Viaje a Estambul

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Cuando comenzamos a planear nuestro viaje a Estambul en Semana Santa, todos coincidimos en que era uno de esos destinos que habíamos tenido siempre en la cabeza, y por fin íbamos a visitar la espléndida Estambul, ciudad puente entre Asia y Europa, llena de historia, cultura y magia. Los componentes de la expedición seríamos Berta, Marian, Manu, José Púas, Carlos Bilbao y yo. Nos íbamos a encontrar allí también con Silvia Arenillas y sus amigas, pero finalmente no fue posible. Con quien sí pudimos quedar fue con Gemma, Marimar y Lucía, tres itaqueñas de Pamplona que, aunque se alojaban en otro hotel, conseguimos quedar dos noches con ellas para cenar e ir de copitas.

Yo fui la última en llegar, ya por la noche. Marian, Manu y Carlos salían desde Madrid el día anterior, Berta y José Púas desde Barcelona por la mañana temprano y yo a mediodía.

Como mi traslado casa-aeropuerto es complicado, ya que viviendo a 1 km más o menos, no tengo transporte y coger un taxi es complicado por la cercanía, mi hermana y mi cuñado me recogieron 15 minutos antes de la hora de facturación. Aunque la maleta la tenía preparada 3 días antes, algo insólito en mí, a última hora decidí echar el paraguas, raro en mí, pero el pronóstico del tiempo para el fin de semana daba lluvias, y con el chubasquero se me mojaría la cámara para poder hacer fotos. Ya con el tiempo justo, voy a abrir la maleta (una Samsonite dura con combinación numérica para abrirla) y ¡¡vaya, que no se abre!! Pensé en llevármela tal cual y abrirla allí, pero igual se me hubiera roto y me quedo sin maleta y con toda la ropa en bolsas. Así que, después de unas cuantas patadas, nervios y prisas, cojo un destornillador y consigo apalancarla. En ese momento comprobé qué fácil es abrir incluso ese tipo de maletas. Y ahora, a ver dónde guardaba todo el equipaje. Bueno, como todo en la vida tiene solución y mi hermana había traído una maleta bien grande para quedarse en casa la Semana Santa, mudé toda mi ropa a su maleta, ella sacó todas sus cosas y me la llevé (para colmo me la rompieron en el viaje de vuelta… pero me dieron una nueva!!). Ya en el aeropuerto, nos despedimos con abrazos y besos y ¡a volar! Vuelo a Ámsterdam con KLM sin novedad y luego con bastante retraso a Estambul.

Llegué a las 00.45 h y tras pagar el visado (10 €), sacar liras en un cajero (la lira turca equivale aproximadamente a: 1 YTL = 100 Ptas. = 0,60 Euros), y recoger la maleta, tomo un taxi hasta el hotel Olimpiyat, que es donde me esperaba el resto de la expedición itaqueña.

El taxista, un hombre muy cordial, casi hace de guía turístico, y , según vamos hacia el barrio de Sirkeci, me muestra el Mar de Mármara, el barrio de Sultanahmet, las mezquitas de Santa Sofía y Azul, todo nuevo para mí, pero a la vez familiar por haber visto tantas fotos anteriormente.

En un restaurante junto al hotel me esperaba la expedición itaqueña, y qué ganas tenía de verlos y compartir con ellos unos días en aquella maravillosa ciudad. Después de un rato de charla, y de contarnos nuestros respectivos viajes, nos vamos a la cama para estar en forma al día siguiente.

25.03.05

Nos levantamos temprano y desayunamos buffet. Nuestro hotel, Olimpiyat, está situado magníficamente, en el barrio de Sirkeci, a 5 minutos caminando de Santa Sofia, Mezquita Azul, Palacio de Topkapi y Cisternas, y junto a la parada del tranvía. Y también lo mejor fue el precio, 47 euros por 5 noches con desayuno buffet incluido.

Hotel Olimpiyat
Ebusuud Caddesi Erdogan Sok, 6
34410 Sirkeci-Istanbul
Teléfono 90-212-5119659
www.hotelolimpiyat.com

Caminando visitamos primero la Mezquita Azul (10 YTL), a la que se llega a través de unos jardines. El día soleado ofrecía una vista majestuosa de la Mezquita con sus cúpulas y sus minaretes apuntando al cielo.

La Mezquita de Sultan Ahmet o Mezquita Azul está frente a Santa Sofía. Con sus seis minaretes es la obra suprema de la Elegancia. Es la Mezquita Imperial del Sultan Ahmet I, construida entre 1609 y 1616 por el arquitecto Mehmet. Se la conoce por Mezquita Azul por sus decoraciones interiores en cerámica de Iznik color azul.

Seguidamente, visitamos Santa Sofía (15 YTL), que aunque su cúpula central estaba en restauración pudimos visitarla completamente. Fue mandada construir por Constantino el Grande y reconstruida por orden de Justiniano en el siglo VI. Su gran cúpula tiene 55 m de altura y 31 m de diámetro. Lo que más me gustó fueron los mosaicos bizantinos. Es una maravilla y lo único que no nos gustó demasiado es la cantidad de gente que había, pero siendo Semana Santa era de esperar. Me llamó la atención el mosaico en la cúpula de una virgen bizantina con el niño. En el único lugar que había andamios y escaleras para su restauración era en la zona derecha de la cúpula, espero que los que trabajan allí no padezcan de vértigo porque la altura es impresionante desde abajo.

A la salida fuimos a ver los obeliscos que hay en la llamada Plaza del Hipódromo o de Sultanahmet. Se encuentra frente a la Mezquita Azul y allí se encontraba el antiguo Hipódromo, donde se celebraban carreras de carros y era el centro de la vida social bizantina. De los monumentos que tenía sólo permanecen el Obelisco de Teodosio, la Columna de la Serpiente en bronce y la Columna de Constantino.

Junto a esta Plaza visitamos las Cisternas (10 YTL). Eran depósitos de agua subterráneos. Se construyeron ante la cantidad de batallas e invasiones que asolaban la ciudad. A veces los enemigos envenenaban el agua o destruían los depósitos, y aquí tenían una buena reserva para mucho tiempo. Es un lugar relajante, lleno de arcos de medio punto y columnas, y con una luz anaranjada muy cálida y el suelo está cubierto de agua (incluso hay peces). Para visitarla se camina por una pasarela, y cuando hay menos turistas, se puede escuchar la música clásica por los altavoces que le da una atmósfera muy relajante.

Después de toda la mañana de visita turística, comemos en una terraza ya cerca del mar. Podemos ver la comida y elegir. Es barato y la comida está buenísima, pollo, cordero, dulces y por supuesto buen té de manzana.

Tras la comida intentamos ver el Palacio de Topkapi, pero el intento fue fallido porque ya quedaba una hora para el cierre y no pudimos entrar. Cierra a las 17.00 h y los jueves no abren.

Decidimos cambiar de zona, cogemos un taxi y nos tomamos un té con manzana en el café Pierre Loti, en lo alto de una colina y con una panorámica maravillosa del Cuerno de Oro (Haliç). Es un lugar sencillo, con una terraza desde la que tiene una vista de gran parte de la ciudad. Desde allí se pueden ver montones de minaretes ante la luz ya mortecina del sol, una visión inolvidable.

Cuando anochece nos vamos al barrio de Taksim, moderno y cosmopolita, lleno de tiendas, restaurantes y vida en la calle. Llegamos a la Plaza de Taksim, donde se respira el olor a flores de los puestos de la plaza. Hay una variedad infinita de flores de todos los colores, naturales y teñidas, pero no por ello menos bellas.

Paseamos por la calle Istiklal Caddesi, peatonal (excepto para el tranvía, que en esa zona es de los antiguos) y llena de tiendas de ropa, restaurantes y gente. En una pastelería, llamada casualmente “Barcelona”, alucinamos con los dulces turcos, llenos de pistachos, nueces, miel y chocolate. Luego visitamos el Hotel Pera Palace, símbolo de una época gloriosa de la ciudad, y donde se alojaban personajes como Agatha Christie, Mata Hari o Greta Garbo.

Tomamos otro taxi y nos vamos a cenar al barrio de Kumkapi. Es el llamado barrio de los pescadores, lleno de callejuelas con resturantes de pescado, músicos tocando, y gente bailando y cantando. Hay un restaurante tras otro, y aparentemente de precios similares. Nos sentamos en uno y comemos dorada, lubina, regadas con buen vino turco (muy caro, 18 euros la botella), todo ello acompañado con bandejitas de aperitivos. Es costumbre que al pedir la cena, te traigan una bandeja con pequeñas bandejas de aperitivos entre los que puedes elegir y probar así varios como entrante.

26.03.05

Tras un buen desayuno fuimos caminando hacia el puerto para tomar un ferry para recorrer el Bósforo (Istanbul Bogazi). El precio creo que fue de 1 YTL. El barco tiene dos plantas y poco a poco se llena de gente, menos mal que nos subimos pronto y conseguimos ir sentados. Nos subimos a la parte de arriba pensando que iba descubierta, pero no, iba toda acristalada y sólo se podía ver bien el exterior desde algunos sitios. En el barco iban turcos, pero había un gran número de turistas, también españoles, por supuesto. Emprendemos la travesía lentamente, observando y dejando atrás la famosa torre Gálata, el Palacio DolmabahÇe esplendoroso junto al agua, pueblos coquetos con casitas de colores coronados todos con mezquitas de altos minaretes, pequeños puertos con barcos pesqueros. Paramos en algunos pueblos como si fuéramos un gran autobús recogiendo y dejando viajeros. A nuestra izquierda estaba Europa y a la derecha Asia, sentía una extraña sensación estando entre dos continentes tan distintos entre sí. Después de un buen rato, divisamos la entrada al Mar Negro. El barco nos deja en Anadolu Kavagi, un pueblo ya en la parte asiática coronado por una fortaleza en la cima de una colina desde la que se puede divisar perfectamente ya el Mar Negro.

Hay muchos restaurantes y puestos para comer buen pescado y, mientras los itaqueños se van a divisar el Mar Negro desde la fortaleza, las itaqueñas elegimos ir a una terraza para tomar una cerveza fría, unos calamares fritos y unas sardinas asadas. Mientras charlamos y comemos se nos acercan muchos gatitos que andaban a la caza de la sardina perdida, aunque en nuestro caso no les cuesta mucho que les demos parte de las raciones.

Cuando vuelven los itaqueños comen algo antes de que zarpe el barco, pero es poco para el hambre que tenemos, así que decidimos comprar unos curiosos bocadillos que veíamos que hacían allí en las planchas callejeras. Marian consigue que nos hagan los bocatas a más velocidad de la acostumbrada. Mmmm... los bocadillos eran de un pescado parecido a la caballa, pensamos que sería verdel o algo similar, con lechuga, mayonesa, tomate y cebolla. Nos los comemos ya en el barco, entre risas porque era tan grande que ya no nos cabía, mientras volvemos a la ciudad, sintiendo con fuerza el viento y el sol en el rostro. Vamos observando de nuevo el encanto de las pequeñas poblaciones, de las mezquitas, de los famosos puentes del Bósforo, según el sol va descendiendo poco a poco.

A nuestra llegada al puerto atravesamos el Puente Gálata para divisar una de las maravillosas puestas de sol que se pueden observar en esta preciosa ciudad.

Tomamos el metro que curiosamente va cuesta arriba hasta llegar a las cercanías de la Torre Gálata. Cuando paró el metro, el andén estaba cuesta arriba y me costó salir porque pensaba que aún estaba en marcha, por la inercia.

Subimos a la Torre Gálata en un ascensor, después de pagar la entrada abajo. Luego hay que subir unos cuantos escalones hasta que se llega arriba del todo, donde hay un mirador circular muy estrecho con una barandilla. Nos costó bastante abrirnos paso entre todos los turistas que iban allí para lo mismo que nosotros, pero conseguimos dar la vuelta entera y divisar la ciudad, el Bósforo y el Cuerno de Oro desde un lugar privilegiado.

Poco a poco fue cayendo el sol hacia el horizonte, entre rojas nubes de algodón que filtraban su luz dando una magia a una ciudad ya mágica. La ciudad se empezó a oscurecer bajo una luz rojiza y una neblina provocada por la humedad, y el agua del Cuerno de Oro cambió su color y se volvió dorada, algo que me emocionó porque era uno de los momentos que esperaba de este viaje. Cuando ya anocheció, descendimos y tomamos un té junto a la torre.

La Torre Gálata fue construida en el año 528 durante el reinado del emperador Justiniano, utilizada por los genoveses en el siglo XIII y recuperada por los turcos en el año 1453, cuando Bizancio fue conquistada por ellos. Tiene 61 m de altura, 140 m sobre el nivel del mar, 8,95 m de diámetro y muros de un grosor de 3,75 m.

Después de un descanso en el hotel, quedamos para cenar con Gemma, Marimar y Lucía, en el Pasaje de las Flores, un lugar muy animado junto a Istiklal Caddesi, lleno de restaurantes y bares. No es demasiado barato y la verdad es que fue donde menos comimos y más caro.

Luego, nos fuimos a conocer la marcha nocturna de la zona de Taksim, bailamos, tomamos unas cervezas y nos fuimos al hotel tarde, pero a tiempo de dormir algo para proseguir al día siguiente la visita a la ciudad.

27.03.05

Tomamos el tranvía hasta las cercanías de la Mezquita Suleymaniye. Es la Mezquita Imperial de Solimán el Magnífico, y en ella están sepultados él y su primera esposa. Es una maravilla arquitectónica. Sus constructores quisieron superar a Santa Sofía cuando la construyeron. Está llena de vidrieras multicolores, alumbrada por cientos de velas y como el resto completamente alfombrada. En todas las mezquitas hay un lugar junto a la puerta para descalzarse y dejar el calzado, o en caso de llevarlo con uno mismo, no se puede dejar en las alfombras. También es costumbre, aunque en las más turísticas no es tan respetado, que las mujeres nos pongamos un pañuelo en la cabeza ocultándonos el pelo. Eso es lo que hicimos Marian, Berta y yo, y la verdad es que teníamos un aspecto un tanto pintoresco con nuestras ropas europeas y los pañuelos en la cabeza.

A la salida fuimos a visitar el hamam (baño turco) donde pensábamos ir para ver dónde se encontraba, muy cerca de la mezquita y con el mismo nombre que ella. Nos lo habían recomendado. Luego tomamos un zumo de pomelo.

Cogimos un taxi para ir hasta la Iglesia San Salvador de Chora, una preciosa iglesia en la que resaltan unos maravillosos mosaicos, unos en mejor estado que otros, pero desde luego una buena muestra artística.

Cogimos otro taxi hasta Iglesia de San Esteban de los Búlgaros, una curiosa construcción totalmente metálica y desmontable, tanto que se podría desmontar y montar en otro lugar perfectamente.

Comida en barrio árabe en un restaurante sencillo y nada turístico. Tenía un par de mesas bajitas y cómodos asientos. Para mí fue mejor comida del viaje. El mejor kofte, una especie de salami a la plancha y bollitos de miel con nueces exquisitos. Rápido, auténtico y riquísimo.
Calle Yildirim Caddesi, aprox. Nº 23. 34083 Fener-Fatih.

Enfrente compramos unos bonitos rosarios de los que se utilizan para rezar el Corán. Tienda Tespih Düngasi. www.tespih.com. Muy amables y buen precio.

Por la tarde paseamos por el Fatih (barrio árabe), visitando algunos su mezquita, y otras nos quedamos fuera haciendo compañía a montones de gatitos que había por allí. Yendo hacia allí también pudimos observar el Acueducto Bozdogän. En el Fatih, recorrimos la calle Fevzipasa Caddesi, supongo que es la principal, o por lo menos la más comercial. Nos hizo gracia que lo que más había eran tiendas de trajes de novia, con modelitos incluso de colores, aunque igual eran para las madrinas, no lo sé.

Después de un merecido té en una tranquila terraza oyendo los cantos de la mezquita fuimos a pedir permiso para asistir al día siguiente a la ceremonia sufí. N

Cena en el barrio de Galatasaray, en una casa de vinos y quesos estupenda. Buen servicio y buena relación calidad precio. Pano. Hamalbasi Caddesi, 26. teléfono 0212-2926664.

28.03.05

Después de desayunar, marchamos tempranito al Gran Bazar (KapaliÇarsi). Tomamos el tranvía hasta Beyazit y allí desembarcamos con la intención de arrasar el bazar, al menos las chicas.

El Gran Bazar está en la parte antigua de la ciudad y es un laberinto enorme de calles y pasajes donde hay más de 4000 tiendas. Cada producto tiene sus propias calles y zonas. Se venden telas, kilims, alfombras, joyería, cerámica pintada a mano, figuras de ónice, pipas de “espuma de mar”, bolsos, piel, joyas, ropa, perfumes, imitaciones perfectas de todas las marcas conocidas. Es el paraíso de las compras, aunque hay que regatear mucho y bien para conseguir un buen precio.

Hay tantas tiendas y tantos artículos bonitos que nos ponemos nerviosos porque no sabemos por dónde empezar. Todos queremos comprar unas cuantas cosas, algunas de ellas dispares, así que nos vamos parando en todos las tiendas, esperándonos unos a otros, regateando aquí y allá. Las chicas queremos comprar bolsos imitaciones de marca. Los hay de piel y de plástico, pero nos decantamos por los de piel que son los que hay en la primera parte del Bazar. Tampoco es plan de regalar un bolso de plástico. Después de ver unos cuantos, Marian y yo compramos, bueno, Marian compra 3 uno de ellos para su madre, y yo tenía dos en la mano, un Chanel para mi madre y un Prada para mí, pero en vista de los precios decido dejar el mío. Al fin y al cabo, al final siempre acabo llevando a todos los sitios mi cómoda mochila. Compramos fulares de seda y algodón, al principio no con muy buen precio, pero luego regateamos más por ellos, pañuelos de monedas, encargos de algunas itaqueñas para sus clases de danza del vientre. Hacemos una pausa para comer en un pequeño puesto con mesas en la calle. Perritos calientes y kofte. Tras la comida, los chicos ya se han cansado de Bazar. Ya lo imaginábamos, aunque la noche antes les hicimos hacer una declaración de intenciones en un vídeo de la cámara digital, haciéndoles decir que realmente estaban convencidos de ir al Gran Bazar. Así que, deciden irse al hamam a relajarse con un buen baño turco.

Nosotras seguimos aún toda la tarde. Entramos a ver chaquetas de piel para que Berta se comprara una que le gustaba, y de repente, como el que no quiere la cosa... ahí estábamos las tres frente a un enorme espejo cada una con una cazadora de cuello estilo motorista y con una taza de té en la mano. Ja, ja, ja, pero bueno ¿qué hacíamos Marian y yo si no nos queríamos comprar nada? Al final nos fuimos sin comprar aunque el precio no estaba nada mal, pero aquello es una locura porque ves tantas cosas que te gustan que ya no sabes qué hacer.

Seguimos por el Bazar y compramos lámparas con cristales de colores en la tienda de un chico encantador. Digo lo de encantador porque nos aguantó a las tres durante un buen rato sin largarse corriendo, tuvo su mérito. Hasta echamos un bailecito y todo. Después, estuvimos ayudando a un chico que trabajaba en una tienda de foulards con sus deberes de español y nos regaló un foulard a cada una. La verdad es que son encantadores y saben vender, y aunque nosotras pensábamos que nos hacían un buen precio, ellos desde luego no salían perdiendo. Compramos té de manzana, juegos de vasos de té, camisas, muchas de estas cosas para hacer regalitos a la familia y amigos.

Nuestra salida del Bazar fue lo mejor del día. Apuramos tanto el tiempo que cerraron la puerta tras nosotras. Al salir, una multitud de vendedores se echaron encima. Vendían colonias y calcetines de imitación, etc. Uno de ellos vendía una maleta negra enorme con ruedas y yo pensé “¿quién va a comprar ese pedazo de maleta a estas horas?”. Les dije a Marian y Berta que no se pararan porque sino nos iban a invadir. Eché a andar deprisa para coger un taxi, ya que íbamos justas de tiempo para ir a la ceremonia sufí. De repente me ví sola, ¿¿¿dónde están???, miré atrás y ví a Berta, asomando la cabecilla sumergida entre la multitud de vendedores. Me gritó que estaba comprando colonia y ahí que fui, claro, a comprar también. Echamos a andar, buscando a Marian ya que la habíamos perdido por completo y … ahí que la veo salir de la multitud rauda como el viento... con la enorme maleta de ruedas negra que habíamos visto al vendedor, ja, ja, ja, y además llena de calcetines de imitación. Casi nos caemos al suelo de risa.

Cogemos un taxi para dejar todo en el hotel e ir a la ceremonia sufí en el Fatih. El taxista nos timó descaradamente, pero íbamos con tanta prisa que pasamos del tema. Los chicos nos esperaban en la puerta y entramos. La casa tenía un patio con plantas y no sabíamos ni dónde teníamos que ir. Las chicas nos pusimos un pañuelo en la cabeza. Preguntamos a una chica que entró y nos dijo en inglés que las chicas subíamos a la parte de arriba y los chicos abajo con los hombres.

Subimos arriba, nos descalzamos y dejamos el calzado en un mueble de madera. Entramos en silencio a la sala donde estaban las mujeres y esperamos instrucciones, aunque sin saber si nos entenderíamos. Los hombres estaban abajo en una gran estancia alfombrada y las mujeres arriba observando tras una celosía de madera. Las mujeres musulmanas se situaban más cerca de la celosía, pero nosotras nos limitamos a quedar en segunda fila y esperar a ver qué pasaba. La chica que nos indicó en inglés nos explicaba lo que iba ocurriendo en voz muy baja. Primero se celebró una ceremonia religiosa con cantos, dirigida por uno de los hombres. Se arrodillaban con la cabeza hacia el suelo y luego se volvían a levantar, y así sucesivamente. Cuando esta parte terminó, nos permitieron bajar abajo, aunque no nos dejaron mezclarnos con los hombres. Todos los hombres que habían estado en esa sala se trasladaron a otra contigua acristalada, pero abierta, donde prosiguieron la ceremonia con cánticos que nos ponían la carne de gallina.

Poco a poco fueron entrando los derviches con una larga túnica negra y un gorro alto de forma cónica pero liso por arriba y se fueron colocando en una circunferencia. Pasado un rato largo, se quitaron las túnicas y se quedaron con una camisa y unos pantalones blancos. Empezó la danza... uno de ellos era como si les diera el pase para empezar a danzar, pasaban a su lado, se hacían una especie de saludo/reverencia y giraban despacio, y luego más deprisa y más y más. Poco a poco empezaban a entrar en trance, y casi nosotros también. El ambiente era fascinante. Los hombres de la habitación de al lado cantando y moviéndose de un lado a otro, “OM, OM, OM”, y nosotros, sin darnos cuenta, también oscilábamos de lado a lado, y los derviches giraban mucho tiempo, luego paraban y volvían a empezar. Giraban y giraban y nos preguntábamos cómo no se mareaban, pero supongo que llevarían años haciéndolo, y que era tanta su concentración, que giraban y giraban por inercia, entrando en trance una y otra vez. Las mujeres, arriba, también oscilaban, aunque no les veíamos muy bien desde abajo. Marian nos contó que aprenden a girar con un clavo clavado en el suelo, donde tienen que poner un dedo del pie a cada lado y girar siempre dando vueltas alrededor del clavo.

Salimos todos alucinados y relajados porque la experiencia desde luego fue única, una de las experiencias más fascinantes del viaje.

Cenamos junto al hotel, la última cena todos juntos, ya que Marian, Manu y Carlos se marchaban temprano al día siguiente. Nos despedimos con pena y vamos a dormir tras un ratito de charla en la habitación.

29.03.05

Berta, José y yo visitamos temprano el Bazar Egipcio o de las Especias (Misir Carsisi), un mundo lleno de olores, colores y sabores, y de gente amable que nos invitaban a probar los maravillosos dulces turcos, llenos de miel, nueces y pistachos.

Volvemos también al Gran Bazar para terminar las compras y a mediodía me despido de ellos, ya que mi vuelo salía a las 15.25 h y aún tenía que ir al hotel a por mi maleta.

Tomé un taxi hasta el aeropuerto, y desde él iba contemplando una ciudad maravillosa, llena de vida y de historia, cruce de culturas, repleta de mezquitas con sus minaretes apuntando a un cielo nublado, como si estuviera triste por la despedida.

Al llegar al aeropuerto miré las pantallas y confundí mi vuelo de Air France con otro que salía en 15 minutos. Corriendo al mostrador a facturar la enorme maleta de mi hermana y me dice la azafata que no, que ese vuelo aterriza en Orly, y que el mío en Charles de Gaulle y sale on time, así que más tranquila me doy una vuelta por las tiendas hasta que sale el vuelo.

Aterrizo en París después de un vuelo estupendo, comiendo y durmiendo el resto del tiempo. Pero, cuando enciendo el móvil veo que son las 18.55... (eso me pasa por ir siempre sin reloj) y mi vuelo a Madrid sale a las 19.10. Salgo corriendo, pensando que lo voy a perder, y poniendo un sms a mi hermana para que me mire vuelos posteriores. También pensaba en mi maleta llena de regalitos, que no les daría tiempo a trasladarla al otro avión. En fin, comienzan las carreras por los pasillos, ya que la terminal donde tenía el vuelo estaba en la otra punta. Para colmo, tengo que coger un autobús hasta la terminal y el autobús no está allí, tengo que esperar. El tiempo pasa y pienso que ya no me da tiempo. Me monto en el bus, y distraídamente miro a la gente que va dentro. Un hombre que va sentado lleva reloj y en su reloj pone las 18.10 ¿¿?? Le envío un mensaje a mi hermana preguntando la hora y me confirma la hora... soy un auténtico despiste... olvidé cambiar la hora y aún llevaba hora turca, una hora menos. Bueno, pues entonces me doy cuenta de que no lo pierdo y que incluso mi vuelo llegó antes de la hora, algo poco habitual.

Después del proceso de siempre, me monto en el avión, y una azafata me saluda muy sonriente “hello again” ¿¿??, busco mi asiento y, mientras coloco el bolso que le llevaba a mi madre de regalo bien para que nadie lo aplastara, se me acerca un azafato y me dice en inglés “Deja que coloque yo el bolso de tu madre, a ver si te lo van a aplastar”. En ese preciso momento me digo a mí misma“glup, esto ya lo he vivido antes”¿¿??. Pues bien, la azafata era la misma del vuelo Estambul-París… el azafato también... y el avión también. Me eché a reír a carcajadas, tanto correr por el aeropuerto para al final coger el mismo avión. No me lo podía creer. Le dije al azafato que ya podían haberme dejado ahí durmiendo mientras se trasladaban de terminal. Y además... yo preocupándome por mi maleta, y ni siquiera se había movido de allí.

Eso pasa por estar siempre en las nubes, nunca mejor dicho. El vuelo transcurrió leyendo y con muy buenas atenciones por parte del azafato.

La llegada a Madrid y la recogida del maletón sin problemas... y a casa, a seguir soñando con Estambul y con próximos viajes.

Un gran viaje, unos compañeros excepcionales y una ciudad digna de volver a ser visitada más de una vez.

Fecha: 
April 2005
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Comentarios

Imagen de Morgana

Fascinante Estambul

Releo toda la crónica y no he dejado de sonreir. Qué buen viaje!! Qué buena compañía!! Qué bien lo pasé!! Inolvidable Estambul. Prometí volver a callejear y tomar unos tés en sus terrazas :-) Gracias por la crónica recuerdo Olga.

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