Leí hace tiempo una crónica en Itaca sobre un sitio en los pirineos franceses en el que una cascada de unos 500 metros, considerada la más alta de Europa, dejaba romper sus aguas, en medio de un circo glaciar.
Resultó aquella una lectura muy amena e interesante, a partir de la cual, a pesar de haber dado por visitado todo lo visitable en Pirineos, decidí volver a estas montañas, ya que, ahora resultaba evidente que algo me faltaba.
Con la idea fijada, la fecha era para mi lo más sencillo, el proyecto empezó a tomar forma. En pasados años, había tomado por costumbre subir a finales de Mayo, básicamente para practicar deporte de aventura. Para mi esta era una fecha ideal, combinando la aventura con la montaña, el rafting, los caballos, el parapente quizás, con la alta montaña, con la fuerza natural de una cascada, con un circo glaciar de grandes dimensiones.
A medida que las fechas se iban acercando, fuimos definiendo los parámetros básicos de esta escapada, con la ayuda inestimable de quien ya conocía la zona y que con pasión nos la describía, y de quien deseaba acompañarme para compartir estos momentos de aventura y naturaleza.
El día D, a la hora H (bastante más tarde en realidad), cogimos nuestros vehículos y nos decidimos a atravesar la frontera, dispuestos a conocer el pirineo francés. Basados en Biescas, en apenas una hora estábamos ya en las cercanías de la frontera, acompañados por un sol espectacular que nos iluminaba un paisaje verde, y blanco a veces, de altos picos, cristalinos lagos y serpenteantes carreteras.
Nada más pasar la frontera el tiempo se nubló, lo cual no nos impidió disfrutar de unas montañas verdes, valles profundos y pequeños pueblos. Yo no diría que aquí estuviésemos encontrando grandes diferencias con respecto a la parte española. De hecho, parecía menos espectacular.
Para acceder a Gavarnie, decidimos atravesar el Col d´Aubisque, en el que una profunda niebla, apenas nos permitía avanzar con el coche, y decenas de ciclistas nos impedían, con frecuencia, mayor velocidad. No obstante, un espectáculo singular, el de todos esos esforzados, con sus caras desencajadas, pedaleando carretera arriba, nos mantenía boquiabiertos. En la cima del puerto, encontramos muchos más, seguramente, felices, después de alcanzar la cima objeto de su reto.
A todo esto, llevamos dos hora, para tres, de coche, para recorrer los apenas 100 kilómetros que nos llevaban a la cima del Aubisque. En fin, íbamos muy despacio, el tiempo no era bueno, y aún nos quedaba un buen tramo. Con todo, en lugar de apurarnos, decidimos hacer una parada en Luz Saint-Sauviur, justo antes de llegar a Gavarnie. Era el momento de probar los quesos de la zona. ¡¡¡Buenísimos!!!
Ya habíamos superado el mediodía con creces, cuando Gavarnie empezó a estar cerca. En ese momento, las nubes empezaron a desaparecer, y el sol a brillar de manera radiante. Al fondo se divisaba un paisaje espectacular: una enorme pared rocosa, con varias hilos de agua descendiendo por ella, y por encima unas cumbres nevadas. ¡¡¡La paliza había merecido la pena!!!
Resulta difícil definir que es Garvarnie. No es un pico, no es un lago, no es una pradera, no es un cañón...pero hay de todo eso. En Gavarnie encontramos una pared de unos 500 metros de altura completamente vertical. Esta pared tiene una forma semicircular, y de la parte alta salen numerosos hilos de agua, que se convierten en espectaculares cascadas que rompen en el fondo del circo. Por encima, se elevan montañas nevadas de recortadas formas.
Con el ánimo a punto, ante la belleza del lugar, decidimos aproximarnos. Desde el pueblo de Gavarnie, se trata de un amable paseo de una hora y media, en el que solo la última parte, presenta alguna dificultad. Así que, con la perfección que supone un paisaje hermoso y una inigualable compañía nos pusimos a caminar.
De repente, el circo está ya delante de nosotros, y el paisaje se eleva en un pequeño montículo de verdes prados, y a partir de ahí empieza a ser pedregoso. Sin duda, este es el sitio ideal. El montículo nos ofrece unas vistas espectaculares del lugar, las mejores sin duda. Es el momento de echarse una siesta, de comer un poco, de disfrutar del sol y de las vistas.
Más tarde, parece una buena idea, con las fuerzas repuestas, darse un paseo y acercarse a las cascadas. Esta parte es bastante más dura, ya que implica atravesar el rio Gavarnie, que en este punto esta en plena creación, recogiendo los aportes de las diferentes cascadas, y trascurre entre enormes rocas. Una vez atravesado el río, nos movemos por un paisaje pedregoso e inclinado, habitual de los fondos de los glaciares. Si, llegar a la cascada, no es acto para cualquiera.
Ya estamos bajo la cascada. Esta sensación, es muy fuerte. El agua cae desde unos 500 metros de altura, y rompe con fuerza, generando unas corrientes de aire a su alrededor que, te empujan, te mojan y te dificultan el acercamiento. En el borde de la misma, tenemos que hacer esfuerzos para sujetarnos de pie, y mirando el punto en el que rompe el agua, sentimos un ligero vértigo por el agujero tan profundo que la erosión ha ido produciendo.
¡¡¡Uff!!!. Las sensaciones fueron fuertes. Por un lado la impresión de situarse bajo la cascada. Por otro, la increíble belleza del paraje. Mientras volvíamos a los coches, nos dábamos cuenta de que acabábamos de vivir unos momentos únicos.
El animo era inmejorable, y a pesar de saber que nos quedaban cuatro horas de coche para volver a Biescas, y que mañana madrugaríamos, decidimos parar en Lourdes, donde hicimos la correspondiente visita, esta vez, junto a cientos de fieles, que en este fin de semana, celebraban a los caídos por las guerras.
Ahora, solo nos queda un desafío final, y este circulo quedará cerrado. Atravesar a Francia por los pirineos, llegando, como recompensa final, a Gavarnie. Pero ese desafío, que no está lejano, aún está por llegar, y, en su momento, será objeto de otra crónica.
No quiero dejaros de recomendaros la crónica que me incitó a hacer este viaje, y que está en la web de Itaca, ¡¡¡Gracias Ana!!!