Cuando, hace apenas unas semanas, partía rumbo a Egipto, ya tenía la absoluta convicción de que ése iba a ser un viaje inolvidable para mí, pues contaba con la referencia de quienes lo habían visitado antes que yo, y de las muchas páginas devoradas sobre la historia, cultura, religión, arte o geografía de ese extraordinario país.
Lo que no alcancé a imaginar entonces es la enorme fascinación que habrían de ejercer sobre mí ciertos aspectos sociales y religiosos, y la intensa admiración que despertarían en mí tanto sus gentes como su cultura.
Podría empezar hablando de la grandiosidad del Egipto faraónico; De la inmensidad y magnificencia de sus templos y pirámides; De la quietud, el sosiego y, por ende, del misterio contenido en sus tumbas; De la angustiosa inmortalidad de sus momias, rescatadas del sueño eterno y renacidas de la muerte; De la sublime belleza de sus pinturas, relieves y esculturas; Y, en definitiva, de la inigualable historia de sus faraones y deidades. ¡Cómo no voy yo a adorar un país que ya fue tan amado por los dioses!
Quisiera también recordar la belleza pura e intacta de las aguas cristalinas de Hurgada. La indescriptible sensación ante el momento mágico de sumergirse en sus templadas aguas infestadas de vida submarina. La admiración por los arrecifes de corales multicolores y por el enorme despliegue de especies marinas endémicas de brillantes colores.
Continuamos nuestro viaje rumbo a El Cairo, corazón de Egipto, centro de gravedad del mundo árabe y marco de intercambio de vida mística y racional. Nos mezclamos y convivimos con sus gentes. Aprendimos de ellos y nos empapamos de sus vivencias.
Y fuimos afortunados al llegar con el Ramadán, el noveno mes lunar, pues nos convertimos así en testigos directos de la sumisión, con absoluto respeto y adoración, a su Dios, Alá; Del ayuno complaciente de los fieles: desde el alba hasta la caída de la noche (según sus palabras: “cuando ya no es posible distinguir un hilo blanco de un hilo negro”); De la conciencia de solidaridad islámica entre sus gentes, siempre impregnada de una mentalidad abierta, moderna y tolerante; Y de la interrelación y convivencia en perfecta armonía de los cristianos coptos con los musulmanes. Porque, según ellos, son, ante todo, egipcios y comparten una veneración común por su tierra.
Me atrevería a decir que, como en su día le ocurrió a Muhammad Ibn Abdallah, Mahoma, yo también fui tocada, en el Cairo, por una revelación. Porque, podré compartir o no los pilares de su religión. Es más, podré abrazar o no un mínimo sentimiento religioso, pero nunca podré dejar de admirar esa fe intensa, profunda, calmada y sentida que impregna toda la vida de la sociedad islámica egipcia, y en la que jamás advertí ni un solo atisbo de integrismo, ni un mínimo brote de fanatismo.
Podría seguir describiendo tantos sentimientos, tantas impresiones... como, por ejemplo, cuán estremecedor resultaba escuchar la llamada a la oración de los almuecines, desde los alminares de las mezquitas, invitando a los fieles a recitar los textos sagrados.
Y podría acabar relatando el sublime momento vivido al contemplar la Galería de Tutankhamon, en el Museo del Cairo. Las cajas de madera laminadas y grabadas en oro, que encajaban una dentro de la otra y en cuyo interior se encontraba el sarcófago. Los dos ataúdes, que encerraban directamente el cuerpo del faraón. El más pequeño de los cuales hecho de oro macizo y con incrustaciones de gemas. Y la máscara, un retrato idealizado del faraón, de oro macizo, con los ojos de obsidiana y cuarzo y rematada toda ella con lapislázuli. Me gustaría poder describir el momento, pero soy incapaz de encontrar las palabras.
No quiero olvidarme de los que, junto a mí, compartieron emociones y vivencias. De Edu, al que nunca podré agradecerle lo suficiente que me permitiera formar parte de su viaje. De Alberto, recién descubierto compañero de aventuras. Divertido y alegre, sensible, culto e inteligente. Y de aquellos otros que conocí ya en tierras egipcias, como Marisol y Toni, que fueron capaces de dar forma a un viaje en el que sólo tuvieron cabida sensaciones positivas y momentos agradables. Que no consiguieron que aprendiera el arte del regateo. Y de cuya amistad, jamás me voy a desprender.
Comentarios
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