Sabía que mi vuelta a Roma iba a suponer un cúmulo de profundos sentimientos de nostalgia e inquietud por cuanto dejé atrás hace ya casi 15 años y que, por un tiempo, constituyó mi verdadero hogar.
No obstante, en mi incesante obsesión por lo que iba a encontrar a mi llegada, descuidé todo pensamiento hacia quienes iban a acompañarme y que, fruto de la magia romana –quien sabe–, constituyeron el auténtico regalo de este viaje.
Comenzó mal el trayecto: con un retraso en el vuelo de casi 3 horas que, en mi afán de reencuentro con el pasado, se me antojó enormemente cruel, pues hizo nacer en mí el miedo por encontrar ya crecida y distante a esa criatura que un día abandoné por otra ciudad. Soy consciente ahora, a mi regreso, de lo absurdo de ese miedo irracional, que me llevaría a pensar que podría alterarse en sólo quince años cuanto había perdurado durante casi tres mil.
Pretendiendo ser fiel –en tres días– a todos los rincones romanos, preparé con cura una ruta –imposible de seguir– que iniciamos esa misma noche, en cuanto nos deshicimos del equipaje, dirigiéndonos hacia la Fontana de Trevi.
Como antaño, la repentina visión de la Fuente de fuentes, encerrada entre callejuelas, dominando el Palacio Poli y llenando toda la plaza, me sedujo de inmediato. Aseguramos con una moneda nuestro futuro retorno y continuamos rumbo a la Plaza de España. No advirtieron mis compañeros entonces la agitación interior, mezcla de placer y de ternura, que me dominaba mientras callejeábamos distraídamente y nos recreábamos en la inusual soledad –fruto de la gélida noche- de Via Condotti, del Corso, o del Triton, y que no me abandonó durante todo el viaje.
Inesperadamente para mí, conseguimos ver cuanto había previsto. Al día siguiente, los Museos Vaticanos (repitiendo incluso en la Capilla Sixtina), San Pedro, Castel Sant’ Angelo, Plaza Navona, el Panteón y tantos Palacios, iglesias y fuentes, que surgían a nuestro paso, imposibles de enumerar.
Y el domingo, bien temprano, asaltamos el Moisés de Miguel Ángel, el Coliseo, el Arco de Constantino, los Foros, el Campidoglio, la Plaza Venecia, el Teatro Marcelo, el Templo de las Vestales, el de la Fortuna Viril, y la Bocca de la Verità. Y aún pudimos, por la tarde, cruzar el Tevere por la Isla Tiberina y adentrarnos hasta el Trastévere, para acabar visitando Santa Maria.
Tuvimos tiempo de probar los helados, el café, la pizza, los dulces, el vino, la pasta y los licores. No faltó la vida nocturna, para algunos, e incluso el reencuentro con amigos nunca-olvidados, para mí. No faltó tampoco el cansancio, que afloraba en algunos momentos, fruto de nuestro afán por devorarlo todo. Bien es cierto que las risas y las bromas continuadas e incesantes lo acallaban de inmediato. Y, por encima de todo, no faltó la amistad.
Es por eso que este viaje quiero dedicárselo a quienes me han acompañado y compartido experiencias, charlas, risas, e incluso secretos casi olvidados. A Lidia, cuya dulzura, simpatía e inocencia, hoy en día, es difícil de encontrar. A Marisol, cuya fuerza, vitalidad y seguridad personal, resultan abrumadoras. A Rosma, analista de la vida, cargada de una naturalidad y franqueza que enamoran y, sobre todo, buena amiga donde las haya. A Pablo, ese ser inteligente, observador y fundamentalmente artista. A Carlos, tan sencillo, inocente, curioso y despistado, que despierta una enorme ternura. Y a Txema, esa bestia irónica, buena persona, divertido y también profundo. A todos ellos. Esperando repetir muy pronto.