Todos los viajes comienzan por un sueño, y por supuesto... este viaje también. Mi viejo sueño de ir a la Amazonia, y conocer el país más grande de Sudamérica, el país en el que la Naturaleza es desbordante, y en el que vive el Río Madre de todos los Ríos, el Amazonas, el cual es tan inmenso que desde una orilla es imposible ver la de enfrente y en el que aún hay rincones desconocidos y misteriosos, la selva más impenetrable y con tantas especies de fauna y flora, de las que aún desconocemos gran parte. Todo en este país emanó siempre misterio para mí, y su gran geografía se nos quedaba demasiado grande para verla en sólo 21 días, así que tuvimos que seleccionar una pequeña parte, con la esperanza de volver no una vez, sino unas cuantas más a descubrir todas sus maravillas.
También tengo que decir que mi sueño inicial para estas vacaciones era viajar al sur de Perú y a Bolivia, para poder visitar el mayor salar del mundo, el Salar de Uyuni, del cual había visto unas fotos tan fascinantes que se me habían quedado grabadas a fuego en la mente. Y por supuesto, en Perú, los maravillosos asentamientos del Imperio Inca. Pero bueno, habrá otros viajes, y otros sueños... que llegarán en otro momento, no hay prisa.
En mayo, Marina y Montse me propusieron viajar a Brasil, y me pareció fascinante, aunque inicialmente no fuera mi viaje planeado para estas vacaciones. Comenzamos a buscar vuelos baratos a Río de Janeiro desde Madrid y Barcelona, y también los vuelos internos, ya que, como he dicho antes, Brasil es un país enorme, tan grande como el continente europeo, y nos ahorraría tiempo coger algún que otro vuelo, aunque nos encareciera el presupuesto. Los trayectos en coche hubieran sido demasiado grandes, aparte de las horas que tendríamos que estar conduciendo, y no nos apetecía nada estar tanto tiempo al volante.
Había una serie de lugares que queríamos visitar: Amazonas, la costa nordeste, la zona sur de Río, las cataratas de Iguazú, el Pantanal... demasiados, así que tuvimos que recortar y eliminar Amazonia, ya que hubiéramos necesitado al menos una semana y es un lugar que prácticamente merece unas vacaciones enteras.
Así que, Marina y yo reservamos vuelos Madrid-Río-Madrid con Iberia, pero con los billetes emitidos con puntos de la tarjeta Travel Club, 3000 puntos+175 Euros, y Carmen y Montse reservaron con Air Madrid por 500 Euros aproximadamente. Más tarde se nos unieron a la expedición Susi, Julio y Carlos.
Aunque preferíamos un viaje con improvisación y serendipeo, las dimensiones del país nos obligaron a establecer una ruta base para poder reservar los vuelos internos. Así que el recorrido aéreo sería Río-Salvador de Bahía-Recife-Fortaleza y San Luis-Río. 4 vuelos por 304 Euros con la compañía brasileña Vasp (www.vasp.com.br), más barata que Varig (www.varig.com.br).
Este recorrido lo haríamos Marina, Susi, Carlos y yo. Carmen y Montse se bajarían a Iguazú desde Fortaleza, mientras nosotros recorríamos la costa desde Fortaleza hasta San Luis, para proseguir luego con nosotros desde Río hacia el sur, y Julio se iba una semana antes a España, con lo cual sólo llegaría con nosotros hasta Recife.
Cuando nos encontráramos en Río de Janeiro bajaríamos los seis juntos a Paraty e Ilha Grande.
Así que el recorrido que contaré en esta crónica será Río-Salvador de Bahía-Recife y Olinda-Fortaleza-Jericoacoara-Lençois Maranhenses-San Luis-Río de Janeiro-Paraty-Ilha Grande.
18.09.04
Después de muchos nervios por el viaje, salimos casi a la hora prevista, y después de diez horas de vuelo, llegamos a Río a las 22.00 h. aproximadamente.
Una vez que estuvimos todos juntos, ya que Julio, Montse y Carmen nos estaban esperando allí, cogimos un autobús oficial del aeropuerto que nos llevaría al Hotel Regina, donde teníamos habitaciones reservadas sólo para esa noche, en la zona de Playa Flamingo.
En el bus, íbamos charlando, ilusionados por la perspectiva del gran viaje que teníamos en puertas. Yo estaba manejando la nueva cámara digital de Susi, cuando de repente, un tipo armado con una pistola vino hacia nosotros, me la arrancó de las manos y se la colgó del cuello. Al pararse donde yo estaba, miró mi mochila de mano, en la que llevaba todo lo de más valor, y me la cogió. Intenté retenerla, pero ante una mirada de Marina la solté. El siguió hacia la parte trasera del bus, y al volver, le cogí la mochila y le dije que me diera al menos el pasaporte. Se quedó un poco parado, pero siguió hacia delante del bus. Luego me dijeron que no debía haber opuesto resistencia alguna, porque al que dice “no” le pegan un tiro y les da igual, la vida no tiene allí el mismo valor. Además había otro tipo armado en la parte delantera del bus apuntando en la cabeza al conductor. Salieron los dos corriendo y montaron en un coche que les esperaba detrás del autobús. Nos fueron siguiendo durante un rato largo, mientras yo le insistía al conductor con llamar a la policía, pero creo que tenía demasiado miedo.
Me disgusté mucho porque se llevó mis dos cámaras, dinero, teléfono, tarjetas, documentación, ropa, libros, el cuaderno para la crónica de este viaje, bolsa de aseo... además de los billetes de avión de vuelos internos de todos.
Seguidamente fuimos a poner la denuncia a la Policía Civil de Río de Janeiro. Al día siguiente temprano volábamos a Salvador de Bahía, por lo cual yo necesitaba alguna documentación para poder moverme por el país, pero el Consulado estaba cerrado ya que era sábado por la noche. Hablé con un teléfono de emergencia y me dijeron que no tendría problemas llevando la denuncia y una fotocopia del pasaporte. Menos mal que en los viajes me auto-envío por e-mail fotocopias escaneadas en color de la documentación y pude imprimir una para por lo menos tener una identidad y a partir de ahí conseguir un salvoconducto.
19.09.04
Madrugamos mucho, ya que el avión salía a las 8.35 am, y al no tener billetes, ni yo documentación, era de suponer que tendríamos problemas.
Una vez en el aeropuerto, se negaban a emitir los billetes de nuevo sin la autorización de Vasp en Madrid, y siendo domingo estaba cerrada. Además los billetes estaban emitidos manualmente, y aunque veíamos nuestros nombres en la pantalla, no nos permitían volar. Después de mucho tira y afloja y de soltarnos con nuestras primeras palabras en portugués, llamaron del avión reclamándonos, y entonces como por arte de magia, las cosas cambiaron y nos autorizaron a volar.
Llegamos pronto a Salvador de Bahía y montamos en una Vanette los siete en busca de una pousada por el casco viejo, llamado Pelourinho. Después de ver algunas, nos decidimos por la Pousada Colonial, un edificio colonial blanco rehabilitado, con rejas en las ventanas de color amarillo, muy acogedor, con suelo de madera y camas con dosel. Después de dejar las mochilas, nos fuimos a caminar por el centro histórico.
En la zona en la que nos alojamos las casas están bastante abandonadas, aunque en el pasado debieron ser alegres y coloridas. Cuanto más nos acercamos al centro, más cuidados y bien pintados están los edificios. Es una ciudad colonial preciosa, y además, la más africana de Brasil, algo que me cautiva. Las iglesias y edificios están pintados de colores, las calles empedradas, y la luz y el ritmo invaden las calles y plazas. Hay muchos restaurantes, tiendas, lugares para tomar zumos, y también muchos turistas.
Comemos en la terraza de A Cantina de Lúa, un restaurante situado en una plaza enorme del Pelourinho. Carne, pescado, ensaladas de bacalao, todo regado con nuestra primera cerveza brasileña, una Brahma.
Un grupo llamado Açucar se pone a tocar salsa y nos animamos a bailar Montse, Susi y yo, ya que oyendo la música habíamos olvidado las penas de la noche anterior, y los pies se nos iban solos. Incluso seguimos bailando cuando comenzó a llover. La gente parece tener el ritmo metido en el cuerpo y da gusto verlos bailar. Rebosan alegría, son sonrientes y muy agradables, y aunque al principio nos cuesta entenderlos y hacernos entender, poco a poco se va haciendo más fácil, y logramos mantener conversaciones más largas.
20.09.04
La mañana en Salvador fue movidita. Susi y yo queríamos comprar una cámara de fotos y también teníamos que ir al Consulado para conseguir mi salvoconducto que me sirviera como documento hasta mi vuelta a España. Los demás se fueron comprar los billetes de barco para salir a mediodía hacia Morro de Sao Paulo (isla situada a dos horas al sur de Salvador) y pasar un día allí. En el Consulado me pidieron dos fotos, y cuál no sería mi sorpresa cuando en la tienda de fotografía me dijeron que con camiseta de tirantes no me la podían hacer, que me tenía que tapar un poco. Así que, como no teníamos nada, y las camisetas de las chicas de la tienda eran como las nuestras, en la máquina de revelado ví a un chico moreno con una camisa roja y le señalé diciendo a las chicas que quería su camisa para ponérmela y hacerme la foto con ella. Las chicas de la tienda empezaron a reírse un poco avergonzadas y el chico, aunque era muy moreno, se puso hasta colorado, pero conseguí que se la quitara y hacerme la foto con ella.
En el tiempo de espera de la foto, fuimos a comprar una cámara a un centro comercial, y en vista de los precios que tenían, más del doble que en España, decidimos comprar una Olympus compacta entre las dos igual que una de las que me habían robado. Al volver a por las fotos me encontré con la sorpresa de que las habían hecho tamaño cartera... y el Consulado a punto de cerrar en media hora. Me las volvieron a hacer a toda prisa, con el consiguiente desnudo de nuevo del chico de la tienda y conseguimos llegar a tiempo al Consulado para que me hicieran el documento. Así que, así fue como desnudé a mi primer chico brasileño y no una, sino dos veces.
Después de tanto stress, conseguimos llegar a coger el catamarán que nos llevaría a Morro de Sao Paulo, que salía a las 14.00 h (45 R i/v). Después de 2 horas y media de una travesía saltando sobre las olas, con el consiguiente mareo de algunos compañeros de viaje, y de incluso ver un par de ballenas, llegamos a Morro.
La visión de la isla desde el barco me encantó. La parte izquierda tiene poca altura que va aumentando hacia la derecha formando lo que se llama allí “morro”. Justo ahí, en su parte más alta se encuentra un faro blanco, que luego veríamos más cerca.
Al desembarcar, ya nos ofrecen pousadas, pero preferimos andar, comer algo y luego buscar alguna en la tercera o cuarta playa, ya que cuanto más alto es el número, más bonita y alejada es la playa.
Las calles son de arena de playa, no hay carreteras ni coches, tienen muchas tiendas y puestos de zumos. Según caminamos nos encontramos la primera playa, y luego la segunda, con una vista espléndida del faro, y allí comemos (strogonoff, mariscada de pescado y marisco, todo por 120 R los cinco) junto a la playa.
Tras la comida, buscamos pousada y encontramos una muy barata en la tercera playa, la Pousada Tía Lita, por 80 R los cinco con Internet incluido. Es un poco básica, por no decir cutre, pero para una noche nos sirve, y más estando junto al mar.
Salimos por la noche a tomar unas caipirinhas de fresa, muy cargadas de cachaça, y que lo único que tenían de fresa son las pepitas.
21.09.04
Consigo levantarme a las 5.30 h para ver un amanecer espectacular con casi todos los colores del arco iris y hago unas cuantas fotos. Después de tomar el café da manhá y darnos un baño en el mar salimos corriendo hacia el embarcadero porque el catamarán de vuelta a Salvador sale a las 11.30 am.
A la llegada al puerto, entramos un rato al Mercado Modelo (situado en la parte baja de la ciudad, junto al puerto y al Elevador Lacerda que es un ascensor gigantesco que te transporta a la parte alta y vieja de la ciudad o Pelourinho) para comprar algo de ropa para mí, ya que me habían robado la mayoría de la ropa. Venden mucha artesanía y ropa, e incluso fuera hay un espectáculo de capoeira, aunque lo cierto es que era bastante guiri.
Cogemos el Elevador y comemos en un restaurante llamado Mamá Bahía unas estupendas pechugas de pollo especiadas, y con música en directo que nos amenizó la comida con música de Caetano Veloso, Toquinho, Gilberto Gil y más música bastante conocida brasileña.
Después de una ducha, nos fuimos al Pelourinho y lo pasamos genial bailando al son de las bandas de música que ensayan para los Carnavales. Tienen el ritmo metido en el cuerpo y tocan el tambor de una forma que vibra hasta el suelo. Nos tomamos una cerveza y se nos une Joaquín, un chico canario que se aloja en nuestra pousada. Anduvimos luego tomando caipirinhas en un bar donde tocaban reggae, hasta que caímos derrotados en la cama.
22.09.04
Cogemos temprano el vuelo a Recife, nuestro siguiente destino, pero volvemos a tener problemas con los billetes de Vasp. No tienen los billetes porque no les ha llegado el fax de Vasp en Madrid. Después de mucha conversación con Madrid y con la brasileña bastante borde del mostrador, y con el vuelo a punto de despegar, llegan emitidos los billetes de todos por fin. Después de tantos nervios, salimos con 3 horas de retraso y llegamos ya de noche a Recife.
Cogemos un taxi en el aeropuerto hasta Olinda (39 R), ciudad situada a 6 km de Recife y buscamos alojamiento en el Albergue. Nos cuesta sólo 19 R a cada uno y como siempre con el “café da manhá” incluido (desayuno compuesto por café, zumos variados, tostadas, galletas, fiambre y frutas como piña, sandía, mango, papaya, melón). El lugar es de lo más agradable y tranquilo, con un jardín muy cuidado, hamacas colgadas e incluso una pequeña piscina. Las habitaciones son comunitarias y tienen literas y baño con ducha en la habitación.
Tras dejar las mochilas en las habitaciones, nos vamos a caminar por el centro histórico y cenamos en un bar del pueblo: carne de sol (muy hecha y salada), peixe frito, calabresa (una especie de chorizo criollo), todo con papas fritas y ensalada.
23.09.04
Tras el desayuno fuimos a visitar el casco histórico de Olinda, que es ciudad Patrimonio de la Humanidad, y tan bonita como su nombre indica dado por sus descubridores que dijeron al verla “Oh, linda!”.
Comenzamos por una plaza ajardinada en el centro. Abundan los ficus gigantes con troncos fibrosos (con esos alucino cuando voy a Sudamérica porque lo máximo que conseguimos en Madrid son arbustillos de un metro), las alegrías, los bananos, las buganvillas, los potos enormes y los anacardos, cuyo fruto, el cajú, está compuesto por lo que conocemos como anacardo y una fruta de color claro que está exquisita, al igual que su zumo, que se convirtió en uno de nuestros favoritos, de los casi 20 zumos diferentes que probamos.
Es la Plaza do Carmo, con la Igreja do Carmo en lo alto de una pradera verde. Continuamos a la derecha (Rúa de Sao Francisco) viendo el Convento de Sao Francisco. Subimos la cuesta de la Misericordia, una calle muy empinada la cual llega a la parte más alta de la ciudad, y donde está la Igreja da Misericordia y luego bajamos por la rúa Bispo de Coutinho, donde está el Museu de Arte Sacro y vistamos la Igreja da Sé también. Volvemos a la Plaza do Carmo y subimos la Av. Liberdade y la Rúa 27 de Janeiro (Igreja Sao Pedro). Continuamos por la Rúa 15 de novembro y visitamos el Palacio dos Gobernadores. Este recorrido lo pongo a título informativo para quien quiera disfrutar de un paseo por una de las zonas más bonitas de la ciudad. En el albergue se pueden conseguir planos y más información.
Después del paseo tostándonos por un sol abrasador, tomamos un taxi hasta Recife para visitar su casco histórico.
Está dividido en dos partes mediante canales. Son edificios altos, a diferencia de Olinda, con fachadas muy adornadas y pintadas de colores. Hay bastante gente y mucho movimiento. Comemos en Donatario (c/ Bom Jesús) (8 € p.persona). La comida estupenda: ensalada de marisco y camaroes Sao Pedro (gambas, mejillones y fetuccini). El resto de la comida fue a base de pescado, gambas, mejillones, arroz, pasta y de postre mousse de chocolate y torta alemana, una tarta con chocolate blanco y negro y con galletas, exquisita.
Visitamos a Capela Dourada y el Museo Franciscano de Arte Sacro. Tiene un sencillo claustro con jardines y una cruz grande en el centro. El patio tiene figuras de santos con pelo natural, detalle que también me llamó la atención en Guatemala.
Después visitamos el Mercado de San José, lleno de artículos de cestería, ropa, comida, etc. Fuera del Mercado también hay puestos por toda la calle y hay muchísima vida. Siempre he pensado que en los mercados se puede aprender bastante sobre las gentes que pueblan un lugar y sus costumbres.
Más tarde, tomamos un taxi, y así conocimos a Cide, un taxista encantador, que nos cayó tan bien que estuvimos con él toda la tarde y con el que fuimos al día siguiente a Puerto Galinhas. Visitamos el Castillo-Museo de Olaria de Brennan (a ½ hora de Recife). En su interior hay armaduras, espadas, puñales y toda clase de armas de época. Más que el castillo, me gustaron los jardines que lo rodean, llenos de estatuas e incluso un gran estanque lleno de patos, ocas, cisnes negros y blancos, flamencos, colibríes e incluso un guará, el ave representativa de Brasil, parecido al flamenco pero de color rojo anaranjado, muy llamativo.
24.09.04
Habíamos quedado con Cide a las 8.00 am para ir a Puerto Galinhas, que era la playa por la que entraban los esclavos negros que venían de Angola, de ahí su triste nombre. Está situada a 60 km de Recife.
Según nos alejamos de Recife que es una ciudad muy grande, van desapareciendo los edificios y empezamos a ver los campos de caña de azúcar, anacardos y cocoteros.
La playa de Puerto Galinhas es muy larga, preciosa, llena de cocoteros y arena dorada. Damos un paseo en jangada, la embarcación típica de la zona y aunque sopla mucho viento y el agua no está muy clara, conseguimos ver peces de colores cuando les damos comida. La embarcación es curiosa, es una plataforma de madera con dos asientos pequeños de madera, a modo de sillas. Tiene una gran vela triangular y los remos son muy grandes, casi desproporcionados.
De vuelta a la playa, compramos a los vendedores vestidos y bisutería. Allí venden de todo, comida, refrescos, helados y zumos. Una señora muy mayor lleva un carrito con recipientes de acero inoxidable con comida caliente que nos llama la atención. Uno de ellos tiene gambas, y otros marisco, cangrejo y atún, todo ello cocinado con leche de coco. Después de probar esta comida, llegué a la conclusión de que era lo más rico que había probado en mi vida, aún comiéndolo de pie y en cacharritos pequeños de plástico con cuchara de ídem. Creo que, aunque la señora no entendía lo que hablábamos, se dio cuenta de lo que nos gustaba su comida por las caras que poníamos y lo que rebañábamos los cacharros.
Volvemos por la tarde a Recife y vamos a visitar la antigua prisión, ahora convertida en Casa de la Cultura. Conserva la estructura original y las antiguas celdas de los prisioneros ahora son tiendas de artesanía local. Tiene tres plantas a las que se accede por empinadas escaleras de madera y también mediante un ascensor.
Regresamos al albergue y nos preparamos para ir al aeropuerto porque ya nos toca coger el vuelo hacia Fortaleza, a las 00.10 h, con visita incluida al mostrador de Vasp, que se había convertido ya en una costumbre, ya que en Recife nos habían emitido la impresión de los billetes una línea más abajo y nos darían problemas posteriormente si no lo solucionábamos, parecía que nunca íbamos a terminar con esta historia, aunque la verdad es que ya nos lo tomábamos a risa.
25.09.04
A nuestra llegada a Fortaleza, fuimos directamente a dormir al albergue de Hostelling (19R por persona). A la mañana, cogimos un autobús muy cómodo hacia Jericoacoará (30,5 R). Los billetes se cogen enfrente del Hotel Palace, junto a la playa y muy cerca del albergue.
El trayecto duró 7 horas hasta Jijoca, donde se termina la carretera y comienza la aventura. El paisaje durante mucho tiempo es con vegetación seca y parece quemada. Se ven muchos anacardos con fruta amarilla y roja, y también cocoteros, algunos secos. Cada vez va siendo más desértico.
En Jijoca cambiamos de vehículo y tomamos una “jardinera”, una especie de camión bastante grande con filas de asiento-banco de madera, al aire libre y con tejado.
Tardamos una hora en llegar a Jericoacoará. Al principio circulamos por una carretera asfaltada que poco a poco va perdiendo el asfalto y después nos empezamos a perder por caminos de arena de playa hasta llegar a la orilla del mar por la cual proseguimos el viaje hasta Jeri.
Jericoacoará es un pequeño pueblo de 5 calles perpendiculares a la costa. Los únicos vehículos que circulan son buggys y 4x4, ya que las calles son de fina arena de playa. Hay muchas pousadas, tiendas de ropa y artesanía, internet y me llamó la atención que haya vacas sueltas por la calle, aparte de muchísimos perros y gatos muy amigables, como todos los animales que ví en Brasil.
Dicen que hay que tener cuidado y no andar descalzo por la arena, aunque hubiera sido todo un placer, porque existen los llamados “bichos do pé”, unas larvas que provienen del ganado y que se introducen en la piel reproduciéndose después en el interior de la misma, o sea, algo bastante desagradable.
El Parque Natural de Jericoacoará comienza allí mismo y a la izquierda del pueblo, junto al mar, hay una duna enorme a la que la gente sube para ver la puesta de sol. Es un paraíso para windsurfistas, porque el viento es constante y muy fuerte.
Siguiendo la costa hacia la derecha hay una formación rocosa, a Pedra Furada que forma una especie de arco junto al mar. Se llega allí caminando por la costa unos 3 km.
Nos alojamos en la Pousada Peixe d’Ouro. Los dueños son una pareja de italianos muy agradables (20 R). Las habitaciones son de 2/3 personas con baño y un porche con hamacas colgadas, la zona de restaurante es un porche entre exuberante vegetación, e incluso tiene una mini-piscina, de la que nos reímos pero en la que luego nos encantó quitarnos el calor y la arena del día.
26.09.04
Fue un auténtico día de relax. Los demás se fueron a ver la Pedra Furada, pero yo me fui a caminar por la playa, a ver la duna, escribir postales y correos en Internet y a darme un bañito en la piscina de la pousada.
Nos juntamos a la hora de comer en un lugar que nos recomendaron: “Sabor da Terra”. Comimos pescado y camarones con piña en leche de coco, carne a la milanesa, peixe a la plancha, ensalada y de acompañamiento, como siempre, arroz blanco, farofa y patatas fritas.
Por la noche decidimos cenar en la pousada a base de dulces y mango, todo comido con las manos porque no teníamos cubiertos, pero nos sirvió para reírnos un rato.
27.09.04
Contratamos un buggy con conductor (155 R) para dos excursiones, visitar Tatajuba, un pequeño pueblo en las dunas y el Mangue Seco.
Ir en buggy es una gozada. Sentir viento, sol, cielo y mar es una experiencia fascinante. Subes y bajas dunas enormes y te puedes meter por lugares por los que no podría circular ningún otro vehículo. Parece mentira que un vehículo tan pequeño pueda hacer todo eso, claro que sus ruedas son desproporcionadamente anchas comparadas con el tamaño del coche.
El camino hacia Tatajuba desde Jericoacoará es muy interesante. Vamos por unas zonas de dunas móviles y fijas, y por otras a las que hace 50 años llegaba el mar, y en las que había manglares, ahora secos.
Nos metemos por un brazo de mar para coger un barquito (10 R) y ver los manglares. En las raíces sumergidas hay ostras y caballitos de mar (3 clases de ellos).
Por todos los sitios corren a gran velocidad cientos de cangrejos, mucho más vistosos que los que acostumbramos a ver en España, y son de color amarillo y rojo. A nuestro paso se esconden en pequeños agujeros en la arena, al igual que hacen las pulgas, que además se camuflan con el color de la arena.
El barquero busca los caballitos de mar en las ramas de mangle sumergidas en el agua verdosa y salada. Saca algunos caballitos y los pone en una cáscara de coco rellena de agua para que los podamos ver de cerca y tocarlos. Son preciosos y muy delicados y vemos de dos clases: unos oscuros y pardos y otros con colores naranjas y amarillos.
Volvemos al buggy y llegamos a Tatajuba, en medio de un paisaje desértico, lleno de dunas y lagunas de agua dulce casi secas. La vegetación se reduce a pequeños matorrales y mangles que soportan el fuerte viento. Es totalmente salvaje.
Tatajuba es un pequeño pueblo sin asfaltar, con casas dispersas y las calles vacías, supongo que por el calor que hace. Tiene una pequeñísima iglesia blanca con una cabina telefónica adosada en el muro lateral, posiblemente la única del pueblo.
En lugar de parar allí, seguimos y paramos junto a un brazo de mar a comer en un restaurante, bueno, casi una cabaña de madera con tejado de caña: langosta y peixe frito (98 R). El restaurante tiene hamacas colgadas y mesas y sillas dentro del agua, aunque nosotros preferimos comer a la sombra del cañizo, ya que el sol a esas latitudes y en esas horas es abrasador.
Volvemos a Jeri y después de un bañito en la piscina fuimos a confirmar los vuelos de Vasp, algo que requiere cierta paciencia porque hablar en portugués por teléfono no es lo mismo que hablarlo cara a cara, pero como ya he dicho antes, conseguimos entendernos cada vez mejor.
Cenamos en un restaurante estupendo llamado Cárcara (138 R): spaguetti calabresa (con bacon, chorizo y tomate), spaguetti al peixe con crema de leche y camarones en salsa. Es un lugar muy agradable, iluminado con velas. Los restaurantes en Jeri son muy acogedores, tranquilos y con una iluminación tenue.
28.09.04
Madrugamos y hoy visitamos en buggy la Lagoa Paraíso y la Lagoa Azul. Por el camino atravesamos paisajes de desierto y oasis con cocoteros, palmitos y las dunas son impresionantes. Algunas de las más grandes las bajamos en el buggy como si fuéramos en una montaña rusa.
También vemos durante todo el trayecto extensiones importantes de mangle seco, incluso junto al mar, que le da un aspecto un tanto desolador, pero no por ello con menos encanto.
Al llegar a la Lagoa Azul, nos impresiona el maravilloso color del agua, su transparencia, sus orillas llenas de manglares y anacardos. Con un transbordador (o plataforma de madera a remo) cruzamos a una pequeña isla en el centro del lago, donde nos damos unos baños y descansamos un rato. Después proseguimos camino hacia la Lagoa Paraíso y comemos en un restaurante con una buena vista sobre la laguna: peixe frito, camarao y peixe en leche de coco, todo acompañado con patatas fritas, arroz aliñado con pasas y puré de patata.
Regresamos a Jeri a tiempo para subir a la Gran Duna a ver la puesta de sol. La subida es fácil, surcando el fuerte viento que desplaza la arena a gran velocidad, y que casi nos lleva también a nosotras.
Desde arriba, la vista es preciosa, difícil de describir con palabras. La duna tiene forma de luna en cuarto menguante, con una pendiente impresionante hacia el mar que algunos aprovechan para bajar con tabla de surf. A la izquierda, el mar brillante forma meandros en la arena y el sol limpio y amarillo dorado desciende desde un cielo sin nubes hasta el borde del mar, desapareciendo resplandeciente en el horizonte. Después, descendemos hasta el pueblo, entre una luz azulada y un viento ya frío por la caída de la noche.
Cenamos en la pousada cosas que habíamos comprado en el pueblo y nos vamos a la cama después de una charlita en las hamacas, algo a lo que le habíamos cogido el gusto.
29.09.04
Hoy emprendemos camino hacia los Lençois Maranhenses, toda una aventura en transportes diferentes y sin saber dónde dormiremos y cuánto tardaremos en llegar hasta allí. Montse y Carmen se van a Fortaleza para tomar su vuelo a Foz de Iguazu, algo que nos hubiera encantado ver, pero los Lençois (sábanas en brasileño) nos esperaban con su arena blanca y no podíamos resistirnos. Nos encontraríamos con ellas dentro de 4 días en Río de Janeiro para proseguir el viaje juntos.
A las 7.30 am viene nuestro buggeiro a buscarnos y llevarnos hasta Camocín. La distancia a los Lençois Maranhenses no es excesiva, pero la mayor parte del camino no tiene carretera, así que la primera parte fuimos en buggy (180 R) por toda la costa. El paisaje es impresionante, playas eternas salpicadas por manglares secos y cocoteros. Al llegar a Camocín, abandonamos el buggy y cruzamos en transbordador el río para llegar al pueblo. Allí tomamos un taxi (130 R) y tomamos rumbo a Parnaíba. La intención en un principio era dormir allí, pero en vista de que no nos daría tiempo a visitar el Delta de las Américas a esas horas decidimos avanzar todo lo que pudiéramos hasta que se fuera el sol. Así que, después de comer una hamburguesa en la estación de buses, cogimos otro taxi hasta Tutoia (130 R), ya que teníamos que esperar 2 horas hasta que saliera el bus y nos compensaba pagar un poco más y ganar tiempo.
El camino a Tutoia desde Parnaíba es por carretera, aunque llena de socavones, pero también llena de vegetación media exuberante y cada vez más escasa. Tardamos 2 horas en llegar, con un calor sofocante y ya cansados.
El pueblo es grande, nada turístico y con mucha vida en la calle, comercios y gente. Nos sentimos tentados de quedarnos a dormir allí ya que eran ya las 4.00 pm y pensábamos que ya no habría transportes para seguir camino, pero había un Toyota que salía a las 4.30 pm hacia San Paulino das Neves (a mitad de camino entre Tutoia y Barreirinhas, nuestro destino y punto de partida para la visita al Parque Nacional de los Lençois) y decidimos tomarlo. El trayecto duró dos horas (5 R cada uno) y vamos sentados en la parte de atrás, abierta y con bancos de madera de lado a lado rodeados de gente, mochilas y sacos de cemento. El camino está lleno ya de arena de desierto y la vegetación se va reduciendo a monte bajo, salpicado por algún anacardo y cocoteros.
Cada vez se ven menos casas y las que vemos ni siquiera tienen luz eléctrica. Las vallas están hechas con ramas entrelazadas, y se ven vacas, cabras, ovejas, caballos, burros y cerdos.
Con el trasero destrozado con tanto bote y desplazamiento de lado a lado del banco del coche, llegamos ya de noche a S. Paulino das Neves, un pequeño pueblo surcado por un río del que no pudimos ver demasiado ya que llegamos tarde y salimos al día siguiente muy temprano.
Hay dos pousadas en el pueblo, así que nos quedamos en la primera que vimos, Oasis dos Lençois (35 R por habitación). Enfrente hay tres restaurantes: una lanchonette, una pizzería y uno de comida normal. Vamos al último y cenamos sururu (mejillones muy aliñados con pimiento rojo), strogonoff de pollo y carne y peixe grelhado con ensalada y patatas (52 R)
Dormimos con mosquitera, el único lugar en todo el viaje en el que dormimos así, pero es que las habitaciones estaban plagadas de mosquitos y más fauna que una vez que me quité las gafas no pude reconocer, pero bueno, así casi fue mejor.
30.09.04
A las 7.00 am tomamos un Toyota para ir a Barreirinhas. Dos horas de viaje por caminos de arena, bueno más que caminos, el coche iba rodeando matorrales para buscar el mejor lugar para circular.
Al llegar a Barreirinhas buscamos pousada y después de ver algunas, nos decidimos por la Pousada do Porto (20 R), que está en una zona tranquila del pueblo, junto al río Preguiça y con embarcadero.
Empezamos a buscar la manera de visitar el Parque de los Lençois cuanto antes. El Parque Natural empieza a 45 minutos del pueblo. Como no sale ningún Toyota hasta las 2.00 pm por el intenso calor que hace y para ver la puesta de sol (100 R todos) también, comemos antes en un restaurante junto al puerto fluvial: spaguetti, gambas rebozadas y ensalada. Charlamos con una chica hippie encantadora a la que compramos collares y pulseras e invitamos a una cerveza.
Barreirinhas es una población grande, que comienza en el interior y sigue el curso del río Preguiça hasta el final del pueblo. Se nota que nos acercamos al Amazonas por el tipo de vegetación y también el calor húmedo.
Hay dos excursiones que podemos hacer desde allí: Visita a la parte sur de los Lençois Maranhenses, a la Lagoa Azul y a la Lagoa do Peixe; y subida por el río hasta Caburé, Atins y Mandacaru.
Hoy hacemos la primera de ellas.
Salimos a las 2.30 pm y a los 45 minutos empezamos a divisar los Lençois. Ya me muero de ganas de llegar, con todo lo que habíamos esperado para llegar hasta allí. El coche nos deja junto a una duna muy alta y subimos corriendo para ver lo que hay detrás. El espectáculo desde lo alto nos deja impresionados: las azules y verdes lagunas de agua dulce flotando entre las dunas de arena fina y blanca.
Es como un sueño, caminamos por las dunas y nos bañamos en un par de lagunas. El agua es dulce (de lluvia) y limpia. Hay miles de pequeños peces que se rozan con nosotros cuando nos bañamos si nos quedamos quietos.
Las dunas blancas se extienden hasta donde se pierde la vista, hasta el horizonte.
Antes de irnos vemos la puesta de sol, que en otro lugar hubiera sido normal, pero allí es de lo más especial, aunque ese día no fuera espectacular porque no había nubes.
Volvemos al pueblo y salimos a cenar algo. No esperábamos encontrar mucha marcha nocturna, pero al llegar a la plaza había mucha gente y música. Pero nos equivocamos pensando que el pueblo estaba en fiestas... era un mitin de las elecciones municipales, muy al estilo americano, con globos, puestos de comida, bebida y tiro al blanco con escopeta. Nos tomamos unas cervezas y unos pinchos muy ricos de ternera con repollo y patatas fritas y damos una vuelta para ver el ambiente.
01.10.04
Nos levantamos temprano y fuimos a hacer una excursión en lancha por el río Preguiça hasta Caburé.
El río es más ancho y caudaloso de lo que me esperaba. El agua es verde y durante todo el camino está lleno de manglares muy altos con fuertes ramas agarrándose a la tierra dentro del agua.
De vez en cuando el mangle se despeja y aparecen dunas de arena casi blanca. Un paisaje un tanto extraño; la humedad del río y del mangle y de repente la sequedad de las dunas.
Hacemos una parada en un chiringuito para tomar coco helado y había macacos muy graciosos a los que la gente daba fruta para comer.
La siguiente parada fue en Mandacaru, un pequeño pueblo con un magnífico faro rayado, blanco y negro, de 35 m de altura y 47 m sobre el nivel del mar. Por 1 Real se puede subir por una escalera de caracol. Desde arriba, la vista es espectacular. Se alcanza a ver el mar (porque el faro está junto al río, no junto al mar), los Lençois y el río.
Embarcamos de nuevo y en 15 minutos llegamos a Caburé, que más que un pueblo es una aldea con cabañas dispersas, sin carreteras, sólo arena de playa, muy tranquilo. Caminando desde el río 10 minutos por la arena se llega al mar, ya que estamos muy cerca de la desembocadura, y esto es como una lengua de arena entre el río y el mar. La playa es de arena blanca y abierta. Es tan larga que no se ve el final.
Comemos en un restaurante con hamacas colgantes frango (pollo) a la plancha, camaroes con piña y coco, ensalada y papas fritas (70 R).
Después embarcamos de nuevo y volvemos a Barreirinhas después de una hora.
Buscamos transporte a San Luis, pero el bus-express ya había salido y los taxi eran pequeños para los cuatro con mochilas, así que cogimos el ómnibus (18 R) y en cinco horas de velocidad y curvas llegamos allí a las 11.00 pm. Nos alojamos en el albergue Solar das Pedras (25 R la habitación doble). No nos gusta porque las habitaciones son calurosas y sin una sola ventana, algo claustrofóbicas, aunque el edificio es colonial rehabilitado y muy bonito.
02.10.04
Madrugamos y buscamos primero una pousada menos calurosa. Encontramos una en la calle paralela al albergue: Pousada Portal do Amazonas (80 R la habitación doble). Es un poco cara pero muy bonita, con la fachada blanca y las ventanas y puertas azules, muy integrada en el entorno. Las habitaciones son limpias y de los mismos colores.
San Luis fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Es la capital del estado de Maranhâo y fue fundada por los franceses en 1612, la única en Brasil.
Gran parte del centro histórico forma parte del Proyecto Reviver, un proyecto que desarrolla la rehabilitación de la zona más histórica de la ciudad. Las calles son empedradas y los edificios, no demasiado altos, pintados de colores y otros cubiertos de azulejos portugueses. Tienen balcones con barandillas de hierro forjado y persianas y ventanas pintadas de colores.
Disfrutamos del paseo, aunque con mucho calor, ya que estamos junto al Ecuador. También compramos algunos regalos. Comemos en el mercado camarones a la plancha, buenísimos, frango frito, filete, ensalada, frijoles y arroz.
Un niño se nos acerca y nos pide dinero, pero le ofrecemos invitarle a comer. Devora la comida como si no hubiera comido en días. Daba gusto ver sus enormes ojos oscuros y su sonrisa mirándonos. Es algo que no he olvidado, a pesar de no tener fotos para recordarlo, no es necesario... tengo grabados en la mente esos ojos oscuros y esa inocencia. Nunca sé si hacemos bien o mal dando comida a quien nos lo pide o fomentamos la mendicidad, pero si un niño me pide comida, no puedo decirle que no, cuando está en mi mano poder hacerlo y cuando no sé el tiempo que lleva sin comer.
Por la noche salimos a comer unos perritos calientes con zanahoria en los puestos callejeros. Si dejamos algo en el plato, alguien se acerca y nos lo pide. A unos niños que hacen esto les invitamos a perritos, y se ponen contentos en una mesa a comérselos. Parece que no hay mucha marcha nocturna, ni música callejera. Lo único que hay es algún bar con terraza y música y un montón de hippies vendiendo artesanía con los que ya habíamos charlado y comprado abalorios.
03.10.04
Embarcamos en la lancha colectiva (10 R) rumbo a Alcántara, que dista de San Luis 1½ horas. Es una pequeña ciudad Patrimonio Cultural de Brasil. Casas coloniales de colores, pero una gran mayoría en estado de abandono e incluso quemadas. A diferencia de San Luis, hay mucha gente por la calle porque es día de elecciones municipales, y parece toda una fiesta.
El calor es asfixiante, y estamos deseando llegar a una sombra porque al sol no se puede aguantar. Comemos en un bar junto al puerto y la vuelta la hacemos en catamarán pequeño. El viaje es una pasada, saltando sobre las olas y empapándonos. Al llegar a San Luis tenemos que desembarcar en un lugar cerca del puerto, ya que había bajado tanto la marea que el catamarán se hubiera quedado varado en la arena. Nos vamos a la pousada y descansamos para coger el vuelo a las 5.00 am.
04.10.04
El vuelo de San Luis a Río dura casi seis horas y la mayor parte vamos durmiendo.
Quedamos con Monse y Carmen (que ya volvían de Iguazú) en la Rodoviaria (estación de buses) para tomar un bus hacia Paraty (30 R).
El viaje duró 4 ½ horas y el paisaje es precioso, montañas verdes con vegetación espesa, mar azul tranquilo salpicado por pequeñas islas verdes y azules. Todo el viaje transcurre por una carretera bordeando la costa.
Llegamos a Paraty y la estación está cerca del centro histórico. Miramos, como siempre, varias pousadas. Son más caras, ya que este pueblo es más turístico, y finalmente nos quedamos en Pousada Magnus (25 R). Está limpia y es muy tranquila.
05.10.04
Salimos a dar una vuelta para conocer el pueblo. Tiene mucho encanto. Las casas son de un blanco impecable con las ventanas y contraventanas pintadas en colores y con grecas de colores en las esquinas, bajo el tejado y rodeando puertas y ventanas. No tienen más de dos plantas y las calles conservan su empedrado original, algo incómodo para caminar, ya que si se quiere disfrutar del paseo y hay que mirar al suelo para no caerse, las dos cosas son imposibles, así que aprovechamos las zonas centrales para caminar, más lisas, a las que llamamos el “carril bici”, ya que la gente se mueve allí mucho en ese medio.
El pueblo está situado junto al mar, en una bahía que cuenta con más de 300 islas llenas de vegetación. El color del mar es azul intenso y puro, y el puerto está lleno de barcas cuidadas pintadas de colores vivos.
En el pueblo se ofrecen excursiones a playas cercanas, ya que en la que está en el pueblo no es recomendable el baño.
Las calles del centro están llenas de tiendas de moda, restaurantes y tiendas de artesanía, todo muy turístico.
Caminamos cruzando el único puente que hay en el pueblo y nos dirigimos al Fuerte situado en lo alto del pueblo, desde el cual tenemos unas vistas magníficas de Paraty y de la bahía.
Después, nos dirigimos caminando a la playa de Jabaquará, y aunque el tiempo no acompaña para bañarse, comemos en la terraza de un restaurante en la playa, Capitán dos Copos, (pulpo rebozado, provolone frito, frango grelhado, strogonoff, gambas en leche de coco, todo ello por 154 R). Por la tarde vamos de tiendas y a Internet.
06.10.04
Desayunamos y nos vamos a la estación de buses para coger bus a Angra do Reis (19 R), y tomar allí el barco hacia Ilha Grande (5 R).
Es un barco grande de madera y blanco y el viaje a la isla dura dos horas en las que nos moríamos de frío, y nos tuvimos que poner toda la ropa de abrigo que llevábamos. Al principio sólo estaba muy nublado, pero luego empezaron la lluvia y el fuerte viento. Cómo echaba ahí yo de menos mis pantalones largos, ya que el pantalón-pareo no me abrigaba demasiado.
Llegando ya a Vila do Abraâo (el pueblo “capital” de la isla), se ve la isla montañosa e intensamente verde, con el Pico del Papagayo como punto más alto de la isla, más de 400 metros, y con una forma muy curiosa, tal y como su nombre indica.
Creo que aquí volveré, a pasar al menos una semana, ya que es un pequeño paraíso que merece la pena descubrir con más tiempo y más profundamente.
Tenemos mala suerte con el tiempo, llueve y hace frío y esperamos que el día siguiente mejore para poder ver al menos la isla sin la capa de niebla sobre sus montañas.
Buscamos una pousada y nos quedamos en la Pousada Juliana, con unas habitaciones de dos plantas, con TV y aire acondicionado en el interior del pueblo,
Vila do Abraâo es la mayor población de la isla y a la que llegan los barcos desde Angra dos Reis y Mangaratiba. Está situada en el este de la isla y desde allí comienzan los trekking para ir a la Playa Lopes Mendes y alrededor de toda la isla. No existen carreteras y el único medio de transporte es por mar. Los únicos vehículos a motor que vemos son los de los bomberos y policía, aunque solo uno de cada.
Se respira tranquilidad nada más llegar a la isla. Los barquitos de colores meciéndose en el agua, los perros durmiendo en las calles y las montañas de verde mata atlántica contrastando con el magnífico cielo color azul con alguna que otra nube espectacular.
En el embarcadero se encuentra la oficina de turismo local y la Asociación de Barqueiros con los que se pueden contratar excursiones en barca por la isla.
Ilha Grande tiene más de 100 playas a las que sólo se puede acceder en barco o caminando. Se puede hacer un trekking para recorrer la isla que dura 4 ó 5 días, contratándolo con alguna agencia local (www.ilhagrandeadventure.com.br).
Cenamos en el Corsario Negro, recomendado en las guías aunque no muy barato, pasta con frutos do mar, strogonoff, picanha, todo riquísimo.
07.10.04
Hablo con Toba de Ilha Grande Adventures (www.ilhagrandeadventure.com), porque queremos ir a la Praia Lopes Mendes, considerada la mejor de Brasil por muchos y a la que se llega caminando en 2-3 horas. En esta ocasión tenemos que hacer el trayecto en barca porque el camino está embarrado por las lluvias para hacerlo desde Vila do Abraao caminando como nos hubiera gustado.
Compramos los tickets para una barca colectiva (15 R) que sale a las 10.30 y vuelve a las 16.00 h.
El viaje es precioso, acompañado por un tiempo ya estupendo. Llegamos a la Praia das Palmas, desde donde sale un pequeño sendero que llega hasta la Praia Lopes Mendes (15 minutos) a través de la vegetación espesa entre la que incluso vemos una ardilla.
Cuando se acaba el camino, la playa espectacular aparece ante nuestros ojos. Tiene 4 km de larga y su arena es blanca y fina como la harina. Como contraste, el agua es de color azul oscuro, muy intenso. Es una bahía bastante abierta rodeada de montañas verdes coronadas por nubes sobre el cielo azul. Hasta la misma arena llegan los cocoteros y una especie de nogal que desconozco.
Pasamos el día allí, comemos bocadillos y tomamos unos baños de mar y sol. Después volvemos por el mismo sendero al barco y volvemos a Vila do Abraao.
Cenamos pasta buenísima en el restaurante “Canoa” que se encuentra junto al muelle (130 R todos).
08.10.04
Contratamos con Ilha Grande Adventures también un recorrido en lancha subiendo hacia el norte de la isla, por el lado opuesto a Lopes Mendes (240 R para 6 personas).
Es fantástico sentir la velocidad y el viento en la lancha viendo ese paisaje. Llegamos a la Praia Feiticheira y desembarcamos para caminar hacia una cascada o cachoeira en el interior de la isla.
La caminata dura 45 minutos hasta allí y no es dura, excepto la última parte en la que hay más raíces y piedras. La cascada tiene 17 m de altura y aunque no lleva ahora mucha agua, es muy bonita, y da gusto escucharle, refrescarse y beber su agua.
La vuelta es más rápida con la esperanza de un baño en la playa. Cogemos de nuevo la lancha y pasamos por la Praia do Amor y desembarcamos en Praia da Estela. Hubiéramos visto cangrejos gigantes de no haber estado el agua tan limpia, pero es más fácil verlos con las aguas más embarradas.
Vemos mangles, cormoranes y montones de ururus, que son unas aves negras y pardas, carroñeras, al estilo del cuervo, y con un vuelo muy relajante y vistoso.
Volvemos al pueblo y a las 17.30 h cogemos el ferry a Mangaratiba (10 R). Me costó despedirme de Ilha Grande. Nuestro barco se alejó, igual que el sol iba desapareciendo tras las montañas de la isla hasta que desapareció en la oscuridad y en el horizonte, igual que nosotros nos fuimos alejando de ella.
Al llegar a Mangaratiba, cogimos un bus hasta Río, 2 horas de viaje (10 R) y fuimos directos en taxi al hotel Bandeirantes, que nos reservaron en Ilha Grande Adventures (135 R la habitación doble), a 3 calles de la playa de Copacabana. Tras dejar allí las mochilas nos fuimos a cenar a “Sindicato” (se cena bastante bien, sobre todo por las cantidades, como siempre) en la playa de Copacabana.
9.10.04
Es nuestro último día en Brasil y como nuestro vuelo sale a última hora de la tarde aprovechamos para visitar lo poco que nos da tiempo y lo más típico de Río, el Corcovado y el Pan de Azúcar.
Tomamos un taxi para llegar hasta el Corcovado, ya que siendo unos cuantos nos sale más barato que subir en tren.
El Cristo Redentor o Corcovado es un cristo enorme, de formas bastante rectas con los brazos y manos abiertos. Me impresiona, aunque ya lo hubiera visto anteriormente en muchas fotos, parece intentar proteger con sus brazos a todas las almas que viven a sus pies.
Bajo él hay un mirador desde el que se contemplan unas magníficas vistas de Río y del Pan de Azúcar. Tenemos suerte porque el día está muy despejado y se ve absolutamente toda la ciudad. Desde arriba todo parece indicar que es una ciudad llena de vida y música, alegre, un paraíso perfecto para disfrutar, pero sólo hay que girar un poco la cabeza para ver las casas apiñadas de las favelas en los numerosos morros, lugares donde la vida es mucho más dura. Aún en la distancia se puede observar la diferencia entre una parte de la ciudad y la otra. Suciedad, pobreza, delincuencia, drogas, paro y niños que se buscan la vida desde pequeños y que no tienen un futuro digno como se merecerían. Los llaman “os nenos da rua” porque viven en la calle, y dichoso es el día en que tienen algo que llevarse a la boca. Es el otro lado del espejo, el que no nos gustaría que existiera, pero que esta ahí, a la espera de una solución que nunca llega. Algunas agencias de viajes organizan visitas guiadas a las favelas, algo que me indigna profundamente, porque no solucionan ni aportan nada. Otra cosa sería que el dinero recaudado por estas visitas fuera destinado a mejorar la situación de las personas que malviven allí, pero no, simplemente es una forma como otra cualquiera de hacer dinero. En este viaje, como en otros anteriores, he podido observar las diferencias entre los que tienen mucho, o sea, unos pocos, y los que no tienen nada, o sea, la mayoría.
Cogemos un taxi para visitar el Pan de Azúcar. Se cogen varios funiculares para subir hasta la cima. Me gustan mucho más las vistas de la ciudad desde allí.
Después de esta visita, nos marchamos a Copacabana a comer a una Churrasquería, la primera de todo el viaje y mucho más barata que las que hay en España. Comemos sushi, ensaladas y varios en buffet y muchas clases de carne y marisco a la plancha, demasiada comida para un estómago. Me decanto por el sushi, y prácticamente como todo el tiempo pescado y ensaladas de marisco que estaban estupendas.
Por la tarde, recogemos las mochilas en el hotel y nos vamos al aeropuerto, donde facturamos los equipajes habiendo recogido antes un montón de cosas que habíamos dejado una semana antes en la consigna del aeropuerto.
Tras diez horas de vuelo, aterrizamos en Madrid, donde nos esperaba Pilar, siempre puntual y sonriente para llevarnos a casa. Da gusto llegar y ver una cara amiga esperando al otro lado.
Siento una profunda tristeza al volver a una ciudad ya fría, gris y lluviosa... y echo de menos el maravilloso cielo azul y el sol brillante de Brasil... y como no, la sonrisa de sus gentes, su simpatía, sus ojos oscuros, sus palabras en ese idioma lleno de dulzura, su música y su alegría...
Al entrar a mi casa, y sin deshacer aún el equipaje, escucho un cd de bossa nova y me tumbo en la oscuridad intentando recordar y no olvidar todo lo vivido en este viaje... cierro los ojos y puedo sentir el calor del sol y la arena fina bajo mis pies, y hasta puedo sentir el fuerte viento de Jericoacoará acariciando mi piel.