Alunizaje en China: crónica subjetiva

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No hace muchos días, mantenía yo una discusión con una muy querida miembro de Itaka (discusión acalorada, por cierto. Y es que la ignorancia me puede), en la que ella defendía la absurda teoría de que la Luna está más lejos de Ibiza que la China. Yo trataba de convencerla inútilmente de lo contrario, pues se negaba a abrir los ojos a la evidencia: cómo iba a estar más cerca de su casa la China que la Luna, si desde Ibiza se apreciaba esta última perfectamente y en todo su esplendor y, no obstante, aún subiéndose y encaramándose a la torre más alta de entre todas las torres altas de toda su isla, resultaba imposible vislumbrar un solo ladrillo de la imponente, majestuosa y espectacular muralla China ¡Hombre, por Dios. Si sólo había que razonar un poquito!

Sin embargo, hoy, jueves 14 de junio, tras tantos años de fiel y ciego convencimiento a ultranza de lo anteriormente expuesto, debo reconocer, con profundo rubor y humildad, mi gran error: la China no está más lejos que la Luna, la China es la mismísima Luna.

Debo manifestar que yo, aquí y ahora (o allí y entonces), he sido testigo directo de que los hombres (la prepotente raza humana, con toda su sabiduría y experiencia junta, sumada y exponenciada), como ya sucedió cuando siglos atrás arribaron a las supuestas Indias, se han vuelto a equivocar: la han vuelto a cagar.

Cuando, hace apenas dos semanas, tras doce horas ininterrumpidas de vuelo, se abrieron las puertas de mi avión y pisé suelo chino-lunar (una rápida visión del panorama así me lo confirmó), las altas temperaturas sólo me hicieron dudar de cuál sería el planeta en cuestión sobre el que yo había posado mis lindos pies -pues quizá se tratara de Venus-.

Y si bien en un principio me desconcertó este hecho inesperado, una mente ágil y despejada como la mía pronto adivinó que me encontraba en el verano lunar. Pues de todos es sabido -no os lo voy a descubrir yo ahora- el calor que se pasa en verano en la Luna. No hay más que acordarse de lo desiertas que se quedan sus calles en agosto, cuando todos se marchan a veranear a Benidorm, e incluso algunos a San Sebastián.

Pero lo que me hizo presagiar que estábamos en la Luna, la verdadera evidencia, la encontré cuando, tras dejar atrás Beijing y después Suzhou, llegamos a lo que debía ser la Luna Capital (también llamada Shanghai por los lunacenses). No sabía yo que tenía tantos pelos en mi cuerpo hasta que, llegada a Shanghai, se me pusieron de punta, todos juntos y revueltos.

¡Madre del Amor Hermoso! ¡Qué edificios! ¡Qué construcciones! ¡Qué estructuras! ¡Qué formas! ¡Qué materiales! ¡Qué colores! Tecnología punta, y bien afilada. ¡Menudos arquitectos tienen en la Luna, y los de Shanghai los primeros de la clase, fijo! ¡Y cómo se notaba que no había gravedad! En la tierra hubiera sido del todo imposible mantener semejantes moles en pie. ¡Pura utopía hubiera resultado!

Kilómetros y kilómetros de construcciones metálicas y cristalinas, de colores hasta entonces vírgenes a mis ojos, de formas imposibles y tamaños imponentes. Uno tras otro, al lado del otro, encima del otro, debajo del otro. Y es que allí hasta las carreteras tienen varios pisos. Y giran y se retuercen. Y construyen plataformas peatonales entre unas y otras. Y se elevan y bajan y se pierden en la distancia…

Y por si aquello fuera poco, jugando entre los rascacielos y engañando a la monotonía, se escondían traviesos los jardines, templos, pagodas, bazares, mercados y laberintos de tiendas y tenderetes.

Cómo se notaba que aquello era otro mundo, otra civilización, otro planeta… y hasta otra galaxia, me hubiera yo atrevido a afirmar si no fuera porque todas las noches veía, allá a lo alto, la iluminada esfera desde mi balcón.

Pero como la distancia todo suaviza, también sus nocturnas luces se veían afectadas y me llegaban atenuadas y blanquecinas desde el mismo balcón: las del vetusto y muy concurrido Barrio Francés, en la zona de Huaihai Lu; las del señorial y clásico Bund, que asemeja a Wall Street; las del aromático mercado nocturno de la calle Yunnan, donde se puede degustar todo lo que la curiosidad y el estómago permita; las del moderno y futurista Malecón, a orillas del río Huangpu, a su paso por Shangai… todas ellas, todas en su origen, son de un brillo intenso y cegador, de una gama de colores prodigiosa, de un espectro luminoso infinito…. Luces zigzagueantes, intermitentes, impresionantes y acojonantes… indescriptibles en su conjunto.

Y como cada casa es un mundo y como cada mundo es distinto, los usos y las costumbres también eran de ese mundo: la comida gustosa, la bebida caliente, la limpieza extrema, la educación exquisita, las tradiciones férreas, las metrópolis magníficas, la subsistencia asequible, las distancias inmensas, las conductas diversas, las creencias genuinas, las fisonomías distintas…

Su comida era sabrosa, sana, variada, aromática y diferente. Todo allí era comestible, todo allí sabía exquisito. Y si nosotros paseamos a los perros y nos comemos a los pájaros, ¿por qué (se defendían) no van a poder ellos pasear a los pájaros y comerse a los perros? Y si nosotros festejamos con un pavo, ¿por qué (argumentaban) no lo van a poder ellos celebrar con un buen perro?

Todo cabe en sus recetas: mamíferos, crustáceos, insectos, aves, tortugas, pescados, verduras, raíces, especias, aromas, colores, salsas, condimentos, arroces, picantes y, desde luego, unos buenos palillos con qué llevarte semejantes viandas a la boca. Aunque también es verdad que, desde que las naves arriban directas y sin escala, los terrestres tenedores también aterrizan directamente en las mesas, sin tener que requerirlos.

Sus lugares de asueto y esparcimiento nocturno fueron creados a nuestra imagen y semejanza (y al séptimo día descansaron) Con sus barras, sus taburetes, sus mesitas, sus pistas de baile, sus focos, sus bebidas terrícolas a precios terráqueos, sus karaokes, y sus Dj’s.

Sin embargo, sus usos y costumbres acerca de cómo comportarse en ellas diferían levemente de las nuestras. Y no es que nuestra apreciación fuera un hecho aislado. No. Pues acudimos a unas cuantas salas de baile. En ningún caso movidas por el vicio y la perversión. No señor. Lo nuestro era sólo trabajo de campo y experimentación científica: pura investigación.

Los Shanghaítas eran inmunes a las melodías musicales. Se abstraían de su entorno en auténticos viajes astrales, o se empecinaban con los juegos de mesa, tableros y barajas de cartas. Mientras tanto, la pista, impoluta, los miraba con ojillos temblorosos mientras susurraba: “písame, utilízame, hazme tuya”. Pero ellos, soberbios, la ignoraban y seguían con lo suyo.

Ni siquiera el que un grupo de itakeñas (en concreto dos), movidas por la más absoluta falta de vergüenza y dignidad, cierto día, solicitaran y bailaran para todo el respetable un animado y viejo tema de título Aserejé, que debía estar compuesto en chino mandarín, hizo mella en sus semblantes. Ni una sola mueca de asombro, disgusto, congoja o, ¿por qué no? envidia y admiración. Nada en absoluto. Nada de nada. Impasible el ademán.

La limpieza en sus ciudades se antojaba extrema y desmedida. Hasta las autopistas eran barridas por los funcionarios lunáticos (con perdón y auto-perdón) con escoba y recogedor (palabrita del niño Jesús). Y es que, según un rumor que llegó a mis castos y delicados oídos, se estaban preparando para un acontecimiento que acontecerá, si todo acontece como debe acontecer, allá por el 2008, de carácter deportivo, multidisciplinar, importancia mundial y escala satélite-planetario).

Ni un pegajoso chicle en el suelo; ni un minúsculo y triste papel; ni una roída piel de pipa; ni una descuidada bolsa de plástico. Sólo calles limpias e inmaculadas. Por supuesto, nosotras (más bien yo), con las colillas bien apagaditas y custodiadas en el bolso. No fuera a ser que los enfadáramos y nos convirtiéramos en el sujeto, objeto directo, indirecto y circunstancial del muy famoso y fulminante cabreo lunático.

Y si bien los anteriormente mencionados productos de desecho estaban más que mal vistos por las calles, otros residuos sólidos urbanos (como dirían las estiradas autoridades competentes de aquí y de allá), para los comunes, botellas de plástico, eran objetos de verdadero culto y veneración (como los dioses allí, y como las joyas aquí) o tal vez de supervivencia. Cuando, botella en mano, te convertías en envidiado propietario, te rodeaban, te escudriñaban, te acechaban, te perseguían y no paraban hasta que, la botella-objeto en cuestión cambiaba de propietario y pasaba a ser la recompensa por la fatiga de manos más necesitadas.

En cuanto a su lengua, eso es capítulo aparte, punto final, y tiro porque me toca. Cómo se notaba que las cuádrigas latinas, colonizadoras e idiomizadoras, en los inicio-albores de nuestra era cristiana (Amén) no sabían volar, ni surcar los espacios, ni nada que se le pareciera (con rodear el Mare Nostrum ya estaban contentos los chiquillos).

Y es que aquello no es una lengua, ni un dialecto, ni un idioma, ni ná de ná. Aquello es una broma pesada. Un jeroglífico. Una adivinanza. Un trabalenguas. Un enorme damero maldito. ¡Me río yo de la dificultad del euskera! Y que no se me ofenda nadie, ¡por Dios! Que no pretendo ofender. Que no es esa mi intención.

Pero gracias a Dios siempre nos quedará el inglés (además de Paris) en hoteles y algún que otro restaurante. En las zonas comerciales hay que conformarse con el chinoinglés. Más chino que inglés, diría yo, pero se hace lo que se puede. Para todo lo demás...... sálvese quien pueda. El idioma gráfico-gestual se entiende perfectamente. Mano de Santo. Lenguaje universal.

Y hablando de entendimiento, pasemos al capítulo taxis. En las grandes ciudades chinas. Bueno voy a concretar más. En las enormes metrópolis chinas de más de 6 millones de habitantes (que son unas cuantas), además de agua, llueve taxis, ingentes cantidades de taxis. Y digo esto porque sólo así se entiende que haya tantos. Hasta 70.000 llegué a contar un día que estaba yo aburrida y distendida, desde una terraza de Shanghai. Sí, 70.000. Uno detrás de otro. Y no me desconté, no, que me fijaba yo en las matrículas.

Taxis, de variados colores, que, para mayor información económico-comercial, los de color rojo eran los más baratos y los negros los más caros. Y abundando en esta valiosa información, también diré que la mejor manera de llegar a buen puerto es indicando tu destino a los chino-monóglota-taxistas por escrito y en mandarín. Con buena letra, perfecta caligrafía, y con todas las rayitas puestecitas en su sitio. Que parece que no, pero para algo están ahí. ¡Ding, dong! ¡Atención! Se aconseja que sea escrito por personal del hotel. Europeos abstenerse. Consejo de amigo experimentado.

Y como la China lunar es muy grande y mi cartera pequeña, y como todo en esta vida no puede ser, al menos todo de una vez, aunque sí poquito a poco, declaro que, de momento, Beijing, Suzhou y Shanghai ya han sido tomadas. La próxima vez partiremos rumbo a lo desconocido. Dirigiremos nuestra nave hacia la cara oculta de la luna, a ver si también la colonizamos.

Y aunque no hayamos tratado otros temas como “marcas de imitación a precios de escándalo”, “cojonudos masajes integrales chinos”, “gustos orientales sobre el físico de las mujeres”, “lo tirada que está la vida para los europeo-conquistadores”, y otras veleidades que seguro no interesarán más que a mi querida Pituca. O aspectos trascendentales religioso-filosófico-políticos, costumbres ancestrales, símbolos o supersticiones: budismo, comunismo, taoísmo, el ying y el yang, el equilibrio, la armonía, la longevidad, los dragones, las grullas o los emperadores…..

…como lo poco gusta y lo mucho cansa y ya debéis estar reventados del agotamientos (si es que habéis conseguido llegar al final), corto y cierro la conexión con Houston, haciendo notar, con enorme algarabía y no menos alborozo, que por esta vez no hemos tenido ningún problema.

Fecha: 
July 2005
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