Crónica de Egipto

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El Nilo

Hola a todo el mundo. Doy comienzo, con esta primera entrega, al relato de nuestras aventuras por tierras de Egipto. Como los 16 días del viaje dieron para mucho, intentaré condensar y resumir, dando preferencia a las impresiones y sensaciones personales y a los lugares y ambientes menos conocidos.

El 12 de septiembre, partimos Marian, Gustavo y un servidor, de Madrid hacia El Cairo, con escala en Milán. En esta ciudad italiana, disponemos de unas cinco horas entre vuelo y vuelo, y el plan era tomar un capucccino en la Piazza del Duomo, disfrutando de vista de la preciosa Catedral de Milán. Pues bien, la catedral está en obras, y un paño cubre toda la fachada; para colmo, sopla un viento desapacible y el capuccino es infame, de modo que abreviamos y nos encaminamos al aeropuerto. Sobre las dos de la madrugada llegamos a El Cairo y, entre trámites, maletas, cansancio y desorientación, no nos acostamos hasta las cuatro y pico.

Las pirámides

Al día siguiente visitamos el insondable misterio de las pirámides de Gizeh y la esfinge; mudos gigantes que han contemplado impasibles el paso de los siglos y los milenios. El maremágnum de turistas, camelleros, vendedores y policias resta solemnidad a la única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo que permanece en pie, pero paseando a su alrededor somos conscientes de nuestra pequeñez y de la grandeza de ideas de quienes las concibieron. Al penetrar en las profundidades de la Gran Pirámide y alcanzar la cámara sepulcral, no podemos evitar la sensación de estar en un lugar especial. Puede que fueran tumbas, centros ceremoniales, lanzaderas hacia el más allá u observatorios astronómicos; nadie ha aportado pruebas convincentes en ningún sentido. Para nosotros, viajeros del siglo XXI, no son nada más, ni nada menos, que lo que representan a nuestros ojos: símbolos de la eternidad.

El desierto

El 14 de septiembre, partimos hacia nuestra aventura por los oasis del desierto occidental en un destartalado todoterreno, acompañados de un chófer-cocinero-intendente beduino, de nombre Lotsfi, y por un guía-intérprete, de nombre Ahmed, que se fue revelando como un señorito de ciudad, con un nulo conocimiento de la zona, escaso gusto por las acampadas al aire libre, bastante radical en sus ideas religiosas y con un castellano bastante mediocre. Dicho esto, es fácil comprender que no era el acompañante más adecuado para tres castellanohablantes de ideas muy liberales, amantes de la naturaleza y --tal era el caso de Marian-- con un conocimiento previo de la zona.

Se dice que quien ha viajado por el desierto siempre vuelve. Hay una atracción irresistible en los yermos mares de arena, lejanos horizontes, espacios infinitos y rojos atardeceres.

El chasco con el guía no resta excesivos puntos a la maravillosa experiencia de sentir el desierto, su limpieza y su inmensidad. Se dice que quien ha viajado por el desierto siempre vuelve. Hay una atracción irresistible en los yermos mares de arena, lejanos horizontes, espacios infinitos y rojos atardeceres. Para mí, hijo de las verdes montañas de mi tierra, supone una fascinación especial y un vértigo embriagador dirigir la mirada hacia la vasta extensión ocre que me rodea, sin que nada ni nadie me haga fijarla en un punto concreto. Esa carencia de límites produce una dulce sensación de libertad y de paz interior.

Los cuatro principales oasis del desierto occidental son, por orden de ruta de norte a sur: Bahariyya, Farafra, Dakhla y Kharga. En Bahariyya, visitamos, entre otras cosas, el Valle de las Momias Doradas, centro de recientes descubrimientos arqueológicos, y que debe su nombre al dorado que presentan en sus rostros las momias encontrados en la zona. Entre Bahariyya y Farafra se encuentra, el Desierto Negro y el espectacular Desierto Blanco. El Desierto Negro debe su nombre a las rocas basálticas que aparecen por doquier y que, debido a la acción del viento y los cambios de temperatura, tienen una apariencia metálica. Algo más adelante está el Desierto Blanco: una extensión de formaciones calcáreas que el viento ha ido modelando con formas caprichosas, conformando un paisaje que parece extraido de "El Señor de los Anillos" o de alguna otra ficción. La experiencia de acampar en el núcleo del Desierto Blanco, es uno de los puntos fuertes del viaje y algo que retendremos en la memoria y en el corazón. En los alrededores de Kharga se encuentran la necrópolis copta de Bagawat, con interesantes frescos de escenas bíblicas y el templo de Hibis, el único conservado del período de dominación persa en Egipto. Fue muy curiosa la visita a estos sitios: se encuentran a cierta distancia del sitio habitado más cercano y, por supuesto, no había un alma por los alrededores; sin embargo, tuvimos que aguantar la escolta de cuatro policias para nosotros solos, que nos sometieron a un marcaje parecido al que realizan los defensas de Osasuna cuando juegan contra el Ral Madrid o Barcelona. Ya volveré a incidir sobre el tema de la "seguridad" en Egipto que, en mi modesta opinión, no es más que un decorado para borrar la mala imagen que ofreció la policia en el atentado de 1997, cuando tardaron más de una hora en acudir al lugar de los hechos. Ahora se pasan, pero en sentido contrario.

A mitad de camino entre Kharga y Luxor, a unos 200 kilómetros del punto habitado más cercano, nos encontramos con un taxi averiado, en el que viajan cuatro chicos alemanes y Pep, un fotógrafo catalán que viene de realizar un reportaje sobre los oasis occidentales.

El 17 de septiembre llegamos a Luxor, despidiéndonos del desierto. Hay que decir que la ruta fue un constante sinvivir, por culpa de la gasolina adulterada que, desde el primer día, había dejado un poso de arena en el depósito, que provocaba continuas explosiones en el motor y tener que hacer tramos a 20 por hora, hasta que se purgaban los conductos. A mitad de camino entre Kharga y Luxor, a unos 200 kilómetros del punto habitado más cercano, nos encontramos con un taxi averiado, en el que viajan cuatro chicos alemanes y Pep, un fotógrafo catalán que viene de realizar un reportaje sobre los oasis occidentales. Recogemos a los accidentados viajeros en nuestro poco fiable todo terreno y, en el último control antes de entrar en Luxor, pagamos nuestra buena acción con casi dos horas de retención en el puesto, hasta que se aclara el asunto y se solicita de Luxor un transporte para nuestros amigos, porque, si en el anterior control habían pasado una furgoneta con tres españoles y un taxi con cuatro alemanes y un español, en este, tiene que pasar el mismo número de vehículos y con la misma distribución de pasajeros (!!!) El alma y los procedimientos de la administración egipcia son así de retorcidos e insondables :-)

Dedicamos la tarde-noche a recorrer el zoco de Luxor, acompañados de Pep, otro enamorado de Egipto, que decide que nuestra conversación es más amena que la de los alemanes. Al día siguiente debemos coger un vuelo para Abu Simbel, vía Aswan.

No quiero terminar esta parte del relato sin mencionar que, por primera y única vez vi asomos de inquietud e intranquilidad en Gustavo, el "hombre tranquilo". Cualquiera que haya circulado en un taxi por El Cairo o haya intentado cruzar la calle en la Avenida de las Pirámides, sin duda lo comprendera e, incluso, se solidarizará con él.

Abu Simbel

El 18 de septiembre llegamos a Abu Simbel sobre el mediodía y nos dirigimos al precioso Hotel Seti I, el único de esta zona. El hotel consiste en pequeños bugalows dispuestos entre jardines, como si de un pequeño pueblo se tratara, en la misma orilla del Lago Nasser y a escasa distancia de los templos. Dedicamos un par de horas a relajarnos en la piscina, que buena falta nos hace después de la dura travesía del desierto. Después de una frugal comida nos dirigimos a los templos de Abu Simbel. A estas horas apenas hay gente; sólo los que se quedan a pasar noche y algunos integrantes de los cruceros que recorren el Lago Nasser: por la mañana se pueden reunir entre 1.000 y 2.000 personas en la explanda de los templos.

Y al penetrar en el templo de Ramses II, parece como si hubieras cruzado algúna puerta interdimensional y te encuentres en un lugar ajeno a la geografía que lo rodea; un espacio que se concibio para durar siempre y donde no tiene sentido nuestra concepción del tiempo y de la historia.

Qué decir de Abu Simbel. Es otro de los lugares mágicos de Egipto. A pesar de no estar situado en su lugar original de edificación, su fuerza, majestuosidad y monumentalidad siguen impresionando. Sucede como en las pirámides: has podido ver mil veces los colosos de Abu Simbel en fotos y documentales, pero, al situarte frente a ellos, tienes la sensación de descubrirlos por primera vez y, de nuevo, te sientes pequeño e insignificante. Y al penetrar en el templo de Ramses II, parece como si hubieras cruzado algúna puerta interdimensional y te encuentres en un lugar ajeno a la geografía que lo rodea; un espacio que se concibio para durar siempre y donde no tiene sentido nuestra concepción del tiempo y de la historia. La gente se ha marchado y tengo la oportunidad de recorrer solo el corredor que conduce al santuario: es algo inigualable y siento, al principio, una sensación de angustia al enfrentarme a la guardia de colosos osiríacos que flaquean el corredor; sin embargo, enseguida es sustituida por una sensación de paz y bienestar que me llena de energía positiva.

Vegetamos un poco por el recinto, ya vacío de visitantes, y tomamos algo en la cafetería, ahora ocupada sólo por los trabajadores, que ya han terminado su jornada. A la tarde noche, acudimos al espectáculo de luz y sonido, que nos defrauda completamente.

Sobre los espectáculos de luz y sonido en Egipto, mi opinión personal es que no son más que un montaje para turistas poco informados y poco sensibles, a los que hay que ofrecer un valor añadido al montón de ruinas que conforman el pasado faraónico. Me indigno cuando leo en algún foro: "lo mejor de Egipto, sin duda, el espectáculo de luz y sonido de Abu Simbel" o Philae o las pirámides. En fin, cada uno disfruta como puede y con lo que le gusta, pero quiero pensar que, en el caso de algunos de los lugares y construcciones más maravillosos, majestuosos, misteriosos y mágicos de toda la superficie terrestre, como es el caso de estos lugares, no hace falta artificios, montajes ni parafernalias lumínico-sonoras para disfrutar de ellos. De todas formas, mi opinión cambió un poco, porque en El Cairo habíamos visto el espectáculo de luz y sonido de las pirámides y, bueno, no estaba mal; se había hecho con gusto, era atractivo, los textos eran bonitos y recitados por actores de voces bien timbradas y, sobre todo, el espectáculo era dinámico e intentaba sacar partido de las formas de pirámides y esfinge con diferentes juegos de luces. En Abu Simbel, el montaje era anodino y se limitaba a una proyección de imágenes, usando la fachada de los templos como pantalla, todo ello aderezado por el constante restallar de los flashes de los cerca de 500 espectadores que llenaban el aforo. Algo prescindible, creedme.

Al día siguiente volábamos a Aswan a las 6 de la mañana, por lo que nos esperaba un madrugón de órdago. Nos retiramos a nuestros aposentos, en espera del vuelo que nos conduciría al Nilo, cuyas aguas surcaríamos en un crucero que nos conduciría de Aswan a Luxor.

El Nilo

El 19 de septiembre llegamos a Aswan, con la intención de tomar un crucero para recorrer el Nilo hasta Luxor. Nuestra idea era (y eso habíamos contratado) disponer de este día libre, para recorrer la zona de la primera catarata en faluca y a la mañana siguiente visitar Philae, suponiendo que el barco partiría esa tarde. Pero, nuestro gozo en un pozo, nada más pisar el crucero nos enteramos de que partía esa misma noche, para llegar a Luxor a la noche siguiente. Esto trastocaba nuestros planes y, claro, era imposible cambiar el horario de un crucero con más de 100 personas a bordo que sí estaban conformes con esa ruta. En fin, os ahorraré las expresiones de disgusto, las llamadas al touroperador con el que habíamos contratado, las discusiones interminables y la petición de explicaciones. La cuestión parece ser que, por muy detalladamente que expongas tu programa y expreses que quieres hacer eso y no otra cosa, es inútil; hay quien cree que mientras el turista esté entretenido, le da igual jota que fandango :-) En fin, la cuestión que se plantea es: renunciar a ver Philae o renunciar al paseo en faluca; como Marian y un servidor ya hemos visto Philae y Gustavo no tiene especial interés, dedicamos el día a la navegación.

En compañía del simpático faluquero Mustafá Mohamed, su sobrino, el grumete Walid, y Pep, que toma un tren desde Luxor para unirse a la aventura, recorremos el Nilo hasta la zona de la Primera Catarata.

En compañía del simpático faluquero Mustafá Mohamed, su sobrino, el grumete Walid, y Pep, que toma un tren desde Luxor para unirse a la aventura, recorremos el Nilo hasta la zona de la Primera Catarata; bordeamos las islas Kitchener y Elefantina, y exploramos la isla de Sehel, repleta de curiosas y desconocidas inscripciones epigráficas, entre ellas la Estela del Hambre. Visitamos la casa de Mustafá y recorremos el exótico poblado nubio, sencillas casas de adobe en el incomparable marco de la Primera Catarata. En el recorrido de vuelta a Aswan, contemplamos un magnífico atardecer desde la faluca, pleno de encanto, paz y melancolía. Otro de los grandes momentos del viaje, sin duda, el recorrido en faluca.

Regresamos el crucero para la cena. Como parece que ya estábamos catalogados como problemáticos, el jefe de comedor, un tal Mansur, nos fríe a recomendaciones sobre el comportamiento y la etiqueta en la nave; entre ellas, que a la cena hay que ir con pantalones largos. Como no nos hace mucha gracia el tono, repetamos la orden, pero elegimos lo más "grunge" de nuestro equipaje para bajar a cenar: poco nos falta para ir en pijama. De compañeros de mesa, Mansur nos ha elegido a una pareja de yanquis, que también están descolocados: el resto del pasaje son españoles que viajan con agencias. Los yanquis son de Houston, Texas; simpáticos y cordiales, aunque un pelín fanfarrones y fantasmas, como buenos súbditos del Tío Sam.

Al día siguiente paramos en Kom Ombo, a las seis de la mañana, para visitar el templo de Sobek (el dios cocodrilo) y Haroeris. Después de comer, recalamos en Edfú, para ver el impresionante templo de Horus. A la noche hay baile de disfraces; nos hacemos con unos complementos, nos pintarrajeamos un poco y nos lanzamos al ruedo. La verdad es que no hay mucho ambiente (al día siguiente, la gente de las agencias se levantaba a las cinco de la mañana) y acabamos la velada en la terraza del barco, con los yanquis, compartiendo nuestro güisqui y su vino blanco, mientras el barco pasa la esclusa de Esna, paso previo a la llegada a Luxor.

El Nilo es el alma y el espíritu de Egipto, y el nexo de unión entre el Egipto faraónico y el actual.

No quiero acabar de relatar esta parte del viaje, sin decir que el Nilo es mucho más que un río y mucho más que los restos arqueológicos que pueblan sus orillas; es el alma y el espíritu de Egipto, y el nexo de unión entre el Egipto faraónico y el actual. El tiempo transcurre en sus riberas de la misma manera, con la misma tranquilidad y sosiego que hace 5.000 años. Hay algo vivo y restallante en este curso de agua que recorre el país de una punta a la otra; quizá sea el contraste con la aridez que se adivina apenas unos kilómetros tierra adentro, quizá la constante actividad de sus pobladores; no lo sé. Sólo puedo decir que es un paisaje que, aunque pueda parecer repetitivo y monótono, nunca es igual y, allá donde poses la vista tendrás una sorpresa o un regalo para los sentidos.

Luxor

El 21 de septiembre amanecemos en Luxor. ¿Qué hay en Luxor de especial? se preguntarán ustedes. Luxor es la ciudad actual ubicada en el emplazamiento de la antigua Tebas, la capital de Egipto durante la época de su máximo esplendor en el Imperio Nuevo. Para los amantes de la arqueología, la historia y el Egipto faraónico, entre los que me incluyo, es un paraíso. En la misma ciudad de Luxor se encuentran los templos de Luxor y Karnak, y a pocos kilómetros tenemos los colosos de Memnón, las necrópolis conocidas como Valle de los Reyes, Valle de las Reinas, Valle de los Nobles y Valle de los Artesanos; los templos funerarios de Hatsepsut en Deir el Bahari, de Ramsés II (Rameseum), y de Ramsés III en Medinet Habu; a 75 kilómetros se encuentra Dendera y a unos 150 Abydos. Y esto sólo por citar los lugares más importantes y conocidos. Como sólo disponemos de dos días, se impone seleccionar: optamos por visitar el Valle de los Reyes, Deir el Bahari y Rameseum la mañana del primer día, el templo de Karnak a la tarde y dejamos para el siguiente día Dendera y Abydos y el templo de Luxor.

El Valle de los Reyes es el lugar donde se han desarrollado las más apasionantes aventuras arqueológicas de todos los tiempos.

El Valle de los Reyes es un recinto desértico y polvoriento, que, a primera vista no tiene ningún encanto. Está horadado por las tumbas subterráneas de la mayoría de los faraones del Imperio Nuevo. Se puede penetrar en la mayoría de las tumbas, recorrer sus pasillos y admirar las pinturas que los decoran. No obstante, las mejores pinturas se encuentran en las tumbas de Seti I y Ramsés VI, que permanecen cerradas al público. Y esto es el Valle de los Reyes: unas tumbas con pinturas que tampoco son especialmente atractivas. Pero para mí es algo más: en primer lugar es el lugar que eligieron para su reposo eterno algunos de los más influyentes y poderosos personajes de la Antigüedad y, segundo y sobre todo, es el lugar donde se han desarrollado las más apasionantes aventuras arqueológicas de todos los tiempos. Para apreciar la magia del Valle de los Reyes hay que dejar volar la imaginación y afinar la sensibilidad; así, al entrar en una tumba, hay que recordar --e incluso pronunciar en voz alta su nombre-- a aquel a quien estaba destinada como última morada, sus hazañas y sus fracasos, para que puedan revivir, al menos en nuestra memoria. Y al contemplar la extensión desolada y bullente de turistas del valle, pensar en Maspero, Mariette, Petrie, Carter y tantos arqueólogos que , en este mismo paraje, vivieron la apasionante aventura de rescatar del olvido los restos de la gloria del Antiguo Egipto. Uno de los hechos que marco mi vida fue la lectura, a los catorce o quince años, del libro de Howard Carter "La tumba de Tutankamón", donde narra su descubrimiento, y que fue una de mis principales motivaciones para estudiar la carrera de Historia. Podréis comprender que, para mí, pisar el Valle de los Reyes, es casi una experiencia mística y, que a pesar de su pobre apariencia, yo también, como Howard Carter, en mi imaginación, "veo cosas maravillosas".

Visitamos también Deir el Bahari, el templo de la "faraona" Hatsepsut, original y llamativo, ubicado en un entorno espactacular, pero con una restauración bochornosa. El Rameseum, templo funerario del gran Ramsés II, conserva poco de su estructura original, pero nos transmite la idea de una construcción armoniosa y con alguna sorpresa, como unos preciosos grabados de temas vegetales y animales. A la tarde, hollamos el impresionante conjunto de templos de Karnak; es un regalo para los sentidos pasear por el bosque de columnas de la sala hipóstila o perderte por alguno de los templos laterales, vacíos de gente, pero llenos de mil detalles maravillosos. Por la noche, hay cena de gala, pero como nadie nos ha avisdo, pues vamos de "trapillo"; en fin, ya estamos acostumbrados a ser la comidilla del pasaje.

Al día siguiente, 22 de septiembre, hacemos una excursión a Dendera y Abydos. Estos lugares están a cierta distancia de Luxor y hay que ir en convoy policial, se supone que para nuestra seguridad. Los convoys policiales tienen un gran inconveniente, que te tienes que adaptar a su horario, con lo cual, apenas dispones de tres cuartos de hora o, como mucho, una hora, para visitar cada sitio; y otro inconveniente es, a mi juicio, que si alguien prepara un atentado, poco menos que se lo ponen en bandeja: ¡ahí es nada! todos los turistas juntos, pasan todos los días, por los mismos sitios, a la misma hora y, por si los terroristas se quedan dormidos, los precede un motorista con una sirena aullante. Cuando más seguro me siento es cuando perdemos el convoy y hacemos el recorrido de vuelta Dendera a Luxor en solitario.

Pero lo que es una auténtica maravilla y practicamente desconocida es el templo de Seti I en Abydos; sus relieves, magníficamente conservados, hacen de él algo imprescindible y uno de los tesoros artísticos de Egipto, a la altura de Abu Simbel, Karnak o las pirámides.

El templo de Dendera es algo digno de visitar. Esta dedicado a Hathor, la diosa vaca y muy bien conservado. Llama la atención su sala hipóstila, con columnas de capiteles llamados hatóricos, por representar a la diosa, con cabeza humana y orejas de vaca. Pero lo que es una auténtica maravilla y practicamente desconocida es el templo de Seti I en Abydos; sus relieves, magníficamente conservados, hacen de él algo imprescindible y uno de los tesoros artísticos de Egipto, a la altura de Abu Simbel, Karnak o las pirámides. Una pena el poco tiempo de que disponemos para visitarlo, pero una delicia la asusencia de turistas y verte rodeado por todo el panteón egipcio, pleno de colorido en sus representaciones en las paredes. Otro de los momentos culminantes del viaje.

Esa tarde-noche, visitamos el templo de Luxor, con la iluminación nocturna; otra experiencia sorprendente, pasear por sus recovecos en esa semioscuridad que hace que las estatuas cobren vida. Y nos vamos pronto a la cama, que al día siguiente sabemos que no vamos a dormir, porque nos espera otra aventura, la aascensión al monte Sinaí para ver el amanecer.

Sinaí

El 23 de septiembre tenemos que coger el avión para Sharm el Sheik a las 18:30. Como estamos bastante cansados, dedicamos al mañana a ver el pequeño pero interesante y muy bien puesto Museo de Luxor, y a vegetar y dormitar en la piscina de un hotel. Llegamos a Sharm el Sheik sobre las nueve de la noche y, después de instalarnos en el hotel y comer una hamburguesa rápida en un McDonald cercano, nos embarcamos en la furgoneta que nos llevará a pie de obra, al monasterio de Santa Catalina, desde donde iniciaremos la ascensión al Sinaí, o Jebel Mousa (Monte de Moises) en árabe. Nos retrasamos un poco y llegamos a Santa Catalina sobre las tres y pico de la mañana; teniendo en cuenta que amanece sobre las seis, tenemos que darnos prisa.

La ascensión es de unos 10 kilómetros, salvando el desnivel entre Santa Catalina (1570 metros) y la cima del Sinaí (2251 metros).

Estamos relativamente frescos, ya que hemos aprovechado las casi cuatro horas de viaje para pegar una cabezadita. Casi al principio de la ascensión, nos separamos: Marian --veterana del Sinaí y que sabe lo que le espera-- opta por hacer el recorrido en camello; Gustavo y yo nos atamos bien las botas y atacamos el principio de la ascensión. La subida no es demasiado dura, pero hay que hacerla con la escasa iluminación de la luna: se hace imprescindible encender una linterna, porque el camino es irregular y hay peraltes en forma de escalones. Yo sigo la estela de Gustavo, que me va marcando el camino con su linterna, pero cuando empiezan a flojear las pilas, doy un par de traspies, y tengo que encender la mía. Vamos a buen ritmo y adelantando gente; de algo me tenía que valer haber echado los dientes subiendo los montes de mi tierra. La ascensión es de unos 10 kilómetros, salvando el desnivel entre Santa Catalina (1570 metros) y la cima del Sinaí (2251 metros). Esta primera parte --la que se puede hacer en camello-- no es demasiado empinada y, en hora y media, llegamos al punto donde comienzas los 500 escalones que llevan a la cumbre. Hacemos un alto para esperar a que llegue Marian con su camello, tomando un té en un tenderete de beduinos. Buscando un lugar a salvo de miradas curiosas para hacer una necesidad fisiológica, me despisto y aparezco en el techo del tenderete, con la consiguiente alarma de los beduinos, que me dicen algunas cosas feas en su lengua.

Hasta aquí, nos ha llamado la atención la cantidad de gente que encontramos en el camino; nosotros esperábamos hacerlo casi en solitario. Hay numerosos chinos; incluso gente mayor, algunos no pueden seguir y se quedan por el camino,en los tenderetes beduinos, completamente extenuados, y es que, aparte de la edad, el equipamiento que llevan es sorprendente: abrigos, pantalones de vestir, bolsos de mano y ¡sandalias y zuecos! Tambien hay rusos y gente de los paises del este europeo. Las razones de la afluencia de gente es que era el día del equinoccio y las extrañas nacionalidades que nos encontrábamos obedecen a que, para los ortodoxos, el Sinaí es un lugar de peregrinación, como Santigo o Roma para los católicos; en el caso de los chinos, no he conseguido descubrir que significado tiene para ellos, aunque las agencia de viaje les ofrecen, como la primera maravilla de Egipto, el amanecer en el Sinaí; supongo que estará relacionado con los cultos animistas de los chinos y la veneración al sol naciente.
Los primeros rayos del sol van iluminando poco a poco la inmensa extensión del desierto del Sinaí y, más tarde el surgir del sol en el horizonte, enorme, inmenso, como la yema de un descomunal huevo frito.

Llega Marian e iniciamos la ascensión de los 500 escalones, coronando la cima al rayar el alba. Está rebosante de gente y, como todavía queda un poco para que salga el sol, cada uno va a buscar acomodo donde pueda para disfrutar del amanecer. Yo me encaramo a unas rocas que, como tienen cierto peligro, estaban vacías. Y desde allí, contemplo un precioso y espectacular amanecer; vislumbro, primero, como los primeros rayos del sol van iluminando poco a poco la inmensa extensión del desierto del Sinaí y, más tarde el surgir del sol en el horizonte, enorme, inmenso, como la yema de un descomunal huevo frito. Aunque uno es "atardecerólogo", también experimenta la emoción de este renacer de la luz y la vida, y aprecia las maravillosas tonalidades que van formando una patina sobre las montañas que nos rodean.

Cumplido el objetivo, antes de emprender el camino de vuelta, nos regalamos con un té en un chiringito que hay justo antes de la cima. Allí asistimos al increible espectáculo de un grupo de chinos devorando unos fideos. Y cuando digo "devorar" no es ninguna licencia literaria; su manera de comerlos es como si fuera una madeja: introducen los extremos en sus fauces, y comienzan a masticar, ayudándose con los palillos para ir introduciendo el resto del ovillo en la boca. Si esto se hace con prisas, podéis imaginar que nos quedamos embobados mirando su técnica de almuerzo.

Bajamos hasta Santa Catalina, sin mayor incidencia, y visitamos el monasterio. No se puede entrar con pantalón corto, y nos tenemos que poner unas túnicas. La mía me quda tan enorme, que tengo que apañar un cinturón con el turbante, porque me la voy pisando a cada paso.

Después de un merecido almuerzo, tomamos la furgoneta para volver a Sharm el Sheik. El viaje lo pasamos durmiendo, como también el resto de la tarde, que hay que recuperar el cuerpo, después de las penitencias a que lo hemos sometido. Nos levantamos para cenar y, después, damos una vuelta por Sharm el Sheik, población costera y turística, que no tiene nada que ver con el Egipto que habíamos dejado atrás; tienes la impresión de estar en alguna ciudad playera europea. Como estamos muy cansados, nos retiramos pronto. Al día siguiente, sólo Gustavo tiene moral para bajar a la playa; Marian y yo, agotamos los plazos y permanecemos en los cálidos brazos de Morfeo hasta el mediodía.

Emprendemos el camino hacia El Cairo, atravesando el Canal de Suez. En la carretera, tenemos la oportunidad de ver las desiertas e inmensas playas de la península del Sinaí a un lado y, al otro, la árida extensión desértica que conforma el interior. Atravesamos el Canal de Suez por el túnel subterraneo, sin sentir ninguna emoción especial por haber dejado Asia y vuelto a África. Llegamos a El Cairo para la hora de cenar, y lo hacemos en un restaurante de comida rápida árabe, o sea, koftas y kebabs para todos. Tomamos una copa en la terraza del hotel, con vistas a las pirámides y, relajados y felices nos vamos a la camita, que mañana será otro día y hay muchas cosas que hacer en

El Cairo

Hola a todo el mundo. Penúltimo capítulo de nuestras aventuras egipcias.

El día 26 deseptiembre, lo dedicamos a El Cairo. El plan es visitar todos juntos la Ciudadela y, después, separarnos: Gustavo irá a Sakkara, Menfis y Dashur, y Marian y yo nos dedicaremos al Museo Arqueológico. Nos volveremos a reunir para comer y emplearemos la tarde en perdernos por las callejuelas de Khan el Khalili, el zoco de El Cairo.

Hay muchos Cairos y muchas sensaciones. Es una ciudad que no deja indiferente: o la amas o la odias.

¿Qué deciros de El Cairo? Es una ciudad de casi 20 millones de habitantes y es el contrapunto al desierto y al Egipto rural, por el caos, bullicio y vitalidad que se respira en cualquier rincón, y también por un cierto aire cosmopolita que, sin que se pierda el encanto y el sabor de la cultura árabe, te hace sentir un poco más cerca de occidente. El Cairo es el ajetreo, la contaminación, el sonido constante de las bocinas de los vehículos, el tráfico disparatado, las calles repletas de gente, el olor a carne a la brasa, los mendigos, los rascacielos de la ribera del Nilo, las atracciones para turistas, el ulular de las sirenas de la policía, los Pizza Hut, las llamadas a la oración de las mezquitas. Hay muchos Cairos y muchas sensaciones. Es una ciudad que no deja indiferente: o la amas o la odias. Yo soy uno de sus amantes: creo que en esa mezcla y movimiento de cosas y personas, hay vida, hay algo que estimula los sentidos. No sé como llevaría el vivir varios meses en El Cairo, pero para una corta visita es algo sorprendente: si te quedas sentado en la calle, simplemente mirando, también terminarás agotado, porque los sentidos no pueden dejar de trabajar y estimularse: desde la vista que contempla el paso de una marea constante de gente, hasta el olfato que no puede por menos de percibir esos aromas, unas veces más agradables que otras, pasando por el oído, que recibe un sinfín de ruidos, música y conversaciones.

Otro de los puntos fuertes del viaje, por lo menos para mí, es el Museo Arqueológico. Podría pasarme días enteros vagando por sus salas.

Otro de los puntos fuertes del viaje, por lo menos para mí, es el Museo Arqueológico. Podría pasarme días enteros vagando por sus salas. A pesar de que el caos sea la impresión predominante para todo visitante, es tal la cantidad de maravillas reunidas que, a poco que fijes la atención, te sientes atrapado; tanto por las piezas que conoces desde niño, porque estaban en tus libros de texto, como por otras obras que desconocías y que igualan y superan a las más famosas. Me reencuentro absorto con al Paleta de Narmer, la estatua de Kefrén, los gansos de Meidum, las figuras de Rahotep y Neofrit, Cheik el Beled, el busto de Akenatón, la máscara y sarcófago de Tutankamón, los retratos de El Fayum, y tantos y tantos viejos conocidos. Pero también descubro cosas nuevas: un maravilloso busto inacabado de Nefertiti, el pináculo de un obelisco, unos deliciosos frescos de paisajes de Tell Amarna, unas preciosas maquetas con escenas de trabajo cotidiano, delicados trabajos de joyería y orfebrería, una estantería con boomerangs, un sarcófago inacabado o la estupenda muestra de papiros decorados que pueblan las paredes de los pasillos.

Unos fumadores empedernidos como Marian y yo, advertimos que llevamos tres horas sin fumar; el tiempo ha pasado volando. Salimos un momento a cumplir con el vicio y volvemos para vagar por las salas, ya sin un rumbo concreto, solamente esperando que nos salga al paso un detalle, una pieza, una imagen; cualquier cosa que nos embelese. Llevamos casi cinco horas en el Museo y nuestros sentidos y sensibilidad están embotados; han recibido tantos estímulos que precisan digerirlos.

Quedamos con Gustavo para comer. Elgimos un restaurante que tiene mesas en la calle, al lado de la mezquita Al-Hussein y a un paso de Khan el Khalili. Es un error comer en la calle, porque es un constante auyentar a mendigos, pedigüeños y vendedores de toda laya y condición. Tomamos café en el Café de los Espejos, también en la calle, y se repite la historia y la barahúnda anterior; tenemos que rechazar pañuelos, relojes, cerillas, muñecas, carteras y todo tipo de géneros que los incansables chamarileros ambulantes nos ofrecen. Dedicamos la tarde a vagar por Khan el Khalili, pero el cansancio de todo el viaje, sumado a las emociones de la mañana, hacen que no tengamos el cuerpo preparado para disfrutar de los placeres del regateo y el cambalache.

Decidimos volver al hotel, darnos una ducha y buscar algún restaurante tranquilo para cenar. Elegimos el Christos, que ya conocemos Marian y yo y del que guardamos buen recuerdo. Está al pie de la explanada de Giza y damos cuenta de la cena en una terraza con vistas a las pirámides. El plato fuerte son unas lubinas a la brasa, fresquísimas y que nos saben a gloria; las acompañamos de un vino blanco local, el consabido Omar Khayam, que no está del todo mal. Y así finalizamos el día, que mañana cumpliremos otro sueño, visitar la Alejandría de Cavafis, de Lawrence Durrel, del faro y de la biblioteca.

Alejandría

El 27 de septiembre era el día señalado para ir a Alejandría. Es un viaje de unas tres horas desde El Cairo, que transcurrió entre cabezadas y lacónicas miradas al desértico paisaje.

Alejandría es una palabra mágica; como Tombuctú, Petra, o Macchu Picchu; al pronunciar sus cinco musicales sílabas, los espíritus viajeros entrecierran los ojos y se entregan a ensoñaciones.

Y a las once de la mañana llegamos a Alejandría. Es una ciudad que, hoy en día, carece de atractivos para el turista convencional; su verdadero encanto es histórico, literario, poético y sentimental. A esta ciudad, fundada por Alejandro Magno sobre el año 332 AC, acudieron las más fecundas mentes de la antiguedad; filósofos, sabios y científicos viajaban a ella en busca de los textos de la Biblioteca y de las posibilidades que les brindaba ese emporio del saber que era el Museión, donde se aprendía, se discutía y se investigaba. Además de esta vertiente cultural, también era un activo puerto comercial, que reunía a gentes de todas las razas y procedencias. Esta vocación cosmopolita, se mantuvo hasta el siglo XX, sobre todo en los primeros años, que sirven de marco al magnífico "Cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell. También es la patria de mi admirado Constantin Cavafis, el gran poeta y, sobre todo, Alejandría es una palabra mágica; como Tombuctú, Petra, o Macchu Picchu; al pronunciar sus cinco musicales sílabas, los espíritus viajeros entrecierran los ojos y se entregan a ensoñaciones. Así pues, para ir a Alejandría hay que ser consciente de lo que fué, de lo que significa y de lo que evoca, porque la realidad es la de una ciudad árabe, un poco más occidental que otras metrópolis egipcias, con una bonita bahía y algunas atracciones, que tampoco justifican el viaje de aquel que sólo aprecie lo que ven sus ojos.

Al final, con la ayuda de una chica que trabaja en una librería, conseguimos ubicar el Museo Cavafis, situado en la casa donde vivió y murió.

Nada más llegar, tomamos un café en uno de los decadentes hoteles que hay al lado de la Corniche. El siguiente punto es visitar la casa-museo de Cavafis, pero su localización es un viacrucis, porque una mala indicación en la guía nos obliga a preguntar a los lugareños que, con un estilo muy egipcio, no tienen ni idea de qué les estás preguntando, pero se sienten en la obligación de indicarte una dirección, que puede ser cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Al final, con la ayuda de una chica que trabaja en una librería, conseguimos ubicar el Museo Cavafis, situado en la casa donde vivió y murió. El lugar respira el aire nostálgico y rememorador de pasadas glorias de sus poemas. Se conservan los muebles y las estanterías están decoradas con ediciones de las obras de Cavafis en numerosos idiomas.

También visitamos el café Pastroudis, el del Cuarteto de Alejandría, y es una compelta decepción, más que decadente, está absolutamente abandonado: sillas de plástico, paredes desconchadas, bollos resecos en el mostrador. Ni siquiera nos animamos a tomar un café. Imagino a Justine, Clea, Balthazar y Muontolive contemplando esta desolación; pero así son las cosas y el Pastroudis ha conseguido la inmortalidad, aunque sea en el papel de las páginas del Cuarteto.

Vamos al fuerte Qaitbey, en el extermo de la bahía y, después de visitarlo y disfrutar de unas magníficas vistas de la ciudad, buscamos un restaurante al que le teníamos echado el ojo. Es el Faddoura; apenas es una asador y tienes que comprar el pescado en una pescadería vecina, pero disfrutamos de una magnífica comida, dando cuenta de tres doradas, dos lubinas y unos calamares. Todo fresquísimo y exquisito.

Para la tarde habíamos reservado la visita a la nueva Biblioteca de Alejandría. Como las visitas guiadas en castellano hay que solicitarlas con tiempo, nos apuntamos a una en francés. Explica cuatro generalidades sobre la Biblioteca y nos lleva a recorrer las salas de exposiciones. Dedicamos un tiempo a recorrer la biblioteca. Yo tengo un cierto interés profesional, pero, la verdad es que, aunque el edificio es moderno y acogedor y las instalaciones impecables, la ausencia de fondos es notoria, y nadie sabe explicar a qué público va a estar dirigida ni que materiales se piensa reunir. Se inauguró en noviembre del 2002, con financiación de la UNESCO, y me parece más un símbolo que un verdadero centro de investigación. Emprendemos el camino de vuelta a El Cairo y, entre cabezadas, vamos pensando, con nostalgia, que esto se acaba y que parece que fue ayer cuando empezamos nuestro periplo egipcio.

En El Cairo, decidimos regalarnos con una buena cena en el Felfela del centro. Estamos cansados y no prolongamos la velada. Un qüisquito en el hotel y a la cama.

Al día siguiente volvemos a Madrid vía Roma. Nos pilla el apagón italiano y perdemos el avión. Debemos pasar noche en Roma y alargar un día más nuestro viaje. Por fin llegamos a Madrid el 29 de septiembre.

Todo ha terminado y realmente nos parece un sueño. Ahora toca despertarse y volver a vivir la vida a este lado del espejo.

Y fin. Espero no haberos aburrido mucho y que, algunos por lo menos, hayáis disfrutado de estos relatos. Gracias a Silvia, Lidia, Olga, Loli, Rosa, Carlos y Marian por sus elogios y ánimos, que son los que me han motivado a continuar. A vosotros os lo dedico.

El Dios abandona a Antonio

A medianoche, cuando oigas de repente
una invisible procesión que pasa,
acompañada de exquisitas músicas y voces,
no lamentes todo lo que pierdes:
tus trabajos, tus planes
que terminaron en deseos.
Como quien lo esperaba, con valor,
di adiós, a Alejandría, que se aleja.
No te engañes, no digas que fué un sueño.
No alimentes tan vanas esperanzas.
Como hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente,
como corresponde a quien de tal ciudad fué digno,
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa,
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

(Constantin Cavafis)

Fecha: 
September 2003
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