Bucear y bucear... y todo bucear

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Cada una de sus habitaciones tiene baño completo, aire acondicionado, TV vía satélite y mini-bar. Las habitaciones de la primera planta dan directamente a la piscina y las de segunda planta tienen una amplia terraza con mesa y sillas.

EL CLUB DE BUCEO:

También se llama Camel y está en el interior de las dependencias del hotel. Allí se organizan los grupos de salidas al mar, se determina qué embarcación sale a qué hora, con qué monitor… También facilitan el equipo que no hayas llevado, equipo de fotografía subacuática, sellado de inmersiones…

La organización es sencilla pero eficaz: Al llegar, y según la titulación que acredites, te adscriben a una embarcación. Tienen unas cajas de plástico, del estilo de las cajas de fruta, con tu nombre puesto en un identificador, donde depositas el equipo completo, tanto lo que aportes tu como lo que te faciliten ellos. A partir de ahí, ellos se encargan de traer y llevar las "box" a la embarcación o al almacén y de pasarlas por agua dulce cada día. Si lo deseas puedes llevarte el regulador diariamente a tu habitación, por aquello de que es caro, importante y delicado, pero no hay ningún problema. También puedes colgar el traje a secar si te parece apropiado, aunque con aquellos calores no es necesario.

Las botellas de aire son otra historia. Son botellas de aluminio de 12 y 15 litros, más delgadas y largas que las de aquí. El primer ruido de la mañana es el golpeteo del aluminio de unas botellas con otras y, ya en el puerto, ves la tripulación de las embarcaciones transportando carretillas de 8 o 10 botellas, en un continuo ir y venir de las embarcaciones al muelle y viceversa. Lo normal es que, por la mañana, se llenen las embarcaciones de tantas botellas como se vayan a utilizar en las dos o tres inmersiones que van a hacerse, y así no sea necesario volver al muelle. Las embarcaciones están preparadas y tienen los costados equipados con unos bancos de madera en los que encajan las botellas, en dos líneas, de modo que puedes ponerte el chaleco sentado y luego, al levantarte, alzar todo el peso.

LAS EMBARCACIONES:

A las 8 de la mañana el muelle parece un mercado persa. Más de 30 embarcaciones dispuestas a salir, con todo lo que mueven, botellas, equipos, tripulación, turistas, policía...

Cada club tiene sus propias embarcaciones pero todas son muy similares. Las identificas por su nombre y por la bandera del club, aunque a veces es complicado ver su nombre porque están tan pegadas unas a otras que resulta imposible. Tal es así que es habitual llegar a tu embarcación cruzando a través de otra u otras.

Y eso, claro, a las 8 de la mañana, pero el meneo es continuo. Yo vi muchísimas embarcaciones y me hice un pequeño cálculo. Camel tenía -que yo sepa- 8 embarcaciones. Si lo multiplico por 24 clubs, que es el número que vi impreso en una camiseta, hablaríamos de 200.

Todas están muy cuidadas y perfectamente preparadas para su utilización, con los bancos para las botellas, plataforma trasera para lanzarse, escalerillas abiertas para subir, perchas para colgar los trajes a secar… Una zona de descanso a proa, en ambos pisos, para los audaces que quieran tomar el sol; cocina y zona de estar; baño; una habitación y zonas sombreadas para disfrutar de los trayectos… Así y todo no hay forma de hacer desaparecer de la mente la idea de que la Península del Sinaí está en medio de ninguna parte.

EN EL HOTEL (PRIMERA NOCHE).

Acabo de darme cuenta de que estoy viendo amanecer. El azul eléctrico que dominaba en el cielo cuando he sacado mi primera foto (la luna, no puedo evitarlo, me atrae, como a los locos), va cambiando a un tono turquesa por momentos, a medida que levanto la cabeza del cuaderno. Claro que son las 5 de la mañana y es mi segunda noche sin dormir.

La llegada ha sido excepcional. Visibilidad 999 Km., como indicaba el tiempo en la página de Itaca, y el avión ha dado una vuelta entera sobre Sharm El Sheikh antes de aterrizar, con lo que he podido ver que nos recibían cientos de piscinas azules luminosas, como flores abiertas, entre miríadas de puntos de iluminación. Una piscina era una estrella de ocho puntas. Precioso.

En el vuelo he hablado con un grupo de 18 catalanes que se van al crucero con el centro de buceo Abando. El resto de la gente se va desparramando aquí y allá, según les indican sus guías, y descubro que solo yo voy al Hotel de Camel, así es que mi guía y yo nos encaminamos hacia el microbús que nos espera. Recuerdo, ya en la distancia, el viejo avión de Luxor y las abundantes y obsequiosas atenciones de la tripulación.

Sigo clavada en esta terraza viendo amanecer aunque me muero de sueño. Estamos a 28º. A medida que amanece se va ensuciando el azul con tintes blanquecinos. Reflexiono en que nosotros no vemos la media luna tan tumbada y, de repente, me doy cuenta de que el amanecer se asienta y el cielo ha perdido su magia, así es que me voy a dormir. He puesto el reloj a las 8 de la mañana. Es decir, tengo un par de horas.

PRIMER DÍA.

Son más de las 9 de la mañana cuando estoy en disposición de ver cómo son las instalaciones del hotel y dónde están las del Centro de Buceo. Compruebo que las dependencias del Club donde organizan las salidas están al lado de la cafetería, y que hay otras instalaciones, junto al restaurante indú, para los cursos de iniciación.

Hay varias personas en el mostrador en ese momento. Me aclaran que el reparto de las embarcaciones y grupos es a las 8 de la mañana pero que hoy me añaden al grupo de Giorgio en el See Star III, que está a punto de salir hacia Jetty Harbour, el embarcadero de Na’ama Bay. Me adjudican una caja de plástico del tipo de las cajas de fruta que nosotros conocemos. Le ponen una cinta impermeable en la que consta mi nombre, número de habitación y elementos alquilados, y en ella queda depositado el cinturón de lastre (7 kg) y el jacket. El cinturón y la botella se ofrecen por el Club con las inmersiones contratadas; el jacket lo alquilo porque no lo he llevado. Añado en la box mi regulador, aletas, gafas, botas, guantes, traje y demás. Todo ello permanecerá en los almacenes de Camel cada noche, y se llevará a la embarcación correspondiente cada mañana. Por precaución retengo en mi poder el ordenador de muñeca aunque estoy segura de que no habría desaparecido.

Aun habiendo salido ya el grueso de las embarcaciones, el muelle es como un mercado persa: abigarramiento de color, banderas, botellas, gente que va y viene… ruido del aluminio de las botellas chocando entre sí, sirenas, motores, voces… Y nosotros, saliendo.

Middle Garden.

Tras un recorrido de unos 15 minutos, la embarcación se detiene a una cierta distancia del arrecife. Frente a nosotros, el Hotel Hyatt Regency y su playa excavada en pura roca. Son las 11 de la mañana y esta primera inmersión tiene todos los condicionantes para resultar un desastre pero, aun así, me parece satisfactoria. El instructor organiza las parejas y a mí, que soy la desconocida, me lleva con él, supongo que para evaluarme. Es la primera vez que uso un traje de 3 mm. así es que no tengo ni idea de cómo voy a ir de lastre. Me han dado 7 kilos y a mí me parecen demasiados porque ese es el lastre que llevo con un neopreno de 6,5 mm y en un mar menos salinizado. También es la primera vez que entro al agua haciendo el Paso de Gigante. Si le sumo un jacket desconocido, los nervios del momento y todo el entorno… Pues… ¡¡una maravilla!!.

Es entrar en el agua, deshinchar el jacket, empezar a descender, mirar alrededor y pensar: ¡Dios mío, he entrado en el Paraíso¡. Todo alrededor es vida, vida con mayúsculas, y yo, una observadora privilegiada. Cientos, miles de peces, de distintos colores y clases, nadando de aquí para allá, cada grupo en una diferente dirección y en un distinto nivel. Unos por encima, otros por debajo, otros a la derecha y otros más a la izquierda. Algunos allá, a lo lejos, y una pareja de peces mariposa (Chaetodon) cruzando curiosos por delante del cristal de mis gafas como queriendo saber qué clase de pez es ese con el que se cruzan. Nuestro grupo es de diez personas. Más a la izquierda y, varios metros por debajo van cuatro buceadores a su ritmo. De pronto. Giorgio señala una figura que se desplaza por delante y a nuestra derecha. Es una gran tortuga. Seguimos nuestro recorrido, con el instructor ante mí y el resto del grupo por detrás.

Descubro los corales, enormes, diversos, extendiéndose a todo lo largo del arrecife. Y toda la flora marina, con su abundancia, riqueza y colorido. No en vano se llama Middle Garden. Realmente es como un jardín, cuidado por un excepcional e ingenioso jardinero que permite que la luz penetre de una forma increíble. A más de 10 metros de profundidad se puede seguir identificando una maravillosa gama de colores y formas. Y, en medio de toda esa grandiosidad, yo, pensando que, a veces, la vida me regala buenos momentos y que este es uno de ellos.

Pero, claro, esa era mi impresión. Nos cruzamos con otro grupo de buceadores y los instructores se saludan. Giorgio pone los brazos en forma de cuna frente a su pecho y los mece a derecha e izquierda. Resulta evidente que la indicación de que lleva un bebé se refiere a mí porque, cuando volvemos a la embarcación me dice que no tengo suficiente nivel y que el siguiente día debería hacer un curso en el mar de una jornada. Estoy tan eufórica por la experiencia recién vivida que me parece bien todo lo que me digan.

Aunque hemos alcanzado 18 metros en algunos momentos, la mayoría de la inmersión se realiza entre 10 y 14, haciendo un recorrido circular. Es una zona de inmersión muy cómoda, sin dificultades ni corrientes, en la que se abundan los corales del tipo porites solida, que es ese coral rojizo que parecen dedos, que siempre acompaña a Nemo en sus película. Nuestra inmersión ha durado 45 gloriosos minutos.

Ya en superficie me informan de que es una inmersión muy útil para submarinistas principiantes y para inmersiones de chequeo, y que también es un punto muy apropiado para inmersiones nocturnas.

Mientras desmontamos el equipo y volvemos al muelle en busca de nuevas botellas, en la cocina de la embarcación están ya presentando el buffet de la comida y, con esa confianza que te da haber compartido una inmersión con la gente que tienes a tu alrededor, hablo un poco con unos y con otros, y así, me entero de que la inmersión contratada incluye toda la bebida que se desee a bordo, tanto agua (embotellada, por supuesto) como coca-cola, café o te. El agua y la coca-cola están en neveras portátiles, entre hielos, y el café o te, siempre caliente y a punto. La comida, sin embargo, es optativa. Cuesta 45 LE o 6 €. Es la única cosa que se paga en la propia embarcación, antes de volver a tierra, y creo que es un servicio que presta la tripulación, independiente del Centro de Buceo. Esta forma de organización es común a todos los centros de buceo del Mar Rojo y tanto los precios como los productos son iguales, incluidos los diversos elementos que componen el buffet, que son unos ocho platos de verduras frescas, tales como tomate, pepino, pimiento…, unos al natural y otros apañados de diversas formas, con especias y cremas tipo mahonesas…; dos o tres platos de pescados, en general, pequeños pescados fritos con harina; dos o tres platos de carne, siempre pollo, evidentemente, y siempre frito con la consabida harina, aunque varía la parte del ave que se presenta en el plato. Las omnipresentes patatas fritas y, para terminar, una cierta variedad de fruta y pastelillos. Junto a todo ello ese pan redondo, plano y sin levadura que se toma en esa zona y que a mí me recuerda el talo vasco, con la diferencia, claro, de que ellos lo hacen con harina de trigo y nosotros con harina de maíz.

Near Garden.

A las 2 de la tarde, cuando se organizan los equipos para la segunda inmersión, el otro instructor que acompaña a Giorgio me propone que nosotros hagamos unos ejercicios en el fondo del arrecife mientras el resto del grupo hace la salida planificada. Descendemos allí mismo, junto a la embarcación, y mientras veo alejarse al grupo, comienza mi formación, que no es otra que practicar los ejercicios fundamentales para todo buceador: control de flotabilidad tanto por el aire del jacket como por el llenado o vaciado de pulmones; poner y quitar las gafas en la cara para eliminar el agua que se haya podido introducir y así tener siempre una visibilidad perfecta y los ojos en buen estado; traer de la espalda al frente, tanto el regulador como el octopus; quitarte el equipo pesado en el fondo y volver a ponértelo; prestar el regulador al compañero, para aprender a compartir el aire de la misma botella mientras se asciende… Hacemos perfectamente los ejercicios una y otra vez, comprobamos que llevo un lastre excesivo, quitamos un kilo de plomo y hacemos un pequeño recorrido para aprovechar el aire y el descenso y volver prácticamente a la vez que el resto del equipo, lo que me permite disfrutar un poco de esta inmersión, la más próxima a Jetty Harbour que haremos. Bajamos un máximo de 19 mts y vemos gorgonias rojas, más porites y turbinarias y muchos chaetodon (pez mariposa) de diversos colores. ¿Sabíais que los peces mariposa suelen ir emparejados y mantienen la misma pareja toda su vida?.

Al subir a la embarcación me da la buena noticia de que no necesito hacer el curso del que habíamos hablado porque hemos equilibrado el lastre y me he aclimatado al mar. Podéis haceros una idea de la euforia que me domina en ese momento. Siento que practico un deporte y lo practico bien, que he sido capaz de hacer un viaje sola y monotemático y que voy a disfrutar de todas esas cosas.

Son las 6 de la tarde y, ya de vuelta en el muelle, nos encaminamos hacia el hotel, que se encuentra a no más de 200 m. El centro del buceo del hotel es el punto de encuentro de todos los buceadores que lo han contratado, y así, por la mañana un autobús del Camel recoge a los buceadores desperdigados por los diversos hoteles para trasladarlos hasta aquí, y a la tarde hace el mismo recorrido en sentido contrario. Podéis así imaginar el ambiente que encuentro a la vuelta de mi primera jornada marinera: poco a poco van llegado los buceadores que han salido en las diversas embarcaciones de Camel y van ocupando los bancos, mesas y terrazas, tanto del centro como de la cafetería, que se extienden de dentro a fuera de las instalaciones del hotel.

Pido una coca-cola (6,5 LE) y me integro en el grupo. Son momentos de reflexión sobre lo que se ha hecho en el mar, de intercambio de opiniones; momentos en que se preguntan los tiempos de una u otra inmersión, la profundidad máxima, la temperatura del agua, el nombre de este o aquel pez que se ha visto; momentos en que se solicita un nombre, un apellido o la titulación de un compañero, la firma, o el sello del club… todo ello encaminado a completar, con el máximo de datos, las anotaciones sobre las inmersiones realizadas. Son también los momentos en que circulan las historias sobre las cosas excepcionales que se han visto ese día, y así, en mi primera tarde, descubro que somos afortunados por haber visto una tortuga (Caretta caretta, o tortuga marina, de 80 centímetros). Se corre el rumor entre todos los presentes y alguno que otro me felicita por ello, lo que hace que me sienta como parte de una gran familia, por mucho que yo no haya hecho nada más que tener abiertos los ojos.

Finalmente me voy a la habitación. Tengo la maleta por deshacer y necesito una ducha para quitarle el salitre. Con la cómoda sensación de estar duchada y relajada se cuela de rondón la sensación de hambre, lo que me lleva a salir de la habitación e investigar. Ya sabía, por los folletos, que el hotel tenía dos restaurantes, uno italiano y otro hindú, así es que decido que esa noche gana la vieja Europa frente al exotismo oriental. Antes de entrar al restaurante, cambio dinero e intento conseguir monedas para mi colección. El funcionario de la sucursal bancaria me asegura que las tendrá mañana. 100 € son 766 Libras Egipcias. Hay que firmar un documento con nombre y apellido, el del hotel y el número de habitación. Compro postales y sellos para cumplir pronto con esa pequeña servidumbre de todo viaje. Las postales cuestan 1 LE y los sellos 3.

Tras la cena, el calor es tan axfisiante y el cansancio tan evidente, que decido acabar mi jornada, así es que me acerco al bar y encargo agua, cerveza y coca-cola con la intención de abastecer un poco la mini-nevera, mirar la tele y dormir.

SEGUNDO DÍA.

Temple.

Tras aproximadamente 45 minutos de trayecto en el Admiral, anclamos frente al Farana King Snefru Ressort & diving center, un gran complejo hotelero. Mi flotabilidad ha mejorado considerablemente al regular el lastre. Empiezo a disfrutar más de lo que ven los ojos. Miro a todas partes, descubro cosas… Este punto de inmersión se llama Temple debido a que, entre 6 y 24 mt de profundidad hay tres hermosas y rectísimas columnas de coral que recuerdan un antiguo templo y, por ello, en los años 70, los primeros buceadores le pusieron ese nombre.

Nos cruzamos con bancos de peces rojos o plateados o de cualquier increíble color, de miles de ejemplares que, de repente, sin motivo aparente ni previo aviso, hacen un quiebro y cambian de dirección. Hay muchos peces de un morado intenso con aletas amarillas, y corales, que se extienden desde la roca en la que están apoyados, a veces como increíbles abanicos abiertos y, a veces, como un exuberante jardín en el que se apretujan los diversos tipos, compartiendo un mismo espacio y ondulándose a nuestro paso por efecto del movimiento del agua, lo que inevitablemente lleva a pensar en el agradable vientecillo veraniego que hace temblar imperceptiblemente hojas y ramas a su paso. A veces es tal la cantidad de corales en algunos puntos, que se entrelazan al juntarse los de una roca con otra. Un pez plano, como el típico gallo que vemos en los mercados, se arrastra entre la arena del fondo, como queriendo pasar desapercibido, y se cruza con otro de pintas negruzcas en su lomo, y ambos parecen alejarse de un pulpo gordo y rojizo que semeja descansar tranquilamente en el saliente de una roca, ajeno totalmente a los afanes de los otros.

Sin más, el ojo derecho detecta que se acerca por ese costado un gran banco de pequeños pececitos alargados azul cobalto con un punto amarillo en la cola y que, mezclados con peces más grandes, redondeados y planos, amarillos con rayas negras, parece que estuvieran puestos delante de nuestros ojos solamente para hacer una perfecta composición cromática en movimiento. Enseguida aparecen otros en los que domina el color negro, con la cola en forma de una gran media luna. Entre esta miríada de peces y colores se mezclan algunos de hermoso tamaño. Ha sido una inmersión sencilla y agradable. En 42 intensos minutos y con un máximo de 18 mt de profundidad, hemos pasado entre los pilares de coral y hemos visto otro pilar, este con bastante inclinación, cubierto por porites, del que Guy nos informa que es el resultado del terremoto que se produjo en 1.995.

Far Garden.

Esta segunda inmersión la hacemos tan solo a unos 20 minutos de navegación del puerto de Na’ama Bay, de vuelta de Temple. Aquí veremos multitud de formaciones madrepóricas, muy próximas unas a otras, y escondiéndose entre ellas, pequeñas cuevas entre 5 y 10 metros de profundidad, con miles y miles de pececillos viviendo en sus proximidades. Vemos una manta enorme, (de la clase Manta Birostris, manta ray, que puede llegar a medir hasta 8 metros y vive en unas profundidades de hasta 40 metros) y todo el grupo vamos tras ella para disfrutar de su contemplación. No soy capaz de determinar cuánto medía, primero por mi inexperiencia con las grandes medidas y segundo porque las gafas nos hacen ver los objetos marinos con 1/3 más de su medida real. Ahora la vista se cruza con unas esponjas que están junto a unas gorgonias casi blancas y, en la arena del fondo, tranquila, reposada, como observando el paisaje pero pensando en sus cosas, la vaquita. Jajaja. En cuanto suba a la embarcación tengo que mirar su nombre técnico, pero ahora no puedo dejar de pensar en ese pez gordo, que reposa tranquilo sobre el fondo, como en una vaca de grandes ojos redondos y largas pestañas negras, supongo que debido a que todo su cuerpo es blanquecino con grandes manchas negras, algunas, precisamente, sobre el ojo.

Cuando, ya en superficie, busco sus características en la guía de especies del Mar Rojo, llego a la conclusión de que se trata del arothron diadematus. Pero a mí no me importa mucho su nombre científico, ni siquiera me importa mucho saber que he identificado la especie porque, lo que sí he identificado, sin lugar a dudas, es el pez, y se que, en cualquier momento podría reconocerlo, se llame como se llame. Es ahora cuando se hace necesaria la fotografía, ¿verdad?.

Tengo la sensación de que me bamboleo continuamente, aun estando en tierra. Es como si no hubiera bajado de la embarcación.

A la hora de cenar hoy no tengo demasiado apetito pero sí sed, así es que bajo a encargar bebidas al bar del hotel y, a la vuelta, los chicos de la habitación de abajo me llaman para enseñarme unos trucos con una moneda. Son ingleses y el idioma es un problema. Nos reímos un rato e intentamos comunicarnos lo mejor que podemos, pero decido irme a dormir porque resulta imposible.

Aprovecho que viene el camarero para que me abra la botella de vino que había llevado. Le extraña una botella de vino para mí sola. Me pregunta. Es divertido intentar entenderse y consigue transmitirme, jugando con el corcho, que cree que es un buen vino, cosa que ya sabía porque es un Rioja Alavesa, reserva del 86.

Cada noche, al regreso del mar, encuentro las toallas del baño sobre la cama formando diversos animales. Hoy las grandes daban vida a un cocodrilo y las pequeñas eran dos aves próximas a sus fauces. Sobre ellas, rojas hojas de ibiscus simétricamente colocadas.

TERCER DÍA.

Ras Za’Atar.

Nuestra zona de inmersión para hoy está en la punta oeste de la Península del Sinaí, ya en la parte de unión con el Golfo de Suez, en el Parque Nacional de Ras Mohamed, aproximadamente a hora y media de viaje desde Na’ama Bay. Viajamos en el Dalia R. y dejamos, a nuestra derecha, una inmensa bahía, Marsa Bareika, que ayuda a formar la península que se extiende más de cinco millas en el mar. En su interior hay un lago salado y… un canal de ¡manglares!. Me cuesta creerlo. Leo el término en ingles y pienso que no conozco la traducción. Es una península totalmente desierta, llana, amarilla, terrosa… y sin embargo, en el extremo más occidental, hay un manglar. Esa tiene que ser una de las cosas que la hacen tan singular como para considerarla Parque Nacional. Las zonas de inmersión están en la parte más oriental de la península.

Nos presentan en una pizarra las explicaciones previas a las inmersiones, en las que se detallan los aspectos más importantes, tales como recorrido, dirección, corrientes predominantes, máximo de profundidad alcanzable, cantidad de aire mínima para subir a superficie, principales curiosidades de la inmersión, etc. Tanto Guy como Claire, los dos responsables de la embarcación, mantienen conversaciones separadas con cada grupo lingüístico (es decir, en mi caso, conmigo sola) y luego se hace una exposición en común, todo ello en inglés, claro. Así se que esta inmersión no será en redondo sino que daremos la vuelta al cabo de Ras Za’atar y la embarcación vendrá a buscarnos ya dentro del golfo de Marsa Bareika.

Aunque en algunos momentos alcanzamos 22 metros de profundidad, la mayor parte de la inmersión se desarrolla a 15 metros, llevando siempre a nuestra izquierda la pared del arrecife. Se supone que podremos ver fauna pelágica, pero no tenemos esa suerte aunque de nuevo vemos tortugas, también en este caso caretta caretta, es decir, las más normales, y (¡qué facilmente nos habituamos a las cosas!) a nadie nos llaman excesivamente la atención aunque disfrutamos de su vista. ¡Cuánto siento no poder sacar fotografías aún!.

Lo más destacable de esta primera inmersión de hoy es la inmensa morena que vemos sobresaliendo de una cueva en una pared, con la bocaza abierta de par en par y los afilados dientes dispuestos a clavarse en todo lo que se cruce en su trayectoria. Y lo más atractivo son los preciosos unicornios con los que nos cruzamos continuamente, de los que no es necesario conocer el nombre de antemano para saberlo.

Shark Reef + Yolanda Reef, en Ras Mohamed.

Me he dado cuenta de que puedo hacer tres inmersiones diarias, en vez de las dos que tengo contratadas. Tan solo debo informar con antelación a la salida de la embarcación para que me carguen una botella más, y pagar el suplemento correspondiente, que es de 20 € por inmersión.

Seguimos en el Parque Natural de Ras Mohamed, un poco más hacia el Golfo de Suez, y vamos a entrar en la zona de inmersión más famosa y popular de todo el Mar Rojo por la variedad del entorno marino y la extraordinaria abundancia de fauna pelágica y de arrecife. Esta segunda inmersión comienza por el norte y descendemos directamente a una zona de entre 14 y 20 metros de profundidad, llamada Anemone City, debido a la abundancia de anémonas, Heteractis sp., (Entre las anémonas hay colocado un poste de metal en memoria de un buceador que murió allí en los 70).

Es, por tanto, el lugar apropiado para ver el pez anémona (Amphirion bicinctus o Red sea anemonefish), es decir, el pez que ha dado lugar al protagonista de Nemo. Sí, ese mismo, ese que motiva, a lo largo de toda la película, que su compañera diga sorprendida: "!Uy, un pez¡" como si fuera la cosa más extraordinaria que puede verse en el mar. De dos en dos, en pequeños grupos, a cientos, mezclados con otros, solos, desorientados, nadando cada grupo en distinta dirección… todo son Nemos. A veces parecen tímidos, otra parecen jugar al escondite entre los "dedos" del las anémonas. Sus increíbles naranjas, blancos y negros, se entremezclan y bailan, creando un espectáculo inimaginable. Es extraordinario el azul del mar y la claridad. A 15 metros de profundidad pueden apreciarse perfectamente todos los colores, y os aseguro que es una explosión de color.

Avanzamos hacia Yolanda Reef, siempre con la pared del arrecife a nuestra izquierda. Es una pared bastante recta, que desciende verticalmente hasta unos 700 metros de profundidad.

Junto con otra morena gigante, un grupo de barracudas y miles de platax orbicularis, la salida nos depara una sorpresa, al menos a mí, pues sospecho que quizá todo el mundo, menos yo, ha entendido, en las reuniones previas, que vamos a ver los restos de un barco. (Ah!… problemas de comunicación. Tendré que mejorar mucho mi inglés).

En realidad no es tal, sino los restos metálicos de dos containers que, en 1.980, transportaban algo tan poco romántico y atractivo como cientos de aparatos sanitarios, es decir, -por mucho que quiera adornarlo- tazas de water, o closets, como constan en los mapas, bañeras... Uno de los containers se encuentra a 10 metros de profundidad y el otro a 17; y en una zona intermedia entre los dos, a unos 14-16 metros, hay un montón de fragmentos de hierro que recuerdan las tripas del barco y muchas tazas de loza blanca diseminadas aquí y allí. El barco que los llevaba era el Yolanda, un mercante chipriota que encalló aquí en la noche del 1 al 2 de abril de 1.980 cuando se dirigía a Aqaba. Transportaba, además, papeles pintados, cajas de whisky y un coche BMW 320, de propiedad del capital del barco. El barco quedó en una posición inestable y fue empujado por las olas a una profundidad de 50 metros a principios de 1.987.

Los restos del naufragio siempre estan rodeados por Cheilinus undulatus, o peces Napoleón, y otros muchos. Entre mis compañeros de hoy hay un holandés que estuvo ocho meses en Salamanca estudiando español, una pareja gay italiana, una pareja irlandesa que me hace dudar pues, por más que miro, no soy capaz de decidir si son pareja o padre e hija, y un matrimonio inglés. 8 personas en total y cada vez hablo mejor.

Paradise.

Tras el ascenso, y mientras comemos e intercambiamos comentarios, la embarcación retrocede casi una hora en dirección a Na’ama Bay para que realicemos nuestra última inmersión del día en Paradise, ya en la llamada zona Local de Sharm El Sheikh. Esta zona de inmersión ha dado nombre a un enorme complejo hotelero que se extiende a lo largo de la costa, frente a ella. El Royal Paradise Resort cuenta también con Centro de Buceo y ha desarrollado tres pequeñas zonas de playa directamente sobre el arrecife y frente a su fachada.

La inmersión es muy sencilla y sin grandes corrientes. Se desciende, en la zona norte, hasta una profundidad de entre 14 y 26 metros, y se recorren unas zonas de acropora o coral mesa, un coral blanco en forma de mesa que está presente en prácticamente todas las profundidades, y gorgonias, para terminar el recorrido en una zona de unos 10 metros de profundidad en la que hay alguna pequeña cueva, es decir, una inmersión relajada y tranquila que a mí, teniendo en cuenta que se trata de la tercera, me viene muy bien.

Guy es un encanto. No tendrá más allá de 28 años. Es británico y lleva aquí dos años como instructor de buceo. Practico flotabilidad con él sin quererlo porque continuamente para y se gira para cuidar del rebaño de buceadores que con él vamos y yo, al ser su pareja, debo hacer lo mismo si no quiero alejarme de su lado, cosa que no debo hacer.

Aprendo la señal internacional para indicar la presencia de barracudas. Tan sencilla como ir marcando con el canto de la mano derecha a lo largo del brazo izquierdo unas líneas verticales que hacen referencia a las líneas que las cruzan pero que, a mí, inicialmente, me parecía que hacía referencia a que empezaban a comerme el brazo desde los dedos y hacia el hombro.

Vuelvo a ver una vaca marina. Jaja. Tendré que cuidar mi forma de hablar porque no va a entenderme nadie si la llamo así.

Me sigue maravillando la abundancia de esponjas y corales y la diversidad infinita de peces. Creo que esta sensación será un recuerdo permanente.

Al volver del mar, entro en un pequeño comercio junto al muelle y compro pan porque esta noche no quiero bajar a cenar. El pan egipcio, creo que lo he mencionado anteriormente, es harina de trigo sin levadura. Dentro del comercio estaba parte de la tripulación del See Star III y me han reconocido. No me han dejado pagar el pan. Decían "tomorrow, tomorrow". Era solamente 1 LE pero han sido extremadamente amables.

Mientras estoy en el Centro de Buceo completando los datos de las inmersiones del día, me presentan a Manuel, un instructor portugués con el que charlo un poco pues habla bastante español porque, según me explica, tuvo una novia de Madrid.

Por fín Guy me da la buena noticia: mañana podré sacar fotografías. Dice que iremos a Tiran Reef.

Tras la ducha, dedico un poco de tiempo a los inevitables regalos, y así, me hago con una serie de pequeños papiros para todos mis familiares y conocidos con los que tengo una obligación. Hay muy pocas cosas comprables aquí. Casi todo lo que veo son burdas imitaciones de los típicos y deslumbrantes objetos egipcios. Los papiros son groseros, la plata se trabaja a microfusión… No me gusta mucho eso de comprar y tampoco revolver los comercios y regatear los precios, así es que paso rápidamente sobre las cosas y compro lo imprescindible. Esos papinos tamaño cuartilla me han costado 1 € cada uno, con lo que cualquiera puede hacerse una idea sobre la calidad de lo que estoy comprando.

Sigo viviendo en un perpetuo balanceo incluso cuando estoy sentada. El dedo anular derecho me molesta mucho y el izquierdo está empezando a hacerse notar. Es curioso lo del camarero. Vuelve a preguntarme por el vino. Esta noche, después de cenar, decido fumar una sisa en la terraza del hotel y el camarero me la prepara con el tabaco elegido por él, es decir, fuerte, tabaco negro, denso. El té es un sobre de Lipton pero con hojas de menta y está muy bueno. Aunque en la carta pone que la sisa cuesta 17 LE, el camarero me cobra 11,50 LE por todo, quizá sea que le he caído en gracia o que los clientes del hotel tienen un precio diferente.

Esto es monstruoso y caótico: un montón de hoteles y comercios en medio de ningún sitio, junto a un mar maravilloso pero apenas sin playa. Aunque tiene su encanto. Quizá esté en las palmeras artificiales recubiertas de luces de neón que flanquean la calle principal, o en el retumbar de los tambores y las flautas, que se hace presente en cuanto declina la luz, invitándonos a acudir a las discotecas, o en el abigarramiento de gente deambulando, europeos y egipcios, todos mezclados pero todos distintos. Las mujeres egipcias, muy tapadas; los hombres, caminando de dos en dos o de tres en tres, siempre dispuestos a decirte algo; y luego nosotros, los turistas, a lo nuestro, al buceo o a tomar una bebida o a cenar. Yo creo que aquí no vive nadie. Mi primer instructor era italiano, el siguiente fue británico, en el centro atiende Marco, otro italiano. Y mañana por la mañanita, vuelta a empezar a llenarse las embarcaciones con las boxs de los equipos de los submarinistas, las largas botellas de aluminio y la riada de gente dispuesta a contemplar el increíble mar y la maravillosa fauna y flora que allí nos espera. Estoy rabiando por poder hacer fotografías.

Hoy mi habitación presenta sobre la cama un hermoso pavo real con su cola extendida y alzada y el juego de colores verde y rojo de las pequeñas hojas quiere imitar los ojos del plumaje. Reflexiono sobre estas mujeres y pienso si será una directriz del hotel o estará tan solo en su gusto por hacer las cosas bien, en ese impulso que, a veces, se tiene por crear belleza con lo poco que se tiene a mano.

CUARTO DÍA.

Guy no está hoy y nuestro nuevo instructor es Nasser, el único egipcio que he conocido en este negocio. Al parecer debe hacer un descanso de seguridad. Supongo que los instructores que vienen a pasar aquí una temporada para obtener el dinero y la experiencia necesaria, están forzando la máquina: tres inmersiones diarias más las nocturnas exigen descansos periódicos.

Aunque quiera no puedo hacer fotografías. Cuando he ido a alquilar la cámara ya no había disponibles. Al menos hemos acordado el alquiler de mañana y ya está reservada. Es mi último día, así es que, o tengo cámara mañana o no hay fotos.

Hoy embarco con la tripulación que me regaló el pan y vamos al Estrecho de Tiran, entre las costas de Sinaí y Tiran Island. La Isla de Tiran, junto con la de Sanafir, pertenecen a Arabia Saudí, pero fueron cedidas al gobierno egipcio para la defensa militar y hoy son una reserva militar egipcio-americana. En el centro del estrecho hay cuatro arrecifes de coral, que deben su nombre a los cartógrafos que hicieron las primeras cartas náuticas en el siglo XIX: Gordon Reef, Thomas Reef, Woodhose Reef y Jackson Reef.

El mar está bastante rizado pero Nasser nos aclara que es habitual por las corrientes de la zona, pero que estará mucho más calmado en la zona de buceo a la que vamos. Nuestro barco es el See Star III o See Star Alex, el primer barco con dos nombres, dice Nasser sonriendo.

El recorrido es de unos 90 minutos, pero, aun no ha pasado media hora cuando nos quedamos parados a merced del movimiento del mar, como un humilde chipironero. Las voces de nuestra tripulación entre sí y hablando con el Galaxy que pasa por allí, son en egipcio, pero no nos impiden comprender que se ha estropeado el motor y que están pidiéndole ayuda. Tienden un cabo y nos remolcan durante más de media hora hasta llegar a nuestro destino que es Jakson Reef, el arrecife más al norte de los cuatro.

Durante el trayecto veo un barco en ruinas, casi en superficie, al acercarnos al primer arrecife, al Gordon Reef. Al principio no doy crédito a mis ojos y me imagino un edificio construido sobre el mar, como el Faro de Estambul, por ejemplo. Pero al acercanos desaparecen las dudas. Es el esqueleto del Lavilla o Lullia, que de los dos modos lo llaman.

Llegados a Jackson Reef, el Galaxy se vuelve a su destino y se hace cargo de nosotros el Verdi, que es de la compañía Camel. En un intento de hacernos girar se rompe el cabo que se había tendido entre las dos embarcaciones debido al viento reinante y al propio giro, pero son gente muy experimentada y finalmente nos colocamos paralelos y quedamos sujetos a través del ancla del Verdi.

El viento es tan fuerte que no noto que me quemo mientras filmo los movimientos de las embarcaciones y observo cómo nos remolcan.

Hoy continúo junto con la pareja de irlandeses. El resto es un matrimonio inglés con una niña de unos 12 años, tres alemanes y una pareja rusa. La mujer inglesa no bucea y uno de los alemanes es un instructor de buceo en su país. Gracias a la señora inglesa tengo las únicas fotografías mías de estos días en el mar.

Jackson Reef.

También en Jacson Reef reposa el esqueleto de otro barco, el Lara, encallado en 1.985, otro mercante chipriota (¿serán pilotos inexpertos los chipriotas?) demolido parcialmente en 1.996. Descendemos en el lado opuesto al Lara y hacemos una inmersión con cierta dificultad.

Comprobaré a lo largo de las restantes inmersiones que el grupo se considera de más expertos o que a Nasser le gustan de más calado. En esta primera descendemos, en linea recta, hasta 21,4 metros. Mi compañero de inmersión es Nasser pero la niña inglesa necesita de atención, con lo que, en la práctica, formamos pareja el inglés y yo por un lado, y Nasser y la niña por otro. Cruzamos varios jardines de coral y anémonas rojas. Vemos multitud de barracudas y tortugas marinas. Aunque es una inmersión apropiada para ver delfines, tiburones o grandes mantas, no tenemos esa suerte.

Somos 8 buceadores y vamos dejando atrás una pareja y luego otra. Deben subir a superficie porque han entrado en reserva. Nosotros cuatro subimos los últimos.

Este tipo de ascenso por grupos será la tónica general en las inmersiones con Nasser.

Cuando se bucea en grupo, el buceador que primero indica que ha entrado en reserva es el que marca el final de la inmersión y todos, con él, comienzan la ascensión. Pero Nasser va ordenando a las parejas que asciendan y luego la embarcación se acerca a recogernos grupo a grupo.

Al quitarme el neopreno me doy cuenta de que las molestias en los dedos anulares son más fuertes y el de la mano derecha me sangra un poco, como si tuviera un padrastro. Tanto poner y quitar el neopreno me obliga a utilizar las yemas de los dedos de forma que se me clava la esquinita de la uña y me produce un pequeño enquistamiento.

Jakson Reef.

La segunda inmersión del día es también en Jackson Reef, dando tiempo así a que arreglen el motor de la See Star III. Solo bajamos cuatro personas y Nasser me pone como compañera a Mónica, una chica rusa que hace cientos de fotografías. A diferencia de la anterior, esta inmersión la hacemos hacia el este, con una profundidad máxima de 18,6 metros. Abundan las gorgonias y las turbinarias. Vemos una tortuga en una cueva y un pez Napoleón enorme. Vuelvo a ver una vaquita, esta de buen tamaño. Es increíble la vida que puede haber en los 20 últimos centímetros antes de salir a la superficie, justo sobre el arrecife. Pasamos junto a los restos de un faro que reposan en el fondo, a unos 16 metros, y la embarcación nos recoge a la altura de un faro rojo que está sobre el arrecife.

Siento mucho no tener una cámara de fotos porque me doy cuenta de que se me olvidará lo que estoy viendo estos días si no tengo un documento gráfico que me convenza de que no es mi imaginación que exagera.

Hace un tiempo leí una frase en una tienda de pesca y buceo. Decía algo así como "Dios mío, permíteme pescar un pez tan grande y hermoso que nunca tenga que mentir al describirlo". Pues algo así me pasa a mí. Necesito tener unas fotos que demuestren que no miento ni exagero.

Ras Nasrani.

Hace rato que se han arreglado nuestro motor y volvemos hacia Na’ama Bay, cruzando de nuevo por Gordon Reef y los restos del Lullia. Cuando estamos descansando después de comer, un miembro de la tripulación nos avisa de que algo se mueve en el agua a babor. No entendemos nada, evidentemente, pero todos nos asomamos a mirar y vemos el triángulo negro sobresaliendo sobre la espuma. ¿tiburones?. No. Nasser se ríe a carcajadas y grita en su inglés: "!manta ray, manta ray¡. Son enormes mantas que nadan en vertical y asoman una esquina. La manta ray, o Manta birostris puede alcanzar hasta 8 metros de longitud y se mueve entre la superficie 40 metros de profundidad.

Vamos a Ras Nasrami para hacer nuestra tercera inmersión, a 11 kilómetros de Na’ama Bay. Se encuentra cerca de los hoteles Baron y Conrad Internacional y puede llegarse a la zona por carretera. Es una inmersión sencilla, muy atractiva para hacer de noche. Lo más destacado es la cantidad de porites que tapizan todo el trayecto por el que avanzamos, aunque vemos también varias gorgonias enormes a nuestra derecha. Hacemos 57 minutos de trayecto a una profundidad máxima de 16 metros. Mi compañera consigue fotografías muy interesantes, de anémonas rojas, multitud de porites y muchas tridacnas. La tridacna asemeja a una ostra de filo ondulado, a medio abrir, dejando ver en su interior una enorme gama de colores. Vemos muchas abiertas, otras cerradas y otras a medio cerrar. Sigo lamentando no tener una cámara de fotos. Tendré que revisar libros de flora y fauna marina para recordar la variedad de vida que he visto en este mar. Un comentario: Ras Nasrami significa cabo de los cristianos.

Al descender le doy 5 € a la tripulación en agradecimiento por el pan de ayer. Ya se que he comprado el pan a un precio astronómico pero ellos no tenían medio de saber que volveríamos a coincidir con lo que queda fuera de sospecha su comportamiento. El calor es insoportable y los trescientos metros hasta el hotel se me hacen eternos. Supongo que el cansancio tendrá parte de culpa.

Parece que va a resultar imposible encontrar monedas. En todas las sucursales bancarias me las niegan. Una libra egipcia está compuesta por 100 piastras pero 50 piastras es un billete, con lo que me daría por satisfecha si consiguiera monedas de 1 y de 25 piastras. Seguiré intentándolo.

Tras las anotaciones y la ducha, salgo a la caza del regalo. Compro un escarabajo de plata para una amiga y, ya en la tienda del hotel compro dos escarabajos de piedra negra y un cenicero de porcelana. El cenicero cuesta 20 LE y los escarabajos 25 cada uno. Cuando voy a pagar, el vendedor me regala otro cenicero. Tengo el convencimiento absoluto de que me están timando porque es imposible que una compra de 70 LE genere un regalo de 20, pero me cansa para regatear y discutir.

Cambiar dinero es toda una aventura. A las 18:20 de la tarde la sucursal bancaria que hay junto al hotel está cerrada. Pregunto a un policía del centro comercial que, en lugar de decirme que abrirán más tarde (creo que a las 18:30), lo que hace es llevarme directamente a un comercio en el que me ofrecen un cambio a 7,25. Por supuesto, me niego y ofrezco 7,95 que es el cambio oficial. Empieza el rosario: que si 7,30, que no, que 7,40, que 7,45… Al final me voy, pero, como apenas me quedan libras egipcias, busco otra sucursal bancaria por allí. También está cerrada y se repite la historia: unos hombres que estaban allí sentados me ofrecen cambiar dinero. Para ello me llevan por un intrincado laberinto de callejas y acaban ofreciéndome 7,50. Tampoco ahora quiero hacer el cambio y me voy. Es curioso, pero en ningún momento he tenido la sensación de que me pudieran robar el dinero que llevaba en la mano. Están claras las enseñanzas del Coran: engañar, sí; robar, no.

Ceno en el Tandoni y fumo una sisa de manzana y un te. 16,50 LE. Es muy cómodo que el camarero me conozca porque no tengo ni que pedir. Cuando llego me busca una mesa con buena perspectiva y me trae el te casi al instante.

QUINTO DIA.

Shark Reef.

Hoy, por fín, sacaré fotos. Salgo del hotel con la cámara en la mochila, el carrete dispuesto y el flash a punto. Alquilar la cámara me ha costado 35 € y dejar la tarjeta de crédito en depósito en el Centro (por si la pierdo). Me siento como el vaquero en el duelo, con unas ganas locas de darle al gatillo.

Embarcamos en la Dalia R. y enfilamos hacia el Parque Nacional de Ras Mohamed. Me pareció tan bonito que no me importa repetir la experiencia. Además, bucear con Nasser se ha revelado como bucear más "en serio" y eso hará distintas las inmersiones.

Entramos al mar y descubrimos, casi al momento, un nutrido grupo de barracudas que rodea a cuatro o cinco tiburones. Parecen estar a bastante profundidad y Nasser nos hace una seña para que bajemos al mayor ritmo que podamos, con lo que, haciendo las compensaciones necesarias para la acomodación de los oídos, bajamos hasta 31,8 metros. Y allí abajo vemos cómo se desplaza una madre con su cría y cómo las rémoras, colocadas sobre las aletas de otro tiburón, hacen que semeje un avión con los motores bajo las alas.

Es muy emocionante. No puedo dejar pasar la ocasión de fotografiarlos aunque dudo que salga nada porque yo enfoco hacia abajo desde 32 metros e intento imprimir un objetivo que se encuentra, quizá, a otros 20 metros más abajo. Aunque este mar tiene una luminosidad sorprendente e increíble, no creo que la luz que llega a 50 metros me lo permita. Pero estoy obligada a intentarlo.

Mónica es una chica rusa que Nasser ha establecido como mi pareja. Hace muchísimas fotografías de los tiburones. Tiene un interés desmedido en acercarse y el instructor le obliga un par de veces a ascender hasta la cota de 30-32 metros en que nos movemos. No puedo dejar de pensar en que está totalmente prohibido bajar a más de 30 metros en todo el perímetro egipcio de buceo. Estoy segura de que Nasser también lo tiene in mente y que nos ha concedido esos dos metros por la excepcionalidad del avistamiento, pero que no correrá un riesgo innecesario por una turista rusa.

Cuando ascendemos un poco, hasta unos 22-26 metros, y seguimos nuestro camino, que no es el que llevaba el banco de barracudas con sus tiburones, empieza a adueñarse de nosotros la sensación de estar en un espacio vacío. De repente pierde colorido y atractivo la vida que aparece a nuestra izquierda, a todo lo largo del arrecife. Hay una especie de vacío y el mar parece solamente azul. La excitación y el movimiento que nos ha supuesto el seguimiento de los tiburones ha dado paso, al desaparecer ellos, a esa sensación de ausencia de todo.

Pero todas las cosas tienen su propio equilibrio interno y así, cuando la inmesión nos empieza a parecer poco atractiva es el momento en que hay que empezar las maniobras del ascenso, pues, al haber bajado tanto durante unos quince minutos, el consumo de aire ha sido mucho mayor y el tiempo de inmersión se ha reducido a 31 minutos para que salgamos con la reserva intacta, que es como debe ser.

Una vez en la embarcación, las risas y sonrisas se prodigan entre nosotros porque, por un lado, son el único idioma universal del que todos participamos, ya que ni siquiera el inglés es el idioma común. Así pues, nos sonreímos y nos damos la mano o palmadas en el hombro y los ojos relucen con un brillo especial que transmite tanto como las más bellas frases. Tras una inmersión se crea, entre los miembros de un equipo, un lazo íntimo, una camaradería difícil de describir. Pero tras esta inmersión la relación tiene un matiz distinto, un elemento nuevo. Es como si todos fueramos partícipes de un secreto gozoso, de una vivencia irrepetible. Es perfecto. Para Nasser, Shark Reef y Yolanda Reef son dos inmersiones independientes, y visto lo visto, no me extraña nada.

Yolanda Reef.

Nasser nos informa de que los tiburones que hemos visto son de la especie Silky Shark, la más común en esas aguas. Continúa la excitación entre los que vamos a realizar esta segunda inmersión y, cuando ya en el agua, vemos nuevamente el grupo de tiburones, comprendo que Nasser conoce sus trayectorias y que los hemos seguido. Esta vez solo vamos tres personas, Mónica, Nasser y yo. Llegamos a una profundidad máxima de 28,3 metros pero, a diferencia de la inmersión anterior, les hacemos un seguimiento, quizá porque es más sencillo para él controlar un grupo de tres. Mónica saca muchísimas fotografías. Se ve que está feliz. Cuando, por fin, desviamos nuestro camino del suyo, parece, como antes, que se hubiera acabado la inmersión. Nasser entonces, quizá para mantenernos entretenidas, decide hacernos unas fotos e iniciamos todo el ritual: quitar las sujeciones a la cámara para que pueda tenerla él, prepararnos para la fotografía… Quiere jugar un poco y me indica que me quite el regulador para que en la fotografía aparezca expulsando las burbujas de aire directamente de la boca limpia. Hacemos dos ensayos y saca la foto. Después, vuelta a desenganchar la cámara de su jacket y a asegurarla en el mío. (no olvidemos que la garantía frente a la pérdida ocasional de la cámara es mi tarjeta visa que está en depósito en el centro de buceo). Y todo este detallado ballet vuelve a representarse, en esta ocasión con Mónica.

Volvemos a la embarcación con la clara sensación de objetivo cumplido, y más en mi caso que, ni en sueños había imaginado que vería tiburones. Todas mis espectativas han sido colmadas y aún más. Es mi último día, soy perfectamente consciente de ello y saboreo el dignísimo broche de oro que le estoy poniendo. Me siento hambrienta y dispuesta a comer cualquier cosa y reponer fuerzas para la última.

Jackfish Alley.

Esta tercera inmersión, después de las emociones de las de la mañana, va a ser tranquila y cómoda. Estaremos a una profundidad media de 15 metros y podré sacar todas las fotos que hay en el carrete. La mayor parte de la vida y el colorido está en los 10-15 primeros metros. Más abajo la luz disminuye y la cantidad y variedad de peces también. Me alegro mucho de tener ocasión de hacer las fotografías con las que he soñado desde la primera vez que sumergí mi cabeza más de 10 centímetros en este mar.

Mi compañera es Mónica así es que me resulta muy cómodo dejarme llevar por la foto del momento y entretenerme en un rincón o en una gruta, o con un coral o siguiendo a un pez en concreto, porque se que ella está haciendo lo mismo unos metros por delante o por detrás, por arriba o por debajo de mi posición.

El inglés se siente muy atraído por mi actividad y prácticamente abandona a su pareja para seguirme. Dios mío!, hay tal abundancia de peces y corales y algas y esponjas… y de todo, que lamento mucho tener la limitación de un rollo de 36 exposiciones y una botella de 200 bares. ¡Cuánto hubiera dado por haber tenido una cámara fotográfica desde el primer día!. Ni siquiera envidio una cámara de calidad, tan solo una cámara, por muy rudimentaria que fuera, pero que me hubiera acompañado durante toda la experiencia subacuática en Egipto. Ahora, mientras doy forma a estos recuerdos, pienso que tengo que desarrollar una técnica, la que sea, para impedir que mi cabeza pueda olvidar lo que vieron mis ojos y lo que sentí. Las fotografías ayudan muchos y debo admitir que tengo algunas para recordar y para ayudarme a compartir la vivencia con quienes no han estado allí e incluso con quienes jamás han paseado sus ojos por el maravilloso mundo submarino. Han sido 43 minutos a 22,9 metros de profundidad.

Cuando apoyo el pie por última vez en la escalera de la embarcación para facilitar al miembro de la tripulación que me coja de la botella para ayudarme a subir, soy perfectamente consciente de que es mi último ascenso.

Tiro la máscara en el cubo de agua limpia y avanzo hasta el banco corrido para sentarme y depositar la botella en su alveolo. Con mucha calma, voy quitandome las aletas, una detrás de otra. Después el lastre, y antes de empezar a desprenderme del jacket saboreo por última vez la dulce opresión de los atalajes sobre el pecho y el dudoso placer del peso del equipo sobre los hombros. Poco a poco voy desprendiéndome de todo el equipo. Ya solo quedan las botas que acaban al rato en la box bajo el banco, y el traje que cuelgo para su último secado en alta mar. La tarde empieza a declinar y mi experiencia marina en Egipto decae con ella.

Me siento pletórica y feliz. El viaje ha resultado perfecto. La experiencia, fabulosa.

Al llegar al centro y tras las anotaciones correspondientes de las inmersiones, tengo una nueva actividad que realizar, que es recoger todo mi equipo, limpiarlo en agua dulce y subirlo a secar a la terraza de mi habitación antes de guardarlo para el viaje de regreso. Pero antes disfruto de una enorme cerveza. , Lager beer, 4,5% alc. Vol. (500 ml). 16 LE.

En mi última noche compro la guía de inmersiones, 230 LE., ceno en el Tandoo y fumo mi última y ya rutinaria sisa de manzana con un té a la menta.

ULTIMO DÍA.

Tras el desayuno me acerco al Centro de buceo para liquidar mi nota. Son más de las 9 de la mañana y descubro una nueva perspectiva del centro. Hay calma y casi silencio. La distribución de embarcaciones, la formación de grupos, los saludos, los comentarios y las risas han ido poco a poco acallándose. Todo el mundo está en altamar y apenas hay movimiento. La escuela de buceo aun no ha levantado las persianas, así es que tampoco hay bullicio de nuevos e inexpertos buceadores junto a la piscina.

Marco está organizando titulaciones y seguros de los buceadores que hoy han salido al mar pero abandona todo para atenderme. Tengo una factura pendiente de 162 € y debo recuperar mi documentación. La factura se desglosa así:

Alquiler de cámara fotográfica 35 €

3 inmersiones extras 60 €

Alquiler jacket (5 días) 45 €

Ticket acceso zona protegida (2 días) 22 €.

Abono religiosamente y recojo el título de buceadora, el seguro y mi tarjeta visa.

Hoy descubro con sorpresa que las personas que hacen esas composiciones con las toallas no son mujeres sino hombres. No hay servicio femenino en el hotel. Todo, absolutamente todo, se hace por hombres, desde la recepción, la atención de los restaurantes y los comercios, hasta el mantenimiento o la limpieza de las habitaciones. Reconozco que no debería sorprenderme la delicadeza y la creación de belleza en los hombres, pero no puedo evitarlo. Esto seguro que forma parte de mis contradicciones. Sobre la mesa dejo todas mis libras egipcias para esos desconocidos artesanos de la toalla.

El resto de la mañana decido pasarlo en la piscina. No me apetece acercarme a la playa porque estoy cansada y porque no quiero una ducha de última hora para quitar el salitre que me obligaría a llevar ropa mojada en el equipaje. Leyendo en la tumbona recapitulo y me doy cuenta de que solo me he acercado una tarde a la playa de Na’ama Bay. Apenas he hecho nada en superficie. Admito que volvía del mar a media tarde y que el cansancio y el calor no me permitían pensar en grandes paseos exploratorios o en noches discotequeras. Recuerdo mi primera noche, cuando llegué, y siento que hubiera pasado un siglo. A las cuatro de la madrugada se venían aquí y allí, diseminados a lo largo de la carretera de acceso, grupos de hombres, de 2, 3 y hasta 8, unos de pie y otros sentados, que parecían disfrutar de la noche turística. Por supuesto, ninguna mujer a la vista. Esto me hace pensar que la noche en Na’ama Bay y Sharm El Sheikh es movida, pero que está claro que, en este viaje al menos, no era para mí.

De repente distrae mi atención un grupo de buceadores que se acerca a la piscina. Es un curso. Decubro entre los alumnos al hijo del egipcio que viajaba ayer con nosotros. Me saluda amablemente. Es un joven de unos 16 años, con un poco de sobrepeso. Ayer deduje -sin ningún elemento de juicio, tan solo con una imaginación calenturienta- que viajaban con nosotros porque Nasser le estaba evaluando para contratarle como miembro de la tripulación. No sé, ni sabré nunca, si será así o se hará instructor de buceo. (Ahora podría añadir la famosa coletilla de "… pero eso es otra historia").

Observo las evoluciones del grupo y compruebo que todos son muy similares, y así veo una monitora con transmite seguridad; mi joven amigo que es el más torpe del grupo; una señora madura con la decisión pintada en el rostro; un hombre de unos 30 años que se siente dominado por el equipo, lo que se demuestra tras el primer intento de inmersión, pues debe salir a superficie para que la monitora le recoloque las gafas y el regulador. En fin, la vida, que fluye de igual modo en todas partes.

Mi tiempo se acaba a la par que mi libro. Hacia las 2 de la tarde vendrá el guía de la agencia para trasladarme al aeropuerto donde Luxor Air me espera para regresarme a casa. Cierro los ojos y disfruto de los olores y hasta del insoportable calor. Sin quererlo, se me llenan de azul. Un azul que no me abandonará a lo largo de todas las desventuras que padeceré hasta llegar, a las 5 de la mañana, a mi hotel en Barcelona, y que solo se retirará a un rincón de mi memoria para dejar sitio a otros maravillosos azules, estos en mosaico. Me refiero, claro, a los de Gaudí.

Pero tanto las desventuras del regreso como mis días en Barcelona, esos sí que son "otra historia" Ane

Fecha: 
February 2005
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