la calle y el olor de la salsa de cabrales que ascendía desde los platos de escalopines y que a punto estuvo de provocar en Olga una fuerte reacción alérgica, incapaz de soportar el inconfundible tufillo cabraliego.
Empiezan las despedidas. Luisa y José tienen muchos kms por delante y son los primeros en marchar. a ellos se une Eva, que valiente ha venido sola desde Logroño y sin conocernos.
¿Y los demás? ¡Como no! es la hora de la siesta. Hoy no perdemos tiempo en buscar un prado donde dormitar.
Nos basta acurrucarnos en el costado del hotel, en un minúsculo trozo de hierba, habilitado seguramente como pipican para los canes de la casa.
Pero nada nos importa, ni las extrañas posturas de Olga, ni los ronquidos de Chema, ni las miradas asombradas y burlonas de los viandantes, nada perturba la siesta de los itakeirus de alzada. Pero eso sí, recordad si alguno de los que leeis esta crónica os animais a participar en una alzada, kedada, encontronazo o como diablos llamen estos trastos a las juergas que se montan, como bien dijo Joseba "si no tienes pareo no eres nada". Imprescindible en el kit del buen itakeiru, y en su defecto
una manta como la que lleva Gustavo en el coche.
Continuan las despedidas. Llega el turno de Gustavo, Ana y José Luis.
Nos despedimos allí mismo frente al Hotel del valle, conjurándonos para la próxima.
La cada vez más mermada caravana desciende por las vertiginosas curvas de Urria hasta la Pola donde se celebra el dia del campo asturiano, con deportes rurales, exhibiciones, degustación de carne y vino, comida campestre, etc... el pueblo está abarrotado de aldeanos deseosos de juerga. Nos dió tiempo ya a ver poco, algunas carreras de caballos lanzados al galope a recoger unas cintas.
Y más despedidas: Raul, Edu y Maite, Pilar, Marina, Olga y Chema. Bajan sus fardos con ruedas del desván de los enanitos y marchan caña d´arriba, cruzando La Babia y dejándome un nudo en la garganta.
Aún quedan los últimos itakeirus, los vascos se resisten a dejar Somiedo. Bajamos a la verbena y Maria se liga a un paisano y se lo lleva a bailar un pasodoble. Más tarde nos confesaría el achispado güelu: - "¡Ay Dios! en muchas fiestas tuve y en ninguna pasáralo mejor".
Maria, Maria ¿Que le hiciste al probe anciano?.
Una agradable tertulia en la terraza de El Meirel, junto al rio, un paseo hasta el "inexpugnable" Palacio de Flórez-Estrada, y un último café en Casa Cesareo preñado de proyectos, futuros viajes y kedadas y amenizado por las encantadoras de mariposas, que las acunan en su vientre como Maria, mientras Ane con su cazamariposas digital las inmortaliza.
Aleteos de mariposa para última y definitiva despedida.
"Ya se van los vaqueiros caña d´abaxu, caña d´abaxu..."
Y aquí se quedó el último itakeiru, como el viejo "vecindeiru" del Puerto, que en su soledad tocaba todos los dias la campana de la iglesia de Santa Maria para guiar a los caminantes entre la niebla y la nieve.
Gracias a todos por este inolvidable fin de semana, por haberme dejado enseñaros este pedacín de Asturias y compartirlo con vosotros.
A los que os conocí en la kedada de Bilbo: Ane, Olga, Marina, Joseba, Edu, Jose Luis, Raul, ahora os conozco mejor y os aprecio mucho más.
Con Luisa y José he compartido charlas y caminata a las brañas, un placer haberos conocido.
Maite y Pilar, siempre atentas y preocupadas de que me sirviera un culín de sidra y estuviera a gusto. un beso a ambas.
Chema y Gustavo, me he reido mucho con vuestro humor, fino e irónico, como a mí me gusta. Sois geniales.
Ana y Eva, ágiles montañeras y estupenda compañía. Eva, espero que convezcas a tus amigos y te los traigas pronto a Somiedo. Y Ana, para la próxima haré todo lo posible para que no te falte el postre de chocolate.
Vicen y Maria, ¿Qué os puedo decir?, que me lo he pasado genial con vosotros, que me alegro un montón de haberos conocido y que espero volver a veros muy pronto.
Tocaré la campana para guiaros nuevamente hasta aquí, aún queda poco que ver pero mucho que mirar en Somiedo: la calzada romana del camín Real de la Mesa, la foz de la Güergola, el Valle de Saliencia, las brañas de Sousas y Momián, la Sierra del Páramo...
Plagiando un poco a Maite, OS ESPERO A LA SOMBRA del último muro en pie del Castillo de Alba, vigilando los caminos a la espera de la próxima alzada itakeira.