Caminar por la Campiña de Sabandía y visitar los petroglifos de Toro Muerto son dos atractivos poco conocidos. El turismo en la región sur apunta a impulsar un circuito que integre los pueblos generando el ansiado desarrollo sostenible
Nos prometieron aventura, y la tuvimos. Son pocos los viajeros peruanos que no conocen la Arequipa tradicional, la del Convento de Santa Catalina, sus iglesias barrocas, sus casonas coloniales construidas con sillar, su catedral. Claro que siempre resulta interesante redescubrir este valioso centro histórico, pero la Ciudad Blanca, tan extensa y bella, tiene mucho más que ofrecer al turista.
Empezamos en el distrito de Sabandía, que presenta al visitante el verdor de su campiña a escasos 8 kilómetros de la ciudad. El objetivo no fue hacer la típica visita a su histórico molino, atractivo turístico bastante explotado. La idea fue atravesar su campiña: desde lo alto de un cerro que sirve de mirador natural, Mauricio de Romaña (director del corredor y el guía más respetado de la ciudad) nos llevó entre sembríos por el sendero accidentado que forma una acequia, integrándonos con la naturaleza, en las faldas del volcán Pichu Pichu y bajo un envidiable cielo azul. La idea es hacer este trayecto de poco menos de una hora a pie o a caballo. Incluso se han diseñado tres circuitos de diferente duración. Muy cerca de allí, es posible desviar hacia los cristalinos
manantiales de Yumina, antigua fuente de agua para la ciudad, y sus andenes preíncas.
El circuito a pie llega hasta el molino de Sabandía, todo blanco, puro sillar. Almuerzo típico en el nuevo restaurante, y luego a seguir viaje.
Un poco de adrenalina
Con más de 200 volcanes, es lógico que Arequipa esté construida con y sobre el sillar. En la quebrada de Añashuayco, a solo 10 minutos de la ciudad, están las enormes canteras. Allí los picapedreros y alarifes extraen la piedra formada por el tufo volcánico (cenizas esparcidas por las erupciones que se asientan en la superficie) y le dan forma rectangular para su venta.
Ellos, sin embargo, no son los únicos que están ahí. Un grupo de la Asociación de Guías de Alta Montaña, encabezados por Arcadio Mamani, nos espera para inyectar un poco de adrenalina a nuestro tour. Nos convertimos así en uno de los primeros grupos en practicar ’rappel’ (descenso con cuerda) en las paredes de sillar. Un reto difícil --son 30 metros hasta abajo-, pero no imposible. Arcadio y su grupo están seguros de que a estas canteras - que de por sí son un atractivo interesante- se les puede dar un valor agregado ofreciendo al turista prácticas como las que ellos proponen. Cae la noche y regresamos a la ciudad. La cuota cultural se cumple con una visita al Museo de Arte Contemporáneo, fundado hace dos años, y que alberga una colección de más de 160 piezas de artistas peruanos de reconocida trayectoria.
Majes misterioso
El camino a Majes es largo. Tomamos la carretera hacia Lima y nos alejamos más de 160 kilómetros de la ciudad de Arequipa. El valle es interesante y las historias que cuentan de sus pueblos también, pero lo que nos lleva por allá es el Complejo Arqueológico de Toro Muerto. El lugar lleva este nombre desde 1888, cuando una fiebre aftosa que atacó al ganado obligó a los pobladores a sacrificar muchas reses, dejándolas morir en esta zona desértica, alejadas de todo poblado.
Los más de cinco mil petroglifos hallados en el complejo revelan la forma de comunicación entre viajeros que bajaban del Colca hacia el mar, incluso se dice que pudo ser un centro ritual en épocas de las culturas Huari, Collahua e Inca. Este misterioso atractivo no suele ser incluido en los paquetes turísticos de las agencias. Claro que su acceso desde la ciudad es pesado y toma tiempo, pero la idea del corredor es fomentar su visita entre los grupos que llegan de Nasca. Pablo Castañeda, director ejecutivo del Corredor, lanza la idea: si vienen por la Panamericana desde Nasca, los turistas pueden dormir en Camaná o en Majes y, a
primera hora del día (para evitar el calcinante sol de mediodía), visitar Toro Muerto; también pueden considerar este atractivo quienes van camino a Cotahuasi, o quienes realizan un tour gastronómico por el valle.
Y ya que Majes está cerca, el turista no puede dejar de visitar un restaurante de la zona y probar los camarones frescos. Nosotros lo hicimos, en el restaurante El Errante de Nancy Begazo de Cáceres. Y luego, un paseo por Vítor y sus antiguas bodegas de pisco y vino, como la Hacienda del Abuelo y tantas más.